jueves, 11 de junio de 2020

Otra investigación de Facundo Lorences (Capítulos 13º y 14º)


Capítulo 13º
Una semana después, el fiscal tenía el informe de la policía científica con los resultados de laboratorio y las averiguaciones sobre la cámara de seguridad.
Los saquitos de té sólo contenían té; uno había sido mantenido en agua caliente varios minutos y el otro, unos pocos segundos.
En la taza y en la cucharita solo encontraron té, edulcorante y las huellas dactilares de la señora Severia. (Esto último es explicable: el asesino, provisto de guantes de látex, hizo que la mano derecha de la muerta tocara la taza ya limpia y seca.)
La computadora del señor Murga no contenía más que unos pocos archivos de texto y muchas fotografías e imágenes intrascendentes, aunque los peritos advertían que se habían eliminado muchísimos archivos. (No creí necesario pedirle a Alieto la recuperación de esos archivos porque las acciones privadas del señor Murga, lícitas o corruptas, eran ajenas a lo que estábamos investigando. ¿Para qué avergonzarla a Antonia, sin ninguna necesidad?)
Pero lo más revelador fue lo que se encontró en el repasador: los peritos observaron ínfimos restos compatibles con el diacetilmorfina, opioide derivado del clorhidrato de morfina en su forma de polvo blanco (heroína), aunque en una cantidad tan exigua que no podían asegurar con certeza que se tratara de esa sustancia. Era entendible: si la taza había sido lavada, supongamos que rápida y superficialmente, no podían quedar en ella sino rastros insignificantes que pudieran pasar al repasador. No era, por lo tanto, prueba concluyente, pero sí un indicio importante que reforzaba mi hipótesis.
La cámara de seguridad del edificio de enfrente reveló lo siguiente: el día en que yo fui atacado, se ve mi imagen al entrar en el edificio, y pocos minutos después, la de un sujeto cuya cara no se alcanza a distinguir pero que por su ropa y volumen corporal podría tratarse del paraguayo Serapio. Se lo ve abrir la puerta de calle con la normalidad de quien tiene una llave. La cámara no funcionó el día en que falleció Severia ni el anterior, por un desperfecto técnico.
Ahora sólo quedaba la autopsia. Ya habían exhumado el cadáver y lo examinarían al día siguiente. Designamos un perito de parte y nos dispusimos a esperar.

—Está bien, aceptamos pagarle los seis millones —dijo Adrián González Metos desde su teléfono.
—Entonces sólo falta que nos deje el dinero y luego yo le hago llegar la carpeta en donde usted me diga —le contestó Antonella con intención de prolongar la conversación.
—¿Pero usted me toma por imbécil?
—¿Por qué me dice eso?
—¿Cómo le vamos a dar la plata sin que primero veamos la carpeta y revisemos su contenido?
—Estimado señor, es usted el que me toma por imbécil a mí. ¿Creé que puedo confiar en ustedes después del operativo que hicieron en el locutorio con intención de secuestrarme?  
—No sé de qué me habla…
—De la irrupción de seis personas en tres automóviles en el locutorio donde minutos antes yo había estado hablando con usted.
Silencio en el otro extremo de la línea.
—Hola, hola, ¿me escucha? —dijo Antonella mientras yo miraba nervioso el reloj. Ahora estábamos en otro locutorio, en la calle Lavalle, y no tardarían en caernos como una jauría.
—¿Usted dice que tres autos…? No fuimos nosotros.
—Uno de los autos tenía patente registrada a nombre de la AFI. Los fotografié y pensé en enviar esas fotos al diario.
—¿Eran de la AFI? Ah, entonces no tienen nada que ver con nosotros. Parece que me han pinchado el teléfono y están rastreando estas comunicaciones. Por favor, no mande nada a los diarios porque estamos dispuestos a llegar a un acuerdo.
—¿Pero ustedes quiénes carajo son? —dijo Antonella levantando la voz. Me sorprendió ese lenguaje inusual en ella. Se estaba tomando muy en serio su chapoteo en el bajo mundo de los servicios.
—Nosotros estamos afuera de la AFI, nos echaron durante el gobierno anterior, igual que a ustedes, los del grupo de Jaime, pero también estamos organizados para protegernos y operar por afuera. Cada tanto algún funcionario de alto rango nos encarga el seguimiento de políticos opositores y hasta de ellos mismos.
—¿El actual gobierno ordena espionaje de políticos?
—¿Y usted me lo pregunta? Vamos, Estela, no me cargue. Ahora tenemos que cambiar los planes, no podemos hablar del intercambio de la carpeta por el dinero porque nos están escuchando. Será mejor que cortemos antes de que le caigan de nuevo. Vuélvame a llamar para que yo le indique alguna forma de comunicarnos sin interferencia. Tengo que pensar cómo hacer el intercambio.
Cortamos la comunicación y salimos poco menos que corriendo. Esta vez no nos quedamos para vigilar la llegada de la patota.
Fuimos enseguida a casa donde habíamos dejado a nuestros hijos con una cuidadora. Una vez que cenamos y los dos chicos se fueron a ver televisión en su dormitorio, nos pusimos a analizar la situación.
—Ahora sabemos que los dos espías que amenazaron a Severia no pertenecen al grupo que irrumpió el otro día en el locutorio. ¿Qué pensás? —comentó Antonella con cara de perplejidad.
—Mirá, creo que lo mejor es no hablar más con este tipo. Pertenece a un sector de los que echaron de la AFI. No creo que estén dispuestos a pagar nada por la carpeta. Tratan de localizar su paradero y te siguen la corriente para obtener datos. Al fiscal Berstein lo mataron poco después de esa purga de espías veteranos, y, según me dijo el ingeniero, el crimen fue en represalia por esa limpieza. Esta gente tenebrosa perdió poder y negocios millonarios, y en venganza mataron al fiscal para que todas las sospechas recayeran sobre el gobierno de entonces, debido a que el fiscal los estaba acusando por el pacto con Irán. Y lo cierto es que lo lograron. Entonces todos están interesados en esa carpeta, los espías orgánicos y el grupo de los expulsados, que a su vez está escindido en dos cofradías ahora enfrentadas entre sí. Es una guerra entre ellos y les hemos hecho creer que esa tal Estela, que vos personificaste muy bien, pertenece a una de esas sociedades, la del Grupo de Jaime, digamos, residual. Ahora creen que ese grupo tiene en su poder la carpeta y se propone entregársela a los del otro grupo, posiblemente más comprometido, a cambio de mucho dinero.
—Pero no hay ninguna carpeta, así que… mejor nos dejamos de jugar con el oso.
—Sí —concluí convencido—, ya no tenemos que seguir con esto. Ellos no tienen forma de localizarte ni de vincularte conmigo. Me seguirán vigilando a mí, pero por la investigación del crimen de Severia y no por el asunto de la carpeta.
—¿Creés que al menos sirvió de algo esto que hicimos?
—Sí, ahora sabemos que hay tres grupos de espías involucrados: el orgánico, el de los sujetos que amenazaron a Severia y el de Jaime. Los tres están detrás de la carpeta del señor Murga, uno de los tres hizo matar a Severia, y otro (o el mismo), mandó a un sicario para que me golpeara y me asustara.
—Además tenemos algunos nombres —observó Antonella—: el grupo de los que amenazaron a Severia, y que posiblemente ordenaron su asesinato, están representados por este González Metos y por el otro, ¿cómo se llamaba? Ah, sí, Robirosa. Ferdinando Robirosa. El grupo orgánico de la actual AFI, que, según nos enteramos hoy, está vinculado aparentemente con Juan Voisoglio, el amigo de Antonia Murga, ya que su automóvil estaba entre los que hicieron el operativo en el locutorio; y por último, el grupo de Jaime está representado por…¡Antonella alias Estela!
Los dos nos reímos a carcajadas.
En realidad no tenemos ningún nombre sobre este grupo de Jaime —razoné—; tendré que pedirle al ingeniero que me dé algún dato.

Al mediodía del día siguiente fui hasta el convento de Santa Catalina de Siena, pasé por el mostrador, me serví uno de los platos calientes del día y un jugo de naranja, pagué en la caja y me fui con la bandeja al patio arbolado y lleno de molestas palomas, en una de cuyas mesas más alejadas, cercana a un aljibe colonial, me esperaba Arribeño.
—Hola ingeniero —lo saludé, pero no me contestó.
Parecía dormitar a la sombra de la palmera fénix mientras una paloma atrevida picoteaba un trozo de pan sobre su mesa. Era un típico mediodía primaveral de Buenos Aires, y la agradable temperatura invitaba a echarse una siesta. El aleteo de la paloma, ruidoso como un aplauso, estropeó el monástico silencio de aquel patio colonial conservado en pleno microcentro porteño. Acomodé mi bandeja, me senté, y le toqué el brazo.
—Despiértese, ingeniero, ya llegué.
Lo miré, tenía la cabeza gacha. Así y todo, me pareció entrever que sus ojos estaban abiertos. Sobresaltado por un presentimiento, me paré, le sacudí el hombro y ahí supe lo que estaba pasando: su cuerpo se inclinó hacia la derecha y se desplomó ruidosamente en el piso. Gritos de algunas personas que vieron la escena. Me acerqué al cuerpo, le tomé el pulso en el cuello y comprobé que estaba sin vida. Pensé en un infarto masivo o en un ACV fulminante. Hasta que descubrí con horror la empuñadura negra de un puñal que alguien le había clavado en la espalda hasta el fondo. No había mucha sangre porque el mismo cuchillo hizo de tapón, pero un goteo constante había formado un espeso charco debajo de su silla.  
Llamé primero al 911 y luego al fiscal Alieto Fatah, para ponerlo al tanto de lo sucedido y, sobre todo, de su posible relación con el caso que investigábamos. En pocos minutos estaban en el lugar la policía y el fiscal.
—¿Así que este era tu informante? —me preguntó Alieto mientras la policía armaba una carpa para cubrir el cuerpo y hacer los primeros peritajes.
—Sí, y habíamos quedado en vernos en este lugar que él consideraba seguro. ¿Lo conocías?
—¿Quién no conoció al ingeniero? Tipo simpático que se hacía amigo de todo el mundo. Me apena mucho que lo hayan matado, pero se movía en un ambiente siniestro aunque él vivía honradamente de su trabajo desde que lo echaron de la ex SIDE. ¿Te estaba averiguando algo relativo a la muerte de la señora Severia?
—Si, trabajaba en eso.
—Bueno, vas a tener que hablarme de algunas cosas que sospecho me has estado ocultando. Es probable que este homicidio quede radicado en mi fiscalía, si es, como decís vos, que está relacionado con el otro. Ahora tendremos que terminar con este trámite, retirar el cuerpo, darle tus datos a la policía y después te citaremos para prestar declaración.

Regresé a mi casa de Almagro a las tres de la tarde. No había nadie, los chicos estaban en la escuela y Antonella daba clases en la facultad. No quise llamarla para no estropearle la tarde.
Me sentía destruido, acobardado, afligido por un gran remordimiento. Me bañé y me acosté pero no pude dormir. Me acosaba la visión horrible del pobre Arribeño apuñalado y sentado en aquella mesa, asesinado seguramente por estar averiguando lo que yo le había encargado, y también, ¿por qué no suponerlo?, como una advertencia para mí. Él siempre se mostró muy preocupado porque el asesinato de Severia Murga penetraba el submundo criminal y subterráneo de los servicios, un ámbito marginal que se mueve en la oscuridad, chapoteando en lo peor de la política y moviendo grandes negocios ilegales con total impunidad. Si yo no le hubiera ocultado la relación de la carpeta del señor Murga con la muerte del fiscal Berstein, él se hubiera cuidado mejor, habría podido prever desde dónde podía venir un atentado contra su vida. Estuvo moviéndose a ciegas, desprevenido. No podía perdonármelo, lo expuse a la muerte por no haber sido suficientemente transparente con él. 
Pero al mismo tiempo estaba muy asustado por lo que podría pasarme a mí. Arribeño me lo había advertido: «Tenga cuidado, doctor, la próxima vez lo van a matar». ¡Dios Santísimo, en la que me he metido!
Pude dormir algo. Cuando llegó Antonella, se impresionó al verme pálido y desmejorado. Le conté lo que pasó. Quedó tan consternada como yo. Me abrazó, y la amorosa calidez de ese contacto me desmoronó y me largué a llorar como un chico. Pero ese breve llanto me trajo alivio. Me lo había enseñado una vez el propio Arribeño con su peculiar lenguaje: «No hay como un buen moqueo para sacudirse las telarañas del corazón». Esa noche no cenamos, tratamos de ver algunas series por televisión pero no pudimos concentrarnos.
—Me parece que vamos a tener que hacer terapia los dos —le dije a Antonella tratando de bromear un poco.
Pero era inútil, teníamos el corazón acelerado por un temor a lo desconocido que cada uno trató de ocultarle al otro. Sin decirlo, los dos pensábamos que esa misma noche podían entrar en la casa y matarnos.
Pero como suele suceder siempre, terminamos en un profundo sueño, aunque con pesadillas en las que seguíamos despiertos y abrumados por pensamientos horribles.
A las 7,30 me despertó la llamada de Alieto Fatah.
—Facundo, venite por acá lo antes que puedas. El homicidio de Francisco Arribeño quedó radicado en mi fiscalía. Tengo que tomarte declaración testimonial.
—Voy ya mismo.

Capítulo 14º
En la fiscalía liquidamos rápidamente los trámites del procedimiento, firmamos el acta y pudimos conversar en privado.
—¿Hay testigos de lo ocurrido en el convento? —pregunté.
—Sí, tres empleados de la concesión gastronómica que conocían de vista a Arribeño porque solía frecuentar el lugar. Coinciden en que el ingeniero se apareció ayer muy temprano, apenas se habilitó el servicio, pagó la comida y se fue con su bandeja para el patio donde todavía no había gente. Es todo lo que saben.
—¿Te adelantó algo el forense?
—Usaron un estilete de doble filo, hoja angosta y
punta muy aguda, de quince centímetros de largo. Debió de ser un tipo fornido que lo sorprendió desde atrás: con el brazo derecho le aplicó en el cuello una llave de estrangulamiento que lo inmovilizó, y con el otro, le introdujo la hoja en posición aplanada entre la tercera y cuarta costilla, rozó la vértebra torácica 7 y le atravesó el pulmón y el corazón de lado a lado. El asesino debió mantenerlo inmovilizado hasta que cesaron sus convulsiones y una vez muerto lo acomodó para que quedara sentado frente a su almuerzo. No había clientes en ese momento y los que después fueron llegando al patio no notaron nada raro. Sin duda fue el trabajo de un profesional que conoce bien su oficio.
—A ese patio se accede fácilmente desde la calle sin necesidad de pasar por el mostrador de expendio. Pobre Arribeño, él creía que ahí nadie lo veía, pero no pensó que ese es el mejor lugar de Buenos Aires para matar a una persona.
Bueno, amigo Facundo, está muriendo mucha gente a tu alrededor. ¿Qué te parece si colaborás conmigo y me revelás todos tus secretos? En principio, informalmente, como amigo. Después veremos.
—Por supuesto, Alieto. Vine dispuesto a eso.
Le conté todo, menos lo del fiscal Berstein (no podía permitir que la causa pasara a jurisdicción federal y se perdiera en los laberintos plagado de trampas y de espías de Comodoro Pi.)
Le di los nombres de los sospechosos, empezando por el amigo de Antonia Murga, Juan Voisoglio, y concluyendo con los dos espías (agentes inorgánicos que fueron separados de la agencia)  que, según el difunto Arribeño, apretaron a la viuda de Murga: Ferdinando Robirosa y el abogado Adrián González Metos. Lo puse al tanto de la participación de Antonella en la comunicación telefónica que mantuvo con este último y le mostré las cuatro fotografías que yo había tomado del operativo que la AFI ordenó para capturarla en el locutorio.
Quedó pasmado.
—¿Estuviste haciendo todo esto vos solo, y con tu mujer?
—Los nombres y el número de teléfono me los consiguió Arribeño. Ahora que está muerto te lo puedo revelar.
—¿Y decís que este auto está a nombre de Antonia Murga pero que el verdadero dueño es este sujeto con antecedentes penales?
—Así es.
Alieto se quedó pensando. Dijo como hablando consigo mismo:
—Tendríamos que arrestar a estas tres personas e imputarlas por sospechosas, pero ¿qué le digo al juez para que me firme las órdenes de detención?
—Si vos querés, te hago un escrito donde yo expongo mis sospechas sobre estas personas, pero, no sé…
No, todavía no. Además, no sería ético de tu parte. Si estás patrocinando a Antonia Murga no podés denunciar a su amigo íntimo sin haberlo hablado antes con ella.
—Eso pensé… Con Antonia tenemos una conversación pendiente. Cuando yo le mostré hace diez días las fotos del operativo y le señalé el auto cuya patente está a su nombre, se descompuso y tuvimos que suspender la entrevista. Reconoció que su amigo le pidió ese favor porque está inhibido y necesitaba comprar el auto.  Ella parece sincera cuando dice desconocer qué pasó esa noche con ese vehículo participando de un operativo de la AFI.
—Bueno, vamos a hacer una cosa, Facundo, por ahora mantendremos en reserva esto que hemos hablado. Reunite con Antonia y tratá de aclarar con ella todo lo que debas aclarar, pero anticipale que estás obligado a denunciar a Voisoglio. Después de eso y según lo que ella te conteste, me hablás y vemos. Tal vez en ese momento deberás presentarme el escrito con un resumen de lo que me dijiste hoy, los nombres de los tres sospechosos, el número telefónico y las cuatro fotos del operativo. No dejes de mencionar el origen de la información porque también tengo que investigar el asesinato de este hombre.

Salí de la fiscalía cerca del mediodía.
Me dirigía a mi casa en el auto cuando me pareció que me seguían. Era un Chevrolet Cruze 5 negro, con vidrios polarizados que se mantenía detrás de mí a una distancia constante. Me fui al carril de la derecha y reduje la velocidad. El otro coche me pasó y se perdió entre el caótico tránsito del mediodía. Fue una falsa alarma, me dije aliviado, y seguí mi camino. Pero la calma me iba a durar poco: cuando llegué a mi casa (con todos mis sentidos alerta) vi desde alguna distancia que un Chevrolet negro igual al que había visto antes estaba estacionado en la vereda de enfrente. Aceleré y seguí de largo. Estacioné a unas dos cuadras. Volví caminando cautelosamente, y cuando estuve a prudencial distancia del Chevrolet le tomé disimuladamente una fotografía con mi celular desde un ángulo que permitía visualizar la patente. Volví sobre mis pasos, me metí en un cafecito en la esquina de mi casa y desde allí lo llamé por whatsapp a Alieto Fatah. Le mandé la fotografía, le expliqué lo que me estaba pasando y le di con precisión la ubicación del vehículo sospechoso. Me dijo que me mantuviera a distancia que ya mandaba dos móviles policiales de la División de operaciones especiales.
Desde la vidriera del café vi llegar a los dos vehículos con varios agentes de infantería que rodearon rápidamente al Chevrolet negro, hicieron salir a sus dos ocupantes, los esposaron y se los llevaron. La operación duró apenas cinco minutos. Cuando entraba a mi casa vi que una grúa de la Policía se estaba llevando el Chevrolet.
Una hora más tarde Alieto me llamó para decirme que los dos detenidos eran los agentes inorgánicos de la AFI Ferdinando Robirosa y Adrián Gonzáles Metos. ¡Bingo!
Ahora tendré que denunciar a esos sujetos. Si Antonia y Ernestina Stocic los reconocen como los dos sospechosos que estuvieron presentes en el funeral de Severia de Murga, sumados al testimonio de Antonella que conversó con uno de ellos, y a mi acusación de ser los funcionarios que acosaron a la difunta por la carpeta, según información del asesinado Francisco Arribeño, más el seguimientos de que fui objeto esta tarde, el fiscal tendrá elementos suficientes para indagarlos y pedir su procesamiento.
Por lo tanto, no podía dilatar mi conversación pendiente con Antonia.
La llamé y quedamos en vernos a la tarde en mi oficina.

Antonia se apareció esta vez vestida con formalidad, nada llamativa, con una expresión de timidez, mirada huidiza y un bandoneón en el entrecejo. Apenas sonrió cuando me tendió su mano con la vista baja. Observé con atención sus gestos: se sentó con su habitual delicadeza, apoyó su gran bolso de cuero en la silla de al lado, alzó un segundo los párpados para mirarme a los ojos y enseguida los bajó.
—Creo que tenemos que hablar —dijo con vos muy suave. Levantó otra vez sus ojos y me miró con fijeza.
—Sí, Antonia, y te pido que me digas la verdad.
—Supongo que querrás saber los detalles de mi relación con Juan Voisoglio.
—Eso para empezar. Te escucho.
—A Juan lo conozco desde hace algunos años. Me cortejó en el supermercado mientras me pagaba su compra. Me encandiló, vos lo viste, es un tipo super encantador, sabe tratar a las mujeres y es un buen mozo de esos que no podés dejar de mirar. No me enamoré de él, pero me sentí atraída por su carisma, por su personalidad serena y equilibrada. Yo estaba sola en ese momento y necesitaba un hombre, no como pareja sino como un amigo con quien pasar momentos de intimidad y confidencias. Le di mi teléfono, me llamó, salimos… y bueno. Como te dije el otro día, no fue amor, no fue enamoramiento, ¿qué fue? Qué sé yo, admiración, deslumbramiento deseos de entregarme a él. Así empezó todo…
Se detuvo y se frotó nerviosa las manos. Subió y bajó la mirada varias veces. Tomó su bolso, extrajo un pañuelo, lo volvió a guardar, dejó el bolso en su lugar. Yo la observaba sin decir una palabra. Continuó:
A la semana de andar con él me habló de su oscuro pasado. Se justificó como pudo, dijo que se equivocó, que no tuvo la intención de estafar a sus clientes, que las cosas no le salieron como él esperaba y que había cumplido una condena penal. Yo estaba tan hechizada que lo vi como una víctima de las circunstancias y no como un vulgar timador. Acepté sus explicaciones, le dije que eso no afectaba nuestra amistad, que yo pensaba que él tenía un futuro por delante con sus nuevas actividades y que lo que me había contado quedaba en el pasado.
«El problema vino cuando le hablé de él a mamá. ¿Sos amiga de ese estafador hijo de puta?, me gritó con su actitud despreciativa de siempre. ¿Sabés que lo estafó a tu padre en cincuenta mil dólares que le había confiado para invertir? Me quise morir: mis padres habían sido víctimas de las maniobras delictivas de Juan.
«Me fui de casa llorando, como tantas otras veces en que mamá me hacía sentir su rigor despótico. Lo encaré rabiosa a Juan: ¿Qué hiciste, cabrón, estafaste a mi padre? No sé de qué me hablás, se defendió, ¿quién era…? Arnaldo Murga, ¿te suena ese nombre? ¿Arnaldo era tu padre?, me preguntó consternado.

—Esperá —la interrumpí —, ¿Juan no conocía tu apellido?

—Eh… sí, por supuesto, bueno, qué se yo —vaciló. Era ilógico que Voisoglio no hubiera reparado en la coincidencia de un apellido tan poco común. ¿Me estará mintiendo otra vez?, me pregunté molesto. Ella eludió una explicación y continuó—: Me reconoció que sí, que papá estaba entre sus clientes, que lo conocía por sus vínculos con Presidencia. Confió en mí y yo lo defraudé como a tantos otros, dijo apenado, pero voy a hacer una cosa: quiero devolverle a tu mamá los cincuenta mil dólares más los intereses acumulado hasta ahora. Te pido que me lleves a su casa para conocerla, disculparme con ella y devolverle ese dinero.
«Así fue como llevé a Juan por primera vez a casa. Le devolvió la plata a mamá, le pidió disculpas, le dio mil explicaciones sobre los errores que cometió y trató de convencerla de que nunca quiso defraudar a sus clientes y que todo fue imprudencia de su parte y mucha mala suerte. Creo que mamá no le creyó nada, pero como le llevó el dinero y es un tipo tan envolvente y agradable en el trato, digamos que lo perdonó. Así y todo, nunca le tuvo confianza y a mí me presionaba para que me apartara de él, me machacaba que yo no sabía nada de su vida actual, que podía quedar involucrada en sus andanzas. Y cómo tantas otras veces en que mamá reprobaba mis acciones, me sentí ofendida y maltratada por ella. Me había parecido un gesto tan noble el de Juan de devolverle el dinero que no merecía ese injusto menosprecio. Así que con Juan seguimos siendo amigos, independientes, pero con encuentros íntimos esporádicos. Amigos y amantes, para decir las cosas por su nombre.
«Un día, como te dije, me pidió poner a mi nombre un coche que iba a comprar porque lo necesitaba para su nueva ocupación de relacionista público. No me pareció nada impropio hacerle ese favor, además me ofreció el auto para cuando yo lo necesitara o durante el tiempo en que él hacía frecuentes viajes al exterior. Todo anduvo bien hasta que vos me mostraste las fotos de ese mismo auto en un operativo de la AFI. En ese momento recordé los vínculos laborales que dijo haber tenido con mi padre. Entonces empecé a sospechar que trabaja para algún servicio de inteligencia. Pensé en mamá, que, según se sospecha, pudo ser asesinada por gente de los servicios, y me puse loca. Quise hablar con Juan, pero su celular no responde. Fui hasta su departamento, entré, no quise revisar nada, pero me dio la impresión de que se había llevado casi toda su ropa. Parecería que aún no regresó de Montevideo, o viajó a otro país. En conclusión, estoy desesperada, Facundo. No sé qué hacer.»
Nos quedamos los dos en silencio. Yo, con muchas dudas sobre lo que me había dicho. Ella volvió a tomar la cartera, buscó otra vez su pañuelo, pero esta vez lo usó para secarse las lágrimas. 
Le pedí a Helena que nos traiga dos cafés. Los tomamos en silencio y ella se tranquilizó. Entonces le dije con suavidad:
—Es indudable que Juan se ha escapado, Antonia. Tal vez no lo vuelvas a ver. Te tengo que decir que voy a denunciarlo como sospechoso de ser autor, coautor o partícipe necesario en el crimen de tu madre. Creo que él fue la persona que le presentó a los dos espías que le pidieron la carpeta violeta. Te aviso que esas dos personas están ahora detenidas y te van a llamar para un reconocimiento.
—Pero ¿las conozco?
—Sí, los viste una vez. Son los dos hombres que estuvieron en el velatorio de tu madre y te interrogaron sobre tus familiares.
—Ah, sí, los dos tipos extraños. ¿Cómo sabés eso?
—Por Ernestina que también los vio porque vos se los señalaste. Ella será otra testigo que deberá estar en la rueda de reconocimientos.
Puso sus palmas sobre las mejillas y dijo con espanto:
—¿Vos crees que esta gente… junto con Juan, mataron a mamá?  
—No lo sé. Los vamos a imputar como sospechosos, pero hay que encontrar pruebas. Hasta ahora tenemos muy poco. Necesitamos la autopsia para saber la causa de muerte de tu madre. Si la asesinaron, sabremos al menos cómo lo hicieron. Tenemos tres sospechosos, pero ninguna prueba concluyente. Pudo no ser ninguno de ellos. Hay que seguir investigando.

En la semana siguiente ingresé por Mesa de entradas de la fiscalía el extenso escrito donde exponía todas mis averiguaciones (sin mencionar al fiscal Berstein), los datos obtenidos por el detective Francisco «Pancho, el ingeniero» Arribeño, asesinado, escribí, a causa de sus investigaciones en áreas de los servicios, aporté los nombres de las dos personas inorgánicas de la AFI, ahora detenidas, el número de teléfono proporcionado también por Arribeño y las conversaciones telefónicas mantenidas entre Antonella (que ahora pasaba a ser una testigo en la causa) y el agente Adrián González Metos, en una simulación de ofrecimiento de la carpeta del señor Murga por dinero, a fin de obtener datos y detalles para la investigación. Mencioné el sorpresivo operativo efectuado en uno de los locutorios poco después de que hicimos la anteúltima llamada, adjunté las cuatro fotografías y solicité la comparecencia del propietario de ese comercio en carácter de testigo. También me vi obligado a revelar la relación íntima de mi cliente, la señorita Antonia Murga, con el denunciado Juan Voisoglio, cuya detención solicitaba, dejando constancia de que se hallaba, en apariencia, desaparecido, y las razones por las cuales Antonia, en buena fe, había prestado su nombre para que su amigo comprara un automóvil que necesitaba para trabajar, vehículo que, de manera inesperada y sorpresiva, aparece en una de las fotografías del mencionado operativo.
Los dos sujetos detenidos frente a mi casa invocaron su carácter de ex agentes de la AFI para negarse a declarar. Su abogado presentó un escrito en el que sus defendidos pretextaban no poder revelar las razones de mi seguimiento por tratarse de operaciones de «seguridad nacional» contempladas por la ley de Inteligencia, y que solamente se prestarían a contestar preguntas si el Poder Ejecutivo levantaba el secreto de sus acciones. El abogado defensor, designado, se presume, por la propia AFI (digo «se presume» porque en ese submundo nunca se llega a saber nada de nada), pidió la inmediata excarcelación de los agentes detenidos alegando la no existencia en la causa de otras pruebas contra ellos que las de un simple seguimiento. El fiscal se opuso argumentando su posible vinculación con los dos asesinatos en investigación. La decisión quedó en manos del juez.
Se hicieron las ruedas de reconocimiento y tanto Ernestina Stocic como Antonia reconocieron a los dos imputados como las personas extrañas que estuvieron horas en el velatorio de la señora Severia, que le dieron el pésame a su hija presentándose como ex compañeros de trabajo de su padre, y que le formularon muchas preguntas insistentes sobre sus familiares, todo lo cual, admitámoslo, no implica delito alguno.
Antonia Murga, que era la denunciante, declaró bajo juramento todo lo que me había dicho a mí respecto de Juan Voisoglio. A pedido del fiscal, el juez ordenó la detención del relacionista público y el allanamiento de su domicilio.

©2020 Enrique Arenz (Prohibida su reproducción)


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