jueves, 25 de junio de 2020

Otra investigación de Facundo Lorences (Final)


17
Cuando el fiscal Alieto Fatah escuchó la grabación, se recostó sobre su sillón y se quedó mirándome sin mover un músculo de la cara.
—Homicidio doblemente agravado, por el vínculo y por premeditación y alevosía —comentó luego de un largo silencio—. Además de ir a la cárcel por mucho tiempo, Antonia Murga va a perder su derecho a heredar los bienes de su madre. Aunque no lo creas, Facundo, siento pena por esta chica.
—Yo también…
—Ya solicito una orden de detención y el allanamiento de su domicilio.
Por favor, Alieto, pedí también un nuevo allanamiento al departamento de Severia.
—¿Para qué querés que volvamos allí?
—Creo saber dónde está la prueba más importante.

Antonia ya no estaba en su casa cuando llegamos con la policía. Por el desorden supimos que había abandonado el departamento llevándose ropa, algunas pertenencias y el óleo de Urruchúa. También había retirado el auto de Voisoglio de la cochera cercana a su casa. Era de suponer que planeaba encontrarse con su amigo después de salir del país por algún paso fronterizo clandestino. Se encontró heroína en un pequeño recipiente y comprobantes bancarios (de días atrás) de retiro del plazo fijo en dólares que tenía con su madre.
De ahí nos fuimos al otro departamento, el de la calle Rivadavia. El portero nos franqueó el acceso con sus llaves y yo puse el código de la alarma. Me dirigí directamente a la habitación de Antonia Murga, y una vez allí le señalé al fiscal la falsa pared corrediza que él ya conocía por haber estado en el allanamiento anterior, y le expliqué:
 —Este panel simula el perfil de una columna que sobresale de la pared, es corredizo y oculta la caja fuerte ¿no? —lo empujé hacia la derecha y la caja quedó a la vista—. Como verás es una especie de mampara construida con un material sintético muy liviano que ha sido empapelado igual que las demás paredes. Está colgada de dos rueditas que se deslizan sobre un riel ubicado a la altura del cielorraso, pero oculto por la moldura de yeso. La parte de abajo queda colgando y se desplaza muy ajustada entre la pared verdadera y el zócalo de roble del piso. En el punto donde la mampara cubre la caja, tanto el zócalo como la moldura hacen un quiebre hacia afuera como si acompañaran el contorno de la supuesta columna y marcan el tope de su deslizamiento hacia la izquierda. La moldura y el zócalo, a partir de acá, están separados de la verdadera pared lo suficiente como para que la mampara se desplace hacia la derecha y se meta detrás de este mueble que disimula esa separación.
—Sí —comentó Alieto—, ya lo había visto. Se puede correr hasta unos sesenta centímetros. Es un mecanismo muy original porque es imposible darse cuenta de que lo que vemos no es una saliente de la pared.
—Pero escuchá —di varios golpecitos sobre la falsa columna—. ¿Qué oís?
—Ruido a hueco, aunque a simple vista parece una pieza maciza.
—La tercera vez que estuve aquí con Antonia, la golpeé descuidado con el codo y oí ese sonido. En el momento no me pareció nada fuera de lo normal, pero días después, cada tanto recordaba ese sonido, lo escuchaba en mi cabeza, como si mi intuición me quisiera decir algo. Hasta que Irene, sin saberlo, me dio una pista valiosísima… Ahora lo vamos a comprobar. Pero, vení, ayudame a levantar el panel. Tenemos que descalzarlo y separarlo de la pared por encima del zócalo.
Tomamos el liviano tabique uno de cada extremo y pudimos levantarlo con facilidad. Cuando la parte de abajo asomó por encima del zócalo lo corrimos hacia afuera y le pedí a Alieto que lo sostuviera en esa posición. Quedaba en la parte de abajo una separación de unos quince centímetros entre el panel y la pared real.
—Vamos a ver si mi intuición no me engañó —le dije al fiscal que sujetaba el panel y observaba con curiosidad mis acciones. Un oficial de la policía filmaba todo.
Introduje mi mano izquierda por detrás del panel, tanteé a ciegas su parte hueca interior. Telas de araña fue el primer contacto ingrato que sintieron mis dedos, hasta que toqué un objeto alargado y abultado. Estaba sostenido por un tirante de madera en diagonal que reforzaba la rigidez interior del bastidor. Lo tomé por el costado y lo saqué con mucho cuidado. Cuando vimos de qué se trataba, los dos nos miramos como si hubiéramos hallado la cuadratura del círculo.
—La carpeta del señor Murga —murmuró el fiscal.
 Era una carpeta común color violeta pálido, con tres solapas de contención y dos elásticos de cierre en sus ángulos. Estaba cubierta de polvo y pelusa que casi tapaban dos etiquetas pegadas sobre la cubierta que decían: «SECRETO» y «SEGURIDAD NACIONAL» La deposité sobre la mesa de noche y le tomamos varias fotografías.
—¿Cómo supiste que estaba escondida aquí? —preguntó Alieto que seguía mirándola sin atreverse a tocarla.
—Por un comentario de Antonia. Dijo que su padre, antes de morir, intentó decirle dónde estaba esta carpeta, pero de su balbuceo agónico sólo pudo entender «del lado de adentro», antes de perder la conciencia. En ese momento yo recordé el ruido que produjo el golpe de mi codo y caí en que el tabique era una placa hueca con parantes de madera en sus dos laterales que dan la impresión de un saliente sólido de unos doce centímetros de espesor. ¿Qué otra cosa en todo este departamento podía tener un «lado de adentro» que no fuera esto? No un ropero, no un armario, donde todo su contenido está siempre adentro.  Si algún extraño descubría el mecanismo corredizo, sabía en el acto que estaba montado nada más que para ocultar la caja fuerte. ¿Quién podía a pensar que era en sí mismo el mejor y más insospechado escondrijo para ocultar otra cosa que no fuera la caja empotrada en la pared?
—Impecable razonamiento, Facundo. Ni el equipo forense lo descubrió… No me animo ni a tocar la carpeta.
—Alieto, yo sólo quiero constatar si al final de toda la documentación que contiene hay un sobre con una llave y las indicaciones del lugar donde se encuentra el dinero escondido por Arnaldo Murga. Lo demás no lo quiero ver, llevate vos la carpeta y hacé con ella lo que creas que es tu deber, porque, por lo poco que sé, vas a encontrar revelaciones espeluznantes. ¿De acuerdo?
De acuerdo, adelante —dijo el fiscal, y le ordenó al oficial—: Filme todo.
Sacudí la mugre de la carpeta con una franela que me alcanzó un asistente (lo hice con superficialidad, para no alterar posibles huellas dactilares), corrí los dos elásticos que la mantenían cerrada, abrí la tapa, desplegué sólo la solapa superior y, mirando hacia arriba para no ver nada, metí mi mano por debajo de la voluminosa pila de papeles. Toqué un sobre tipo oficio, lo extraje y volví a cerrar la carpeta. El sobre estaba cerrado y sin ninguna inscripción. No lo abrí, solamente lo palpé en varios lugares hasta que sentí el contorno de una llave. No quise ni necesité saber más nada. Le entregué la carpeta y el sobre al fiscal y le dije:
—Querido amigo, mi misión ha terminado. En este sobre hay una la llave y los datos sobre el lugar donde Arnaldo Murga escondió el dinero robado por Juan Voisoglio. Y aquí tenés la famosa carpeta violeta por la cual mataron a nuestro amigo Francisco Arribeño y que refuerza la prueba de la muerte de la señora Severia. Por favor, no la abras ahora y dejemos constancia de eso en el acta, llevátela a tu despacho y ponela bajo fuerte custodia. Sólo te confirmo lo que vos sospechabas: este es un caso federal que te va a quemar las manos. Separalo de la muerte de Severia porque no tuvo nada que ver con lo que hay dentro de esta carpeta. Su hija aprovechó una oportunidad única para hacer lo que posiblemente ya venía madurando desde tiempo atrás: «anticiparle» a su madre la salida de este mundo. Ella vio esa oportunidad cuando gente de inteligencia que le mandó Voisoglio requirieron a su madre esa carpeta (aunque el objetivo inicial era hallar el sobre y la llave que estaban dentro) y, sobre todo, cuando otros espías desconocidos que también querían la carpeta la amenazaron de muerte por teléfono. Antonia pensó entonces que, si algo le salía mal y se investigaban las causas de muerte de su madre, todas las sospechas apuntarían a esos espías que la amenazaron.
Lo que Antonia Murga nunca imaginó es que Ernestina, la amiga de su madre, iba a recurrir a vos para investigar esa muerte dudosa, y que vos, partiendo de pequeños detalles y atando cabos, ibas a detectar sus errores de principiante que te llevarían a descubrir, primero, cómo asesinaron a su madre, y después, quién lo hizo.
Pero hay cosas que, en apariencia al menos, trascienden a las intenciones de Antonia, y que ella ni siquiera supo que estaban ocurriendo: Voisoglio hizo, sin que su amiga se enterara, una copia de su llave de entrada al edificio de la calle Rivadavia y mandó a un sicario para que me siguiera y me golpeara con el objeto de intimidarme. Aunque tengo dudas: ¿y si lo del molde y la copia de la llave fue una simulación para no involucrarla si algo se complicaba?
—¿En qué te basás para dudar?
—Vos la escuchaste a Antonia en la grabación. Cuando se puso fuera de sí por mis acusaciones, me gritó: «¡No debí impedir que Juan te matara, estás vivo gracias a mí!»
—Pudo ser una fanfarronada, un exabrupto propio de su estado anímico.
—Sí, pero Voisoglio era un profesional, no habría dejado en su departamento el dispositivo para copiar llaves que lo incrimina a menos que quisiera proteger a su amiga. Pero dejame que te siga explicando: Voisoglio, hombre de los servicios, debió de enterarse del contenido de esa carpeta y en consecuencia de su potencial valor extorsivo, que era muy superior al dinero robado que había escondido Murga. Recordá que en las conversaciones telefónicas con Antonella, el espía González Metos le llegó a ofrecer por la carpeta seis millones de dólares. Entonces la búsqueda conjunta de esa carpeta tenía para Voisoglio un valor monetario muy distinto que para Antonia, y eso ella nunca lo supo. Había que evitar que alguien encontrara la carpeta antes que ellos. Voisoglio sospechó que Arribeño lo estaba por lograr y lo mató. Cuando vos hiciste arrestar a los dos espías que me seguían, decidió desaparecer, y es probable que nunca se lo encuentre, porque la gente de inteligencia tiene vínculos con los servicios de otros países y se protegen entre ellos. Creo que Antonia no sabía nada de todo esto. Ella sólo quería hacer realidad la fantasía de algunas personas: sacarse de encima a sus molestos y ancianos padres.
«Mi amigo el psicólogo de la policía me abrió los ojos cuando me dijo: ‘Casi todos los que nos consideramos normales, tenemos en nuestra personalidad algún instinto psicopático que puede convertirnos en criminales en determinadas circunstancias, pero siempre dispondremos de una conciencia libre que nos permitirá elegir entre el bien y el mal’. Antonia también tenía su monstruo dormido, pero su madre se ocupó de azuzárselo toda su vida, como suelen hacerlo tantos padres castradores. Pateó siempre al monstruo, tanto lo pateó y lo sacó una y otra vez de su letargo, que cuando Antonia se vio frente al terrible dilema de discernir entre el bien y el mal, ya era tarde, el monstruo había roto sus cadenas y se había adueñado de su conciencia. No le costó mucho transformar a Antonia en una matricida.»
Cuando nos íbamos, los dos nos detuvimos unos segundos para mirar el sillón donde había muerto Severia. Alieto movió la cabeza apesadumbrado, enfrascado igual que yo en sombríos pensamientos sobre la condición humana. Nos fuimos por última vez del departamento de la calle Rivadavia con el ánimo desfalleciente y un sentimiento de amarga resignación.

Me preguntarán qué pasó después.
Se pidió a Interpol la captura de Antonia Murga y de Juan Voisoglio. Antonia fue detenida en Brasil, desamparada y con muy poco dinero. La extraditaron en seguida y quedó con prisión preventiva en una unidad penitenciaria. Su amigo, que posiblemente se quedó con su dinero, se desentendió de ella y la dejó a la deriva, no fue aún localizado. Trascendió que estaría en Medio Oriente haciendo trabajos sucios para una agencia iraní.
Cuando el Fiscal Alieto Fatah y el Juez Hernandorena vieron lo que contenía la carpeta del señor Murga, la derivaron de inmediato a la Justicia Federal.
Los dólares que Juan Voisoglio les robó a sus clientes, fueron hallados en una caja de seguridad de un banco del Uruguay. Al cabo de interminables exhortos judiciales y trámites por vía diplomática, se los pudo repatriar.
En ese estado de cosas, el mundo entero se hundió en una impensada pesadilla medieval: la pandemia de Covid-19 causada por un enemigo invisible: el coronavirus. De repente todos nos quedamos confinados en una cuarentena interminable, impuesta con mayor o menor rigor por gobiernos desorientados que sólo atinan a dar órdenes improvisadas, avances y retrocesos, y a suspender derechos civiles y libertades personales en nombre de la vida y la salud pública. En la Argentina, desde el 26 de marzo los Tribunales están cerrados, los abogados no trabajamos, los chicos no van a la escuela, los deportes y los espectáculos públicos están prohibidos y la economía mundial se derrumba amenazando el futuro de la cultura occidental y de la humanidad misma.
Yo he aprovechado este aislamiento que ya lleva más de noventa días para escribir esta historia reciente de mi carrera de abogado penalista apasionado de la criminología. Ahora es 21 de junio de 2020 y he comenzado a atender algunos casos urgentes en juzgados de turno, aunque los tribunales siguen cerrados. En Buenos Aires y región metropolitana la enfermedad se propaga con mayor rapidez y el gobierno teme el colapso del sistema sanitario. Dios sabe hasta cuándo estaremos encerrados e inactivos.
¿Qué pasó con la carpeta del señor Murga? Cumple su propia cuarentena en algún cajón de Comodoro Pi, desde donde, cosa curiosa, nadie filtró nada a la prensa, y ningún periodista de investigación se enteró de su existencia. O a lo mejor no fue así. A lo mejor alguien habló, sacó fotocopias, se las pasó a alguien. Pero a diferencia de lo que ocurría hace poco más de seis meses, la prensa independiente (catalogada por ciertos poderosos de «hegemónica» y «denunciadora serial») prefirió esta vez la cautela y el silencio.

Epílogo de la infamia
Recordarán que señora Severia estaba leyendo el libro de Borges Historia universal de la infamia. Que Severia haya elegido ese sugestivo título la noche de su muerte pudo ser una simple casualidad. Pero yo prefiero creer otra cosa, prefiero creer que ella tomó ese libro como una metáfora amarga de las circunstancias que rodearon su vida de esposa, madre y funcionaria pública.
En ese libro difícil, Borges retrata la infamia en su estado puro: desde el sacerdote Bartolomé de las Casas, que en 1517 denunció las atrocidades de los conquistadores contra los pueblos indígenas, pero al mismo tiempo le propuso al emperador Carlos V la importación de negros africanos «para que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas»; hasta «El atroz redentor Lazarus Morell», que provocaba en el Mississippi levantamientos de esclavos en las plantaciones, los ayudaba a huir, los refugiaba, y luego los revendía a otros sureños algodoneros, con la aprobación de los propios negros que recibían a cambio una mísera comisión; pasando por «El asesino desinteresado Bill Harrigan», que narra la sórdida historia de un joven de Arizona que mataba porque sí, que a los catorce años mató a un compadrito mejicano, y que fue abatido por un comisario a los veintiuno, «cuando ya debía veintiún muertes, sin contar los mejicanos»; y terminando con «El tintorero enmascarado Hakim de Mev», que era el capítulo que estaba leyendo Severia cuando la sorprendió la muerte. Allí Borges cuenta la historia del profeta enmascarado, venerado como la «cara resplandeciente», conocido como «el velado», porque cubría su bello y esplendoroso rostro con un cuádruple velo de seda blanca recamado de piedras preciosas. En medio de circunstancias difíciles, con su castillo asediado por un ejército enemigo, dos de sus capitanes le arrancaron el velo. Quedó al descubierto la horrible faz de un enfermo de lepra blanca, tan deformada, abultada y llena de tubérculos arracimados, que a todos les pareció una careta. Hakim intentó una desesperada defensa y gritó: «¡Vuestro pecado abominable os impide ver mi esplendor…!» Pero fue inútil, sus propios seguidores, coléricos por la fealdad del profeta, lo atravesaron con sus lanzas.
Severia Correa de Murga soportó muchas infamias en el largo camino de su vida. Adulterios,  humillaciones y mil corrupciones y negocios sucios, tanto de su marido como de su entorno laboral. Iniquidades toleradas por ella, consentidas siempre (con desagrado y resignación, pero consentidas). Fue una funcionaria honesta, pero leal con los corruptos que la rodeaban. En su trabajo no la valoraron nunca por su rectitud personal sino por su silencio aquiescente, por su confiabilidad para sus superiores putrescibles. Conoció los nombres de todos los responsables del crimen del fiscal Berstein y tuvo la «virtud» burocrática de guardar el secreto. Cargó con las infamias de otros por esa misteriosa convivencia, complaciente y desinteresada, que se da entre delincuentes y honrados en la administración pública y en la política. El encubrimiento, el silencio, la discreción cómplice (siempre sin paga, siempre «porque sí», como el asesino de Arizona), la acercaron demasiado a la infamia de los infames. Yo sospecho que Severia siempre temió que le arrancaran la máscara, como a Hakim de Mev. Y ese conflicto lo trasladó a su hija, que fue su decepción, su gran amargura, el fracaso capital de su vida, y también su pobre chivo expiatorio. Antonia no le salió como ella quería, jamás aceptó sus consejos, nunca condescendió a seguir el camino que pretendió imponerle.
Tal vez esa noche Severia supo, o imaginó o intuyó, que su muerte liberadora sería la última infamia que iba a soportar con la connivencia de su silencio. Tal vez la aceptó con resignado alivio. Después de todo, nadie pudo arrancarle la máscara recamada en piedras que ocultó su falso esplendor.
Pero eso nunca lo sabremos.

©2020 Enrique Arenz (Prohibida su reproducción)

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