jueves, 4 de junio de 2020

Otro caso de Facundo Lorences (Caps. 11º y 12º)


Capítulo 11º

Se vino el fin de semana y traté de olvidarme de todo.
El sábado fue un hermoso día primaveral y llevé a Antonella y los chicos a navegar por el Paraná de las Palmas, almorzamos en una isla del Delta y al atardecer regresamos agotados y felices a nuestra casa de Almagro. El domingo dormimos todos hasta tarde, y al mediodía llevamos a los chicos a un McDonald donde los cuatro comimos hamburguesas con papas fritas y Coca-Cola, «comida chatarra», que le dicen algunos.
El lunes estaba otra vez al pie del cañón en los pasillos de Tribunales. A la tarde tomé una decisión que tenía pendiente desde el viernes anterior. La llamé a Antonia Murga y le pedí que viniera cuanto antes a mi oficina. Apareció esa misma tarde a eso de las siete, cuando había finalizado su turno de trabajo.
Me saludó igual que cuando nos despedimos la vez anterior: me extendió su mano, pero ahora con más calidez y con una cautivante sonrisa.
—¿Qué tal Facundo? ¿Alguna novedad importante?
—Sí, Antonia, y necesito que seas muy franca conmigo.
—Siempre lo he sido, abogado, a veces quizás demasiado…
Empezaban otra vez las insinuaciones. Pero yo no estaba de humor para flirteos ni juegos de seducción, así que fui directo y sin anestesia al asunto que me interesaba:
—Necesito que me digas qué clase de relaciones tenés con Juan Voisoglio.
Se le borró la sonrisa que tanto la favorece y apareció una mueca agria.
¿Me equivoco o estás metiéndote en mi vida privada? —preguntó secamente.
—Te equivocás. Mi pregunta es parte de la investigación.
—Voisoglio es el amigo del que te hablé, y no sé cómo averiguaste su nombre. ¿Qué tiene que ver mi vida íntima con la investigación?
Mi pregunta la había alterado mucho. Sus ojos mostraron una dureza que yo no había visto antes. Por toda respuesta, le alcancé las cuatro fotos. Las estuvo mirando un largo tiempo con extrañeza. Luego levantó la vista y me miró esperando una explicación.
Tomé una de las fotos y le señalé un automóvil.
—¿Reconocés este auto y su patente?
—Sinceramente no; no entiendo nada de autos y nunca pude recordar una patente.
—Deberías reconocerlo porque está registrado a tu nombre.
Ceñuda y afeada, me miró a los ojos con desconcierto. Se había puesto tensa y sus manos comenzaron a restregarse. Luego volvió a mirar nerviosamente el auto. Finalmente lo reconoció y me confirmó que se trataba del auto que había comprado su amigo Juan Voisoglio y que había puesto a nombre de ella. Me explicó:
—Él está inhibido, tuvo problemas con una quiebra y me pidió ponerlo a mi nombre. No me pareció que hubiera nada de malo en hacerle ese favor. No recuerdo el número de patente, pero sí, veo que es el auto. Le firmé una tarjeta azul para que lo maneje, y algunas veces me lo deja usar.
—Mirá, Antonia, estas fotos llegaron anónimamente a mis manos. Lo que se ve acá es un operativo de un servicio de inteligencia para tratar de secuestrar a una persona que llamó desde un locutorio a uno de los sujetos que amenazaron a tu madre. No puedo darte más precisiones. Seis tipos pesados participaron con tres autos en ese operativo, y uno de esos autos está a tu nombre. ¿Te das cuenta de lo serio de la situación?
Antonia había empalidecido y por momentos temí que se desvaneciera. Tomé otra de las fotos y le señalé a los dos sujetos que había identificado Arribeño. Le pregunté:
—¿Reconocés a estas dos personas? Miralas bien.
—No… a ver. A este sí, me parece que lo vi en alguna parte. Pero no tengo idea en dónde ni cuándo. Me siento mal… —murmuró tomándose la cabeza con las manos.
—Vení, recostate en este diván —la ayudé a levantarse de la silla y la sostuve hasta que se puso horizontal —; te debe de haber bajado la presión. Ya le pido a Helena que te traiga un café y un vaso de agua.
Estuvo unos minutos recostada, se incorporó para tomar el café que le alcanzó Helena y enseguida me dijo que se sentía mejor.
—¿Querés que sigamos hablando de esto o preferís que te lleve a tu casa?
—Quiero que aclaremos esto, pero ahora prefiero que me lleves a mi casa. Por favor.
Durante el trayecto no habló una palabra. Permaneció inmóvil mirando hacia afuera con su cabeza ladeada. Por primera vez la veía vulnerable y en estado de desamparo. Me pregunté dónde había quedado la mujer de carácter independiente, libre y desinhibida que parecía conocer todos los secretos del amor y de la vida.
Llegamos a su edificio y subimos en silencio hasta el sexto piso. Ya no traía las botinetas negras de la otra vez, por lo que su estatura lucía en el ascensor menos intimidante, unos centímetros por debajo de la mía. Estaba como tambaleante, temblorosa hasta el punto de que tuve que abrir yo la puerta del departamento porque no pudo poner la llave en la cerradura.
Una vez dentro, dijo estar mareada y me pidió que la ayudara a llegar hasta su dormitorio. Apoyó su mano izquierda en mi hombro y yo la tomé por la cintura para que no se cayera. Llegamos hasta la cama, se acostó, cerró los ojos y me pidió que esperara unos minutos en el living hasta que se repusiera.
Salí del dormitorio y me senté en uno de los silloncitos próximos a la puerta de entrada. Me quedé pensando en la reacción de Antonia cuando le hablé del operativo de inteligencia y la participación del auto que estaba a su nombre. Creyó reconocer a uno de los tipos fotografiados junto a los autos. No debo olvidar eso, me dije.
No hay tiempo más lento que el que transcurre pesado y soporífero cuando no hacemos nada y no sabemos qué deberíamos hacer. Me sentí un poco tonto y agobiado sentado en ese incómodo sillón, contando los minutos y enhebrando pensamientos desordenados.
Hasta que me sobresaltó el sonido enérgico de una llave en la cerradura y se abrió la puerta de entrada. Ingresó un hombre de unos cincuenta años, alto, de abundante cabello entrecano que vestía un saco liviano gris, camisa oscura y un pantalón bombilla. Cerró la puerta y se dio vuelta. Cuando me vio quedó inmóvil, sorprendido y hasta diría que asustado. Era un tipo bien parecido, de mirada apacible pero penetrante.
—¿Quién es usted? —preguntó sin moverse.
Me puse de pie rápidamente con una sonrisa sociable.
—Soy el doctor Facundo Lorences, el abogado de la señorita Antonia Murga. Ella no se siente bien y la acompañé desde mi estudio. Ahora está acostada. ¿Usted… es familiar de la señorita?
El desconocido se relajó, me devolvió la sonrisa y se acercó a mí con su mano extendida.
—Soy un amigo de Antonia, me llamo Juan Voisoglio, mucho gusto, doctor. Ella me había hablado de usted. ¿Dice que se siente mal?
—Ya estoy bien, fue un leve mareo —la voz de Antonia nos hizo girar la cabeza. Se había levantado cuando oyó nuestra conversación. Fue hasta su amigo y le dio un beso en la mejilla—. ¿Cómo estás, Juan?
—Bien, Antonia, sólo vine a traerte la llave del auto y la cédula verde por si lo necesitás. Lo dejé en la cochera de la otra cuadra.
—¿Viajás?
—Me voy por unos días a Montevideo. Pero ahora me preocupa tu salud. ¿Querés que te lleve a una guardia?
—No, Juan, gracias, fue solo una lipotimia. Me da de vez en cuando. No es nada serio. Ya conociste al doctor Lorences que investiga la muerte de mamá. Yo estaba en su estudio cuando me sentí mal y él tuvo la amabilidad de acercarme.
—Sí, lo vi acá sentado y te confieso que me llevé un susto —dijo riendo. Voisoglio parecía una persona normal, simpática y muy modesta, todo lo contrario a lo que se espera de alguien vinculado a los servicios—; discúlpeme, doctor, pero en estos tiempos uno se siente inseguro en todos lados.
—No hay problema, amigo, yo también me sobresalté cuando lo vi entrar.
—Tengo las llaves de este departamento porque con Antonia somos amigos desde hace mucho tiempo.
—Claro; bueno, me voy porque Antonia ya no me necesita. Cuidate. Te llamo mañana.
Voisoglio me detuvo.
—Espere, doctor. Quisiera colaborar con usted en su investigación. Tal vez pueda aportar algo.
—Sí, por supuesto. Lástima que se va de viaje...
—Pero podemos hacerlo ahora. Digo, si usted no tiene inconveniente.
—En absoluto, será un placer —respondí. El ofrecimiento era muy tentador y no iba a desaprovecharlo.
—Veo que Antonia está bien, así que le propongo que vayamos al café de al lado a conversar unos minutos. Me despido de vos, Antonia, cualquier cosa, llamame.
Antonia nos acompañó hasta la puerta y mientras Voisoglio llamaba el ascensor, se despidió de mí, pero esta vez con un beso en la mejilla, que sólo fue una excusa para susurrarme en el oído: “No le digas nada de lo que hablamos”.

Voisoglio pidió un whisky y yo un capuchino.
Lo observé mientras el mozo nos servía y me pareció el tipo de hombre al que una mujer como Antonia podía llegar a admirar por sus modales de caballero culto e inteligente y por una notable empatía que inspiraba confianza y sosiego. Era sin duda una personalidad apropiada para seducir mujeres y estafar a ahorristas imprudentes, pero no lo veía moviéndose en las tinieblas de los servicios.
—Usted sabe, doctor, que cuando Antonia me contó lo que le había dicho la amiga de su madre, (¿Ernestina se llama, no?) sobre la posibilidad de su asesinato yo no lo pude creer. Y sigo sin creerlo. Pero si la habían amenazado…
—Tenemos que esperar la autopsia, pero existen muchos indicios que hacen sospechar un homicidio premeditado. ¿Usted llegó a conocer a la señor Severia?
—Sí, estuve dos veces en su casa en compañía de Antonia.
—¿Y qué impresión se llevó?
—Para decirle la verdad, no muy buena. A Severia no le gustaba mi amistad con Antonia y no lo disimulaba. Yo la entiendo, era su única hija soltera que ya había vivido en pareja con un muchacho simplón más joven que ella y que ahora se aparecía con un tipo grande… En fin, la señora estaba obstinada en que su hija volviera a vivir en su casa.
—¿Y por qué le molestaría que tuviera un amigo?
No sé, supongo que fueron celos de madre, desconfianza hacia mí. Había entre ellas una tirantez casi permanente. Nunca se habían llevado bien, tanto por el carácter independiente de Antonia como por el temperamento fuerte de la madre. Severia la presionaba para que fuera por un camino más convencional, más normal, que reanudara sus estudios universitarios y que dejara su empleo sin futuro en el supermercado.
—Y eso a Antonia no le gustaba, me imagino.
—¿Antonia? Ja, cuanto más su madre se empeñaba en ordenarle la vida, más le llevaba la contra. Se desquitaba haciendo todo lo que a Severia le disgustaba.
—Sí, algo de esa conflictividad me contó la misma Antonia.
—Después de la primera visita, le pedí a Antonia que no fuéramos más a esa casa porque me había sentido destratado por su madre, pero ella se puso firme y me hizo volver, esta vez para cenar. Yo creo que sólo quería molestarla, fastidiarla. Pero fíjese que esta segunda reunión no fue tan mala, Severia se mostró más agradable, aunque me preguntó a qué me dedicaba, qué familiares tenía y otras preguntas improcedentes que se parecían más a un interrogatorio que a una charla amistosa.
—Pero me da la impresión de que a pesar de todo Antonia quería mucho a su madre.
—Ah, eso sí. Usted no se imagina su desconsuelo cuando la encontró muerta en su departamento. La quería mucho, pero a la vez sentía que Severia no la quería de la misma manera. Más bien prevalecía el orgullo de su linaje burocrático y la pretensión de no dejarle hacer a su hija la vida que ella quería. Antonia sufría mucho con sus presiones interminables, y en represalia, la molestaba. Lo hizo toda la vida, desde chiquita. Cosas de familia…
—¿Qué me puede decir desde su punto de vista sobre las razones que alguien pudo tener para matarla?
—Antonia habla de una carpeta con datos comprometedores para gente muy poderosa. Por lo que sé, esa carpeta no aparece por ningún lado. ¿Existe, realmente? Qué se yo.
Quedé admirado de la frialdad con que me mentía Voisoglio. Había participado del operativo en el locutorio junto a agentes de la Afi que rastraban esa carpeta y me hablaba de ella como si no tuviera idea de nada. Le seguí la corriente y le pregunté:
—¿No recuerda algo que haya observado en la casa de Severia que le llamara la atención? Algún dato, o detalle.
Juan bebió un trago de su whisky y se quedó como mirando para adentro.
Detalle… No, nada especial, excepto... Vea, yo soy contador público, pero perdí la matrícula porque hace unos años tuve un problema con un grupo de inversores. Me equivoqué, fui imprudente en inversiones de riesgo cuando las condiciones del mercado no eran las mejores y como consecuencia de eso mis clientes perdieron su dinero y me denunciaron. En fin, eso ya pasó y ahora me dedico a relaciones públicas, comunicación estratégica de empresas y asesoramiento de negocios on line. Esto viene a cuento porque esa noche Severia me pidió que la asesorara para blanquear una cantidad de dinero que tenía en su una caja de seguridad del Banco Nación. No sé si es importante, pero a mí me sorprendió que me hablara de blanquear dinero negro…
—¿Era mucha plata? —pregunté extrañado por esta revelación.
—Unos doscientos mil dólares que habían ahorrado con su marido. Le expliqué que la ley de blanqueo de capitales había expirado a mediados de abril de 1917 y que ahora no había forma de hacerlo legalmente. Y ahí fue cuando me sorprendió de nuevo: «Eso ya lo sé, por eso se lo pregunto a usted. ¿Cómo puedo blanquear ese dinero?», me respondió secamente, casi como molesta.
—Espere —lo interrumpí incrédulo—, ¿Severia quería blanquear sus ahorros por caminos ilegales?
—Evidentemente. Y eso me hizo pensar que estaba tanteándome para ver si yo era un tipo deshonesto. No sé, es un simple conjetura mía. Naturalmente que yo podría haberle sugerido muchas opciones para hacer un blanqueo ilegal, pero me molestó su manera capciosa de ponerme a prueba. Entonces le contesté que no, que yo no sabía nada de eso y que le aconsejaba que no lo intentara porque quedaría al margen de la ley. Severia se quedó seria y no volvió a hablar del asunto. Le juro, doctor, que tuve ganas de decirle: «Gástese esa plata, viaje por el mundo, dese todos los gustos, o regálele una parte a su hija, ¿para qué la quiere conservar a su edad?», pero me contuve. Hubiera sido un insulto que Antonia no me perdonaría.
—¿Pero tenía o no ese dinero ahorrado?
—Según Antonia, sí, pero ignoraba el monto real. Ella no podía creer lo que oía cuando su madre me hizo ese insólito planteo durante la cena. Era algo que las dos mujeres habían mantenido en absoluto secreto familiar. Lo que no sé, y nunca quise preguntárselo a Antonia, es si ella tiene acceso a esa caja de seguridad bancaria.
—¿Y usted qué cree?
—Conociéndola a Severia apostaría a que no, a que Severia compartía solamente con su marido la titularidad de esa caja. Si es así, su contenido tendrá que entrar ahora en el juicio sucesorio.
El «relacionista público» (y estratega de las comunicaciones corporativas) me dijo que se le hacía tarde, pagó la cuenta, dejó una generosa propina y se despidió de mí. Intercambiamos nuestros celulares y quedamos en que volveríamos a vernos si yo consideraba necesario hacerle más preguntas. No sé por qué pero no le creí casi nada de lo que me dijo.
La investigación se estaba complicando mucho y ninguna pieza del rompecabezas parecía encajar con las otras. Sin embargo, mi intuición me decía que se estaba cerrando el círculo, aunque todavía faltaban datos y precisiones.

Capítulo 12º

Bernardo Stocic y yo nos encontramos en la sala da audiencias. Cuando llegó el fiscal Alieto Fatah, quien llevaba la investigación por delegación del juez de instrucción, hicieron pasar a la primera testigo, la señora Ernestina Stocic, amiga íntima de la difunta Severia de Murga.
Cumplido el juramento de decir verdad, el fiscal comenzó su interrogatorio:
—Señora Ernestina Stocic, ¿usted conocía a la señora Severia Correa de Murga?
—Si, doctor, era mi amiga desde hacía más de cincuenta años. Nos teníamos afecto y una gran confianza recíproca.
—En la denuncia por muerte dudosa que ha presentado la señorita Antonia Murga,  hija de la señora Severia, manifiesta que la occisa le había dicho a usted que recibió amenazas de muerte. Cuéntenos, por favor, los pormenores de esa conversación.
Ernestina relató con lujo de detalles lo que yo ya conocía: tres sujetos que se identificaron como funcionarios públicos y ex compañeros de trabajo de su marido, le fueron a pedir una carpeta color violeta con documentación confidencial que, según ellos, su esposo tenía en su poder al momento de fallecer; que cuando ella les contestó que no había en la casa ninguna carpeta con esas características, le exigieron en forma intimidatoria que se pusiera a buscarla, que iban a volver y que si no les entregaba esa carpeta se enfrentaría a serios problemas legales. Cuando meses más tarde los tipos regresaron, Severia no les abrió la puerta y les gritó por el portero eléctrico que llamaría al 911. Se fueron, pero unos cuarenta días antes de su muerte la llamaron por teléfono y le dijeron que iban a matarla si no les daba la carpeta.
Yo temía que el fiscal le preguntara a Ernestina si su amiga le había mencionado qué documentos contenía esa carpeta, porque mi estrategia, compartida por Bernardo Stocic, era no mencionar por ahora la presunta relación de ese elemento con la muerte del fiscal Berstein. Yo ya la había instruido a Ernestina que no mencionara para nada ese asunto excepto que el fiscal se lo preguntara, en cuyo caso debía decir la verdad. Por suerte, el fiscal, que según me pareció estaba bastante escéptico con respecto al relato de Ernestina, no hizo preguntas sobre el contenido de la carpeta.
Cuando le tocó el turno de hacer preguntas al abogado de Antonia Murga (que por el momento era el doctor Stocic), éste la interrogó sobre algo que yo no me esperaba:  ¿Por qué la señora Severia de Murga les abrió la puerta de su departamento a tres desconocidos cuando estos se le aparecieron la primera vez? Y la respuesta fue para mí más inesperada que la pregunta:
En realidad los funcionarios eran dos —respondió sin vacilar Ernestina—, pero fueron acompañados por un tercero conocido de Severia. Éste se los presentó como ex compañeros de su padre y se retiró. No me dijo quién era esa persona, y yo tampoco se lo pregunté. Supongo que era alguien allegado a su marido fallecido.
Pancho Arribeño estaba en lo cierto cuando me aseguró que fueron dos los agentes de inteligencia que visitaron a la viuda de Murga para reclamarle la carpeta. El tercero había sido un simple intermediario para facilitarles el acceso a la víctima. ¿Quién era este mediador?
No más preguntas.
Se firmaron las actas e hicieron pasar al segundo testigo, el doctor Osvaldo Tuñón.
—Doctor Tuñón —preguntó el fiscal—, ¿usted fue el médico de cabecera de la señora Severia Correa de Murga?
—Sí, atendí a la señora durante cuarenta y tres años.
—¿Vio el cuerpo de la señora después de fallecida?
—Sí, me llamó su hija Antonia. Estaba sola con el cadáver de su madre y muy conmocionada, así que me fui de inmediato al departamento para verificar el deceso y acompañar un poco a Antonia.
—Según el certificado de defunción que usted emitió, el óbito se produjo por paro cardiorespiratorio no traumático. ¿Qué quiere decir eso?
—Muerte natural. La señora falleció por su avanzada edad, calculo que una diez horas antes de llegar yo.
—Se ha solicitado la investigación de ese fallecimiento por presunción de homicidio. ¿Usted qué opina?
—Sí, me enteré de que la señorita Antonia sospecha eso. Por lo que vi in situ, ella murió de muerte natural, sin que su cuerpo mostrara el menor indicio de violencia o contracciones faciales de sufrimiento que me hiciera sospechar otra cosa. Acá he traído la historia clínica de mi paciente donde constan todas las patologías que ha presentado a lo largo de cuatro décadas, cirugías a las que fue sometida y los medicamentos y análisis periódicos que le prescribí. No padecía de ninguna enfermedad crónica, salvo una artrosis avanzada que la inmovilizaba mucho y le causaba fuertes dolores. Tenía una leve arritmia cardíaca que es habitual en las personas de más de setenta años.
—¿Es normal desde el punto de vista médico que una persona muy anciana fallezca sin otra causa que su edad avanzada?
La única manera de saber a ciencia cierta de qué mueren los ancianos es hacerles una autopsia. Hay estadísticas mundiales, pero no son concluyentes. En la comunidad científica predomina la idea de que casi nadie muere solamente de viejo, es decir, con su anatomía intacta. Las autopsias que se han realizado en distintos países han determinado que las lesiones anatómicas interpretadas como causas de la muerte más bien han sido consecuencias de otras causas escondidas en las células que forman tejidos, órganos y sistemas complicados, células que acumulan errores, daños irreparables, desechos que mueren y no se reemplazan. Es una larguísima cadena de causas y efectos que no conocemos bien. Sólo un cinco por ciento de las muertes naturales estudiadas en autopsias han sido atribuidas a la vejez o debilidad senil. En la Argentina, en realidad, existe un subregistro de las causas de muerte de la gente mayor.
Cuando le tocó el turno a la querella, el doctor Stocic le preguntó, por indicación mía, que relatara lo que me había dicho a mí sobre la posible interacción de un opioide con el diazepam que la difunta ingería todas las noches para poder dormir.
El médico se explayó en lo que me había explicado cuando lo vi en su consultorio: determinada dosis de algún opioide (mencionó a varios, incluyendo la heroína) tomado con el diazepam de 10 mg. podía causar en una persona anciana la disminución del ritmo cardíaco hasta su total paralización.
No hicimos más preguntas y la audiencia terminó.
Pude hablar unos minutos con el fiscal antes de que se retirara y me dijo que iba a solicitar al juez que ordenara la autopsia de la señora Severia. Le dije que tenía que hablar con él y quedamos en que yo pasaría por su despacho a primera hora del día siguiente.

 —¡En qué lío te has metido esta vez, querido Facundo! —me dijo al saludarme el fiscal Alieto Fatah cuando entré en su despacho atestado como siempre de expedientes.
—Vos lo has dicho, Alieto, un gran despelote, pero no por la causa en sí, que es apasionante, sino por ese desdichado incidente donde maté a una persona que me atacó.
—No te preocupes, yo voy a pedir tu sobreseimiento porque fue un caso de legítima defensa frente a la agresión de un asesino profesional buscado por Interpol. El problema es la carga psicológica y moral que imagino debe significar matar a un ser humano.
—A eso me refiero. No me puedo sacar de la cabeza ese momento terrible, y creo que deberé cargar con eso toda mi vida.
Por mi experiencia como fiscal en muchos casos parecidos, sobre todo en policías que matan en enfrentamientos, te aconsejo que hagas alguna terapia para que el problema no se te agrande en el bocho.
—Si, lo estoy pensando. El caso es que Freud y yo no nos llevamos muy bien.
 —Pobre Sigmund, unos lo idolatran y otros lo odian. Bueno, vamos al caso. Vos tenías algo para decirme.
—Sí, y te confieso que estoy avergonzado por lo que voy a decirte.
Busque en mi portafolios los dos saquitos de té en sus respectivos sobres de plástico y los puso sobre su escritorio. Le conté todo. Le dije que los había extraído del recipiente de residuos de la señora Severia para hacer una prueba en mi casa y mandarlos a analizar en un laboratorio de bioquímica. Cuando vi que Alieto se ponía serio le reconocí que no había actuado bien, pero que en ese momento la intuición me dijo que si no ponía a salvo esos elementos la prueba podía contaminarse. Le expliqué que tenía la convicción de que habían matado a la señora Severia haciéndole ingerir en su té algún opioide que, interactuando con el diazepam en su organismo debilitado, le provocó la disminución del ritmo cardíaco hasta su detención. Le di los detalles de las pruebas que hice en casa para comprobar el uso de ambos saquitos, y la diferencia de tonalidad de la infusión resultante de cada uno, lo que me llevó a deducir que un saquito fue utilizado por la víctima, y el otro por su asesino, escondido en su departamento, para simular un resto de contenido en la taza que antes había lavado y secado para eliminar los restos del supuesto opioide.
—Esto que me contás es para no creer —dijo Alieto estupefacto. Luego preguntó ansioso—: ¿Hiciste analizar los saquitos?
—Sí, pero no se encontró nada. Esto desbarató mi teoría, pero tiene que haber alguna explicación que todavía no alcanzo a entrever. Sigo creyendo que esa fue la causa de su muerte, por un indicio importantísimo: la taza sobre la mesita. Mirá esta foto. ¿Qué ves de anormal?
—Sí, ya sé, la posición en que está. Me lo hizo notar un perito de la policía científica cuando allanamos el departamento. Alguien, que no podo ser la muerta, la dejó así. En el expediente quedó una fotografía similar a la tuya.
Efectivamente, buena observación. El asesino (y eso no deja de ser llamativo) se descuidó cuando puso nuevamente la taza limpia con un poco de té otra vez sobre la mesita.
—Y te digo que en el allanamiento buscamos algún saquito de té entre los residuos y no nos llamó la atención que no hubiera ninguno, porque un asesino no dejaría ese tipo de evidencias. Ahora me entero de que en ese recipiente hubo dos saquitos, y te los habías llevado vos. Pero ¿y el repasador? ¿No se te ocurrió llevártelo?
—No… no le presté atención.
—Estaba sobre la mesada y lo secuestramos. Si alguien secó la taza con ese repasador podría haber quedado algo de la sustancia que intentó hacer desaparecer. Si la autopsia revela que en el cuerpo hay rastros de alguna droga sospechosa como las que el médico mencionó, se confirmará tu teoría. Ahora decime, ¿qué hacemos con los saquitos para darles un ingreso formal en el expediente?
—Te traje un escrito en donde declaro que tomé esos saquitos antes de formular la denuncia. No es verdad, ya la habíamos entrado días antes, pero aún no sabíamos si sería aceptada o rechazada. En fin, es una forma evasiva que te da a vos un puente para aceptar los saquitos como prueba sin tener que cuestionar su origen.
Alieto se quedó con cara dubitativa. Ante su silencio, le dije:
—Alieto, si eso no te parece correcto te escribo lisa y llanamente que tomé los saquitos indebidamente y me hago cargo de las consecuencias. No quiero comprometerte.
—No, dejalo así. Los saquitos no contienen ninguna sustancia tóxica. Dejá la nota y los saquitos en mesa de entradas y yo me encargo del resto. Pero no me hagas más macanas, che. Ahora decime, ¿qué sabés de esa carpeta que buscaban los que amenazaron a la muerta?
—Estoy investigando. Los tipos eran dos agentes de inteligencia cuyos nombres no te puedo revelar porque esa información la obtuve de una fuente que, por ahora, está bajo secreto profesional. Esa carpeta contenía, aparentemente, documentación altamente confidencial que comprometería a personalidades importantes de la política.
—Ajá… Y escuchame, ¿no estaremos ante un caso de jurisdicción federal?
—Hasta que no encontremos la famosa carpeta, no lo sabremos. Te quiero sugerir algo, Alieto. ¿Por qué no pedís los CD de una cámara de seguridad que está justo enfrente del edificio de la calle Rivadavia para que veamos quién entró el día de la muerte de Severia y quién lo hizo cuando yo estuve en el departamento el día que me atacaron.
—Sí, en la fiscalía estuvimos hablando de eso. Te aviso cuando tengamos novedades. Bueno, cuando quieras, podés ver el expediente. Aunque no seas, por el momento, el abogado de la querella, sos igual parte interesada en el incidente por cuerda separada. Yo voy a ordenar en mesa de entradas que te lo faciliten cuando lo pidas.
Gracias, amigo. Seguiremos trabajando y te tendré al tanto de cualquier novedad.
©2020 Enrique Arenz (Prohibida su reproducción)

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