viernes, 27 de marzo de 2020

Otra investigación de Facundo Lorences (Cap. 1)

LA CARPETA DEL SEÑOR MURGA
Una novela policial de Enrique Arenz


1

La tarde del 11 de setiembre de 2019 mi estudio jurídico estaba vacío y silencioso.

Recuerdo que pensé en Antonella y decidí irme temprano a casa aprovechando que ella los miércoles no da clases en la universidad y nuestros dos chicos estaban con sus abuelos.  

Terminaba de guardar en mi portafolios los escritos que debía llevar a la mañana siguiente a Tribunales cuando se asomó Helena, mi secretaria, para anunciarme que una señora mayor quería hablar conmigo.

—Ya me iba, Helena, ¿le dijiste que hoy no atiendo?

—Sí, le quise dar un turno para mañana, pero insistió mucho. Me dio lástima, es una anciana que parece estar muy angustiada.

—Está bien, hacela pasar.

Era una mujer de aspecto sumamente frágil, que usaba bastón y parecía muy abatida. Bien vestida, con ropa un poco anticuada pero de calidad, se notaba que era una dama de la clase media alta.

—Gracias por recibirme, doctor Lorences, me llamo Ernestina Stocic y soy la hermana de su ex maestro, el doctor Bernardo Stocic.

—¿La hermana del doctor Stocic? Pero qué agradable sorpresa.

—Mi hermano me sugirió que viniera a verlo. Él me prometió que iba a llamarlo para anticiparle mi visita pero por lo que veo se olvidó, como siempre.

—Sí, no tengo noticias de él desde que nos encontramos en el famoso caso del hotel Hyspania, hace ya algún tiempo. Pero no importa, seguro que en cualquier momento me llama, usted me dirá en qué puedo serle útil.

—Vea, Facundo (¿lo puedo llamar así?), bien: Hace una semana falleció una gran amiga mía de toda la vida, Severia Correa de Murga. La encontró muerta su hija Antonia, que iba todos los días a su departamento para llevarle provisiones y medicamentos porque la pobre casi no podía moverse. Estaba sentada en su sillón de lectura con un libro abierto todavía en sus manos. El médico dictaminó que fue muerte natural por su avanzada edad.

La anciana hizo silencio. Me quedé esperando que continuara, pero ella me miraba fijo como si no se atreviera a seguir. Entonces le dije:

 —Lamento la pérdida de su amiga… Parece que falleció plácidamente, sin sufrimiento…

Movió la cabeza hacia los costados en señal negativa y me miró con los ojos muy abiertos:

—Es que la mataron…

—¿La mataron, dice?

—Sí, y yo quiero que se haga justicia, por eso he venido a verlo, Facundo —su voz sonó ansiosa, casi desesperada, como anticipándose a una negativa de mi parte—; sé por mi hermano que usted es un profesional honrado, comprometido con la verdad y quiero contratarlo para que investigue las circunstancias de esta muerte. Tengo recursos para hacerme cargo de todos sus gastos y honorarios…

—Está bien, Ernestina, tranquilícese. Primero tiene que decirme por qué creé que su amiga no murió de muerte natural.

—Porque ella misma me dijo que la querían matar. La última vez que fui a visitarla, hará un mes, se mostró muy asustada y me dijo que su vida estaba en peligro.

—¿Le explicó quién la amenazaba?

—No, no me quiso dar ningún nombre para no comprometerme. Además me lo contó solamente a mí. Ni siquiera su hija tiene conocimiento de eso. Yo no insistí mucho porque en ese momento pensé que Severia estaba desvariando. Me avergüenzo por no haberle dado crédito, pero es que la pobre venía teniendo últimamente algunas señales de deterioro mental. Cuando me dieron la noticia de su muerte, recordé algo de aquella conversación que me convenció de que ella tenía razón. Me había dicho: «Mi esposo conocía a los que mataron al fiscal Berstein…»

—¿El fiscal Berstein? —la interrumpí estupefacto.

—El mismo. Severia me había dicho: «Arnaldo tenía muchos contactos con agentes de inteligencia, y, aunque hace años que se jubiló de Presidencia, seguía trabajando informalmente y se habría quedado con una carpeta que contenía todos los detalles del plan criminal y la filiación de los ejecutores y cómplices. Cuando Arnaldo falleció, eso ocurrió en julio de 2017, al poco tiempo se me aparecieron unos señores que me exhibieron unas credenciales raras y me dijeron que venían a buscar esa carpeta. Yo no tenía ni idea de lo que me hablaban y negué que mi esposo haya dejado en casa nada especial, sólo papeles muy viejos. No me creyeron y me ordenaron que me dedicara a buscar esa carpeta que era de color violeta, que iban a volver a buscarla y si yo no se las daba iba a tener serios problemas. Cuando volvieron, no les abrí la puerta y les grité por el portero eléctrico que iba a llamar al 911. Se fueron enseguida y no los volví a ver; pero ahora me llamaron por teléfono y me dijeron que volverían a buscar la carpeta y me iban a matar si no se las entregaba».

¡La muerte del fiscal Berstein...—comenté incrédulo—. Perdóneme, Ernestina, pero eso me parece mucha fantasía. Se me ocurre que su amiga estaba delirando.

—Yo también pensé así en ese momento. Tanto que hasta dejé de llamarla por teléfono porque se había puesto cargosa con su obsesión. Le juro, Facundo, que estoy tan arrepentida por haberla abandonado…

Se le quebró la voz y se limpió los ojos con un pañuelo. Continuó:

—En el funeral vi cosas extrañas…

—¿Qué es lo que vio?

—La hija de Severia, Antonia (que como le dije hasta ahora no sabe nada de lo que su madre me contó), me señaló a dos señores desconocidos que estaban en el velatorio conversando en un rincón de la sala. Me dijo preocupada que la habían saludado como ex compañeros de trabajo de su padre y le preguntaron por otros familiares. Antonia les había dicho que ella era la única familiar, y que todas las personas que estaban allí eran amigas de la difunta y de ella, y algunos viejos amigos de su padre. Los sujetos fueron muy amables pero también muy inquisidores. Con la apariencia de una simple conversación de condolencia buscaban información, y eso la intranquilizó mucho. Mi conclusión es que esos hombres eran los mismos que visitaron a mi amiga para amenazarla.

La anciana quedó callada y me miró con mucha ansiedad.

—¿Eso es todo? —pregunté un poco desconcertado.

—Sí… reconozco que es poco, pero mi intuición me dice que Ernestina no desvariaba cuando me contó lo de la amenaza. ¡La mataron, doctor, la mataron!

Me recosté sobre el sillón. La historia era descabellada. Una anciana con signos de senilidad que fallece en su casa, otra anciana que también parece desvariar y que cree que su amiga fue asesinada porque su marido sabía quiénes mataron a Berstein, ¡Nada menos que al fiscal Berstein, un caso nunca resuelto! Si hasta se sigue discutiendo, a cinco años de su muerte, si fue suicidio o asesinato.
Luego de un largo silencio le dije:

—No lo tome a mal, Ernestina, pero no puedo ocuparme de este caso. ¿Qué le dijo su hermano Bernardo cuando usted le habló de esto?

—Que estaba loca, usted ya conoce a Bernardo, pero como insistí tanto, me sugirió que viniera a verlo a usted. Me aseguró que si hay alguien en Buenos Aires que puede involucrarse en una investigación tan bizarra, ese es usted.

Confieso que me desarmó ese extraño elogio de mi gran maestro, aunque sospecho que la verdadera intención de él fue sacarse de encima a su hermana. Al verme vacilar, Ernestina abrió su cartera y sacó un fajo de dólares.

—Como le dije, puedo pagar sus honorarios. Aquí tiene diez mil dólares como anticipo para gastos. Quiero que empiece a trabajar ya mismo.

En estos tiempos de inflación los dólares son muy persuasivos. Acepté.


©2020 Enrique Arenz
Prohibida su reproducción

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