jueves, 2 de abril de 2020

Otra investigación de Facundo Lorences (Cap. 2)

LA CARPETA DEL SEÑOR MURGA
Una novela policial de Enrique Arenz


2

Convinimos en que lo primero que teníamos que hacer era convencer a la hija de la difunta de que hiciera una denuncia formal en sede judicial para iniciar la investigación.
 —De eso me encargo yo —dijo resuelta Ernestina—, Antonia es muy dócil, me quiere mucho y cuando yo le cuente lo que sé, querrá que se investigue, seguro; la mandaré a que venga a hablar con usted.
En segundo lugar, había que presentar esa denuncia ante el juzgado en lo criminal de turno por presunción de “muerte dudosa” y solicitar una orden judicial para exhumar el cuerpo y hacer una autopsia que determine fehacientemente la causa del deceso. También habrá que designar un perito de parte que nos garantice la minuciosidad del protocolo a seguir.
La anciana me agradeció que aceptara investigar la muerte de su amiga, intercambiamos nuestros celulares y quedamos en que le informaría sobre todas las novedades que se produjeran.

Esa tarde llegué de muy buen humor a mi casa. Antonella, que estaba con sus inquietudes hormonales en ebullición, me propuso que nos bañáramos juntos. Fue un placentero intercambio de enjabonadas recíprocas y licencia para alguna fugaz audacia mía consentida sólo bajo la ayuda de la abundante espuma. Del baño nos precipitamos a la cama donde en minutos nos quedamos jadeantes y relajados. Fue el momento ideal para contarle sobre el caso que acababa de aceptar. Se entusiasmó muchísimo porque sabía que, como siempre, ella iba a ser una fuente de consultas y de ideas que me ayudarían a resolver el misterio.
Luego fuimos a cenar y en la mesa hablamos largamente sobre la muerte de la señora Severia.
—¿No estará loca esta mujer? —opinó.
—Mirá, eso creí y pensaba despedirla, pero sacó la guita…
—Por las dudas no la gastes, que a lo mejor se la tenés que devolver. Hay que ver si la hija está dispuesta a meterse en este lío, y si vos podés avanzar algo en la Justicia.
—Los abogados siempre tenemos recursos para iniciar una investigación judicial sobre cualquier cosa, por absurda que sea. El problema es continuarla cuando se te acaban las argucias y no podés aportar elementos sólidos. Ya veremos.
—Lo que no me entra en la cabeza es lo del fiscal Berstein. Que este tal Murga pudiera estar al tanto de lo que pasó en ese departamento de Puerto Madero y que haya conservado las evidencias en una simple carpeta me parece demasiado superficial y disparatado.
—Yo pienso lo mismo… Pero la burocracia suele cometer errores de ese tipo. ¿No aparecieron de la nada los cuadernos de Centeno?
—Pero imaginate por un momento que sea cierto, que haya en algún lugar una carpeta con esas pruebas. Es lógico suponer que las personas involucradas estén muy preocupadas y dispuestos a eliminar a todos los testigos que puedan revelar la verdad de lo que sucedió con el fiscal.
—Me estoy asustando, Anty, porque en ese caso yo estaré corriendo peligro. Y no quisiera meterme con la gente de los servicios.
—Sí, a mí también me da un poco de miedo. Pero vos sólo investigás la muerte de la señora Severia Correa, la posible conexión con el caso Berstein puede quedar en reserva.
Al menos por ahora. Si el móvil fue ocultar pruebas de ese crimen, tarde o temprano habrá que lidiar con eso. En fin, como no creo que haya nada serio detrás de la denuncia de esta anciana, no bailaremos antes de que suene la música. Ahora vamos a acostarnos porque… lo de hoy fue muy rápido; y fantástico, sí, pero demasiado salvaje, y me gustaría algo más tranqui, cariñoso para terminar el día.
—Para mí fue suficiente, pero si vos querés…

Antonia vino a verme a los dos días. Era una morocha de unos cuarenta, cuarenta y dos años, alta, delgada, esbelta; una mujer que sin ser bella tiene esas facciones subyugantes que atraen irresistiblemente las miradas masculinas, muy suave y muy agradable en el trato. Había hablado con Ernestina y estaba turbada por lo que ésta le relató. Me aseguró que su madre estaba muy lúcida y sólo tenía problemas de memoria, y que su amiga Ernestina era una señora inteligente y muy centrada. Por lo tanto estaba totalmente de acuerdo en que se investigara la muerte de su madre y lamentaba que Ernestina no la hubiera puesto al tanto de esas extrañas circunstancias con anterioridad, ya que habría podido hacer algo para protegerla.
—Seguro que su mamá y su amiga no quisieron preocuparla.
—Sí, por supuesto. Lo que no me resulta nada creíble es que esas personas le hayan revelado a mi madre el contenido de la carpeta. ¿Con qué necesidad levantarían una alarma sobre un asunto tan delicado? El sentido común me dice que no fue así, que ella conocía ese secreto… Y eso no me extrañaría para nada, porque yo había aprendido de mi padre a tener reserva absoluta sobre los asuntos confidenciales que él manejaba. Desde muy chica yo me acostumbré a no preguntar ni escuchar, porque me habían enseñado que no debía hablar ni curiosear sobre el trabajo secreto de mi padre.
—Por lo que me dice, Antonia, estoy pensando que si en realidad esa carpeta existió, su madre pudo haberla leído. Pero en tal caso, ¿por qué no entregárselas a esos tipos y sacarse el problema de encima?
—No, doctor, ahí se equivoca. Mamá nunca hubiera hecho eso. Ella también fue funcionaria pública, de las de antes, las que tenían un estricto sentido del deber. Si sabía que esa carpeta contenía elementos probatorios de un crimen se la habría hecho llegar a algún periodista de investigación. A la Justicia no creo, porque ella era muy desconfiada de algunos jueces.
—O tal vez…, solo estoy teorizando, ¿no habrá visto entre la gente involucrada nombres de personas que ella conocía y que no quiso delatar?
Antonia pareció sorprenderse cuando hice esta conjetura. Alzó los hombros y dijo:
—Ella nunca habló conmigo de los asuntos de mi padre. No tengo la menor idea sobre esa supuesta carpeta. Sabía que mi padre, ex funcionario jubilado de la Presidencia, había tenido muchos vínculos personales en las altas esferas gubernamentales y seguramente también entre la gente de los servicios de inteligencia, incluso después de su jubilación, pero él nunca habló conmigo sobre su trabajo. Creo que mi madre sí estaba al tanto. Papá falleció hace dos años por una insuficiencia cardíaca de vieja data. Se llevó con él sus secretos… y, por lo que veo ahora, mamá, también.

Fuimos juntos al juzgado en lo criminal de turno y presentamos un escrito donde Antonia Mabel Murga, con mi patrocinio letrado, expresaba dudas acerca de la muerte de su madre y solicitaba la exhumación y autopsia del cadáver para determinar con certeza la causa del deceso. Como único fundamento mencioné en el escrito a la señora Ernestina Stocic quien tenía conocimientos de amenazas recibidas por la occisa por parte de personas desconocidas, por lo cual solicitaba su comparecencia en carácter de testigo. Por supuesto, me abstuve de revelar la presunta relación de estos hechos con el caso Berstein, porque eso habría significado el traslado de las actuaciones a la jurisdicción Federal, y sólo mencioné la búsqueda de una carpeta cuyo contenido se desconocía. Adjunté el certificado de defunción de la señora Severia Correa de Murga, el decreto de designación del señor Arnaldo Murga como director de coordinación administrativa de la presidencia de la Nación y la constancia de su jubilación en el año 2015. Era muy poco para que el juez decidiera abrir una investigación, pero mientras el expediente comenzaba a moverse, le daban vista al fiscal y citaban a la testigo y al médico que firmó el certificado de defunción, y se cumplían otros trámites burocráticos que marca el procedimiento, yo me proponía investigar y buscar elementos que fortalecieran la denuncia.
Una vez terminado el trámite en Tribunales, fuimos con Antonia hasta el departamento de su madre para hacer una primera inspección ocular.
Era un departamento antiguo pero amplio y muy bien conservado en el quinto piso de un edificio en la calle Rivadavia y Ayacucho. No se había tocado nada desde que la funeraria retiró el cuerpo. Antonia, única heredera de su madre, aún no había decidido revisar sus pertenencias y deshacerse del vestuario, calzado y otros mil objetos de la difunta, tarea desagradable si las hay que a todos nos toca hacer alguna vez en la vida. Me comentó que como ella no tenía casa propia y estaba alquilando, pensaba irse a vivir a ese departamento cuando lo pusiera en condiciones. No me atreví a preguntarle si tenía novio o pareja estable. Sabía que era soltera y no tenía hijos, y me resultaba extraño que una mujer tan interesante no tuviera una relación sentimental.
Empezamos por el comedor, que tiene una amplia puerta ventana que da a un balcón sobre la calle Rivadavia. Un antiguo sillón individual con alto respaldo y mullidos apoyabrazos, estaba ubicado de manera de que la luz natural permitiera la lectura, actividad que, me dijo Antonia, apasionaba a su madre. De hecho había una pequeña y recargada biblioteca sobre la pared más próxima al sillón. Un velador de pie y una elegante mesita de raíz de nogal acompañaban al sillón. Sobre la mesita, una taza de té con un tercio de su contenido, un vaso con agua, un blíster de Valium al que le faltaban tres comprimidos y el libro que había tenido Severia en sus manos cuando la sorprendió la muerte.
Me puse guantes de látex y tomé el libro con mucho cuidado. Era Historia universal de la infamia de Jorge Luis Borges, de tapas verde oscuro y letras doradas de la editorial Sudamericana. Al hojearlo noté que se separaban solas las páginas donde el libro había estado abierto durante muchas horas, (el tiempo en que Severia, ya muerta, lo mantuvo entre sus manos). Eran las páginas 84 y 85. En esta última había un subtítulo que recordaba vagamente: «Los espejos abominables», Correspondía al ensayo «El tintorero enmascarado Hákim de Merv» que yo había leído hace mucho tiempo y que si no recordaba mal decía algo así como que los espejos y el sexo eran abominables porque multiplican los seres humanos, aunque no sé si esas eran las palabras exactas. Algo escondido en mi inconsciente me causó un leve sacudón, una señal propia de mi naturaleza intuitiva que yo conocía muy bien. Tendré que releerlo cuanto antes, me dije. Dejé el libro donde estaba y con mi celular tomé varias fotografías de la mesita, el sillón y su entorno. Le pedí a Antonia que no cambiara nada de lugar porque si la denuncia prosperaba la Justicia ordenaría el allanamiento del lugar para que la policía científica levantara huellas y evidencias. Si Severia fue asesinada, ese departamento era la escena del crimen. Así que debíamos ser muy cuidadosos.
Pasamos al dormitorio de la anciana donde la cama de dos plazas aparecía con la sábana y el cobertor corridos prolijamente a un costado, como preparada para que su dueña se acostara. Me dijo Antonia que su madre tenía puesto un camisón, preparada para meterse en la cama después de tomarse su té y leer un poco, como era su costumbre.
Abrí el cajón de su mesa de noche y observé el contenido prolijamente dispuesto: una caja de Valium de 10 miligramos y otros medicamentos, un termómetro y un tensiómetro digital, varias libretas de anotaciones, bolígrafos, varias llaves, pañuelos de mano doblados y apilados, una crema de manos y varios señaladores. Encima de la mesita, un perfume, varios libros, un teléfono fijo y el control remoto del televisor.
—¿Hay en algún lugar una caja de seguridad? —pregunté.
—Sí, pero sólo guardaba documentos, algunas acciones, joyas y algo de dinero. Yo ya retiré los valores. Sus ahorros los tenía en un plazo fijo en dólares que compartía conmigo. Cobraba su jubilación y la pensión de mi padre en su caja de ahorros. 
Todo estaba muy ordenado y limpio. Antonia me informó que una mujer de confianza llamada Anabel iba dos veces por semana a limpiar, planchar y lavar la ropa, y que ella misma se encargaba de acercarle las provisiones y medicamentos que necesitaba, y que todos los servicios e impuestos los pagaba mediante débito automático y Home Banking que ella misma le manejaba. Tomé nota de todo esto.
Le pregunté si se conservaban pertenencias de su padre, y me respondió que había un armario en el cuarto de servicio donde estaban todos sus papeles y carpetas. Fuimos a ese lugar que estaba al final de un pasillo de cuatro o cinco metros. Allí nos llevamos una sorpresa: las dos puertas del mueble estaban abiertas y en el piso había papeles desparramados, biblioratos, fotografías, recortes de diarios, ejemplares de varias revistas viejas.
—¡Alguien estuvo aquí revisando las cosas de mi padre! —exclamó alarmada Antonia.
—¿Usted no había notado esto hasta ahora?
—Es que nunca vine a este sector apartado del departamento, y no creo que haya sido mamá la que anduvo revisando esto. Ella no habría dejado todo tirado.
—Quizás lo hizo cuando la amenazaron —opiné dubitativo—; tal vez asustada buscó la carpeta de la que hablaron esos tipos misteriosos. Una persona muy asustada, con limitaciones físicas como era el caso de su madre, pudo dejar todo en desorden, no sé… La puerta del departamento estaba cerrada. ¿Alguien más tiene llaves del lugar?
—No, sólo yo, ni siquiera Anabel tuvo nunca llaves del departamento.
—Después quiero ver el balcón y la puerta de servicio.
Me arrodillé y revisé someramente los papeles y carpetas que estaban en el piso. No había nada que llamara la atención. Muchos documentos oficiales, pero muy viejos, de más de veinte años. Biblioratos con formularios y copias de informes, boletas de impuestos y servicios públicos muy antiguos, de antes de la era informática. Todo muy añejo y sin valor alguno. Tomé varias fotografías y dejamos todo como estaba.

Observé que sobre el escritorio había un mouse semioculto por varias hojas de papel.

—¿En la casa hay una computadora? —pregunté, y señalé el mouse.

Antonia pareció sorprenderse y titubear, pero inmediatamente exclamó:

—¡Falta la notebook de papá! Estaba sobre ese escritorito. Salvo que mamá la haya cambiado de lugar…
Fuimos a la cocina donde todo parecía limpio y ordenado. En la pileta estaban sin lavar un plato, una copa y cubiertos que Severia había utilizado para su cena. La heladera estaba cargada de comestibles, carne, leche, bebidas sin alcohol, una botella de champaña de buena marca y frutas y hortalizas que se estaban echando a perder.
—Pensaba venir con Anabel para limpiar todo esto pero ahora creo que es mejor no tocar nada, ¿no?
—Sí, deje la heladera funcionando al máximo para que se conserve todo lo más posible. A lo sumo ponga en el frízer la carne. Tenga presente esto: si tenemos que encontrar la causa de la muerte de su mamá en un posible envenenamiento, habrá que analizar todo, incluyendo la taza de té y los platos sucios de la pileta.
Antonia me llevó hasta la puerta de servicio. Estaba clausurada por dentro con dos cerrojos y una cerradura de seguridad que hacía años no se utilizaba. Fuimos hasta el balcón. Observé detenidamente los dos batientes, articulados cada uno en dos persianas angostas de celosía metálica, de más de dos metros y medio de altura con fallebas de hierro que funcionaban bien. No parecía posible que alguien pudiera entrar por allí.
Revisamos otros dos cuartos y un pequeño lavadero en el patio que daba a un pozo de aire y luz. Tomé varias fotos más y nos fuimos del lugar. El departamento contaba con alarma y dos cerraduras de seguridad.


©2020 Enrique Arenz
Prohibida su reproducción


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