jueves, 23 de abril de 2020

Otra investigación de Facundo Lorences (Cap. 5º)



LA CARPETA DEL SEÑOR MURGA
Una novela policial de Enrique Arenz

5
No bien me dieron de alta, me trasladaron en un móvil policial a la fiscalía de Alieto Fatah para prestar declaración. Ya estaba allí mi maestro Bernardo Stocic quien no había vacilado en asistirme personalmente. Acepté declarar y responder preguntas, expliqué lo que había sucedido, los motivos profesionales por los cuales había ido al departamento de la señora Severia Correa de Murga con autorización de su hija y única heredera, y que estando en el lugar escuché ruidos sospechosos que me hicieron pensar que alguien, que ahora sospecho me había estado siguiendo, podía haber ingresado cuando yo descuidadamente dejé sin llave la puerta de entrada. Entonces tomé un cuchillo para defenderme, y cuando advertí que alguien se aprestaba a atacarme por la espalda, reaccioné instintivamente: me di vuelta y lancé una cuchillada que por pura casualidad le abrió la garganta a mi atacante.
Contesté a todas las preguntas, y el doctor Stocic aprovechó la ocasión para pedir que se unificara al expediente de la denuncia realizada días antes por la señorita Antonia Murga con mi patrocinio letrado, por existir evidente conexidad entre ambas causas. Acto seguido se labró el acta y se nos informó que yo quedaba en libertad mientras se sustanciaba la investigación. La carátula provisoria del expediente fue “Homicidio en legítima defensa”.
—Tuviste suerte, Facundo —comentó mi maestro mientras nos llevaba a casa a mi esposa y a mí en su auto—: el tipo que mataste resultó ser un sicario paraguayo buscado por Interpol desde hace tres años, el fiscal que te tocó es amigo tuyo, y el juez, amigo mío. Esto va a ser un trámite, te lo prometo.
—Le agradezco tanto, doctor que haya aceptado representarme.
—¿Cómo no te iba a defender, estás mamado?, si yo te metí en este baile cuando te mandé a la loca de mi hermana. Aunque, por lo que estamos viendo, no parece estar tan loca, al menos esta vez. Bueno, escuchame, es posible que debas renunciar a patrocinar a la hija de Severia, al menos hasta que se resuelva tu situación procesal. Voy a tratar de que eso no ocurra, hay jurisprudencia que nos favorece y yo conozco todos esos vericuetos, pero si tu apartamiento fuera inevitable nuestro plan B podría ser este: yo me haría cargo formalmente de esa investigación, firmaría todo lo que sea necesario pero vos seguirías al frente haciendo tu trabajo. Actuaríamos en todo caso como asociados.
—Esto sí que no me lo esperaba, maestro. Trabajar con usted será un regalo que me da la vida. Muchas gracias.
—Bah, dejate de joder, la culpa de todo la tiene mi hermana.
  
Era martes. Me tomé tres días y el fin de semana de descanso y volví renovado al trabajo.
El jueves anterior me había llamado el doctor Stocic para anoticiarme de que se habían unificado las dos causas y que él había logrado que el expediente, ahora caratulado como “Correa, Severia, averiguación de muerte dudosa”, quedara radicado en el juzgado en lo Criminal a cargo del doctor Hernandorena. También me informó que al día siguiente allanarían el departamento de la calle Rivadavia y que se levantarían pruebas relacionadas tanto con la denuncia originaria como con el homicidio reciente. El mismo Stocic estaría presente en el procedimiento.
Cuando el lunes llegué a mi estudio me estaba esperando el detective Pancho Arribeño.
—Doctor, me enteré lo que le pasó y no lo puedo creer. ¡Se mando a un culata profesional muy peligroso!
—No me enorgullece haber matado a una persona, ingeniero. ¿Usted lo conocía?
—Sí, pero de vista nomás. Es un paraguayo de Ciudad del Este que hace trabajos informales tanto para los narcos como para los servicios de varios países. No se sienta mal, usted libró a la sociedad de una alimaña. Está claro que este tipo no tenía orden de matarlo sino de golpearlo para que se asustara. Ya deben de saber que usted está investigando la muerte de la vieja. Me pregunto por qué estarán tan preocupados.
—Me dicen que el tipo no tiene familiares así que pienso que avisarán al consulado paraguayo y luego de las formalidades forenses lo mantendrán un tiempo en la congeladora por si alguien reclama el cuerpo. ¿Usted cómo se enteró? El hecho no se filtró a la prensa y todos nos comprometimos a mantenerlo oculto para no entorpecer la investigación.
 —Yo me entero de todo, mi querido doctor, si no, tendría que dedicarme a jugar a las bochas. Le digo que hubo sorpresa en el ambiente de los servicios porque Serapio Urtazo (ese es el nombre que figura en el último pasaporte del paraguayo, y tenga por seguro de que nunca sabremos su verdadera filiación), conocido en el ambiente como «El Pacha Artemio», era un tipo muy, pero muy, profesional y hasta ahora infalible. No me va a creer, doctor, pero se ganó el respeto de mucha gente peligrosa. Hasta se afirmaba que usted tendría entrenamiento militar o algo así. Yo, como se imaginará, me hice el boludo y dije que no lo conocía, Pero, ojo, eso significa que la próxima vez van a ser más cuidadosos y precisos.
—¿Qué me quiere decir con eso?
—Esta vez quisieron asustarlo y les salió mal, la próxima, querrán matarlo. Se lo aviso para que se cuide. Usted está investigando a gente muy pesada y con ramificaciones con la política y el poder.
—Mi esposa quiere que me aparte, y yo le confieso que hasta ayer pensé muy seriamente en hacerlo, pero ahora cambié de opinión, por mi propia autoestima, y pienso seguir adelante. ¿Me averiguó algo de lo que le encargué?
—Todavía no, déjeme unos días más. Sospecho quiénes son los dos paparulos que estaban en el velatorio de la viuda de Murga. Son burócratas de mierda, cuatros de copas, no los veo matando a nadie, aunque sí pueden amenazar y apretar. Trabajo de cobardes, si los hay. Intimidar a personas indefensas. ¿Se puede saber, doctor, por qué la amenazaron a la viuda?
—Ya le dije que buscaban una carpeta. No sé exactamente qué contenía porque esa carpeta no aparece por ninguna parte, pero se trataba de documentación relacionada con un caso que no puedo revelar.
—Entiendo, doctor. Pero esto me intriga mucho porque se ha revuelto el avispero de los servicios como si se tratara de algo muy grosso…
—Es algo grosso…
—Ajá… —Arribeño movió lentamente la cabeza de arriba a abajo—, me lo imaginaba. Bueno, hizo bien en confirmarme al menos eso. Seré más prudente en mis pesquisas. Esa gente no tiene que saber que yo trabajo para usted. No vaya más a verme al café ni me llame al celular. Sólo nos comunicaremos por whatsapp y los dos borraremos en el acto los mensajes.
  
Al otro día fui a la clínica donde me sacaron el apósito y me dijeron que la contusión había desaparecido y que el corte se estaba cerrando bien, por lo que no necesitaba hacer más nada. Por la tarde trabajé normalmente en mi oficina.
Eran las siete y yo ya me iba a casa cuando llegó Antonia. Muy llamativa, con camisa blanca ajustada y pantaloncitos cortos de jean desflecado, me encandiló con sus largas y blancas piernas. Me contó que la policía científica, con el fiscal y sus asistentes, habían estado en el departamento de su madre levantando huellas dactilares y juntando elementos varios para llevar al laboratorio.
—Me dejaron todo hecho un desastre. Pero por suerte me autorizaron a limpiar el departamento y disponer libremente de todo lo que hay dentro. Se llevaron la netbook de mi padre que apareció misteriosamente en su escritorio, el recipiente de la basura y la taza de té, la cucharita, el vaso, el blíster de Valium que estaban en la mesita y la cuchilla con la que te defendiste. El fiscal me preguntó si yo había movido esa taza; le dije que nadie había tocado nada. Contraté a una empresa de limpieza y desinfección que empiezan mañana temprano. Quería preguntarte si necesitás ver algo antes de ordenar todo.
Antonia me tuteó como si me conociera de toda la vida. Eso me tomó desprevenido. Después de alguna vacilación, le dije:
—Sí, querría darle una última ojeada. ¿Qué te parece si vamos ahora?
—¿No es un poco tarde? Digo por vos…
—Le aviso a mi esposa y después de ver el departamento te invito a cenar.
—Me parece bien.

En el departamento de la calle Rivadavia sólo quise ver el pasillo donde murió el sicario y el cuartito del señor Murga. La sangre del piso estaba cubierta con hojas de diario, pero el olor era insoportable. Una vez en la pequeña habitación me senté en el sillón giratorio para pensar en lo que debía mirar antes de que limpiaran el lugar. Antonia apoyó su trasero en el borde del escritorito de su padre exhibiendo sus grandiosas piernas en todo su esplendor. Tuve que hacer un esfuerzo para no mirarlas pero eso era imposible, y ella lo sabía. Pero en lugar de moderar su exposición se sentó sobre el escritorio con las piernas cruzadas. Eso ya fue mucho para mí.
Me levanté enseguida, revisé el armario del que la policía se había llevado biblio- ­r­atos y papeles que pudieron parecerles importantes.
—¿Dónde está la caja fuerte?
—En mi habitación, la que está antes del baño. La policía ya la revisó. Sólo había la escritura de este departamento, unas acciones de YPF y la cédula de identidad y el pasaporte de mamá. El dinero que había yo ya lo había retirado para los gastos del sepelio. Vení que te la muestro.
La caja estaba empotrada detrás de una doble pared corrediza que tenía un mecanismo ingenioso de rieles ocultos tras la moldura del cielorraso y ruedas debajo tapadas por el zócalo del piso. Me llamó la atención ese original sistema de ocultamiento de una caja fuerte. En cierto momento mi codo golpeó la mampara y me sorprendió el sonido fuerte que se oyó. Ahí me di cuenta de que la falsa pared estaba construida con un material sintético muy liviano y montada sobre un bastidor, por eso podía deslizarse con tanta facilidad.. Sacamos los documentos y la revisé cuidadosamente. No tenía doble fondo, ni escondrijos laterales. No me sorprendió porque la policía habrá hecho la misma búsqueda. Cerramos la caja, Antonia corrió la pared falsa que tenía varios cuadritos colgados y me quedé pensativo. Tenía el presentimiento de que algo se nos estaba escapando. Antes de dejar la habitación, pregunté:
—Decime, Antonia. ¿Alguna vez te quedabas a dormir acá después de que te fuiste?
—Cuando vivía papá, nos reuníamos los tres para Navidad y Año nuevo. Entonces me quedaba a dormir para no volver tan tarde sola a mi departamento. Después de que falleció papá, nunca más dormí aquí.
—Vi la vez pasada que la habitación está muy bien ordenadita.
Mamá se encargaba de tenerla siempre así. La ventilaba y la hacía limpiar por Anabel casi todos las semanas. Es que ella siempre esperó convencerme de que volviera a vivir en esta casa.
—Se nota que también enceraban el piso.
—Sí, es un piso hermoso de roble oscuro. Le gustaba verlo siempre impecable.
—Bueno, Antonia, nos podemos ir. Que limpien y desinfecten todo, y si encontrás algo que te llama la atención, me avisás. Es probable que yo vuelva a inspeccionar todo el departamento, pero con más tiempo. En medio de esta inmundicia sangrienta no podemos hacer nada. Ahora vamos a cenar y después te llevo a tu casa.


©2020 Enrique Arenz
Prohibida su reproducción



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