jueves, 28 de mayo de 2020

Otra investigación de Facundo Lorences (Cap.10º)


Al mediodía fui a casa a almorzar y le conté a Antonella todo lo que se podía contar de mi encuentro con la hija de Severia. Ella no demostró ninguna curiosidad especial sobre esa entrevista, lo cual me tranquilizó. Porque, por un lado yo tenía cierto sentimiento de culpa, pero por el otro, una persistente insatisfacción y enojo conmigo mismo, estados de ánimo contrapuestos que no debía dejar traslucir ante la mirada escudriñadora e inteligente de Antonella. Después de almorzar tuve la intención, impulsiva, tal vez neurótica, de pedirle que nos acostáramos, pero me sentí avergonzado porque el deseo sexual que ardía en cada centímetro de mi piel estaba originado y concentrado en el recuerdo de Antonia y no en mi hermosa y dulce Antonella. Así que, rabioso con mi comportamiento, me fui enseguida de casa pretextando que tenía mucho que hacer en la oficina.
Quedamos en que ella pasaría por mi estudio para que fuéramos a hacer la llamada telefónica al espía González Metos. Me imaginaba a ese oscuro personaje caminando por las paredes a la espera de esa demorada comunicación.
Esa tarde me distraje con el trabajo y me olvidé de lo sucedido, o casi sucedido, o lo que pudo suceder esa mañana en el departamento de Antonia. Me llamó el doctor Bernardo Stocic para informarme que por el momento yo no podría representar a la hija de Severia mientras no se resolviera mi situación procesal por la muerte del sicario paraguayo, para lo cual él había logrado que el juez ordenara la formación de un incidente por separado de la causa principal. Mi maestro se mostró muy optimista porque sabía que el fiscal iba a pedir mi sobreseimiento inmediato por no haber dudas de que se trató de un caso de legítima defensa. Además, no existía hasta el momento parte querellante alguna que pudiera oponerse a una decisión de esa naturaleza. Me informó que todavía no se había decidido la exhumación del cadáver de Severia Correa de Murga, pero que ya se habían cursado las citaciones a los dos primeros testigos: el doctor Osvaldo Tuñón, médico de la occisa, y Ernestina Stocic, su amiga y confidente. Me pasó la fecha y hora de ambas audiencias.
El resto de la tarde atendí otros asuntos que tenía en trámite.
A las seis pasó a buscarme Antonella y nos fuimos juntos hasta el Abasto shopping desde donde nos comunicamos con el misterioso agente González Metos.
—Hola —el vozarrón sonaba muy ansioso.
—¿Tiene una respuesta? —preguntó secamente Antonella.
—Ofrecen un millón…
—Váyase a la mierda — le contestó Antonella y cortó la comunicación.
 Nos reímos los dos a las carcajadas.
—Vení, tomemos un café tranquilos y lo volvemos a llamar. Estuviste genial.
Media hora después buscamos un locutorio telefónico para no repetir el patrón de los shopping, que podía tentarlos a poner agentes en todos los shopping de la ciudad hasta dar con nosotros.
—¿Por qué me cortó, Estela? —la voz gruesa sonaba furioso y agitada.
—Porque no me gusta que jueguen conmigo. Les dije lo que quiero a cambio de esa carpeta, o de lo contrario todas esas pruebas van a ir a parar al diario La Nación.
—Escuche, Estela, queremos esa carpeta, pero no podemos disponer de la cantidad que usted nos exige. Sólo intento negociar…
—Mire, señor González Metos, si usted trata de convencerme de que la persona que está arriba de todo, según vi en la carpeta, no tiene diez millones de dólares escondidos para evitar que aparezca una denuncia contra ella en la primera página del diario, es que me está tomando el pelo.
—No, pero escuche. Los que van a poner la plata son los que están más abajo, los que se sienten amenazados no tanto de ir a la cárcel sino de ser asesinados para que no hablen. Los de arriba del todo, se van a defender diciendo que todo es una persecución política.
—¿Quiénes son los que están más abajo? —la pregunta era audaz, pero el que hablaba en nombre de sus superiores parecía estar muy preocupado, como si su vida dependiera de conseguir esa carpeta.
—No me pida nombres por teléfono. Vamos, Estela, usted los tiene ahí mismo, en la carpeta. Son cuatro altos funcionarios de la ex SIDE que actuaron bajo las órdenes de un secretario de Estado, entre ellos, el ex jefe de operaciones de contrainteligencia echado poco antes del crimen del fiscal.
—El señor Arnaldo Murga está figurando en la carpeta, pero no aparece entre los ejecutores de la operación —Antonella jugó aquí una carta riesgosa, pero le salió bien.
—Claro que no, Murga era un funcionario especializado en ocultar pruebas. Se le ordenó en su momento que destruyera esa carpeta y después nos enteramos de que no lo hizo, seguramente para resguardarse, porque era un testigo potencialmente peligroso para todos nosotros.
—¿Y cómo se enteraron de que Murga no destruyó la carpeta?
—¿No me dice que la tiene usted?
—Me refiero a antes, cuando usted y su compañero Ferdinando Robirosa la amenazaron a mi amiga la viuda de Murga.
—En primer lugar, no la amenazamos, le pedimos la carpeta respetuosamente porque se trataba de documentos oficiales, y le advertimos sobre las consecuencias de no entregárnosla. Nos mintió, nos dijo que no había visto nunca esa carpeta, entonces la conminamos a que se pusiera a buscarla. Cuando volvimos no nos quiso recibir. Después, alguien la amenazó telefónicamente, pero no fuimos nosotros. ¿Cómo nos enteramos de que Murga no había destruido la carpeta? Porque la misma Severia le comentó una vez a una ex compañera de trabajo que había visto esa carpeta y que estaba muy preocupada por lo que contenía. Ella había revisado toda la documentación. Murga todavía vivía, aunque estaba muy enfermo. Severia ignoraba que su amiga era una agente nuestra que, aunque estaba jubilada, seguía trabajando para nosotros. En esa ocasión nos comunicamos con Murga, quien con diversas excusas admitió que todavía conservaba la carpeta, pero se comprometió a destruirla de inmediato. Nos enteramos, después de su muerte, que no sólo no destruyó la carpeta sino que la escondió. Pero no puedo decirle cómo lo supimos.
—Bueno, Severia era muy ingenua y nunca entendió el sistema de códigos y lealtades piramidales que rigen el mundo de los servicios. También me entregó a mí la carpeta sin saber que yo estoy en el grupo de Jaime. Pero vayamos a lo nuestro. Le voy a hacer la última propuesta: aceptamos seis millones de dólares.
Silencio en el otro extremo de la línea.
Yo miro mi reloj y le hago señas a Antonella para que corte enseguida.
—Es mi última oferta. Lo vuelvo a llamar.
—¡Espere, no me corte!
Clic.
Salimos volando del locutorio y nos quedamos observando desde mi auto estacionado en la vereda de enfrente. La llamada se había prolongado esta vez más de lo prudente y yo estaba preocupado porque les dimos tiempo de rastrearnos con la tecnología avanzada que posee esta gente. No pasaron ni dos minutos hasta que irrumpieron en la cuadra tres automóviles que estacionaron en doble fila y de los cuales bajaron apurados seis sujetos que entraron como un malón en el locutorio. El astuto de González Metos prolongó la conversación e hizo alguna revelaciones para interesar a Antonella e inducirla a seguir hablando mientras sus técnicos localizaban la llamada. Fotografié desde el auto con mi ventanilla apenas baja, los vehículos detenidos con sus choferes dentro y los motores en marcha, y a los agentes cuando salieron en patota con cara de frustración, pero esta vez lo hice con una cámara profesional con objetivo gran angular que siempre llevo en el auto. Cuando los agentes se fueron en sus vehículos, se asomaron cautamente a la puerta del local el dueño y varios clientes, asustados y perplejos por la violente irrupción.
Hoy no volvemos a llamar —le dije a Antonella—. El juego se está poniendo muy peligroso. Dejame que le muestre estas fotos al ingeniero y después decidimos qué hacer. Hasta ahora no nos han localizado, pero no tardarán en cambiar su estrategia y atar cabos. Tenemos que estar alertas.
—Esto ha sido muy excitante —dijo feliz Antonella, mientras me daba un beso apasionado y metía su manito frenética entre mis piernas.
En el auto no, pará —la aparté suavemente muerto de risa—. Vamos a casa.

Esa noche —y aquí aplicaré el concepto de Antonia— Antonella y yo tuvimos sexo ciento por ciento compartido. Pero me sucedió algo inédito y psicológicamente conmocionante: mientras Antonella y yo prolongábamos más que otras veces nuestro acostumbrado preámbulo de besos y caricias, vi mentalmente como en una película lo que pudo haber pasado en el departamento de Antonia si yo me hubiera dejado llevar por la tentación. Y vi la escena en la que ella me rodea el cuello y me besa en la boca, y yo me siento inerme, absolutamente dominado, con el cerebro embotado hasta el extremo de pensar solamente en poseer ese efigie voluptuosa. La tomo por su cintura profunda, respondo activamente a ese beso que en seguida se humedece y se vuelve lingual, deslizo mis manos abiertas por sus amplias caderas, recorro sus muslos hacia abajo, hasta el borde de su minifalda amplísima, y comienzo a levantar lentamente la tela liviana con mis manos ya en contacto con su piel; subo y subo a regiones que se amplían exuberantes y descubro que no tiene ropa interior. Ella entretanto ha hecho su trabajo sin despegar sus labios de los míos y me ha desprendido el pantalón. Todo en esa secuencia onírica fue muy rápido, vertiginoso y maravillosamente enloquecedor. Fue entonces cuando lo imaginario se fundió con la realidad presente y el cuerpo sensual de Antonella fue el cuerpo de Antonia, y en esa realidad todo sucedió también demasiado rápido, vertiginoso, salvaje y maravillosamente enloquecedor.

En un comercio céntrico imprimí yo mismo las cuatro fotografías en el mayor tamaño disponible, 20 x 30, para que se vieran bien algunas de las caras y al menos una de las patentes de los tres automóviles que intervinieron en el operativo. Le avisé por watsapp a Pancho Arribeño para que pasara a buscar esas copias por mi oficina y se las dejé a Helena en un sobre cerrado.
A la mañana siguiente el ingeniero retiró las fotografías y al mediodía me envió un mensaje pidiéndome que nos encontráramos a las 13 en el restaurant del convento de Santa Catalina, en la calle San Martín al 700.
Cuando llegué, Arribeño ya estaba allí comiendo un sándwich con un jugo de frutas en una de las mesas del patio, bajo una enorme palmera fénix. Ese silencioso patio colonial era uno de sus lugares de reunión cuando quería pasar inadvertido.
—¿Vio las fotos? —le pregunté.
—Las vi. Y no le voy a preguntar cómo, por qué, ni en qué circunstancias pudo obtenerlas. Esta vez me ha sorprendido a mí, doctor.
—¿Conoce a esos sujetos?
—Por lo menos conozco a dos. Son agentes orgánicos de la AFI, y eso me llamó mucho la atención, porque hasta ahora estuvimos lidiando con espías jubilados e inorgánicos de distintos camarillas internas. Pero estos son espías activos. Ninguno tiene jerarquía, obedecen órdenes sin preguntar, pero son muy peligrosos porque hacen secuestros, mantienen privados de la libertad a cierta gente que no los puede denunciar y hasta aplican apremios ilegales cuando quieren obtener información.
—¿Son asesinos?
—No, estos no tienen licencia para matar como James Bond. Ya se lo expliqué el otro día; en la Argentina los servicios eliminan personas, pero lo hacen mediante profesionales extranjeros contratados para cada ocasión.
 —¿Pudo averiguarme algo sobre las dos patentes que se ven con claridad?
—Sí, y creo que hay algo que lo va a poner culo para arriba.
A ver, explíquese, ingeniero.
—De las dos patentes, una es oficial de la AFI, y pertenece al área de operaciones especiales —me la señaló con el dedo en una de las fotos—. ¿Y a que no adivina de quién es esta otra?
—Por favor, ingeniero, dígamelo de una vez.
—Del amigo de Antonia Murga.
—¿Juan Voisoglio?
—El mismo: don Juan Marcelo Voisoglio. Pero atenti, el auto no está a nombre de él porque, como le dije la vez pasada, está inhibido y no puede poseer bienes. Pero el muy taimado lo compró a nombre de su amiga Antonia.
—¿Me está diciendo que el vehículo que participó en este operativo es de Antonia Murga? —pregunté incrédulo.
—Así es, pero no se alarme. Pude averiguar que ella le prestó su nombre para esa operación, pero fue de favor, desinteresadamente. Ella no tiene la menor idea de lo que este delincuente hace con ese auto. Si nos atenemos a lo que muestran estas fotos, podríamos deducir que el personaje tiene algo que ver con los servicios, pero parecería que Antonia no lo sabe. Deme tiempo y quizás le pueda averiguar algo más sobre el punto este.
©2020 Enrique Arenz

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