jueves, 9 de abril de 2020

Otra investigación de Facundo Lorences (Cap. 3)

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LA CARPETA DEL SEÑOR MURGA
Una novela policial de Enrique Arenz


3

Al otro día lo fui a ver a mi informante de cabecera, don Pancho Arribeño, apodado “el ingeniero”, un ex agente de la antigua SIDE que tiene su despacho en un bar en las inmediaciones del Pasaje Barolo, donde en otros tiempos había trabajado en el área de Operaciones hasta que lo exoneraron, nunca pude saber por qué.
Arribeño tiene infinidad de contactos con agentes de los servicios, policías, políticos y empleados de cuanta dependencia oficial uno pueda imaginar. Solterón de unos cincuenta y tantos años, su actividad es la de una especie de detective privado todo terreno que trabaja para misteriosos clientes: maridos celosos, compañías de seguro, abogados de familia, penalistas como yo, y estrategas políticos, entre muchos otros.
—¡Mi querido y nunca bien ponderado doctor don «Facundia» Lorences— exclamó, aparatoso y guasón como siempre, no bien me vio entrar en el café.
—Qué dice, ingeniero, tanto tiempo.
—Aquí ando, siempre tapado de trabajo.
Mentira, se notaba que estaba esperando que cayera algún cliente para salvar el día. Le seguí la corriente porque eso era lo que le gustaba.
—Necesitaba sus servicios, ingeniero, pero si está muy ocupado puedo buscar a otra persona… —lo chicaneé.
 —Vamos, doctor, ¿dónde va a encontrar otro como yo? Déjese de joder. Usted es mi mejor cliente, los demás pueden esperar. ¿Qué necesita?
—Primero, una consulta. Conoció a un tal Arnaldo Murga?
—¿Murguita, el de Presidencia?, de toda la vida. Hombre importante entre el personal de carrera de la Casa Rosada hasta que se jubiló, y después, también. Luego del retiro se dedicaba a ciertas operaciones especiales. Sabía venir a verme acá para charlar de los viejos tiempos. Lamenté mucho su muerte, era un tipo muy agradable, y además hincha de Chacarita, como yo. Supe que su viuda falleció hace poco. Raro, porque ella le llevaba como diez años al marido. En fin… ¿Qué es lo que quiere saber de Murguita?
—A qué se dedicaba antes y después de jubilarse.
—Vea, doctor, el submundo de los servicios es muy oscuro y nunca se sabe bien que hace cada uno. Arnaldo era un funcionario de planta del área de la presidencia, pero también un agente encubierto de la SIDE. Lo jubilaron cuando se hizo una purga en la que ahora se llama AFI, ya debe hacer cuatro años… si, fue en el 2016 si no me equivoco. Ya estaba recontra pasado de edad. Sin embargo, la gente de inteligencia nunca se retira y aún jubilada sigue cumpliendo funciones extraoficiales como inorgánico. Responden siempre a un jefe aunque éste ya no pertenezca a la agencia, colaboran con sus camaradas, llevan información, hacen algunas operaciones… Eso se paga en negro con los fondos reservados. Siempre fue así, gobierne quien gobierne. Son como las hormigas, individualmente no significamos mucho pero en conjunto conforman un organismo vivo que es el hormiguero, con una reina escondida bajo tierra en lo más profundo y oscuro.
—¿Y a usted le consta que Murga hacía operaciones después de jubilado?
—Sí, pero desconozco qué clase de operaciones.
—Por ejemplo, ¿matar a alguien?
—¡Eh, doctor!, ¿cómo me pregunta eso?
—Sí o no.
—A veces puede haber un operativo de esas características, pero no lo hacen agentes locales sino extranjeros. Los nuestros les dan apoyo logístico, les preparan todo para que bajen del avión, haga su trabajo y de inmediato abandonen el país. Es todo muy complejo y secreto, no le puedo dar detalles de esas actividades porque estaría traspasando un límite.
Pedí un café y me quedé unos minutos en silencio mientras observaba que el ingeniero le miraba las piernas a una prostituta de minifalda que se había sentado cerca de nosotros. Ella lo saludo con una sonrisa insinuante.
—A esa mina me la cojo gratis —me dijo en voz muy baja
—¿Ah, sí? ¿Y cómo es eso, se enamoró de usted?
—No, es muy joven para enamorarse de un viejo como yo. Son las ventajas de tener conexiones. Fue así: yo llegué un día a un juzgado correccional de un juez amigo y la vi sentada junto a otras mujeres de la calle esperando que las llamaran para indagarlas. Las habían levantado en una redada por ofrecer sexo en la vía pública. Cuando entré la chica me miró ansiosa, y yo que soy rápido para esas cosas me senté a su lado y le pregunté qué le había pasado. Muy asustada y creyendo que yo era un funcionario judicial, me contó su desventura. Caía presa por primera vez. No te preocupes, le dije, voy a ver qué puedo hacer por vos. Cuando mi amigo el juez me recibió, y luego de que lo informé sobre una averiguación que me había encargado, le pregunté por esas mujeres y me dijo: son una pobres chicas, voy a ordenar que las dejen en libertad, no puedo perder el tiempo con estas pavadas.
Cuando salí de la entrevista me acerqué a la mina y le dije al oído: Ya hablé con el juez y accedió a mi pedido de liberarlas, así que, tranquila, en media hora te vas. Ella, contentísima, me dijo que quería agradecérmelo y yo le di mi tarjeta para que se diera el gusto. Al otro día me llamó y concertamos una cita. ¡Y qué bien me dio las gracias! Se dice que las mujeres son artistas cuando agradecen con su cuerpo. Ésta, seguro lo es, y me sigue dando las gracias de vez en cuando, ahora preventivamente, por si vuelve a tener problemas con la policía, ¿vio? Pero sigamos con lo nuestro, doctor.
—Lo que le quiero encargar es algo delicado, ingeniero. A la viuda de Arnaldo Murga la visitaron tres personas para reclamarle cierta documentación que según ellos tenía Murga en su poder. Una carpeta color violeta, dijeron. Cuando volvieron, seis meses después, ella no les abrió la puerta y les gritó desde adentro que iba a llamar al 911. Se fueron y por mucho tiempo la dejaron tranquila. Pero poco antes de morir le hablaron por teléfono y la amenazaron de muerte si no les entregaba esa carpeta. Hay indicios de que estas personas eran agentes de inteligencia. Necesito saber quiénes eran y qué nivel de operatividad tienen en la Agencia Federal de Inteligencia.
—Bueno, pero dígame cuándo la amenazaron y qué papeles contenía la carpeta. El color violeta es utilizado por los servicios para los casos altamente secretos.
—La llamaron unos cuarenta días antes de su muerte. Calcule mediados de octubre. No puedo revelarle qué documentación buscaban, al menos por ahora. Sólo puedo decirle que sí, se trata de una cuestión secreta. 
—¿Y usted qué piensa que pasó?
—Entre nosotros, y manténgalo en reserva, una amiga de Severia no creé que murió de muerte natural sino que la mataron esos tipos.
A la perinola… Y, a ver, déjeme adivinar, pareció una muerte natural.
—Exacto.
—Sí, les conozco la técnica. A veces simulan un suicidio o la caída accidental desde un balcón. Suelen eliminar testigos de esa forma. Tengo una idea de quienes podrían ser esos sujetos. Deme tiempo y le averiguo todo lo que pueda.
—Bueno, ingeniero, aquí le dejo un anticipo de sus honorarios —le extendí un sobre—, y espero su informe. Más adelante voy a necesitar que me averigüe otras cosas. En ese caso se las haré saber. Ahora le aviso que su protegida lo está mirando mucho, así que lo dejo para que se despeje un poco de tanto estrés laboral.
—Hay un hotelito discreto aquí a la vuelta. Y ando necesitando que me deshollinen la ametralladora.
 —¿Ametralladora…? A la mierda.
—Y… se hace lo que se puede.

El resto de ese día y todo el siguiente lo dediqué a otros juicios que tenía en curso. Atendí a clientes, fui a dos audiencias, recorrí varios juzgados para ver el estado de mis expedientes y entrevisté a un detenido en la cárcel de Devoto.
El tercer día fui hasta el consultorio del doctor Osvaldo Tuñón, el médico clínico que atendía a la señora Severia Correa y que había firmado su certificado de defunción. Me anuncié como el abogado de la hija de su ex paciente y me recibió enseguida entre dos turnos de consulta.
—Severia fue paciente mía durante treinta años, una gran mujer —me dijo no bien nos saludamos—. En fin, a todos nos llega la hora. Pero usted dirá en qué puedo ayudarlo.
—Ante todo debo decirle que la hija de la señora Severia hizo una presentación judicial para que se investigue la muerte de su madre.
—¿Investigar su muerte? Si fue natural, yo mismo lo constaté cuando me llamó Antonia.
—Vi el certificado de defunción que usted firmó dónde dice que el óbito se produjo por un paro cardiorespiratorio no traumático.
—Sí, es lo que corresponde poner. Fue una muerte súbita, un paro cardíaco causado por su avanzada edad. La revisé y no había ningún indicio que hiciera sospechar otras causas. ¿Qué es lo que piensa Antonia?
—Ella está convencida de que su madre fue asesinada.
El viejo médico empalideció y abrió grande sus ojos.
—¿Asesinada? Por Dios, ¿y qué le hace suponer eso?
—Los dichos de una amiga de Severia que asegura que la anciana estaba muy asustada porque la habían amenazado.
El doctor Tuñón quedó en silencio. Se tomó la cabeza con evidente preocupación por las posibles consecuencias que caerían sobre él si una autopsia revelaba que no había sido muerte natural. Me dijo como queriendo justificarse:
—El cadáver no presentaba signos de ninguna violencia, ni las características convulsivas, muy conocidas, de los envenenamientos por neurotóxicos; ni la cianosis de una asfixia, ni posición defensiva o refleja de sus extremidades. Estaba sentadita en su sillón con un libro entre sus manos y los ojos dirigidos todavía hacia las páginas abiertas, el cabello bien peinado sin desorden alguno, sin la menor mueca de sufrimiento. Fue una muerte apacible, sorpresiva, un paro cardíaco propio de las personas muy ancianas. En casos así no hay razón para sospechar de una muerte por causas no naturales.
—¿No tenía ninguna enfermedad crónica la señora?
—No, ella se cuidaba mucho. Tomaba medicamentos para la hipertensión, para una leve hiperlipidemia, calmantes para dolores articulares causados por una artrosis que la inmovilizaba mucho y un sedante para dormir, además de algunas vitaminas. En los últimos años su hija la traía cada seis meses para que yo la revisara y ordenara los análisis de rutina.
—¿Ningún problema cardíaco?
—Un poco de arritmia, algo normal para la edad. Era una mujer que se estaba apagando lentamente, pero llevaba una vida tranquila con algunos achaques pero nada más. Si la mataron como usted dice, no sé cómo pudieron hacerlo para que el cuerpo no presente ninguna evidencia, ningún indicio. No, no creo que me equivoqué, y si realmente la mataron, cualquier médico hubiera procedido como yo. Supongo que se hará autopsia.
—Eso espero. Lo hemos solicitado y es la única forma de corroborar si murió o la mataron. Cuando usted estuvo en el departamento, ¿observó algo que le llamara la atención?
El médico se quedó pensativo. Repentinamente su rostro se iluminó.
—Sí, ahora me acuerdo, algo me llamó la atención… La taza de té…
—¿La que estaba sobre la mesita a la derecha del sillón?
—Si. Es una pavada, tal vez no tenga…
—Todo es importante, doctor, qué fue lo que vio.
—El asa de la taza estaba del lado opuesto a la señora, no al alcance de su mano, sino hacia el sentido contrario. Me pareció raro…
Busqué nerviosamente en mi celular las fotos que tomé en la casa de Severia. La de la mesita de luz estaba entre las primeras, la amplié. Efectivamente, el asa apuntaba hacia el otro lado. Si Severia había estado bebiendo el té mientras leía, cada vez que posaba la taza sobre el plato lo hacía con su mano derecha de la manera cómoda y natural, con el asa siempre de su lado.
Mire esta foto, doctor, usted tiene razón. Veo que es una persona muy observadora y por eso mismo no pongo en duda que la señora Severia no exhibía ningún rasgo que le hiciera sospechar a usted otra cosa que una muerte natural. Si fue asesinada lo hicieron profesionales muy hábiles, de los que no dejan rastros. Pero si manipularon la taza, quizás para limpiarla y cambiar su contenido, se les escapó ubicarla correctamente cuando la volvieron a dejar sobre la mesita. Pero son simples suposiciones.
—¿No la habrá movido la hija?
—Es posible, pero a mí me aseguró que no había tocado nada. ¿El sedante que usted le recetaba era Valium 10, no?
—Diazepam, sí, Valium es el nombre comercial. ¿Cómo lo supo?
—Había un blíster junto a la taza de té. Y dígame, por mera curiosidad: ¿Hay alguna droga que si se ingiere junto al diazepam puede provocar la muerte?
—Hay varias, en particular los opioides. La oxicodona, la hidrocodona, el fentanilo, la misma heroína. Una determinada dosis de cualquiera de ellas, al interactuar con el Valium, puede causar la disminución de la frecuencia cardíaca hasta que el corazón se detiene. ¿Usted sospecha…?
—Debo considerar todas las hipótesis. Pero eso surgirá de la autopsia. En caso de que el asesino hubiera puesto alguna de esas sustancias en el té de una persona que acaba de tomar Diazepam, ¿podría sobrevenirle una muerte sin rastros visibles?
—En una persona de la edad de Severia, es muy probable…

Me despedí del médico y llamé por teléfono a Antonia para pedirle que fuéramos otra vez al departamento de su madre. Me dijo que no podía en ese momento porque estaba cumpliendo su horario de cajera en el supermercado donde trabaja, pero que si yo pasaba por ese comercio ella me entregaría las llaves y el código de la alarma para que fuera solo.


©2020 Enrique Arenz
Prohibida su reproducción


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1 comentario:

  1. A medida que este historia avanza, me gustaría que mis lectores escribieran aquí sus impresiones, sus puntos de vista, sus opiniones favorables o críticas. La novela policial es como un juego, y en este caso no pretendo que sea otra cosa que un divertimento

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