jueves, 14 de mayo de 2020

Otra investigación de Facundo Lorences (Cap. 8º)


Al mediodía comí algo en el centro y me fui a la oficina a googlear en mi computadora.
Primero busqué a Antonia Mabel Murga. Tenía una cuenta en Facebook con unos cuarenta amigos. Su perfil es público, así que pude recorrerlo para ver si había algún dato que me sirviera. Indicaba que había estudiado en la Facultad de Farmacia y bioquímica y que trabajaba en un gran supermercado. Sólo encontré fotos de paisajes, flores y mariposas, algunas citas de personalidades y fotos de ella sola, con amigas, en algún cumpleaños, y con compañeros del trabajo. No parecía dedicarle mucho tiempo a esa actividad y su último posteo databa de varias semanas. No tenía perfiles en Twitter ni en Instagram. El actual amigo de Antonia, Juan Bursaglia, no figuraba entre sus amigos. Tampoco lo encontré en ningún portal de noticias ni en las redes sociales ni en el sitio web de la Justicia Nacional, por lo cual ese no era el apellido de un estafador que había cumplido una condena.
El señor Murga y su esposa Severia, por su edad, y como tantos otros de su generación, se fueron de este mundo sin dejar rastros en la modernidad de internet.
La mucama Anabel Ramos tampoco figuraba en el ciberespacio.
Le envié un mensaje por whatsapp a Pancho Arribeño:

·  Hola ingeniero. Quiero pedirle que agregue estos nombres a la investigación que le encargué: Juan Bursaglia (creo que su apellido no se escribe así), tiene antecedentes penales como estafador. También averígüeme sobre una tal Anabel Gregoria Ramos, que fue doméstica de Severia de Murga y vive en Morón.
 ·  Recibido, doctor. Ya estoy trabajando con lo suyo.

Poco antes de las cuatro llegó Helena y enseguida comenzaron a caer los clientes agendados para esa tarde. Estuve un par de horas atendiendo. Me desocupé pasadas las seis, y antes de ponerme a preparar documentación que debía llevar al día siguiente a distintos juzgados, le pedí un café a Helena y me puse a pensar en el caso de Severia Correa de Murga.
¿Qué tenía hasta ahora?

En primer lugar, la evidencia de los saquitos de té y la posición de la taza.
¡Los saquitos, recién caía!  ¿Cómo se me pudo escapar algo tan obvio, tan elemental? El asesino de Severia nunca pudo dejar un saquito de té contaminado en el tarro de basura. Habría sido una desidia fatal en la que no caería ni el más incompetente de los criminales.
La existencia de los dos saquitos en la basura y la comprobación del estado de uso de cada uno, más la ubicación equivocada de la taza me indicaban que mi razonamiento inicial era correcto. Pero si el primer saquito hubiera contenido restos del opiáceo empleado, el asesino debería haberlo hecho desaparecer. ¿Cómo explicar esta negligencia? Si ahora si el análisis de laboratorio me confirma que no hay nada anormal en ninguno de los saquitos, tendré que repensar mi explicación del procedimiento del crimen, al menos hasta que tengamos el resultado de la autopsia.
Por otra parte tenemos el testimonio de Ernestina que, según ella, es la única que le escuchó decir a su amiga que la habían amenazado de muerte, y que su fallecido esposo no sólo estaba al tanto de los pormenores de la muerte del fiscal Berstein sino que conocía a instigadores, coautores y partícipes de ese magnicidio, información que tenía guardada en una carpeta violeta que Severia aseguraba no haber visto nunca.
¿Le dijo toda la verdad Severia a su gran amiga Ernestina? Según afirma la hija de Severia, si su madre hubiera tenido conocimiento de esa carpeta y de su contenido, se la habría hecho llegar a un periodista de investigación reconocido y nunca se la hubiera entregado ni a los que la presionaban y amenazaron ni a la Justicia. Pero a mí me quedó una duda (y se la insinué a Antonia cuando hablamos de eso): ¿Y si Severia conocía la carpeta y vio nombres de personas a las que no quiso delatar? ¿Y si el propio Arnaldo Murga estaba comprometido en el asesinato del fiscal Berstein? Si es verdad que el esposo de Severia se quedó con esa carpeta, algún vínculo muy estrecho debió de tener con los planificadores o ejecutores de ese plan criminal, si no ¿cómo explicar la posesión de semejantes pruebas?
Pero lo cierto es que la carpeta no aparece. Nadie la vio. Alguien estuvo en el departamento de Severia y revolvió los papeles en el cuartito del señor Murga, seguramente buscaban esa carpeta, ¿La hallaron? No lo creo. La lógica más elemental dice que de haberla tenido en su casa, Murga la habría guardado en su caja de seguridad. Y esa caja, que está bien oculta por una falsa pared corrediza, nunca fue violentada y Antonia no encontró ninguna carpeta cuando la abrió después del fallecimiento de su madre. Al menos eso dijo, y no veo por qué razón iba a mentir sobre algo tan importante. También los intrusos se llevaron la netbook de Murga, aunque después la devolvieron, y el que la reintegró misteriosamente no pudo ser otro que ese tal Serapio que me atacó. A menos que otra persona tenga llaves del departamento, de lo cual hasta ahora no hay ninguna evidencia. La netbook de Murga está ahora en poder de la Justicia, y en algún momento nos enteraremos de lo que encontraron en el disco los expertos informáticos de la policía.
Continué enumerando mentalmente hechos y conjeturas: un asesino profesional me anduvo siguiendo y se metió en el departamento de la calle Rivadavia cuando yo dejé la puerta sin llave. ¿Quiénes lo mandaron a que me golpeara como para desanimarme de continuar con la investigación? Y otra cosa que recién ahora se me ocurre: ¿cómo hizo para trasponer la puerta principal del edificio en la planta baja que siempre permanece cerrada con llave, regla obligatoria en todo edificio de propiedad horizontal que yo recuerdo haber cumplido. Espero que el fiscal pida los registros de alguna de las cámaras de seguridad que pueda haber en las inmediaciones.
En ese momento Helena me pasó una llamada. Era de mi amigo el bioquímico que me avisaba que en los saquitos sólo había encontrado té.

Al día siguiente ocupé toda mi mañana en los pasillos tribunalicios. Por la tarde me quedé en casa para estar con mis hijos y ayudarlos en sus tareas escolares mientras mi esposa tomaba exámenes en la facultad de Ciencias Exactas y Naturales, en la carrera de ciencias matemáticas donde es profesora titular.
Esa tarde decidí poner a prueba las teorías sexuales de Antonia. Hice méritos. Atendí a los chicos con una dedicación algo exagerada, luego preparé la cena y sorprendí a Antonella, que llegó pasadas las diez, con una mesa regaladamente servida. Los chicos ya habían comido, se habían bañado y estaban en la cama viendo televisión con todas sus tareas terminadas y sus mochilas prolijamente preparadas para el día siguiente.
Antonella estaba agotada por un día intenso de trabajo. Saludó a sus hijos y quedó encantada de encontrarlos tan contentos después de haber pasado una tarde activa y divertida en compañía de su padre. Luego se duchó, cenamos, bebimos champaña y charlamos largamente de lo que hizo ella durante todo el día. Me concentré y logré interesarme sólo en ella, en sus actividades académicas y en sus peleas con el decano; me reí mucho con los chimentos de la sala de profesores, los amoríos clandestinos, las ojerizas y las eternas envidias. Me costó, pero no me dejé arrastrar, como casi siempre me sucede, por la tentación de hablar de mi trabajo y monopolizar la conversación como un egoísta que se siente importante. Antonella, como dije, estaba muy cansada, pero en tanto yo me interesaba en cada cosa que me contaba, y demostraba querer escuchar todo lo que ella tenía para decirme, el cansancio se le fue borrando de su hermosa carita y una expresión de amorosa ternura fue dibujándose en sus ojos. Finalmente me pidió que fuéramos a la cama. Y les aseguro que Antonia tenía razón: «Cuando a una mujer se le pasó el enamoramiento inicial, el sexo compartido te lo tenés que ganar.»
Antonia me había dicho que las mujeres casadas, con el tiempo, ya no necesitan el sexo físico como nosotros, pero que si nos aman son complacientes con nuestras urgencias corporales y suelen fingir el orgasmo nada más que para halagar el orgullo masculino. En el momento en que Antonia me explicó esto, yo había pensado que Antonella no necesita fingir porque sabe que yo no tengo ese orgullo estúpido. Por eso ella y yo sabemos que en muchas de nuestras casi diarias relaciones ella no se erotiza, pero en tales ocasiones siempre me demostró una tierna entrega y un disfrute del sexo de una manera diferente, no lujuriosa, no orgánica, sino emocional y afectiva. En cambio, las veces que Antonella se excitaba (ahora sé que eso ocurría cuando experimentaba episodios de reminiscencia de su enamoramiento inicial), si yo acababa antes que ella, ah, la cosa no quedaba así: me exigía completar la tarea inconclusa de cualquier forma. Y esos eran nuestros momentos más divertidos.
La teoría de Antonia quedó demostrada esa noche: por el camino del afecto, la comprensión, el compañerismo, la paternidad comprometida, el agasajo de una buena cena y la demostración de mi interés por ella y sus asuntos, yo había logrado movilizar su respuesta emocional que conduce al libido femenino, a ese estado que Antonia llamaba  “condiciones del sexo compartido”. En pocas palabras: el polvo antológico de esa noche, me lo gané.
Otro caso resuelto en mi carrera de investigador de intrigas y misterios.

Pancho Arribeño me pidió una entrevista, siempre por wassapp.
A las cuatro estaba en mi oficina. Esta vez no hizo las bromas y comentarios procaces tan habituales en su personalidad desenfadada y chabacana. Estaba serio, intranquilo; nunca lo había visto así. Me dio la mano con un apenas audible «Cómo está, doctor». Y extrajo, con ademanes nerviosos, unos apuntes manuscritos de su portafolios.
—Estoy muy preocupado —murmuró.
—Se le nota, ingeniero, ¿qué es lo que le preocupa?
—Usted.
—¿Yo?
—Si, doctor. He visto cosas raras en mis averiguaciones. Creo que van a intentar algo contra usted…
—Sea más claro, por favor. ¿Qué es lo que van a intentar y quiénes?
—Usted no me dijo todo —rezongó con una mueca de reproche, pero enseguida borró esa impresión—. Y lo acepto, ¿quién más indicado que yo para saber que hay cosas que son innombrables? Comprendo su reserva, doctor, y no me afecta para nada. Usted no tiene idea del nido de ratas que es el ambiente marginal de los espías. Aquí y en toda la ancha Tierra. Pues bien, en ciertos sótanos muy oscuros y tenebrosos de ese submundo, saben que usted está investigando algo que no puede ni debe salir a la luz.
—Investigo la muerte de Severia Correa de Murga.
—Pero hay algo más detrás de esa muerte, la famosa carpeta…
—Así es, esa muerte fue un crimen que, aparentemente (porque todavía no lo sabemos con certeza), se habría cometido para encubrir otro crimen que compromete a personajes poderosos. Eso ya lo hablamos. Después del ataque que sufrí conozco bien a lo que me expongo, pero pese a todo, ya decidí seguir adelante.
—Está bien, doctor, y lo admiro por su coraje. Sólo quiero advertirle sobre algo muy turbio que presumo se trama contra usted, aunque no sé de qué se trata. Dicho esto, paso a informarle sobre lo que me pidió. Tengo los nombres de los dos sujetos (fueron dos, no tres como le informaron) que amenazaron a la viuda de Murga. Ya mismo se los mando por whatsapp.
El ingeniero tomó su celular y envió un mensaje ya preparado. En el acto sonó el mío y vi en la pantalla dos nombres:

· Ferdinando Robirosa
Adrián González Metos

—¡Al segundo lo conozco! —exclamé sorprendido— Es un colega, abogado de una Compañía de Seguros.
—Sí, pero no se confíe, esa actividad es una pantalla. Su ocupación verdadera es la de un espía apretador. Como le dije, ninguno de los dos es importante en la estructura de inteligencia. Trabajaron para la llamada «Side paralela», ahora residual, pero activa, que organizó el gobierno anterior para espiar y armar operaciones contra políticos y periodistas que molestan al poder. (¿Se acuerda del caso Olivera?) Los famosos «carpetazos» que usted habrá oído mencionar por televisión. Estos dos agentes se encargan de «caminar» víctimas que les marcan desde arriba, amenazarlos y apretarlos. A veces ofician de intermediarios entre el jefe de operaciones y los sicarios extranjeros que vienen a hacer los trabajos sucios. El que lo atacó a usted era uno de estos, y quienes se lo mandaron pudieron ser estos mismos tipos cuyos nombres le acabo de pasar, aunque tengo mis dudas.
—Dos agentes… ¿Y por qué Severia le dijo a su amiga que fueron tres?
—Eso lo tendrá que averiguar usted, doctor. Estos dos personajes la visitaron a Severia el 7 de agosto de 2017 por la mañana, fueron amables pero la apretaron con sutileza y le dejaron un número telefónico para que los llamara cuando tuviera la carpeta. Severia no les dio ni cinco de pelota. Los tipos volvieron seis meses después. Pero esta segunda vez ella no les abrió la puerta, los mandó a la mierda desde adentro y los amenazó con llamar al 911.
—Me pregunto… ¿Por qué Severia los dejó entrar la primera vez a su casa?
—Tal vez los conocía… o quizás los acompañó alguien que ella conocía.
—¿El tercero?
—Podría ser. Alguien vinculado a los servicios.
—Bueno, ingeniero, ¿me consiguió algún elemento probatorio para que yo pueda denunciar a estos malhechores?
—¿Denunciarlos? Me parece que usted está en pedo, doctor. En primer lugar, no hay pruebas, lo que yo averiguo es todo bla, bla, bla, por conexiones y conversaciones informales; posta, eso sí, puede poner las manos en el fuego, pero imposible de probar. Y en segundo lugar, ¿cómo se le ocurre enfrentar a esa gente?
—Soy un hombre de Derecho, mi estimado ingeniero, si alguien comete un delito mi deber es denunciarlo. Sólo necesito un indicio, un testigo, algo en qué basarme.
—¡Cruz Diablo!, no se le ocurra nombrarme cono testigo. Tendría que irme del país.
—No, hombre, no. No se preocupe, conozco bien cómo es su trabajo y nunca lo mandaría al frente. Olvídese. Todo lo que usted me informa es secreto profesional. Pero no me voy a quedar quieto con esto, téngalo por seguro. ¿Dice que a la viuda de Murga le dejaron un número telefónico?
—¿Lo quiere?
—No me diga que lo tiene— salté entusiasmado.
—Aquí se lo mando a su celular. Memorícelo y borre todo de inmediato.
—Gracias, este dato es importantísimo —Miré el número, lo memoricé y lo borré en el acto—. ¿Qué más me averiguó?
—Bueno, ese tal Juan Bursaglia se llama en realidad Juan Marcelo Voisoglio, tiene 52 años, es amigo de Antonia. Este hombre estuvo tres años en cana por haber estafado a muchos pequeños ahorristas. Y salió porque tiene alguna palanca en la Justicia, sino todavía estaba adentro. Se hacía pasar por un importante financista y ofrecía intereses en dólares muy superiores a los que se obtenían en el mercado. Logró que muchas personas le dieran sus ahorros del colchón para invertir en los Estados Unidos como él les prometía. Les entregaba un certificado trucho de un fondo de inversión norteamericano y les pagaba regularmente los altísimos intereses anuales con parte de los dólares que le confiaban nuevos ahorristas. Había logrado hacer una cadena de clientes: sus mismas víctimas lo recomendaban a sus amigos y familiares, todos acumuladores de dólares de toda la vida. Es un tipo muy hábil y muy seductor, por lo que logró hacer una cartera muy grande de inversores que se multiplicaban. Hasta que algún desconfiado le pidió la devolución total de su depósito, se lo devolvió enseguida, al tiempo cayó otro con la misma petición. Pero a éste le demoró el reintegro, le dio una parte y le ofreció más intereses por el resto. Este cliente habló con el que lo había recomendado y este con otro y así se empezó a correr la voz de que le iban mal los negocios, le cayeron en cascada los pedidos de retiro de la plata invertida y se le cortó la afluencia de nuevos inversores. Él en realidad tenía la plata atesorada o invertida, Dios sabe dónde. Incluso me han hablado de un testaferro que nadie conoce. La Justicia no pudo encontrarle nada a su nombre. Cuando ya no pudo sostener el peligroso juego de pagar intereses a unos con parte del capital que le depositaban otros, se fugó y dejó el tendal. Se calcula que se llevó unos tres millones de dólares. Estuvo un tiempo prófugo hasta que él mismo se entregó, confesó su delito para abreviar el proceso y lo condenaron por estafa. Pero la plata nunca apareció y sus víctimas no recuperaron un solo dólar. Ahora Voisoglio se dedica a relaciones públicas y estrategias corporativas y vive modestamente en un departamento alquilado. Tiene una inhibición general de bienes por lo que no poseé ni puede poseer propiedades a su nombre.
—¿Y cuál es la relación que tiene con Antonia?
—Eso no me queda claro. A veces ella lo visita y pasa una noche con él. Otras, salen juntos a cenar y van luego al departamento de ella. Pero muy de vez en cuando. Se me ocurre que es una de esas amistades «con beneficio», que le dicen. En fin, es todo lo que pude averiguar, al menos hasta ahora.
—¿Y sobre Anabel Gregoria Ramos?
—Bueno, acá las cosas son más complicadas. Anabel es una mujer común de unos cincuenta y pico, empleada doméstica que atiende a varias casas, vive en Morón y trabajaba en la casa de Severia de Murga desde hacía unos veinte años. Vea lo que son las casualidades, doctor: yo ya la conocía de mentas, sin saber cómo se llamaba, porque Murguita, nada menos, me había hablado de ella. Pero espere, eso se lo cuento después. La señora Severia le tenía mucha confianza, tanto que hasta le había dado las llaves de su departamento…
—¿Cómo? ¿Que le dio las llaves me está diciendo?
—Así es. Severia era muy desconfiada, pero esta chica se la supo poner en el bolsillo, y su marido la convenció de darle las llaves para que Anabel se quedara a dormir uno de los dos días semanales que iba al departamento, de manera que a la mañana siguiente, muy de madrugara, la empleada saliera sin despertarlos para dirigirse a otra casa que también atendía en Buenos Aires. De esa manera le hacían el favor de ahorrarse dos largos viajes entre Morón y la Capital. Ese día Anabel cenaba con ellos, dormía en la pieza de servicio y a las seis de la mañana salía para ir a la otra casa. También se favorecían Severia y Arnaldo, que así podían ausentarse por las exigencias de sus trabajos de extensos horarios mientras Anabel lavaba, planchaba y limpiaba la casa.
—¿Pero cómo averiguó todo eso?
—Ella misma me lo dijo.
—¿La entrevistó personalmente?
—Doctor, yo hago mi trabajo con profesionalidad, modestia aparte. Fui a verla el domingo pasado, me atendió detrás de una reja, le dije que era conocido de la señora Severia, que ésta me había hablado muy bien de ella, y que yo tenía interés en contratarla los días y horarios que le habían quedado libres debido al fallecimiento de la señora. Se mostró muy dolida por esa pérdida y me dijo que nunca había tenido una patrona tan agradable en el trato laboral. Conversamos todo esto en la puerta, pero como le caí simpático (porque, doctor, sin despreciar, soy un tipo que le sabe chamullar a las mujeres), me hizo pasar para tomar un café y hablar de la señora Severia. Me presentó a su madre, que vive con ella. Cuando le dije que soy soltero se le iluminaron los ojos. No se ría, doctor, soy un buen partido todavía. Bueno, me contó que estuvo casada hasta que su marido la dejó por otra más joven. No le voy a decir que es una mina ¡oooh!, pero tiene lo suyo, buenos pechos, un lindo culo. Pese a su edad todavía está para mojar el biscocho. Debió de ser codiciable hace veinte años. Y aquí viene lo de Murguita. Una vez mi amigo me había hecho la confidencia de que se cogía a la sirvienta de su casa, pero nunca me dio el nombre. Yo ahora deduzco que por la época no pudo ser otra que Anabel.
—¿El señor Arnaldo Murga tenía relaciones clandestinas con la empleada de su mujer? —exclamé escandalizado como lo haría un rabino jasídico.
Arribeño lanzó una carcajada.
—Usted no sabe, doctor, lo mujeriego que era Murguita. Le metía los cuernos a la pobre Severia con toda clase de minas, compañeras de trabajo, putitas jóvenes, lo que venga. En eso éramos muy parecidos, aunque yo siempre fui soltero y no tuve que cagar a nadie. Nos gustaba contarnos las encamadas de cada uno en nuestras charlas de café. Bueno, eso es lo que hacemos los hombres cuando no hablamos de fútbol o de política.
—¿Y su mujer lo sabía?
—Lo de Anabel, creo que no. Otras infidelidades, seguro.
—¿Y cómo se concretaban esas relaciones con Anabel?
—Fifaban en la misma casa. Las noches en que la mucama se quedaba a dormir y Severia avisaba que no regresaría hasta la mañana por razones laborales, Murguita se metía en la pieza de servicio y le sacudía el pesebre a lo pavote. Qué putañero este Murguita.
—¿Pero eso cuándo fue?
—Calculo, por lo que él me contaba, que a los dos años de entrar Anabel a trabajar en la casa, alrededor de dieciocho años atrás.
—¿Y la hija?
—¿Antonia? No sé, pero creo que por ese entonces ya se había juntado con un muchacho y se había ido de la casa de sus padres, no estoy seguro. Según me contaba Murguita fue muy generoso con Anabel y la ayudó a que se construyera la casita que tiene en Morón. La relación se cortó cuando la mujer de Murguita se jubiló. Para entonces él ya estaba jodido del bobo y me había contado que la mina le pedía dinero vuelta a vuelta,  casi como extorsionándolo.
—Es increíble lo que me cuenta, ingeniero. Usted siempre me sorprende…
—Espere que aquí no termina todo. Murguita me había dicho que llevaba las anotaciones de todos los gastos en materiales, derechos municipales y mano de obra de la construcción de la casa de su amante porque presentaba las facturas en un área de la Presidencia donde se registran los gastos secretos en operaciones especiales. Después tenía que justificar esos gastos en extensos y rebuscados escritos que nadie leía pero que debían estar en los expedientes con la firma del agente y la aprobación del superior. Una de las últimas veces que nos vimos antes de su fallecimiento, me dijo que tenía que borrar todas esas constancias de su computadora para que no las fuera a encontrar su jermu. Murguita era un funcionario eficiente pero muy corrupto, muy inescrupuloso, a diferencia de su mujer que era de una pieza en su trabajo.
—¿Y cómo se relaciona todo eso con el caso que investigamos? —pregunté.
—Ahora va. Cuando hablé con Anabel, ella no tenía la más puta idea de quién era yo, ni conocía mi antigua amistad con el marido de su patrona, y mucho menos podía saber que yo estaba al tanto de sus amoríos con él. Entonces hablamos con mucha confianza. La conversación pasó de una cosa a la otra y de pronto ella me dice que el esposo de la señora Severia le había prestado (¿escuchó doctor?, Anabel dijo: «prestado») una cantidad importante de dinero para que terminara su casa y que ella sólo le había devuelto una mínima parte. El señor falleció, me dijo, y yo no sabía si decirle o no a la señora acerca de esa deuda, porque ignoraba si ella estaba al tanto de esos préstamos.  Y ahí me di cuenta de que mentía.
—¿Sí...? ¿Cómo se dio cuenta…?
—Cuando Antonia la despidió después de que murió su madre, Anabel le reclamó la indemnización de ley, porque ella trabajaba en blanco en la casa de los Murga. Entonces Antonia estalló de furia y le dijo que se considerara indemnizada con la plata que le debía a su padre. Eso fue lo que me contó esta mujer.
—¿Y cómo se enteró Antonia de eso?
—Evidentemente porque revisó la netbook de su padre donde estaban todos los registros. Murguita no pensaba que se iba a morir tan pronto, y por desidia fue postergando la eliminación de esos archivos comprometedores. Anabel me mintió porque no quería revelar en su chismorreo que el dinero que le dio Arnaldo era a cambio de sexo. Prefirió llamarlo «préstamo.»
—Entonces Antonia sabe…
—Yo creo que sí, Antonia sabe que no fue un préstamo sino una serie de pagos efectuados con guita del Estado por los servicios sexuales prestados al cachondo de su padre.
Me quedé mudo. Ahora sabía quién se había llevado del departamento de la calle Rivadavia la netbook de Arnaldo Murga. Fue su hija Antonia. Cuando ésta se enteró de que Ernestina me había contratado para investigar la muerte de su madre, lo primero que hizo fue llevarse esa computadora para borrar toda la información que contenía y que ella conocía, porque sabía que la Justicia se la iba a llevar para peritarla. Pero descuidadamente se dejó el mouse sobre el escritorio, y cuando yo se lo señalé el día que estuvimos juntos inspeccionando el departamento, sólo atinó a inventar, fingiendo sorpresa, que había desaparecido la netbook de su padre. Presumo que su propósito fue impedir que trascendieran estas cuestiones íntimas de su padre que hubieran afectado el buen nombre de la familia y otras posibles consecuencias legales en el juicio sucesorio ya que ese dinero salió ilegalmente de las arcas del Estado. Cuando Antonia borró los archivos comprometedores del disco, llevó nuevamente la netbook al departamento, tal vez un día antes de que yo volviera a ese lugar, que fue cuando me atacaron. Ahora estaba seguro de que los expertos de la Policía no iban a encontrar nada extraño en esa máquina, aunque yo podría pedir que se recuperen los archivos borrados. ¿Pero, para qué?, pensé. Si queda claro que el misterio de la netbook que desaparece y reaparece es una contingencia circunstancial ajena al crimen que investigo.

©2020 Enrique Arenz
Prohibida su reproducción
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