jueves, 21 de mayo de 2020

Otra investigación de Facundo Lorences (Cap. 9º)


Esa noche le comenté las novedades a mi mejor consejera: mi inteligente esposa Antonella. Cuando la puse al tanto de lo que me había anoticiado Pancho Arribeño, quedó atónita, con las cejas levantadas, los ojos que se le salían y la boca muy abierta.
—¿Y…? —le pregunté riéndome de su congelada expresión de asombro— ¿Qué me contás?
—Que la familia Murga se está revelando como un poco rara.
—Cada familia tiene sus secretos y sus miserias.
—Me resulta muy extraña la relación de Antonia con ese estafador.
—Sí. Yo estoy un poco desorientado con eso. Tendré que tratar de sacarle algo cuando vuelva a entrevistarme con ella. Quedé en verla en su casa.
—Ojo, vos, eh. ¿Qué tal está esa Antonia?
—Más o menos. Al lado tuyo ninguna mujer me resulta atractiva.
—Vamos, los hombres son todos iguales…
Reí para cortar el tema. Antonella me preguntó:
—¿Qué pensás hacer con los dos nombres y el número de teléfono que te dio don Pancho?
—No decidí nada todavía. Una acción audaz sería llamar a ese número…
Antonella se quedó pensativa. De pronto me tomó el brazo y me dijo:
—Tengo una idea. ¿Y si llamo yo y trato de hablar con alguno de los dos tipos?
—¿Por qué, vos?
—Una mujer desviaría la atención que ahora está enfocada en vos. ¿Qué tal si le digo que fui amiga de Severia Correa de Murga y que tengo la carpeta violeta que ellos andan buscando?
—¿Estás loca? Esa gente es muy peligrosa. ¿Con qué objeto le dirías que tenés en tu poder esa carpeta?
—En primer lugar, llamaría desde un teléfono público para que no me localicen ni puedan saber quién soy. Después, simularía una extorsión, les exigiría una cantidad grande de dinero para entregárselas, por ejemplo… diez millones de dólares.
—¡Diez millones!
—Es para verificar en qué niveles del poder están interesados en esa carpeta. Si aceptan pagar una gran suma es porque la cosa va muy en serio.
—Está bien, pero ¿qué lograrías con eso? Suponte que acepten, ¿qué pensás hacer?
Antonella ya lo tenía todo pensado. Me respondió con pasmosa seguridad:
—Yo apunto a las conversaciones previas. Durante la negociación podría sacarles datos que nos permitan deducir muchas de las circunstancias que permanecen ocultas en torno de esa carpeta.
Pensé que la idea no era mala, y yo siempre confiaba en la fina intuición de Antonella. Finalmente me convencí de que, si tomábamos las debidas precauciones, los espías nunca identificarían a Antonella ni la relacionarían necesariamente conmigo. Acepté la propuesta y nos fuimos juntos al shopping Alto Palermo para usar uno de sus teléfonos públicos. Estábamos entusiasmados como dos chicos planeando una travesura.
Antonella tomó el tubo y yo marqué el número. Los dos acercamos nuestras orejas para escuchar juntos. Contestaron en seguida.
—Sí, ¿Quién habla? —preguntó una voz grave de hombre.
—Me llamo Estela y quiero hablar con el señor Robirosa o con el señor González Metos.
—Yo soy González Metos. ¿Qué desea?
—Lo llamo por la carpeta violeta que ustedes andan buscando.
—¿Carpeta… violeta? No sé de qué me habla.
—La carpeta que tenía el señor Murga, sobre el asunto del fiscal.
(Silencio del otro lado de la línea)
—Hola… —dijo Antonella.
—Dígame lo que me tiene que decir —contestó el tipo.
—La señora Severia Correa de Murga me conocía y me pidió que le guardara una carpeta a cambio de una suma de dinero. Acepté. Entonces ella la envolvió con papel madera, y la selló con cinta de embalar para que yo no curioseara su contenido y me la llevé. Cuando la señora falleció, rompí el envoltorio y miré lo que había dentro. Realmente interesante lo que descubrí. ¡Cuántos nombres importantes involucrados en un crimen del que habló y sigue hablando todo el país! Me dije, esto vale mucha plata. ¿Me equivoqué?
Antonella hizo silencio. Su interlocutor preguntó:
—¿Cuánto quiere?
—¿Cuánto están dispuestos a pagar?
—Digamos… cincuenta mil pesos.
Antonella lanzó una carcajada.
—Cien mil.
Otra carcajada. Era admirable cono Antonella estaba manejando la situación.
—¡Carajo!, terminemos, diga de una vez cuánto quiere.
—Diez millones de dólares.
—¿Pero usted está loca?
En ese momento oprimí la horquilla y corté la comunicación. Le dije a Antonella que nos fuéramos a otro lugar porque ya debían de haber rastreado ese teléfono. Limpié con un pañuelo el tubo, la horquilla y los botones numéricos y fuimos a otro shopping.
Entre que llegamos, dejamos el auto en un estacionamiento y subimos al sector de teléfonos públicos, pasaron unos tres cuartos de hora. Antonella se volvió a comunicar con el mismo sujeto.
—¿Por qué me colgó? —preguntó el tipo en mal tono.
—Porque usted no quiere negociar en serio. Sé lo importante que es esa carpeta. ¿La quieren o no la quieren?
—Claro que la queremos. Pero antes de hablar de plata tiene que decirme cómo consiguió mi teléfono y nuestros nombres.
—¿Y eso qué importa? Ustedes fueron los que la amenazaron a Severia. Lo supe después, porque ella a mí no me dijo nada. Además, los vi en el velatorio de la señora.
(Silencio en el otro extremo de la línea)
—Como ve —continuó Antonella—, no soy ninguna aficionada. Tengo vínculos muy importantes.
—Me imagino que usted pertenece al grupo de Jaime.
—Puede ser…
—Nosotros suponíamos que la carpeta iba a llegar a sus manos. Pero Jaime tiene llegada directa a los interesados más importantes, los que quieren que sus nombres no aparezcan involucrados en ese hecho. ¿Por qué recurren a nosotros?
—No queremos que nos identifiquen.
—Está bien. Pero tenemos que hablar con los jefes. Diez millones de dólares. Llámeme mañana y seguimos conversando.
El tipo colgó el teléfono.
—Rajemos —le dije a Antonella.
La misma operación de limpieza del aparato y nos fuimos de allí.
—Te felicito —le dije a Antonella y le di un beso— estuviste hecha una Mata Hari.
—No, que a esa la fusilaron —dijo muerta de risa, y dio un saltito como una adolescente que zafa en el examen de latín.
—Bueno, hasta ahora logramos obtener un dato nuevo: hay un grupo de inteligencia denominado «Grupo de Jaime» que posiblemente tenga de verdad la carpeta en su poder, y estos otros creen que los de Jaime quieren venderle la carpeta para no quedar expuestos.
—¡Qué nervios, Dios mío!
—Pero no se notó, actuaste con una gran frialdad. El tipo se la creyó.
—Así parece. Bueno, mañana volvemos a llamar, pero tarde, para que se pongan impacientes.

Me comuniqué con el ingeniero por watssap y le pedí que me informara lo que supiera sobre un denominado «Grupo de Jaime» dentro de los servicios. A la hora, Arribeño me remitió un audio con las siguientes palabras:
«El grupo Jaime es un sector de la ex Side que fue echado durante el gobierno anterior y que, en represalia, supuestamente, planeó la muerte del fiscal Berstein. Para eso trajeron a dos sicarios iraníes que asesinaron al fiscal y el mismo día salieron del país. Pero el objetivo de ellos era que las sospechas por ese magnicidio recayeran sobre el propio gobierno y su comandante del Ejército, que, como usted sabrá, había creado una especie de SIDE paralela, ya que el fiscal los estaba investigando por presunto encubrimiento del atentado terrorista a raíz del memorando con Irán. Este Jaime era el jefe de operaciones de contrainteligencia con vastas conexiones con los servicios de todo el mundo, particularmente con el de Irán y el FBI. A los iraníes les interesaba sacarse de encima a ese fiscal que los acusaba por el atentado contra la mutual judía, así que fue fácil conseguir su colaboración ad honorem para esta operación criminal. El grupo de Jaime está enfrentado con los sectores de inteligencia que responden a los altos funcionarios del gobierno anterior. Eso es todo lo que le puedo informar. Lo que no entiendo es qué tiene que ver esto con lo que usted está investigando. Por favor, borre este mensaje no bien lo escuche. Cuídese, doctor, porque que esta gente es muy peligrosa»

Borré el mensaje de mi celular y le envié al ingeniero otro mensaje preguntándole a cuál de esos grupos pertenecía Arnaldo Murga. Me contestó con otro audio:
«Murguita era más orgánico, no respondía específicamente a ningún grupo interno, pero se llevaba bien con todos. La esposa, en cambio, tal vez tenía más afinidad con Jaime por su proximidad con el área donde este solía moverse».

Al día siguiente la llamé a Antonia por teléfono para decirle que aceptaba su invitación a tomar un café en su casa. Encantada, me propuso que fuera esa misma mañana a las 10, ya que era su día franco.
Fui con cierta ansiedad sabiendo que Antonia podría intentar algo conmigo. Con sus palabras y gestualidad no ocultaba la atracción, admiración o encantamiento que ella parecía sentir por mí, situación que, no lo negaré, me halagaba. Pero también me erotizaba, y juro que no estaba dispuesto a permitir que una circunstancia así me arrastrara a un desliz del que me arrepintiera toda la vida. Estaba decidido a no desviarme de mi objetivo profesional que era conversar sobre nuestra investigación e interrogarla para obtener y ordenar toda la información que pudiera proporcionarme.
Cuando la vi salir del ascensor para abrirme la puerta del edificio se me aflojaron todos los remaches de mi armadura. Se había puesto un vestidito rojo con pequeños círculos blancos, sin mangas, liviano, muy ajustado arriba y cortísimo y sugestivamente acampanado debajo. Sus piernas largas y perfectas insinuaban su continuidad hacia arriba, y la amplísima falda ofrecía una accesibilidad demasiado tentadora. Tenía el cabello negro suelto y estaba suavemente maquillada. Llevaba botinetas de cuero negras adornadas con cadenas y ceñidas con hebillas metálicas, con tacones y plataformas que la hacían altísima y me dejaban debajo de ella. ¡Qué monumento de mina!, pensé. En el ascensor, un perfume manso y acariciador me rodeó como una serpiente bíblica. ¡Qué débiles somos los hombres ante el ritual seductor de la feminidad! Subimos hasta el sexto piso en silencio, aunque ella cada tanto me miraba sonriente desde su estatura dominante. También estaba nerviosa. Sin duda se había vestido y maquillado para mí. Me pregunté: ¿saldré indemne de esta trampa en la que me estoy metiendo solo?
Entramos en el pequeño departamento de dos ambientes que sospechosamente tenía las cortinas corridas y una iluminación artificial muy tenue. Encantador el departamentito, íntimo, acogedor. Recordé el crepúsculo interior del «pisito que puso Maple / piano, estera y velador.» Sólo faltaban el piano y el gato de porcelana.
Apenas Antonia cerró la puerta, se acercó a mí, puso su mano suavemente sobre mi hombro y me dio un beso en la mejilla.
—Bienvenido a mi casa —susurro casi en mi oído.
Fue un momento difícil, de irresistible incentivo. Su proximidad me trastornó y estuve a punto de poner mi mano sobre su cintura: hubiera sido el punto de no retorno. Pero me sobrepuse, me aparté rápidamente de ella, le dije gracias en un tono de amable pirueta elusiva, fui hasta la mesa, deposité mi portafolios, me quité el saco, lo acomodé en el respaldo de una de las cuatro sillas y me senté sin esperar la formal invitación. Tratando de recuperar mi tono de voz normal, le comenté algunas banalidades sobre la burocracia de los tribunales y ella se sentó sonriente y ligeramente ruborizada frente a mí. Me hizo algunos comentarios intrascendentes y enseguida se levantó para traer el café. Respiré aliviado. Había zafado de una claudicación colosal, y eso confortaba mi conciencia de marido leal y buen padre de familia. Pero… como todo hombre que de soltero no habría rehuido jamás una oferta amorosa de aquel calibre, en un rinconcito oscuro de mi reprimida pero todavía viva naturaleza concupiscente, lamentaba haber malogrado esa oportunidad irrepetible.
Tomamos un rico café doble acompañado con masas finas mientras los dos tratábamos de desdramatizar la tensión de minutos antes haciendo algunas bromas inocentes. Enseguida tomé la iniciativa y le hablé del caso que investigábamos.
—Antonia, necesito conocer algunas cosas de tus padres.
—Muy bien, para eso nos encontramos aquí. Vos dirás.
—¿Te llevabas bien con tu papá?
—Sí, qué sé yo. No tengo un buen recuerdo de mi niñez porque ellos estaban siempre pendientes de su trabajo y me dejaban de lado. Hasta la adolescencia me crie con una niñera fría y desamorada a la que nunca le vi una sonrisa en su cara de besugo. Pasaban días enteros sin que mis padres aparecieran por casa. Pero así y todo no me llevé mal con ellos. Con papá, mejor que con mamá.
—¿Qué sabés del trabajo que hacía tu papá en Presidencia? Esto es importante por lo de la famosa carpeta que le reclamaban a tu mamá. Esa carpeta, hasta donde sabemos, se relacionaba con las actividades oficiales de tu padre.
—Ah, sí, la misteriosa carpeta violeta… Mirá, Facundo, yo nunca vi una carpeta violeta en casa desde que comencé a ir al departamento de Rivadavia para acompañar a mamá luego del fallecimiento repentino de papá. Tampoco anduve revisando el departamento, aunque iba casi todos los días. Si hubiera existido esa carpeta yo quizás ni le habría prestado atención.
—¿Y sobre el trabajo de tu papá?
—Como te dije la vez pasada, él no hablaba conmigo sobre sus actividades de funcionario y de chiquita aprendí que los dos trabajaban en distintas áreas oficiales muy sensibles y que estaban obligados a una hermética confidencialidad. Yo naturalicé eso y nunca pregunté nada, pero sí observé que conversaban mucho entre ellos en voz baja como para que yo no los oyera.
—Y decime, Antonia, ¿observaste alguna vez una situación de tensión, de nerviosismo entre ellos por un asunto de trabajo? ¿Alguna discusión fuerte?
—Por cuestiones de trabajo, que yo recuerde, nunca los vi discutir.
—¿Y por otros asuntos?
—Sí, por supuesto, como cualquier matrimonio. Peleaban mucho, pero enseguida se reconciliaban. Te voy a decir algo muy reservado: mi viejo se cansó de tener aventuras extramatrimoniales. Le gustaban mucho las mujeres. Bueno, a qué hombre no ¿verdad? —me miró fijamente a los ojos y sonrió con picardía—. Y mamá, algo paranoica, siempre estaba sospechando infidelidades. Esto provocaba continuas agarradas que yo escuchaba desde mi dormitorio. Pero mamá era una mujer muy inteligente y sabía que esa situación no cambiaría nunca, así que se bancaba los amoríos del viejo y enseguida los olvidaba. Ella, por otra parte, era mucho mayor que él, así que… según como lo mires…
—¿Conociste alguna mujer que haya tenido relaciones con tu padre?
—En realidad, eso nunca me importó. Que hiciera lo que le diera la gana. Si a mí ni me tenían en cuenta, ninguno de los dos. Sólo quería irme cuanto antes de mi casa, y cuando tuve la oportunidad me las piqué con un tipo joven que me recopó porque era dulce y lindo. Lo dejé al poco tiempo de convivencia y me vine a vivir sola a este departamento.
—¿Por qué te separaste?
—Por lo que hablamos la otra noche: se me fue el enamoramiento y no quedó nada en su lugar, lo que se dice, nada, ni siquiera el mínimo afecto. El día en que lo vi tal cual era, un verdadero nabo, el desencanto fue demoledor.
—Recuerdo que vos me dijiste que había que disfrutar de los primeros días del encantamiento y que era conveniente cortar enseguida apenas uno empezaba a ver los defectos del amante idealizado.
—Claro… ¿y no tengo razón?
En ese momento advertí con alarma que el tema sexual intentaba imponerse otra vez en nuestra conversación. Lo corté bruscamente.
—¿Qué me podés decir de la doméstica Anabel? ¿Vos estabas todavía en el departamento cuando ella empezó a trabajar hace veinte años?
—¿Cómo sabés eso? —preguntó poniéndose muy seria. Enseguida sonrió— Bueno, sos un abogado detective, lo había olvidado.
Se puso a pensar y al cabo de un tiempo me dijo:
—A ver, yo tenía veintidós… sí, tenés razón, se cumplen veinte años desde que Anabel vino a trabajar a mi casa.
—¿Te molestó que te preguntara eso?
—No, para nada, sólo me llamó la atención tu precisión… Sos eficiente, Facundo.
Fue evidente que no le gustó cuando mencioné el nombre de Anabel. Ella conocía la relación íntima de la doméstica con su padre y se había llevado la computadora del departamento para ocultar las pruebas de los pagos importantes que aquélla recibía con dinero de los fondos reservados. Pero Antonia no sabía que yo sabía esto último, y no pensaba decírselo.
—Es que estuve investigando los movimientos de la casa de tus padres —le expliqué, procurando mostrar poco interés en ese asunto—. Tengo que conocer todo, hasta lo más insignificante, para después descartar lo que no interesa a la investigación.
—Veo que hacés bien tu trabajo… Bueno, me preguntaste si conocí a algunas de las ocasionales amantes de mi padre. Creo que Anabel fue una de ellas, pero yo ya no vivía en el departamento. Me fui a los 24, hace dieciocho años. Por favor, no quiero que esto se divulgue, confío en tu discreción.
—Absolutamente, podés hablarme con total confianza. Los dos queremos lo mismo; saber si a tu madre la mataron y, en ese caso, quién fue el asesino.
—¿Y vos creés que Anabel tuvo algo que ver? Es una mujer muy simple que sólo sabe limpiar, planchar y prostituirse con los maridos de algunas de sus patronas.
—¿Prostituirse, decís? ¿Pensás que tu padre le… pagaba?
—No me consta, pero supongo que sí.
—Me dijiste la vez pasada que ella no tenía llaves del departamento.
—No, no las tenía.
—¿Y si te digo que sí las tenía?
—Entonces sabés más que yo…
—Pude averiguar que tus padres le dejaron un juego de llaves para que se quedara a dormir uno de los dos días semanales porque iba a otra casa de familia en Buenos Aires y de esa manera se ahorraba dos viajes a Morón.
—Mierda, sabés hasta el lugar donde vive Anabel. Lo de las llaves lo ignoraba, y me asusta. Facundo. ¿Eso quiere decir que Anabel es para vos una sospechosa? ¡Dios Santo!
—No… Bueno, todos son sospechosos hasta que se demuestre lo contrario —dije riendo.
—¿Tomás otro café?
—Con mucho gusto, hacés un café muy rico.
—Gracias, pero no es lo único que hago bien… —dijo con voz melosa. Era el último disparo de un soldado en retirada.
—No tengo la menor duda —contesté con una sonrisa de compromiso.
Ya era hora de que me fuera despidiendo de Antonia. Consideré que en ese momento no debía hacer preguntas acerca de su extraña relación con el estafador Juan Voisoglio, ni siquiera mencionar su nombre. Por entonces yo ignoraba qué sentimientos o intereses la unían a ese individuo, y hasta no averiguarlo por mis propios medios, mejor no hablar del asunto.
Me acompañó hasta la planta baja para abrirme la puerta. Y sucedió lo insólito: se despidió de mí dándome un frío apretón de manos, inesperado distanciamiento que me desconcertó, pero que yo tomé como una reacción responsable y sensata. En cambio, mi otro yo, el promiscuo reprimido que se tiraba de los pelos, sintió la tristeza del fracaso y lamentó la oportunidad desperdiciada.

©2020 Enrique Arenz
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