jueves, 16 de abril de 2020

Otra investigación de Facundo Lorences (Cap. 4º)


LA CARPETA DEL SEÑOR MURGA
Una novela policial de Enrique Arenz

4
Cuando entré en el departamento, el olor a encierro cadavérico me empujó para atrás. Tuve una rara percepción de peligro. Encendí las luces y fui primero a la mesita junto al sillón. Ahí estaba la taza de té. Era demasiado notorio que la anciana no pudo dejarla en esa posición si estaba bebiendo de esa taza.
Fui hasta la cocina, abrí el bajo mesada y observé el recipiente de los residuos. Arriba de todo había dos saquitos de té desechados. Hice algo incorrecto: tomé los dos saquitos, los puse por separado en pequeños sobres de plástico con cierre hermético, y los guardé en mi portafolios. Necesitaba hacer una prueba con ellos, y yo temía que la policía científica terminara por contaminar los detalles menores que son los más importantes.
Me sobresaltó un ligero sonido, casi imperceptible que bien pudo venir de algún departamento vecino. Fue como el quejido de una bisagra a la que le falta aceite. No puede haber nadie en el departamento, razoné para calmarme, la puerta estaba cerrada con doble llave y, además, yo mismo desactivé la alarma al entrar. ¿Y si a pesar de la lógica hubiera alguien escondido? ¿Qué hago? ¿Me escapo de este lugar donde la muerte todavía anda flotando o investigo de dónde vino ese sonido? No soy un tipo muy valiente pero tampoco un cobarde al que el miedo paraliza. Decidí arriesgarme. Me acerqué cautamente al dormitorio de la anciana y encendí la luz. No había nadie. Abrí las cuatro puertas del guardarropa y hasta miré debajo de la cama. Me impresionó volver a ver las sábanas y el cobertor prolijamente corridos hacia un costado para que la señora Severia se acostara cuando terminara de leer y beber su té en la sala. Mi imaginación alterada me hacía ver algo tenebroso en esa habitación: la cama de la señora Severia parecía un ser vivo que estaba esperando todavía que su dueña aparezca para fusionarse con ella entre sus sábanas.

Fui hasta las otras habitaciones: estaban vacías. Cuando encendí la luz de la que había sido el dormitorio de Antonia me llamó la atención el par de chinelas que asomaban debajo de la cama. No había notado ese detalle cuando estuve la primera vez, y ahora mismo no me parecía que fuera nada importante, pero igual le tomé una fotografía. La habitación de servicio estaba del otro lado del baño, era pequeña y tenía sólo una cama, una mesita de noche una silla y un perchero. Me quedaba el baño y el cuartito del señor Murga en el fondo. En el baño no había nadie, pero no me atreví a descorrer la cortina de la bañera.
(Cuando el fiscal Berstein apareció muerto en el baño de su departamento, yo había imaginado que lo mataron dos sujetos que se habían escondido detrás de la cortina y que lo sorprendieron mientras se miraba en el espejo. Actuaron con la rapidez y la destreza de los profesionales de la muerte, uno lo golpeó para aturdirlo y obligarlo a arrodillarse, y el otro le puso la pistola 22 en su mano derecha, se la sujetó fuertemente con la suya y se la llevó hasta que el caño quedó cerca de su cabeza. Entonces apretó el dedo índice del fiscal para obligarlo a dispararse. La muerte debió de ser rápida, aunque dolorosa, porque un proyectil calibre 22 no produce orificio de salida y rebota varias veces dentro de la cavidad craneana licuando a su paso la masa encefálica. Los sicarios dejaron caer la pistola al piso y salieron del baño dejando el cuerpo del muerto con la cabeza apoyada sobre la puerta. Pero mi hipótesis se desvaneció cuando vi las fotografías del baño que se difundieron posteriormente: el fatídico toilette del fiscal no tenía cortina sino una mampara de vidrio).
Lo cierto es que siempre me obsesionó la imagen de un asesino profesional acechando a su víctima detrás de la cortina del baño. Para vencer esta obsesión hice algo práctico: saqué la llave que estaba del lado de adentro, cerré la puerta y le eché llave desde afuera. Por las dudas. Me hizo reir mi propia estupidez, pero, ¿y si hubiera dejado encerrado a un intruso?
¿Eso fue una sombra? No estoy seguro, los nervios son traicioneros, pero algo se movió en el fondo del pasillo. Traté de tranquilizarme diciéndome otra vez que era imposible que hubiera otra persona en el departamento porque yo acababa de abrir la sólida puerta con doble cerradura y desactivado la alarma. Y fue en ese momento cuando recordé mi fatal descuido: ¡no volví a cerrar con llave después de entrar! Actué confiado como cualquier persona que entra a un lugar deshabitado y piensa irse en poco tiempo. Es cierto que nadie pudo entrar antes que yo, ¡pero sí pudo hacerlo después! Cualquiera que me haya seguido consiguió ingresar subrepticiamente al departamento mientras yo estaba en la cocina revisando la basura. ¿Debo llamar a la policía? ¿Y si no hubiera nadie y yo estuviera alucinando alterado por este entorno tan opresivo? Haría el ridículo, y tendría que dar explicaciones por mi presencia en este lugar. Además, quedará constancia de que estuve merodeando en la escena de un presunto crimen. No, tan sólo son mis nervios que me están enloqueciendo. Fui a mirar el cuartito del señor Murga. Era lo último que me quedaba antes de irme rápidamente de ese ámbito tan silenciosamente aciago. Antes pasé por la cocina y tomé una cuchilla grande y muy filosa para tener algo con qué defenderme, por si acaso. Me acerqué con extrema cautela al cuartito donde el esposo de la señora Severia guardaba sus documentos. Reconozco que me agité, empecé a temblar y sentí el sudor frio del miedo, pero tuve el coraje de seguir adelante. Recordaba que en ese cuarto el interruptor no está junto a la puerta sino un metro hacia la derecha. Fui a tientas hasta que mis dedos encontraron la llave y encendí la luz. A primera vista estaba todo igual que la vez anterior, el mismo desorden en el piso, las puertas del armario abiertas, todo igual… hasta que descubrí la diferencia: sobre el pequeño escritorio estaba la netbook del señor Murga que Antonia había echado de menos la vez anterior. Esa novedad relajó mi estado de precaución.
Fue al acercarme al escritorio cuando percibí una presencia detrás de mí. Me volví como un rayo y sin pensarlo, instintivamente, lancé una cuchillada al aire pero casi simultáneamente vi un bulto y sentí un golpe en la frente. No recuerdo más nada.

No sé cuánto tiempo estuve sin sentido. A mí me parecieron segundos. Cuando me incorporé noté que tenía sangre en la ropa, un fuerte dolor en el lado izquierdo de la frente y me sentía mareado y confundido. En el piso y encima de los papeles desparramados había un reguero de sangre que iba hacia el pasillo. Seguí lentamente ese rastro macabro hasta que vi la espantosa imagen: a pocos metros de ese cuartito un cuerpo yacía en el piso. Ahí estaba
mi atacante, muerto en medio de un impresionante charco de sangre y con un enorme tajo en el cuello. ¡Yo había degollado a ese tipo! Sin duda se trataba de un profesional que fue sorprendido por la circunstancia inesperada para él de que yo tuviera un filoso cuchillo en mis manos y que reaccionara dando un guadañazo de ciego en el momento mismo en que él lanzaba un golpe sobre mi cabeza. En su mano derecha tenía calzada una manopla de hierro.
Ahora sí, llamé a la policía. Denuncié que había un hombre muerto y otro herido. Luego la llamé a Antonia para ponerla al tanto de lo que había sucedido. Imaginen su sorpresa y desconcierto: el abogado que investigaba la muerte de su madre acababa de matar a un desconocido que había entrado al departamento para atacarlo por la espalda. Voy para allá volando, me dijo con voz temblorosa.
Aproveché los minutos que tardaron en llegar la policía y el SAME para revisar al muerto sin pisar la abundante sangre que seguía expandiéndose. Al palpar su cintura comprobé que estaba armado con una pistola grande, probablemente una 45. No pude revisarle los bolsillos porque su saco estaba empapado de sangre que comenzaba a coagularse. Era un hombre de unos cuarenta y cinco años, de estatura media, bigote negro espeso, algo excedido de peso y vestido con traje y corbata. Le tomé varias fotografías y me hice un par de selfis para registrar mi cara ensangrentada y el corte y hematoma que tenía en la frente.

Expliqué brevemente al oficial a cargo lo que había ocurrido. Cuando llegó Antonia confirmó que ella me había dado las llaves para que entrara al departamento de su madre. Habría una causa por homicidio contra mí, por lo tanto el oficial no me hizo preguntas y se limitó a leerme mis derechos. Enseguida llegó el SAME y me trasladó a la clínica privada que yo le indiqué. Antonia se quedó en el lugar para completar las formalidades, retiro del cuerpo y actuación de la policía científica que, pensé en medio de mi conmoción, seguramente arruinará parte de la otra escena, la del primer presunto crimen del que aún no está enterada, para cumplir con los protocolos del segundo.
Antonella vino a la clínica tan pronto le avisé. Por suerte los estudios por imágenes no revelaron ninguna fractura de cráneo ni hematoma subdural, así que los médicos se limitaron a desinfectar y suturar la herida, que no era muy grande, y dejarme una noche internado en observación. Al mismo tiempo yo quedaba demorado por orden del fiscal interviniente con una custodia policial. No podía creer que había matado a una persona, y si bien había sido en defensa propia, me preocupaba que mi cuchillazo (certero por pura casualidad) hubiera encontrado la carótida de mi atacante una fracción de segundos antes de recibir su ya lanzado golpe de manopla.
Los analgésicos, sedantes y antiinflamatorios que me suministraron me indujeron un intenso sueño y me quedé profundamente dormido. Cuando me desperté por la mañana la vi a Antonella que se había quedado toda la noche conmigo. Estaba muy preocupada no por mi herida que era leve y sin ningún riesgo, sino por la situación vivida, sus derivaciones inciertas y la acción procesal en la que había quedado envuelto.
A las 9 entró en la habitación mi secretaria Helena. Le pregunté:
—¿Sabés en que juzgado se radicó este caso?
—Si, el del doctor Hernandorena, con la fiscalía de… adiviná. 
—No me digas que la de mi amigo Alieto…
—Alieto Fatah —aunque no sabemos si no se va a excusar por ser amigo tuyo.
—No, Alieto no se excusa hasta no estar seguro de que haya alguna incompatibilidad indubitable. Mirá, Helena, no tenemos que perder tiempo. Preparame un escrito en la que la señorita Antonia Murga solicita la unificación de la causa por la muerte de su madre, con esta otra de ahora, ya que ambas están relacionadas.
—Pero vos, Facundo, vas a necesitar un abogado defensor.
—Sí, hablale a Ernestina Stocic, contale lo que me ocurrió y pedile que lo convenza a su hermano el doctor Bernardo Stocic para que acepte patrocinarme, o que designe a alguno de sus asistentes.


©2020 Enrique Arenz
Prohibida su reproducción


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