jueves, 7 de mayo de 2020

Otra investigación de Facundo Lorences (Cap. 7º)

Al día siguiente me levanté más temprano que de costumbre. Tenía que hacer una prueba con los dos saquitos de té que había recogido del recipiente de residuos de la señora Severia. Antonella, siempre curiosa de mis investigaciones, participó del experimento.
Tomé dos tazas de té, las llené de agua muy caliente e introduje un saquito en cada una. Esperé un minuto.
—¡Eureka! —exclamé entusiasmado, y retiré rápidamente los dos saquitos del agua— A ver, Anty, ¿qué diferencia notas entre el contenido de las dos tazas?
—Que éste se puso oscuro, casi negro, y este otro tomó apenas un tono marrón clarito.
—¿Y a qué creés que se debe esto? —le pregunté mientras regresaba los saquitos a sus bolsas de plástico.
—A ver, dejame pensar… Los dos saquitos fueron usados con anterioridad, y los dos son de la misma marca, ¿no? Bien, es evidente que uno estuvo más tiempo en el agua caliente y perdió casi toda su esencia, mientras que el otro apenas fue sumergido unos segundos.
—Exacto. Ahora escuchá mi teoría: el primer saquito es el que usó la señora Severia cuando preparó su tecito de todas las noches. Lo mantuvo mucho tiempo en el agua caliente tal vez porque le gustaba el té bien fuerte. El segundo saquito, en cambio, apenas estuvo pocos segundos en una escasa cantidad de agua y fue rápidamente retirado para que la infusión resultante no quedara más oscura que la anterior.
—Adivino lo que estás pensando: el segundo saquito no lo utilizó la difunta.
—Así es. El segundo saquito lo usó el asesino.
—¿Me querés decir que a la señora la envenenaron?
—Eso creo, aunque hay que esperar la autopsia. Pero dejame que te siga describiendo lo que deduzco que sucedió. La noche de su muerte, después de cenar y cambiarse para irse a la cama, la señora fue a la cocina a prepararse su té, puso el saquito en la taza con agua caliente y mientras la infusión se iba haciendo salió de la cocina, quizás fue al baño, o a buscar el blíster del Valium a su dormitorio, o por lo que fuere. El asesino estaba dentro del departamento (no sabemos todavía cómo hizo para entrar, considerando que la señora siempre mantenía la puerta cerrada con doble cerradura de seguridad y las persianas del balcón estaban ancladas por dentro con dos potentes fallebas de hierro), fue sigilosamente hasta la cocina, vertió en la taza de té que estaba sobre la mesada una dosis calculada de algún opiáceo que, según me explicó su médico, produce una letal interacción con el diazepam, y volvió a esconderse. Severia regresó a la cocina, quitó el saquito de la taza y lo descartó en el tarro de los residuos, endulzó posiblemente el té con azúcar o edulcorante, eso aún no lo sabemos, y se llevó la taza humeante a la mesita junto a su sillón de lectura.
—Mi Dios, esto me horroriza —exclamó Antonella.
Yo, todavía influido por las teorías de Antonia escuchadas la noche anterior, creí percibir cierta admiración en esas palabras de asombro, y me pregunté estúpidamente si ese embeleso causado por mi inteligencia deductiva activaría la sexualidad de Antonella.
—Mientras leía el libro de Borges —continué, agrandado—, Severia tomó el Valium y bebió su té. No hay razón para creer que no se tomó toda la taza. Poco a poco la mezcla fatal del opiáceo con el diazepam empieza a hacer efecto sobre el debilitado organismo de la anciana sin que ella sienta otra cosa que cansancio y laxitud. El corazón disminuye gradualmente su ritmo y en determinado momento ella pierde el conocimiento sin hacer el menor movimiento. Queda inmóvil mirando un libro que ya no lee ni ve. En el término de minutos, tal vez una hora, el corazón deja de latir.
—¡Qué espanto! ¿Pero qué pasa con los rastros de la droga que quedaron en la taza?
—Ahí es donde entra en acción el segundo saquito. Cuando el asesino comprueba que la señora ha fallecido, toma la taza y la cucharita y las lleva a la cocina para lavarlas y secarlas. Después calienta agua, vierte un poco en la taza ya limpia, digamos, un tercio de la taza, y sumerge otro saquito de té por muy poco tiempo para que esa simulación de resto, no se oscurezca demasiado. Tira la segunda bolsita en la basura, tal vez endulza lo que preparó, sumerge la cucharita para que en caso de un posible análisis de laboratorio sólo se encuentren restos normales del té. Acto seguido deposita nuevamente la taza y la cuchara sobre el platito que permaneció sobre la mesa ratona.
—Claro, así parecía que la anciana falleció de muerte natural mientras leía y sin haber terminado de beber su té. Ingenioso y diabólico. Pobre mujer, sola y desvalida en ese departamento grande donde cualquiera pudo esconderse de ella y acecharla a su antojo. Pero hay algo que no me cierra. ¿Por qué suponés que eso ocurrió así y no que a lo mejor la anciana usó los dos saquitos, el segundo para darle un poco más de negrura a su té con una breve inmersión?
Porque el asesino cometió un error —proclamé con jactancia de pavo real.
—¿Un error?
—Sí, depositó mal la taza sobre la mesita. Mirá esta foto. ¿Qué ves de raro?
La miró por algunos minutos y se dio por vencida. Reconoció que no veía nada que le llamara la atención. Entonces yo sacudí enérgicamente las coloridas plumas de mi gran cola y sin decirle que el detalle revelador no lo había descubierto yo sino el médico de Severia, le di mi ostentosa explicación:
—El asesino puso la taza en una posición equivocada. Fijate, acá está el sillón donde leía la difunta, y el asa de la taza apunta para el lado opuesto.
—¡Es verdad! —exclamó Antonella— ¡Qué perspicacia, Facundo! Si Severia estaba bebiendo su té sentada en el sillón, debió de dejar la taza en forma cómoda y natural, con el asa de su lado. ¡Algo tan simple y a la vez tan revelador!
—Sólo necesitamos un análisis de laboratorio que revele la presencia de un opiáceo en uno de los dos saquitos de té. Si eso se confirma, tendremos la primera evidencia de que Severia fue asesinada y no murió de forma natural. Después vendrá la prueba concluyente de la autopsia.
—Ahora decime, amor, ¿cómo es que estos saquitos están en tu poder cuando debieron quedar en la escena del crimen?
—Ah, esperé que se te escapara ese pormenor. Cometí una falta al llevármelos, es verdad. Pero en ese momento parecía poco probable que lográramos una investigación judicial y yo quise asegurarme de que no se perdiera la evidencia que pudieran contener esos saquitos. Nadie sabe que me nos llevé, ni siquiera Antonia.
—¿Y ahora cómo le vas a decir al fiscal lo que descubriste?
Primero voy a hacer analizar los saquitos por un bioquímico amigo. Ya le hablé y quedé en acercárselos hoy. Si aparece un opiáceo en uno de ellos, iré a ver al fiscal, le confesaré mi error y le informaré lo que descubrí. No descarto adjuntar los saquitos con un escrito que explique todo. Alieto no se va a enojar conmigo porque sabe que siempre actúo de buena fe.
Antonella me abrazó amorosamente, me felicitó y me rogó que me cuidara porque después de lo que me pasó en el departamento de Rivadavia ella no podía estar tranquila.
El contacto con el cuerpo perfumado de Antonella, y tal cual me lo había explicado Antonia, puso en movimiento todo mi aparato genital. Cuando mi esposa lo advirtió se separó rápidamente de mí y me dijo muerta de risa:
—¡Che!, no puedo mostrarme cariñosa con vos sin que te pongas al palo. Andá a Tribunales que se te está siendo tarde.
Sentí que me ruborizaba. No por mi tiesura delatora ni por el reto burlón de Antonella, sino porque en ese momento me sentí avergonzado de mi conducta de la noche anterior. Me había entusiasmado como un adolescente con las teorías sexuales de Antonia Murga cuando debimos hablar de la investigación de la muerte reciente de su madre. Fue tal la andanada de seducción verbal que Antonia disparó sobre mí, que ella pudo llevar la conversación por donde quiso y no dijo una palabra sobre lo que más debería preocuparla en este momento de duelo e incertidumbre. No descarto, claro, que la pobre esté atravesando un proceso de negación que la lleve a actuar como si no le hubiera pasado nada, pero lo que me mortificó en ese momento fue mi propio comportamiento, no el de ella: me dejé envolver por el arrullo de su voz suave e hipnótica y no atiné a desviar el diálogo hacia el asunto que nos ocupaba. Sólo reaccioné cuando ella me invitó a entrar a su casa. Afortunadamente recobré mi cordura y me escabullí elegantemente.
Ante estos pensamientos, y cuando ya estaba en el auto, cambié de planes.
La llamé por teléfono a Ernestina Stocic y le dije que necesitaba verla. ¿Anda por el centro, Facundo? Sí, estoy por su barrio. Bueno ¿qué le parece si viene a casa a tomar un café?
Vivía en un suntuoso departamento de Caballito, en un semipiso de un edificio bastante nuevo. Ahí me enteré de que era arquitecta, y que ese edificio había sido el último que proyectó y dirigió antes de jubilarse. Era viuda y tenía dos hijos que estaban radicados en el exterior. Su único familiar en la Argentina era su hermano el doctor Bernardo Stocic. Dijo tener amigas de toda la vida, de las cuales la más cercana había sido la difunta Severia Murga.
Mientras su empleada nos servía un aromático café recién preparado, me preguntó sobre mi familia y las actividades docentes de mi esposa. Hablamos un rato de banalidades mientras saboreábamos el delicioso café. Después ella se recostó en el sillón y fue al grano.
—Usted dirá, Facundo, qué necesita saber.
—Ernestina, la investigación recién comienza y supongo que su hermano le habrá contado los contratiempos que tuve.
—Sí, y le confieso que me sentí mal por haber sido yo la que indirectamente lo llevó a ese lamentable hecho. ¿Cómo está usted anímicamente después de haber pasado por esa experiencia tan horrible?
—Y… vea, Ernestina, ahí estoy, creo que lo sobrellevo mejor de lo que pensaba. Soy consciente de que me defendí de un asesino profesional y eso alivia mi conciencia. Mi esposa insiste en que haga terapia. No sé, por ahora creo que no va a ser necesario. Lo bueno es que el hecho no trascendió públicamente y mis colegas y amigos ni se enteraron. Además lo tengo a su hermano como defensor y posible asociado en la causa que investigamos. ¿Qué más puedo pedir?
—Ah, en eso tiene razón. Bernardo, además de ser un gran abogado penalista, es un caballero que no le va a fallar nunca. Pero vamos a lo nuestro. Usted quería alguna información si no me equivoco.
—Sí. ¿Qué me puede decir de la hija de su amiga Severia?
—¿Antonia? Es una buena chica, un poco solitaria, que estuvo en pareja unos años y después se separó. No tiene hijos y trabaja de cajera en un supermercado. Vive en un modesto dos ambientes que alquila por Boedo. Desde que murió su padre se ocupaba de los asuntos de Severia.
Me pareció que Ernestina se sentía incómoda hablando de la hija de su amiga. Le pregunté:
—¿Cómo se llevaba Antonia con su madre?
Arqueó las cejas y apretó los labios en clara señal de reparo o malestar por tener que hablar de eso.
—Mire, no quiero comentar sobre cosas de la intimidad de mi amiga, a menos que usted lo considere importante para la investigación.
—Es importante.
—Entonces le cuento. Mi amiga solía hablarme de lo mal que se llevaba con su hija por varias razones. Primero, porque no quiso continuar los estudios universitarios que había iniciado y abandonó en el segundo año. Después, porque para soltar amarras de sus cargosos padres terminó trabajando de cajera y alquiló un departamento que apenas puede pagar. Pero eso no sería nada. Desde muy jovencita tenía una vida que a su madre no le gustaba. Frecuentaba gente rara, de esa que va a fiestas electrónicas los fines de semana y consume drogas de diseño, aunque no creo que ella lo hiciera. En la casa de Severia siempre estaban presentes los reproches y las reprimendas. Pero en eso yo la comprendo a Antonia: se crió con empleadas domésticas, sus padres no estaban nunca, absorbidos por su trabajo. Arnaldo era funcionario de la presidencia de la Nación y había noches en que ni volvía a dormir, y Severia trabajó en el Ministerio del Interior (ahí había conocido a Arnaldo) por lo que tampoco estaba nunca en la casa. Fue secretaria privada de un alto funcionario y eso le exigía dedicación exclusiva hasta en los fines de semana.
—¿Y hasta cuando Antonia vivió en la casa de sus padres?
—Hasta que se fue a vivir en pareja con un tipo que trabajaba de repositor en su mismo supermercado. Esta relación disgustó mucho a Arnaldo y a mi amiga, no tanto porque el muchacho no tenía un mango sino porque carecía educación y de ambiciones. Era de esos jóvenes sin proyectos que no progresan nunca, muy pintón, eso sí. La hija iba siempre a pedirles dinero porque no les alcanzaba lo que ganaban entre los dos. La ayudaron siempre, en eso se portaron bien con ella, pero con la ayuda venían renovados los interminables sermones. De todas maneras esa relación duró poco porque ella lo dejó al tipo y se fue a vivir sola. Visitaba cada tanto a sus padres. Más de una vez ellos le ofrecieron insistentemente que volviera a vivir con ellos, pero Antonia no quería, aunque le conviniera económicamente. Siendo niña y adolescente no tuvo a sus padres, ahora, de adulta, no los necesitaba, prefería la libertad. Yo me llevaba bien con ella y recuerdo con pena que desde chiquita solía decirme que sus padres no la querían. De todas maneras, cuando Antonia estuvo en pareja, nunca se desentendieron de sus necesidades, le compraron un lavarropas, un televisor, varios elec­trodomésticos y compartieron con ella su Netflix. Eran buenas personas, aunque hubieran fallado como padres.
—¿Y qué sucedió cuando falleció Arnaldo?
—Antonia se portó muy bien y comenzó a ir casi diariamente a ver a su madre y ocuparse de su salud y de sus cosas. Fue una gran ayuda para ella, aunque Severia nunca dejó de enrostrarle su fracaso, de reprocharle que siguiera en su modesto empleo y no continuara estudiando en la facultad de farmacia y bioquímica. Quería que su hija fuera farmacéutica y hasta le había prometido instalarle su propia farmacia si se recibía. Además insistía en que formara una familia. ¿Por qué siendo una mujer atractiva y culta no se buscaba un novio como la gente para casarse, algún profesional, un comerciante, alguien con futuro? ¿No iba a tener hijos? ¿Por qué dejaba pasar el tiempo? En fin, la volvía loca con sus reclamos. Pobre Antonia. No, ella es una buena chica, se lo aseguro, Facundo. ¿Y qué le puedo decir de Severia? Era mi mejor amiga, una mujer sensible y bondadosa…
Ernestina se quedó callada con un rictus de tristeza en su rostro.
—¿Pero…?
—¿Pero qué?
—Adivino que hay un «pero» en su última frase.
—Sí, lo hay. Creo que mi querida amiga Severia fue muy egoísta con Antonia y le hizo la vida muy difícil. Pudo hacer mucho para encaminarla, no sólo darle dinero. Ella necesitaba comprensión y amor sin condiciones, pero Severia estaba tan decepcionada con ella que la daba por perdida. Y lo malo es que no le ocultaba a la pobre chica su desencanto. Se lo decía directamente: «cómo me has defraudado, hija». ¿A usted le parece?
Me sorprendieron estas revelaciones. Parecía que Severia además de haber sido una madre que se desentendió de la crianza de su hija, fue también una vieja jodida con ideas y conceptos super anticuados. Y me lo decía su mejor amiga. Después de un prolongado silencio, ella continuó:
—¿Sabe por qué Severia no le habló a su hija sobre las amenazas que había recibido? Porque no la tenía en cuenta como a una persona querida con quien poder sincerarse. Antonia era sólo una asistente que venía a ocuparse de sus asuntos, llevarla al médico y comprarle sus remedios, a cambio de lo cual le daba dinero de tanto en tanto, no una hija en el sentido cabal de la palabra. No la crió ni la orientó cuando Antonia necesitó de su madre, y ahora, de grande, la culpaba de las consecuencias de su propio abandono. Por eso ni le mencionó lo de las amenazas, sólo me lo contó a mí. Debe de ser muy triste para ella, pero, en fin…
—Antonia me dijo que pensaba cambiarse al departamento de su madre cuando lo ponga en condiciones.
—Ella es su única heredera, tiene todo el derecho de disponer de sus bienes. Ahora podrá tener una vida mejor.
—¿Sabe si tiene alguna relación sentimental?
—No me hable…
—¿Por…?
—Anda con un tipo grande, de unos cincuenta años. Bueno, no tan grande, para ella estaría bien.
—¿Cuál es la relación?
—Sólo sé lo que ella le contaba a su madre. Se trata de un amigo con el que sale de vez en cuando pero al que no considera un novio ni pareja. Parece que tienen una relación rara de ocasional intimidad, pero, como quien dice, cada uno por su lado. Severia, pobre, estaba escandalizada porque su hija le hablaba de una relación libre y abierta, sin amor ni compromiso, donde cada uno puede tener otras aventuras sin obligación de dar explicaciones.
—¿Y con qué necesidad le contaba eso a su madre?
—Un psicólogo diría que para torturarla y tomarse revancha por el menosprecio que ella le tenía.
—¿Quién es el tipo con el que anda?
—Se llama Juan Bursaglia, o algo así. Tiene antecedentes penales.
—No me diga. ¿Qué hizo?
—Hasta donde yo sé andaba en inversiones financieras y estafó a muchos pequeños ahorristas. Creo que Severia ya lo conocía desde mucho antes que Antonia. Algo me dio a entender, no recuerdo bien. Bueno, este señor estuvo varios años preso, pero eso fue antes de conocerla a Antonia.
—¿Y ahora, a qué se dedica?
Ernestina arqueo la boca hacia abajo, se puso el dorso de los dedos bajo el mentón y movió la mano para adelante.
—Según Severia se ocupa de relaciones públicas o algo así.
—¿Ella lo trató a este hombre después de que comenzó a andar con Antonia?
—Sí, la chica lo llevó un par de veces a su departamento.  
—En resumen, ¿usted cómo la calificaría a Antonia?
—Buena persona, desorientada, acaso un poco acomplejada, que a veces va por caminos equivocados y está siempre en zona de riesgo. Heredó de sus padres una personalidad cautivante y una gran inteligencia. Cualidades desperdiciadas, lamentablemente, pero, qué se le va a hacer…
—Una última pregunta, Ernestina. ¿Cómo es el nombre completo de la doméstica que iba a limpiar al departamento de su amiga?
Anabel Gregoria Ramos. Una mujer de unos cincuenta años que vive en Morón. Iba dos veces por semana. No la traté, no la conozco casi. Severia hablaba bien de ella.

©2020 Enrique Arenz
Prohibida su reproducción
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