jueves, 30 de abril de 2020

Otra investigación de Facundo Lorences (Cap. 6º)


LA CARPETA DEL SEÑOR MURGA
Una novela policial de Enrique Arenz

6
Fuimos a un restaurante de Palermo y ordenamos el menú que Antonia eligió; un buen vino para ella y, como yo tenía que manejar, una triste gaseosa para mí. Charlamos relajadamente aunque yo estaba un poco a la defensiva porque cada vez se notaba más que Antonia me tiraba muy sutilmente los perros. Y a mí su personalidad enérgica, escondida detrás del atractivo de una gracia cautivante, me dejaba en desventaja. Pero me había propuesto mantener las distancias adecuadas.
—¿Tenés pareja o novio? —le pregunté. Imprudentemente, lo reconozco.
—Sólo un amigo con quien me veo cada tanto, pero nada serio.
—¿Y cómo es posible que una mujer tan joven y atractiva como vos viva sola?
—Tuve una pareja durante un corto tiempo, pero nos separamos. Y aprendí que vivir sola; te digo que es muy interesante. Si estás bien con vos misma, la soledad es muy plácida. La sensación de libertad que se siente es invalorable.
Aquí debí haber cortado estas divagaciones para hablar del presunto crimen de su madre. Sin embargo continué alentado por su mirada hipnótica.
—Sí, pero el amor es muy necesario —comenté sin pensarlo, y en seguida me arrepentí. Es que no he perdido aún mis mañas de soltero.
—Ah, eso sí, no te lo niego. Me encanta enamorarme y vivir los primeros momentos de la pasión, que son maravillosos. Pero aprendí que hay que disfrutarlos intensamente hasta que el ardor llega a su punto más alto, y cortar amarras antes de que empiece a descender, y eso ocurre en poco tiempo. El fuego en la mujer se apaga por el desencanto, cuando te das cuenta de que el hombre que te encandiló no es el que creías. Aparecen las imperfecciones humanas, los defectos, el humor, las miserias. El motor del enamoramiento es la inevitable idealización del amado, pero es un motor con poco combustible, y cuando se detiene la relación se vuelva una costumbre, una comodidad, a veces una triste resignación. Es ahí cuando empiezan los problemas…
—Eso se lo escuché decir a muchos hombres, pero es la primera vez que me lo dice una mujer.
—Sin embargo los hombres son los más propensos a la rutina, a la vida matrimonial.
—A ver, explicame eso.
—Ustedes pueden estar años casados o en pareja y nunca pierden el deseo sexual. ¿Es así?
Qué rápido sacó el tema sexual esta chica, me dije pasmado.
No sé si todos —contesté siguiendo la conversación en lugar de desviarla, como habría correspondido—, pero es verdad que en términos genéricos los hombres tenemos una sexualidad activa que puede ser independiente del amor.
—En cambio las mujeres sólo mientras estamos en ese estado de enamoramiento anhelamos apasionadamente el sexo. Durante ese tiempo mágico en que sólo pensamos en el hombre amado. Y eso dura poco. Cuando ese enamoramiento declina hasta desaparecer, y aunque persista el amor, un amor normal, doméstico, familiar, ya no tenemos el mismo interés por el sexo.
¿Ah, sí? —dije fascinado por la seguridad de Antonia.
—Claro. Un hombre se puede acostar con cualquier mujer que le resulte atractiva aunque no la ame. ¿No es verdad, Facundo?
—Y a veces, hasta con una que no nos guste mucho, dependiendo de la necesidad —la interrumpí entre risas.
Ella también se rio, y el sonido de su risa me hizo sentir un tipo gracioso.
—¿Viste? —dijo entusiasta poniendo su mano sobre mi brazo— Es así, y por una comprensible necesidad biológica. En cambio eso mismo no puede hacerlo una mujer, con excepción de algunas a las que les atrae el sexo casual, ya sea como aventura o para sentirse liberada. Ahora es más frecuente entre las jovencitas, pero no es algo natural.
No me parece que ese sea tu caso.
—No, para nada… salvo que un tipo me guste mucho y me deslumbre. La admiración por un hombre es para mí (y para la mayoría de las mujeres) una emoción muy parecida al enamoramiento, aunque no exige el mismo cargoseo de estar encima del tipo, pensando en él día y noche. La admiración puede transformarse en enamoramiento, pero si eso ocurre… hay fecha de vencimiento. Eso es inexorable.
Quedé pasmado por el encanto con que Antonia me explicaba sus ideas sobre el amor y el sexo. Mi sentido de la prudencia no dejaba de avisarme que debía poner punto final a esa conversación, pero me resultaba tan agradable que me fue imposible hacerlo. Al contrario, me metí más adentro aun:
—Vos decías que en el matrimonio la mujer perdía interés en el sexo.
—Sólo cuando se apaga su enamoramiento. En algunas mujeres puede durar toda la vida, pero son casos muy raros y depende mucho del marido. En términos generales, el enamoramiento suele durar algunos meses, un año como mucho.
—Pero si a ese estado anormal que es el enamoramiento le sigue el amor sereno, menos atencional pero igualmente sólido, ¿por qué creés que el interés sexual de la mujer disminuye hasta casi apagarse?
Porque el sexo es masculino.
—¡Ah la pucha! —dije riendo como si hubiera escuchado un chiste— ¿Qué estás diciendo?
—Que el sexo es masculino, es una pulsión natural de los hombres. Leí en un ensayo de Sábato que cuando el sexo ha terminado para el hombre, recién comienza para la mujer, porque en la mujer el sexo es esencialmente el proceso del embarazo y la maternidad.
Me miró sonriente y con una mirada juguetona. Se notaba que le gustaba sorprenderme con sus ideas originales, aunque no era pedante para nada.
—Eso que has dicho no parece muy feminista —comenté, siempre risueño.
—Soy feminista, pero no feminista radical. No ando con el pañuelito verde abominando del patriarcado que ya no existe más. Las chicas que hacen eso no están siendo sinceras. No les niego el derecho de pensar como quieran, pero eso de salir a la calle a mostrar los pechos como símbolo de liberación, me parece penoso e inmaduro. Ninguna mujer puede ser igual al hombre en materia de sexo porque su naturaleza es diferente.
Yo la miraba hechizado y saboreaba todas sus palabras. Es que para un hombre, hablar de sexo con una mujer desconocida y atractiva es el súmmum del placer intelectual. Ella comió un bocado y bebió un trago de vino con sublime elegancia y continuó:
—Mirá, el aparato sexual masculino le exige al hombre promedio una actividad sexual frecuente. Cuando ustedes son jóvenes sienten la necesidad biológica de hacerlo todos los días, con los años el intervalo se amplía, qué se yo, ponele, una vez cada tres, cuatro días, una vez por semana, pero siempre con una periodicidad rigurosa. En nosotras eso no sucede.
—Pero Antonia, entonces los hombres necesitamos varias mujeres, no una.
—¿Y acaso no es eso lo que ocurre en muchos matrimonios?
—Sucede, sí, pero no todos…
—Claro, hombre. Porque las mujeres conocemos las necesidades biológicas de los hombres y si somos inteligentes no los mandamos a los brazos de otra. Conocemos el secreto de ser complacientes y tratamos de seguirles el tren en sus necesidades corporales. Las madres del siglo diecinueve ya les enseñaban eso a sus hijas.
—Un momento, Antonia, supongo que no me estás diciendo que ustedes no disfrutan del sexo con el hombre que aman.
—No dije eso. Sí, disfrutamos con la intimidad conyugal, porque eso consolida el matrimonio o la pareja estable. Pero de una manera diferente.
—A ver, aclarame eso.
—Por ejemplo, las mujeres aprendimos a fingir orgasmos desde que el mundo existe, ¿cierto o no?
—Cierto.
—Los hombres a veces también lo hacen, pero muy raramente y por razones muy diferentes. Las mujeres promedio fingen, a lo largo de sus vidas, más orgasmos de los que realmente experimentan, y es porque el orgasmo femenino es más la culminación de un proceso espiritual y emocional que un episodio puramente espasmódico. En cambio en ustedes es una reacción orgánica, puramente fisiológica, destinada a expulsar el esperma con fuerza suficiente como para llegar lo más cerca posible al óvulo femenino. Fricción, estimulación de terminales nerviosas y espasmo, es un mecanismo demasiado simple.
—Mirá vos…—comenté boquiabierto. Antonia limpió delicadamente la comisura de sus labios con la servilleta y bebió otro trago de vino. Alzó la vista, me miró a los ojos (ella sabía que me tenía subyugado) y continuó:
—Mientras la mujer está enamorada, responde sexualmente igual que su hombre. Su estado de obnubilación, de encantamiento, la hacen disfrutar intensamente en lo espiritual y en lo físico. Sentir la intimidad del cuerpo masculino, saberse poseída y deseada por el hombre que ocupa todos sus pensamiento, desatan en ella una serie de emociones profundas, totalmente descontroladas que culminan naturalmente en uno o varios orgasmos que la calman y la relajan.
—¿Y el hombre no siente lo mismo?
—No, el hombre, esté o no enamorado, siempre va a disfrutar del sexo de la misma manera. Después, se duerme (como el león dominante); la mujer enamorada, en cambio, se pone mimosa y cargosa —al decir esto estalló en una carcajada.
—Puede ser… Pero no estoy de acuerdo con que toda mujer que se ha desenamorado queda con anorgasmia crónica.
—¡No, claro que no! Yo no dije eso. Sólo se modifica su disposición y su necesidad. Su deseo se dispara únicamente bajo ciertas condiciones. Si el marido es bondadoso, la complace en sus gustos, tiene hacia ella atenciones románticas, demuestra ser buen padre y de vez en cuando la sorprende con algún gesto que la halaga y la hace sentir como una reina, se despiertan en ella reminiscencias de su antiguo enamoramiento, ¿eh?, y va a desear tener sexo con él. Pero eso no va a ocurrir todos los días. Yo lo resumiría así: cuando a la mujer se le pasó el enamoramiento, el sexo compartido te lo tenés que ganar.

—Pero Antonia, si como vos decís el hombre tiene necesidad de sexo periódico, a veces diario, lo cual es cierto, ¿cómo se compatibilizan en la sociedad monogámica esas dos naturalezas tan contrapuestas?
—Ahí está el secreto femenino. La mujer que quiere a su hombre es complaciente, pero no por obligación, o porque el marido tiene “derechos”, como se decía antes, sino porque ella también disfruta espiritualmente con la sensualidad de los abrazos y los besos y le encanta que su hombre se siga excitando con su cuerpo y trepide entre sus brazos con un encantador espasmo de su aparato genital.
Esta descripción fue tan perfecta que me dejó sin palabras. Finalmente atiné a decir:
—Está bien, entiendo tu punto de vista. ¿Pero entonces por qué la mujer finge un orgasmo que no busca ni necesita?
—Eso ya es una cuestión cultural. Lo ideal sería que se aceptara como la cosa más natural del mundo que la mujer experimente orgasmos sólo en algunas ocasiones aunque tenga relaciones todas las noches. Pero en el hombre medio todavía predomina el ego masculino, o, para decirlo en forma más clara, el orgullo del macho. Si al copular, la mujer no acaba con alguna espectacularidad, él tiende a pensar que no ha sabido satisfacerla, o bien que ella ya no lo quiere, o que quizás tenga un amante. Entonces, para ahorrarse malos entendidos, y también para no lastimar ese ego tan sensible, la mujer aprendió a fingir, y todos contentos. Ojo, que la mujer gima durante el acto y pronuncie algunas frases eróticas no es simulación, es una forma de estimular a su hombre. Y eso nos sale naturalmente, no lo fingimos.
Esto ya era demasiado. Con la excusa de que era muy tarde, corté la conversación y pedí la cuenta. Yo, en mi vasta experiencia de conquistador (antes de casarme con Antonella, aclaro), había aprendido que cuando una mujer se pone a hablar de sexo con un hombre al que casi no conoce, es porque está interesada en ese hombre. Por eso tomé mis precauciones.
Llevé a Antonia hasta su casa. Cuando detuve el automóvil ocurrió lo que yo ya esperaba: me ofreció pasar a tomar un café. Yo ya tenía preparada mi respuesta: se había hecho muy tarde y no podía demorarme, pero para no desairarla o que no se sientiera rechazada, le aseguré que otro día, si ella me invitaba, aceptaría visitarla para tomar un café y continuar tan agradable charla sobre el amor y el sexo. Sonrió satisfecha, me agradeció la cena, dijo el clásico “La pasé muy bien” y se despidió de mí con un beso en la mejilla. Pero casi como de descuido, sus labios rozaron imperceptiblemente los míos. Ella ganaba el último round.


©2020 Enrique Arenz
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