viernes, 1 de abril de 2011

"LA PRENSA" Y UN HÉROE DEL PERIODISMO: MÁXIMO GAINZA.

Me había propuesto escribir un artículo sobre el diario La Prensa y su director, el arquitecto Máximo Gainza, con la intención de resaltar su trayectoria durante el gobierno del
arquitecto Máximo Gainza
Proceso, trayectoria ejemplar injustamente silenciada por las organizaciones de derechos humanos. Había sido tan increíble la valentía de este periodista en la defensa de la libertad y el Estado de Derecho, y tan miserable, por no decir inexistente, el reconocimiento que la sociedad en general le otorgó, que comencé a buscar en Internet datos que me permitieran desarrollar el tema con suficiente información.


En esa búsqueda me encontré con un blog titulado "Gaucho malo" de un ex periodista de ese diario, Santiago González. En ese blog este periodista que trabajó en La Prensa entre 1970 y 1983, escribió un extraordinario artículo titulado: "La Prensa, de Gainza". Quedé deslumbrado porque en ese artículo está escrito todo. Nadie podría agregar una sola palabra. Pensé que ya no era necesario que yo escriba algo nuevo, bastaba con difundir ese texto tan informado y serio. Simplemente los invito, entonces, a leer lo que escribió Santiago González haciendo clic en el enlace que inserto al final de esta nota.


Por mi parte sólo deseo recordar que en La Prensa de ese tiempo escribieron columnistas de lujo como Jorge García Venturini, Eudocio Ravines, José Rexach, Álvaro Alsogaray, Manuel Tagle, Emilio Hardoy, Daniel Lupa, Manfred Schöenfeld, José Antonio Abuín, Alicia Jurado, el prebítero Carlos Cuchetti, Alberto Benegas Linch, Alberto Benegas Linch (hijo), Roberto Cachanosky, Juan Carlos Cachanosky, Carlos Sanchez Sañudo, Isaac Rojas, Raúl Oscar Abdala, Meir Zylberberg y muchos otros que en este momento escapan a mi memoria. Todos ellos contribuyeron a hacer de La Prensa el diario más culto, comprometido y valiente de la Argentina.


Pero quiero resaltar, sobre todos esos brillantes intelectuales, a quien los lideraba como un verdadero héroe del periodismo libertario y defensor de la verdad, el arquitecto Máximo Gainza, quien, como su padre, el doctor Alberto Gainza Paz al que debió suceder por su enfermedad y posterior fallecimiento, hizo del periodismo un apostolado que enfrentó toda adversidad y no claudicó ante ningún peligro. 

Hasta que el diario debió ser vendido porque económicamente no soportó las consecuencias de tanta ética y tanta hombría de bien. A La Prensa le sucedió como al inolvidable René Favaloro. En un país donde todo se negocia, donde nada es mejor y todo da igual, el fracaso o la muerte son el destino casi inevitable de quienes se niegan a vivir una existencia sin decoro.

1. "La Prensa fue hostigada por todos los gobiernos, desde Uriburu en adelante, con excepción del surgido del golpe de 1955. Incluso Alfonsín, por vía administrativa, mantuvo preso en 1985 durante dos meses al columnista Horacio Daniel Rodríguez, que firmaba como Daniel Lupa. La manipulación de la publicidad oficial y de los precios del papel, y errores propios, terminaron por ahogarla". Santiago González


CARTA DEL AUTOR PUBLICADA EN La Nación el 9/4/2011: "Tal vez hemos madurado, por eso ahora reaccionamos mejor. Pero en 1985 no nos preocupamos mucho cuando el presidente Raúl Alfonsín ordenó el arresto del columnista de La Prensa Horacio Daniel Rodríguez, "Daniel Lupa", y lo mantuvo preso durante dos meses, sin causa judicial ni estado de sitio. Ese acto intimidatorio, en plena democracia, fue tan autoritario y tan amenazante contra la libertad de prensa, como lo ha sido el bloqueo de los diarios".  E.A.

Hacer clic en el título que sigue para leer la nota de Santiago González:

por Santiago González


Otro enlace recomendado:
 Salvados del infierno

  • El arquitecto Máximo Gainza falleció en Buenos Aires el 2 de octubre de 2014, alos noventa años de edad. E.A. (3/10/14

martes, 8 de marzo de 2011

¿POR QUÉ LOS CATÓLICOS NO PODEMOS EXPRESAR NUESTRAS DISIDENCIAS¿?


Por Enrique Arenz

El presbítero Nicolás Alessio, un cura tercermundista que el año pasado (2010) apoyó con sus opiniones la sanción de la ley de matrimonio igualitario, fue echado de la Iglesia luego de un juicio canónico llamativamente expeditivo.

Los fundamentos amañados de la decisión dicen que el sacerdote opinó de manera divergente sobre la doctrina de la Iglesia en materia de homosexualidad. En realidad, el sacerdote sólo opinó sobre una ley civil que en nada afecta a la Iglesia ni a nadie obliga. Opinó como lo hicimos tantos argentinos, unos a favor y otros en contra.

No consta, por lo tanto, que el padre Alessio haya desobedecido la doctrina de la Iglesia, ni surge claramente que este sacerdote de 53 años haya actuado incorrectamente. Solamente se pronunció a favor del matrimonio civil gay y dijo que a su juicio la homosexualidad no es una desviación moral ni una enfermedad. Expresó un simple punto de vista como puede hacerlo cualquier ciudadano libre en un país democrático con relación a un problema humano que no es ni comprendido ni afrontado con honradez intelectual por la Iglesia católica.

Ahora bien, el padre Alessio puede estar equivocado. ¿Pero acaso su condición de sacerdote lo obliga a ocultar su pensamiento, a callarlo, a proceder como un hipócrita?
Habló de una materia opinable, que no roza la doctrina. Pero, aunque esto no fuera así, aunque por extensión hubiera existido un cuestionamiento o interpretación heterodoxa de los Evangelios y de la doctrina de la Iglesia, ¿por qué los católicos, sacerdotes o no, debemos reprimir nuestras ansias de conocimiento y nuestra vocación por el debate sincero y respetuoso dentro de nuestra comunidad?


Yo también tengo opiniones divergentes

Soy católico, y no por simple elección. Lo aclaro porque varias veces han intentado negarme esa pertenencia. Desciendo de varias generaciones de creyentes, en mi familia hay un sacerdote salesiano y hubo una monja de clausura, ya fallecida. La Iglesia está en mis genes, en mi mente y en mi cultura. Es mi Iglesia, tan mía como del padre Alessio y del mismísimo Bergoglio. ¿O acaso no somos una comunidad? Veamos el diccionario: “Comunidad, cualidad de común, que, no siendo privativa de ninguno, pertenece o se extiende a varios”.

Y como integrante de esa comunidad universal he ido mucho más lejos que el padre Alessio. Tengo mi mente abierta en la interpretación de los Evangelios y he meditado la doctrina con espíritu fuertemente crítico, porque Dios me hizo ante todo un hombre libre y pensante, y si bien soy consciente del uso responsable que debo hacer de esos atributos, me siento poseedor de la plena potestad para opinar, expresar mis pensamientos y meterme respetuosamente en los oscuros y fascinantes laberintos de dos mil años de magisterio.

Y para demostrar comparativamente lo intrascendentes que han sido los “pecados” atribuidos injustamente al padre Alessio, voy a enumerar algunas de mis propias opiniones sobre la doctrina, la tradición y las enseñanzas de la Iglesia. No porque sea importante lo que yo opino, sino para poner en negro sobre blanco algo sobre lo que no se quiere hablar dentro de la Iglesia: que se trata de opiniones compartidas por millones y millones de católicos de todo el mundo:
Control de la natalidad: Creo que es lícito el control de la natalidad por medios no abortivos. La Iglesia aceptó, después de siglos de controversias, que pueden utilizarse los ciclos de fertilidad femenina para evitar los embarazos. Muy bien, entonces razonemos: ¿qué diferencia hay entre dejar a mis espermatozoides perecer sin salida en el interior de mi organismo y dejarlos encerrados en el fondo de un profiláctico? ¡Cuál es la diferencia! Por Dios, quiero que alguien me lo explique y me convenza de que estoy en un error. Entre tanto no me demuestren lo contrario, creo, racionalmente, lúcidamente, que no ofendo a Dios si hago una responsable planificación de mi familia sin privarme del sexo.

Sexualidad: Creo que la sexualidad humana es uno de los regalos más maravillosos que recibimos del Creador. ¡Qué agradecidos debemos estar todos, mujeres y hombres, por ese milagro de los sentidos tan extremadamente movilizador, excitante y placentero! Es verdad que el sexo tiene por finalidad principal la procreación: es como la zanahoria que hace trabajar al burro. Pero caeríamos en una simplicidad excesiva, en una ofensa a la inteligencia si creyéramos que una pulsión tan poderosa, tan irresistible, tan gratificante física, espiritual y sicológicamente tiene por única finalidad la preservación de la especie. Usando un poco el sentido del humor, podríamos hasta sospechar que el sexo fue creado para divertirnos, y de paso para procrear. ¿Alguien de entre mis lectores se ha escandalizado por esta humorada? Les aseguro que hasta Jesús debe de haber sonreído.

Ahora bien, ¿por qué la Iglesia y otras religiones se empeñan en decir que el sexo fuera del matrimonio es un grave pecado, un pecado mortal? ¿Dónde está el pecado? ¿Cuál es el daño que hacemos a los demás cuando disfrutamos de un momento de sexualidad intenso con otra persona que nos atrae y con la que no pensamos, no queremos o no nos conviene casarnos? ¿Por qué la Iglesia transformó el Mandamiento que dice “No cometerás adulterio” (absolutamente incuestionable) en otro mentiroso que ordena “¡No fornicarás!” (Recuerdo que de chico preguntábamos a la catequista qué era fornicar, y la catequista se ruborizaba y cambiaba rápidamente de tema). El origen de esta prohibición habría que buscarlo en San Agustín. Pero da la casualidad de que el mismo San Agustín nos habló de las cosas opinables de las que podíamos hablar y discutir libremente dentro de la Iglesia. ¿Y acaso el sexo no es uno de esos temas opinables por excelencia? Yo, al igual que millones y millones de católicos de todo el mundo, creo que el sexo puede practicarse responsablemente fuera del matrimonio sin que por ello se ofenda a Dios ni mucho menos se caiga en pecado mortal.

Sacramentos: Si uno lee detenidamente los cuatro evangelios canónicos observa que Jesús estableció solamente cuatro sacramentos: El bautismo, la Eucaristía, la Comunión y el Matrimonio. No instituyó ni la confesión, ni la unción de los enfermos ni la confirmación. Estos sacramentos han sido incorporados por la Iglesia en el devenir de los siglos. Con respecto a la Confesión, debamos decir ante todo que fue establecida como sacramento por el Concilio de Letrán, en 1215, no por Jesús. Acepto que debemos considerar con honestidad intelectual la hipótesis de que cuando Jesús instruyó a sus discípulos para que fueran por el mundo y perdonaran los pecados, diera por sobreentendido que para producir el gesto de la absolución debía existir una confesión previa. Pero lo cierto es que a Jesús no lo vemos en ningún Evangelio escuchando los pecados de nadie. Yo estoy cada vez más convencido de que la confesión implica una violación de la intimidad, innecesaria para tomar la comunión que, junto con la Eucaristía, constituye el momento más sublime y conmovedor de la liturgia católica. Y lo creo innecesario porque, si uno se ha arrepentido sinceramente de sus pecados, ¿para qué necesita un intermediario entre él y Dios? Ahora bien, considerando que muchas personas buscan el alivio de aligerar sus conciencias en los oídos de un confesor como otras necesitan hacer terapia con un psicólogo, no niego la confesión como un importante ritual de nuestra Iglesia, pero no como sacramente sino como acto voluntario de contrición.

Homosexualidad: Si bien el Antiguo Testamento anatematiza la homosexualidad en cientos de citas, Jesús jamás habló del asunto, nunca condenó esa práctica como sí condenó explícita y severamente la pedofilia. Pero no sólo no habló de la homosexualidad, tampoco se metió con la heterosexualidad. Al contrario, pareció hasta justificar el divorcio “por causa de fornicación” (Mateo 19 - 9), aunque, justo es recordarlo, no sabemos cuántas deformaciones habrá sufrido el texto sagrado en dos mil años de tergiversaciones involuntarias o intencionales y múltiples errores de traducción. El concepto de que la homosexualidad es una desviación moral es tan anacrónico, infundado y, sobre todo, tan cruelmente doloroso para los homosexuales creyentes, que la Iglesia debiera revisarlo cuanto antes. Por otra parte, el matrimonio es una institución de la Iglesia. Aunque la ley controversial hable de “matrimonio igualitario”, no se trata sino del uso políticamente indebido de una palabra. El matrimonio siempre será para la Iglesia y para los católicos el sacramento de la unión entre dos personas de distinto sexo en el contexto de una ceremonia religiosa. La unión conyugal civil es otra cosa, es un mero contrato entre dos personas de igual o distinto sexo que no debiera requerir la intervención del Estado sino simplemente suscribirse en una escribanía.

Estas son algunas de mis opiniones sobre lo que entiendo es materia opinable y no doctrinal dentro de la Iglesia. ¿Merezco por pensar así una declaración de apostasía? No, mientras sean simples opiniones que no modifican mi conducta. Yo, que amo a mi Iglesia, lo considero un aporte al debate que las autoridades eclesiásticas deberían alentar en lugar de sofocar. Porque la Iglesia del siglo XXI necesita urgentes reformas. Es más, tengo derecho de exigir una discusión dentro de mi comunidad, no quiero el silencio y la obediencia. Sí, el respeto y la prudencia, pero no la obediencia ciega.

Hay reformas impostergables que claman por su protagonismo. La estructura de la Iglesia de nuestro tiempo está anquilosada y padece aun hoy el poder y las presiones de grupos integristas que conservan, aunque cueste creerlo, el mismo espíritu corporativo e intolerante del Concilio de Constanza, que llevó a la hoguera, en 1415, al teólogo reformador Juan Hus, bajo el injusto cargo de herejía.

El gran mérito de Juan XXIII fue haber convocado en 1959 el Concilio Vaticano II que cambió muchas cosas dentro del asfixiante clima de intolerancia que predominaba en la Iglesia Católica de ese tiempo. Ha transcurrido más de medio siglo y el mundo ya no es ni la sombra de lo que era. Los cambios ahora son más acelerados, impulsados por la revolución de las comunicaciones. Si antes se organizaba un concilio cada varios siglos, ahora debiera hacerse cada veinte o treinta años.

Yo no estoy para nada seguro de lo que afirmé arriba. Tal vez deba retractarme en el futuro, pero no porque me obligue el Santo Oficio sino porque alguien me habrá demostrado mi error. Muchos de mis lectores católicos se habrán sentido molestos. No ha sido mi intención escandalizar a nadie. Solo reclamo, como católico, algo muy sencillo e inofensivo: que no le huyamos al debate, que podamos decir lo que pensamos, que no haya temas tabúes dentro de nuestra comunidad. Que un cura pueda opinar como lo hizo el padre Alessio sin que le quiten las potestades eucarísticas y lo echen como a un perro de la Casa Parroquial. Y que millones de católicos no nos veamos empujados a elegir por una de estas falsas opciones: o ser unos grandísimos hipócritas, o renunciar a nuestra sexualidad, o alejarnos amargamente de nuestra madre Iglesia.

La misión de la Iglesia es luchar por un mundo mejor y más justo, buscar la paz y la concordia entre hermanos, predicar incansablemente contra la violencia, el crimen y las guerras, difundir la palabra de Jesús que perdonó a la adúltera y le dijo “ve, y no peques más”, pero que no se metió con las prostitutas, ni con los homosexuales ni con la vida íntima de nadie. El legado de Jesús para su Iglesia es el amor por el prójimo, la comprensión, el “no juzgues para no ser juzgado”, la docencia para formar a los jóvenes como personas de bien, la solidaridad con los infortunados y la misericordia hacia los que sufren la enfermedad y la pobreza.

Pero la Iglesia tiene sobre todo un deber: preservar la llama de la fe, que se está apagando lentamente en el mundo cristiano porque mucha gente se siente excluida de una Iglesia que se encierra en sus prejuicios y se olvida a veces de la palabra sencilla de Jesús.

8-3-2011

(Se permite su reproducción
citando al autor)

martes, 1 de marzo de 2011

VARGAS LLOSA Y NUESTROS INTELECTUALES



por Enrique Arenz

Cuando el año pasado le dieron a Mario Vargas Llosa el merecido Premio Nobel de Literatura, los intelectuales izquierdistas argentinos murmuraron y gruñeron un poco, pero lo hicieron por lo bajo, con prudente sordina, porque no se atrevieron a cuestionar los méritos literarios del autor de Conversaciones en La Catedral. A Vargas Llosa y a Borges sólo se los puede atacar por sus posiciones políticas, jamás por su literatura, porque eso los cubriría de ridículo.

Pero bastó que la Fundación El Libro tuviera la buena idea de invitar al peruano a la inauguración de la próxima Feria Internacional del Libro para que aflorara el rencor ideológico y estallaran las proclamas descalificatorias.

“Me produjo una enorme indignación que Vargas Llosa venga a abrir la Feria después de lo que dijo de la Argentina”, declaró a La Nación el filósofo y escritor José Pablo Feinmann. Pero Vargas Llosa jamás habló mal de la Argentina, criticó al gobierno argentino, que es una cosa muy distinta. ¡Y qué certero fue todo lo que dijo! “Esta es una verdad descomunal”, podría haber dicho con su lenguaje ampuloso el propio Feinmann, si no hubiera sido un declarado cristinista.

Un grupo de intelectuales redactó una solicitada que tal vez podamos ver publicada muy próximamente, pero que por ahora anda buscando adhesiones por los ámbitos culturales de Buenos Aires. Entre los que ya firmaron figuran, según La Nación: Mario Goloboff, Vicente Battista, Liliana Heker y Horacio González. También participarían algunos actores, cantantes e intelectuales de Carta Abierta. En ese borrador consideran que la visita de Vargas Llosa “sería inoportuna y agraviante para la cultura nacional (sic), y para con las preferencias democráticas y mayoritarias de nuestro pueblo (¡sic!)”.

¡Nuestro pueblo! Habría que hacerles saber a estos patrones de la cultura nacional que hace décadas que nuestro pueblo tiene grandes dificultades para ampliar sus horizontes literarios porque casi toda la literatura que se publica, se premia y se reseña elogiosamente en los suplementos y revistas culturales de los principales diarios capitalinos (se salvan algunos del interior), es mediocre, ideologizada y aburrida. Igual que el cine subvencionado, el teatro mal llamado independiente y las artes plásticas, salvo notable excepciones.

Es que para existir y asomar la cabeza en el mundillo cultural argentino, para que los jurados de los concursos nominen una obra y para que los críticos se dignen a posar su vista sobre ella, el autor debe  ser de izquierda, progresista, comprometido socialmente y resentido contra “el sistema”. No se le ocurra a un artista ser liberal, o indiferente a las ideologías, o un  hombre de fe religiosa, o simplemente un demócrata que repudia las dictaduras y los populismos demagógicos, como es el caso de Vargas Llosa. Si uno es así será tildado de derechista y no podrá salir de su exilio cultural: directamente no existirá. Vargas Llosa, en la Argentina de hoy, no habría sido nadie.

Hace años que vengo denunciando el ideologismo de izquierda predominante en los cenáculos culturales de nuestro país, en donde sus miembros, al igual que en el Sindicato de escritores de la Unión Soviética en tiempos de Boris Pasternak, se han adueñado de todas las instituciones, foros y espacios culturales, inclusive   de­n­tro de empresas privadas, sociedades civiles o fundaciones que nada tienen que ver con esas ideologías anacrónicas.

Se trata de un ideologismo áspero por lo intolerante, autoritario, reclutador de voluntades, ninguneador y destructor de los artistas que piensan diferente. Aunque la izquierda haya fracasado militar, política y económicamente en todo el mundo, ellos han copado la cultura como una gigantesca ameba. Aquí más que en ninguna parte. No estoy exagerando, la cultura es de ellos, les pertenece a ellos.
Muchas de estas personas pueden ser honestas y bien intencionadas, algunas tal vez han desarrollado una adaptación de sobrevivencia, aun cuando no creen en las proclamas que les hacen firmar. Pero observemos su militancia revisionista de la historia cultural: condenan sin piedad a los artistas y científicos que en el pasado colaboraron o simpatizaron con los regímenes de extrema derecha, y al mismo tiempo dispensan buenamente a quienes respaldaron con su silencio, su justificación y hasta su ayuda, los crímenes de Stalin, Mao, Ho Chi Minh y Fidel Castro. Es lo que Edmund Amis denominó acertadamente "la asimetría de la indulgencia", una suerte de enfermedad espiritual que afecta a todos estos intelectuales.

Por ejemplo, el fallecido escritor Tomás Eloy Martínez, en uno de sus últimos artículos publicados en La Nación, fue impiadoso con el escritor alemán Hanns Heinz Ewers, a quien llamó impropiamente “el escritor de Hitler”, nada más que porque éste admiraba la ciencia ficción del notable autor de La mandrágora. Es sabido que Ewers se sintió inicialmente seducido por Hitler, pero por la sola vanidad, tan traicionera y cegadora en los artistas (y ese defecto lo podemos ver ahora mismo), de sentirse elogiado y admirado. Pero terminó cruelmente perseguido por el nazismo. Y su obra es valiosa y perdurable. También se ensañó Eloy Martínez, en el mismo artículo, con el compositor alemán Richard Strauss, por sus inclinaciones filonazis, y hasta se acordó rencorosamente de nuestro pobre y genial Leopoldo Lugones, que equivocadamente apoyó el golpe de 1930.

Pero se olvidó de mencionar, siquiera al pasar, a los célebres artistas e intelectuales que apoyaron a Stalin y toleraron y hasta justificaron sus crímenes, artistas como Pablo Neruda, Gabriel García Márquez y Pablo Picasso, y hasta notables filósofos como Bertrand Russell y Jean Paul Sartre. Este último llegó al extremo de negar el gulag soviético.

Gabriel García Márquez fue, en su país, Colombia, nada menos que un oficial de la organización argentina Montoneros (1). ¿Alguien lo ha cuestionado literariamente por esa siniestra complicidad, o porque cada tanto viaje a Cuba para dar talleres literarios gratuitos invitado por su amigo Fidel Castro? O el escritor portugués José Saramago, otro Premio Nobel, también amigo de Fidel, "comunista hormonal", como se describe orgullosamente a sí mismo. Por no hablar de los cientos de intelectuales que hoy admiran y apoyan al régimen cubano, o a dictadorzuelos neomarxistas, sostenedores de las FARC, como Chávez y Correa.

A quienes no somos de izquierda no se nos ocurriría rechazar la visita de ninguno de ellos, porque como artistas los respetamos y admiramos, aunque lamentemos sus ideologías vetustas y sus posiciones políticas.

En esta tesitura están prácticamente todos los intelectuales argentinos que han alcanzado alguna notoriedad pública. Notoriedad que en muchos casos no deben al mérito ni al talento ni al esfuerzo persistente sino a la militancia corporativa que los cobija y encumbra. Se alientan, se dan manija entre ellos, llevan un tren de vida que contradice en muchos casos sus ideas y se desesperan por lograr una tajadita del presupuesto oficial.

Estos intelectuales tienen todo el derecho del mundo de creer en sus ideas. Claro que tienen derecho. Decir lo contrario sería actuar como ellos. También tienen derecho de generar un arte social progresista y revolucionario. Pero, atención,  hay un límite moral que nadie puede trasponer sin perder el honor y la credibilidad:  Ese límite consiste en reconocer, con honestidad intelectual (y escribirlo y proclamarlo, clara y explícitamente), que todas las tiranías, persecuciones políticas, vejámenes y crímenes contra la humanidad son condenables, sean de derecha o sean de izquierda, sin excusas, sin peros, sin pretextos amañados. Y aceptar que los intelectuales y artistas que colaboraron alguna vez con esos regímenes merecerían, si se equivocaron en buena fe, igualitaria indulgencia, y si no, el mismo repudio de la historia. Porque no hay dictaduras malas y dictaduras buenas. Todas son abominables y repulsivas. Todas. Al menos ante la fina sensibilidad de un verdadero artista.

Karl Popper, el enemigo intelectual número uno del comunismo, reconoció que en su juventud fue atrapado intelectual y moralmente por el marxismo, y que las terribles purgas y crímenes de Stalin eran, para los jóvenes idealistas de esos tiempos, justificables, una suerte de mal menor para alcanzar el soñado paraíso socialista, teniendo en cuenta que se trataba de cambiar al ser humano para lograr un futuro venturoso de felicidad y prosperidad sin explotación ni clases sociales. Algo parecido le sucedió a nuestro Julio Cortázar, que se enamoró de la revolución cubana y nunca se inquietó por los crímenes de lesa humanidad que perpetró Fidel Castro desde el primer día.

Por fortuna, la mentalidad crítica de Popper lo desengañó y liberó de esa trampa ideológica en muy poco tiempo. Sin embargo, él mismo admite que tardó veinti­séis años en animarse a divulgar sus divergencias porque "no quería apoyar indirectamente al fascismo". ¡Ni siquiera una inteligencia tan vasta como la de Popper logró despojarse, durante veintiséis años, del prejuicio según el cual ser un severo crítico del marxismo implica ser funcional a la ultraderecha!

Yo reconozco con humildad que después de muchos intentos (aunque he leído, pensado y escrito mucho acerca del Síndrome izquierdoso), he fracasado en mi aspiración de entender cuál es el mecanismo mental que lleva a los intelectuales y artistas, dotados de inteligencia cognitiva, sensibilidad superior y sentimientos humanitarios profundos, a repudiar una determinada categoría de tiranía criminal y aceptar y defender otra igualmente inhumana y destructiva. Y sobre todo: qué los lleva a ser tan intolerantes y despiadados con los que piensan, escriben o crean  inspirados en otras ideas y con diferentes conceptos estéticos.

Vargas Llosa es un demócrata liberal que ha luchado contra todas las tiranías y ha combatido todos los populismos de América. Jamás ha callado lo que piensa.

Su presencia en nuestra Feria Internacional del Libro será una honrosa distinción que atenuará el dolor de nuestro aislamiento internacional y nos permitirá admirar su personalidad imponente y escuchar sus cautivantes palabras.

Pero como sabemos que habrá escraches y movilizaciones como las que le hicieron, también en esa Feria, a la médica cubana doctora Hilda Molina, yo le aconsejaría que reflexione, que no venga, que se quede cómodamente en Europa disfrutando de su merecida gloria en un mundo civilizado y tolerante.

1)   Revelado por el fiscal nacional de Casación Juan Martín Romero Victorica en el programa "Poder Vacante" de Jorge Asís en Crónica TV).

(Se permite su reproducción. Se ruega citar este blog y hacer un enlace)

martes, 15 de febrero de 2011

Mi nuevo libro: HISTORIAS DE TIERRA SANTA


RESUMEN DE LOS SEIS CUENTOS QUE INTEGRAN ESTE LIBRO:

Testimonio de Hafar, el judío que intentó salvar a Jesús

    Un judío erudito del siglo I, políglota y profundo estudioso de la filosofía y ciencias de Grecia y Egipto, intenta salvar a Jesús de morir en la cruz. No creé que sea el Mesías (es un intelectual escéptico aun del judaísmo), pero admira y respeta a ese hombre extraordinario amado y seguido por multitudes de enfermos y desheredados. 

    Cuando Jesús es arrestado intercede ante el propio Pilatos y llega a poner en marcha un audaz plan de rescate que logra inicialmente su objetivo, aunque algo inexplicable sucede finalmente.



    El celular del cura

      A un cura franciscano joven le diagnostican una enfermedad terminal. Pide ser trasladado a Tierra Santa para pasar allí sus últimos días. Está tan abatido que comienza a perder la fe. La Eucaristía ya no lo conmueve. Se siente solo y desamparado. Pero en una de las misas que oficia en Nazaret suena sorpresivamente un celular...


      Herencia maldita

        Una estudiante judía es violada en Tel Aviv y queda embarazada. Una orden de monjas católicas la asiste para que no interrumpa el embarazo. Nace un niño que es dado en adopción sin que su madre lo vea. La joven continúa su vida normal. Pasan más de veinte años y un día el hijo al que no quiso abortar se presenta ante ella. Se muestra afectuoso y agradecido. Ella lo recibe emocionada. Todo parece ir bien…, pero las cosas nunca son como creemos.


        Setenta veces siete

          Un pequeño grupo de católicos uruguayos, al que se ha sumado una mujer argentina, realiza una peregrinación por los lugares sagrados de Tierra Santa guiados por un sacerdote español. El grupo experimenta una crisis de convivencia que el guía espiritual no sabe o no puede encauzar.  


          El día que Pedro quiso olvidarlo todo y dijo: "Me voy a pescar"

            Después de la crucifixión, Jesús resucitado se les aparece a sus discípulos por tercera vez en Tabgha, a orillas del mar de Galilea. Ellos se resisten a reconocerlo porque desean terminar con la pesadilla que vivieron en Jerusalén. La crucifixión fue un suceso terrible  cuyo significado aun no han comprendido. Pero Jesús les hace ver que la misión de ellos y sus sacrificios recién están por comenzar. Ese día Jesús le revela a Pedro uno de los grandes secretos del plan maestro de Dios.


            La confesión de Hitler

              Un profesor argentino, investigador de Historia religiosa, quiere averiguar si es verdad, como dice una leyenda, que Adolfo Hitler se confesó con un sacerdote católico antes de suicidarse. 
              Va primero a Israel y después a Roma para reunir pruebas sobre ese acontecimiento histórico jamás demostrado. Mientras investiga se espanta al verse a sí mismo capaz de cualquier indignidad con tal de obtener lo que apasionadamente se propone.
              Logra apoderarse de un documento único: un cuaderno manuscrito en el que el supuesto confesor escribió detalladamente la confesión de Hitler. Pero hay fuerzas oscuras que se movilizan detrás de ese cuaderno y el profesor debe afrontar graves riesgos y consecuencias. Finalmente su tenacidad lo lleva a un sorprendente, insospechado y terrible descubrimiento.

              *  *  *

              Estos son los temas de los seis cuentos reunidos en este libro, historias que imaginé durante mi viaje a Israel, Cisjordania y Roma en la Navidad de 2008.

              Dos de los cuentos están ambientados en la época de Cristo; los otros transcurren en la actualidad. Dos cuentos son largos (el primero y el último), los otros cuatro, cortos. Todos están relacionados con el cristianismo, la fe y la condición humana, tan propensa a las debilidades y  contradicciones.


              En el prólogo advierto a mis lectores que escribí estas historias con total libertad creadora. No es un libro profano (soy un escritor católico, con todas las desventajas y responsabilidades que ello implica en la creación artística), pero tampoco se ajusta a los dogmas catequísticos ni a las versiones canónicas de las historias sagradas. Como en mis anteriores ficciones, he dejado volar libremente mi imaginación, sin consentir que frontera alguna condicione el ejercicio de la creatividad literaria en la construcción de tramas y personajes.



              Creo que he logrado que en el texto haya silencios que dicen más que las palabras, e indicios que, sin hacerse notar, están a la vista y anticipan sutilmente algunos finales sorpresivos. En los cuentos "El celular del cura" y "Setenta veces siete", la resolución del enigma queda en manos del lector.


              El libro está en las siguientes librerías:
              • En Buenos Aires: Ayacucho 357 (a metros de Corrientes)
              • En Mar del Plata: Librería Fray Mocho, Belgrano 2877  Alejandría Libros, San Luis 1745; Polo Norte, Av. Constitución 6843, y Santa Teresita, Catamarca 1665.
              • Para comprar por INTERNET, hacer clic aquí

              lunes, 8 de noviembre de 2010

              Capítulo 15 de mi novela de autoficción "Marplateros":

              PSICODRAMA


              A comienzos de 1973 hice terapia con el médico psicoanalista Ibrahím Lega. En esa época analizarse era casi una obligación social. Estábamos en el apogeo de la cultura de los sesenta: arte pop, Instituto Di Tella, Jorge Romero Brest, Mayo francés, “La imaginación al poder”, “¡Prohibido prohibir!”.
              Yo desconfiaba de toda esa espuma superficial y gaseosa, pero no la rechazaba. Ahora sí, ahora creo en la psicología científica y en los avances de la medicina psiquiátrica, sobre todo en el terreno de las investigaciones farmacológicas, pero definitivamente no creo en el psicoanálisis. Años de lecturas y reflexión me llevaron a aceptar las opiniones de pensadores como Karl Popper, Mikkel Borch-Jacobsen y los argentinos José Sebrelli y Mario Bunge, entre otros, quienes con argumentos serios han refutado, por decirlo suavemente, las teorías freudianas.

              En aquellos tiempos yo necesitaba superar algunos problemas que afectaban mi vida familiar y social, y el austero menú de la época ofrecía dos caminos: o hacerse hippie y fumar marihuana o acostarse en el diván de un psicoanalista.

              Me apuro a dejar sentado que el doctor Lega es una gran persona, un notable profesional de la psiquiatría, ahora retirado, muy reputado en aquellos tiempos por sus terapias grupales de psicodrama.

              Comencé con sesiones individuales, en las que Ibrahím Lega, pragmático y abierto, alternaba el diván con la hipnosis, la sugestión y la inducción conductista.

              Pero mi caso no era muy severo, apenas una neurosis comportamental que no requería terapia individual. Después de unas cuantas sesiones en las que nos aburrimos él y yo, Lega me propuso integrarme a un grupo de siete pacientes que hacían psicodrama bajo su conducción.

              Acepté más por curiosidad intelectual que por necesidad.

              La primera sesión fue una fuente de descubrimientos y sobresaltos.
              Cuando Lega me presentó a los demás, percibí de entrada un clima de rechazo. Era esperable: siempre molesta a un grupo ya consolidado el ingreso de un nuevo paciente. Pero lo peor fue que me encontré con quién menos hubiera deseado, con Franco, el mismo que doce años atrás me había derrotado en la conquista amorosa de Nadia. Yo sabía que ella y Franco se habían casado, pero fue en el grupo donde me enteré que las cosas no andaban del todo bien en el matrimonio.

              Los dos nos sorprendimos desagradablemente, y era lógico. Compartíamos intimidades que tal vez iban a tener que ventilarse en algún momento. Además, yo me enteraría de los avatares de su matrimonio, y eso iba a ser comprensiblemente muy incómodo para él.

              A los demás los vi como a caracoles que dejaban su carapacho en la sala de espera. Dos de los pacientes eran estudiantes de psicología: Silvina, una rubiecita joven, siempre vestida con vaqueros gastados y remeras de algodón, que tenía conflictos de identidad y problemas de relación con su familia y con otras personas, y Javier, un hombre de unos treinta y cinco años, cuya patología era la impotencia sexual. Su pareja lo había abandonado por esa contrariedad.

              Martha, una mujer de unos treinta y ocho años, empleada administrativa, que lidiaba con la culpa de haberse practicado un aborto muchos años atrás, y ahora que quería tener un hijo no podía embarazarse. Pero además, el esposo de ella había regresado una noche a su casa con tenues perfumes en la ropa. Parece que cuando Martha expuso ante el grupo esta sospecha, los demás no pudieron contener la risa, y desde entonces la llamaban “aromas del Cairo”, para enojo de la mujer que exigía que el “material” (así lo llamaba) que ella traía al grupo no fuera tomado en solfa.

              Ivana, una chica muy atractiva, de no más de veinte años que solía usar una provocativa minifalda tableada (más tarde supe que había padecido un abuso siendo adolescente), y Rómulo, un muchacho de similar edad, cuyos problemas psicológicos eran insignificantes: dificultades de concentración en los estudios y cosas así.

              Por último, estaba Mauro, un comerciante de unos cuarenta años, casado y con tres hijos que tenía permanentes conflictos con su familia.

              Otra gran sorpresa fue que todos aquellos pacientes eran izquierdistas de variada gama ideológica, unos muy radicalizados y otros más moderados. 

              Todos tenían una ilusión adolescente: que el gobierno del doctor Cámpora, que había sido electo el 11 de marzo y que asumiría el 25 de mayo de ese año, se transformara en el camino para la soñada revolución social en la Argentina.  La excepción era Mauro, que tenía mucha plata y a quien los demás solían apodar en broma “chancho burgués”.

              Al doctor Lega se le ocurrió que yo me identificara políticamente ante aquellos revolucionarios.

              Cuando les dije que era liberal y que estaba militando en el partido Nueva Fuerza que había fundado el ingeniero Alsogaray, hubo un silencio profundo. El desencanto no pudo ser mayor. Podrían haber esperado que se uniera al grupo cualquier enfermo severo, un psicasténico, un psicópata, un pedófilo, pero jamás un loco de la derecha. De aquellos pacientes, el único que conocía mis convicciones políticas  (y debo reconocer que siempre las había respetado), era Franco, que en ese momento se limitó a sonreír divertido y a mirar el techo desde el piso en donde siempre se sentaba. Sabía lo que me esperaba.

              Nunca le pregunté a Lega por qué me insertó en un grupo tan ideologizado donde era imposible que yo cayera ni simpático ni idealista ni buena persona. Eran tiempos en que se mataba a la gente por pensar diferente. Los Montoneros, el ERP y otros grupos insurgentes predicaban la lucha armada contra quienes defendían valores que contradijeran el catecismo socialista. Si no se estaba contra el imperialismo y a favor de la liberación nacional, se era el enemigo. La intolerancia reinante en el país contaminaba toda posible convivencia entre seres humanos con diferentes visiones de la vida y del mundo.

              No obstante ese día no se habló de política. Los cuarenta y cinco minutos exactos e improrrogables de cada sesión se completaron apretadamente con la exposición de uno de los pacientes.

              Durante varias sesiones me limité a escuchar los problemas de los demás y a exponer, a veces, mis propios y comparativamente irrelevantes conflictos.

              Un día, apenas iniciada la sesión, Mauro, el chancho burgués, pidió la palabra y confesó compungido que había vuelto a engañar a su esposa con una de sus empleadas. Era la tercera vez que lo hacía desde que iba al grupo. Lo curioso es que, ni en esta ni en las ocasiones anteriores, la esposa, que no era una mujer celosa ni desconfiada, había tenido la menor sospecha del adulterio porque siempre habían sido relaciones casuales. Y Mauro, como le sucedía tras cartón de cada felonía, no pudiendo manejar el remordimiento se lo había confesado.

              “Te volví a cagar”, le había dicho entre lágrimas. Era tan plañidera la catarsis de Mauro que comenzamos a debatir por qué el varón es tan propenso a caer en el adulterio circunstancial. Aquí los hombres y las mujeres se dividieron. Mientras los primeros decían que es muy difícil resistir la tentación cuando uno percibe que una mujer atractiva se le está insinuando, ellas sostenían que un hombre que ama y respeta a su pareja jamás puede tener excusa para serle infiel. Descubrí divertido que en materia de infidelidad conyugal no había diferencia entre izquierda y derecha, sólo había diferencias de género: los hombres la justificaban, las mujeres la condenaban.

              Yo vi en la polémica una buena ocasión para hacer que aquellas mujeres izquierdistas simpatizaran conmigo, aunque me malquistara con los varones. Dije que yo pensaba como ellas, que si uno tiene convicciones no se deja seducir por nadie. Y aseveré enfáticamente que yo podía responder por mi conducta en cualquier circunstancia.

              Las mujeres me miraron serias y con cautela. Los hombres, con sonrisas burlonas.

              El doctor Lega, ni corto ni perezoso, propone ese tema para el psicodrama. Me hace subir a una pequeña plataforma que simula un escenario, y elige a Ivana, la paciente de veinte años que ese día había llevado su pollerita tableada escocesa, para que intente seducirme. Todos verían cómo actuaba yo.

              Enciende dos reflectores que iluminan la plataforma y apaga las luces de la sala. Los “actores” nos sentamos en dos sillas, uno frente al otro, ella cruzada de piernas y yo haciendo esfuerzos para no mirárselas. Comenzamos a charlar entre nosotros.

              ―Enrique ―inició la conversación la jovencita, un poco nerviosa―, tengo que hablar con vos…

              ―Con todo gusto, Ivana, me encanta conversar con vos.

              ―No sé como decírtelo. Hace tiempo que nos conocemos y yo llegué a quererte mucho…

              ―Gracias, Ivana, yo también te quiero. Por algo hemos sido tan buenos amigos.

              ―Es que yo… no me siento tu amiga.

              ―¿…?

              ―Enrique, necesito decírtelo, estoy enamorada de vos.

              ―Ivana, ¿qué estás diciendo…?

              ―Que te amo y quiero ser tu amante.

              En este punto del diálogo nos quedamos mirándonos a los ojos en medio de un prolongado silencio. Entre los espectadores nadie se mueve. Yo mismo quedo envuelto en la magia de la escena y experimento cierta perturbación.

              ―Ivana ―le digo con gran dulzura tomándole las manos―, sos una chica hermosa e inteligente. Cualquier hombre se enamoraría fácilmente de vos. Me cuesta mucho decirte lo que debo decirte... Sabés que soy un hombre casado, que amo a mi esposa y que sería incapaz de hacerle una cosa así.

              ―Enrique ―me interrumpe ella con bien actuada ansiedad―, ya lo sé, sos una persona honesta y por eso te respeto y te admiro. Pero algo me sucedió con vos, sólo quiero tenerte en mis brazos, entregarme a vos, porque no puedo dejar de pensar en vos, porque te sueño todas las noches, porque no hay otro hombre que me atraiga como me atraés vos…

              ―Ivana…

              ―No, dejame decirte todo lo que siento. Quiero ser tu amante sin que abandones a tu esposa, quiero ser tu muñeca de placer, ella no tiene por qué enterarse. Haremos todo lo necesario para que nuestra aventura se conserve en el más hermético secreto. Tengo mis propios ingresos, no te voy a resultar cara. No me rechaces, Enrique, por favor, no podría vivir sin vos.

              El silencio de la sala se hizo abrumador. Nadie respiraba. En la vida real resulta­ría muy difícil, si no imposible, resistir a una bella y joven mujer que se te regala de esa manera. Era una simulación y yo tenía el firme propósito de mostrar una conducta irreprochable. Así y todo comencé a caer en el embrujo de la escena. Por un momento sentí cierto impulso frenético que debió ser advertido por Lega que se movió con cierta inquietud y percibí que se preparaba para interrumpir el juego. El clima había alcanzado imprevistamente un realismo increíble. El amague del doctor Lega me trajo a la realidad rápidamente. Tenía que seguir el plan sin ninguna desviación.

              ―Ivana, querida. Por favor, escuchame, hablemos como personas adultas: si yo accediera a lo que me estás proponiendo seguramente se­ría, en lo inmediato, el hombre más feliz del mundo. Porque tener el amor y la pasión de una mujer como vos es la cosa más fantástica que a uno le puede pasar. Pero ¿cómo me verías si yo cediera a esa tentación? ¿Me seguirías respetando como lo has hecho hasta ahora? ¿Cómo me sentiría yo cuando volviera a mi casa y mirara a los ojos a la mujer que amo? Supongamos que logro engañarla, que ella no se entera de que yo estoy disfrutando del sexo y la ternura prohibida de una atractiva mujer. Podríamos decir, en principio, que quien no sabe, quien no se entera, tampoco sufre. Pero, ¿cómo me sentiría yo? ¿Por cuánto tiempo resistiría una doble vida sin despreciarme a mí mismo? Y vos, querida Ivana, que sos una mujer sin dobleces, que te enamoraste de mí sin que yo haya hecho voluntariamente nada para despertarte esos sentimientos, ¿cómo te sentirás cuando pienses que has obrado mal, que estás destruyendo a una familia? ¿Crees, sinceramente, que podría­mos vivir así?

              ―Enrique ―dice Ivana retirando suavemente sus manos de las mías―, tenés razón. Todo lo que dijiste es cierto. Pero en lugar de aplacar mis sentimientos los has estimulado. Porque esa conducta tan íntegra me hace sentir aún más enamorada de vos, del hombre que admiro por su rectitud.

              Y para mi sorpresa y la de todos, se inclina hacia mí y antes de que un Lega atento pueda reaccionar,  ¡me besa en la boca!

              ―Bueno, suficiente ―dice Lega nervioso mientras enciende las luces―. Pueden bajar.

              Volvemos a nuestros asientos. Los demás aún no han reaccionado a la escena que presenciaron y permanecen inmóviles y en silencio. Ivana, pobrecita, se ha ruborizado y permanece con la vista baja.

              ―Abrimos el debate ―dice Lega―, ¿qué opinan?

              Martha fue la primera en opinar:

              ―Yo creo que la conducta de Enrique ha sido excelente y eso demuestra que un hombre si quiere puede actuar correctamente ante un caso tan tentador y, me animaría a decir, tan irresistible como el que presenciamos.

              ―Yo también lo apoyo a Enrique ―dijo Silvina.

              Los hombres dieron la nota discordante:

              ―Si yo llego a estar en la situación de Enrique saben cómo le bajaba la caña a Ivana ―comentó Franco a las carcajadas―. Y yo creo que él también lo habría hecho en la vida real. Fue sólo una actuación insincera, y perdoname, Enrique, pero te conozco.

              ―Yo también pienso que en una situación similar, ningún hombre actúa así 
              ―dijo Javier―. No lo acuso a Enrique de falso, no lo conozco, a lo mejor fue auténtico…

              El joven Rómulo, astutamente, ensayó un tibio apoyo de mi postura, aunque dijo que eso no era lo corriente en la vida real.

              Mauro que era el adúltero confeso se abstuvo de opinar, pero inocultablemente malhumorado masculló que yo era un hipócrita.

              Nadie había hecho todavía la menor referencia a la conducta desconcertante de Ivana que, aún con todos aquellos argumentos éticos, me había besado improcedentemente. Lega finalmente le preguntó a Ivana que había permanecido callada, qué pensaba sobre lo que habíamos actuado.

              ―Me encantó la conducta de Enrique. Además su rechazo fue muy dulce, ninguna mujer podría sentirse ofendida.

              ―¿Podés explicarnos por qué lo besaste? ―preguntó Franco secamente.

              ―No sé, fue instintivo, como si… quisiera premiar una conducta tan ejemplar.

              ―¿Pero necesitabas besarlo en la boca?

              ―Pido disculpas. Fue sin intención. Me dejé llevar por la representación.

              ―Bueno, por hoy terminamos ―dijo Lega.

              A la semana siguiente hubo un debate sobre los problemas de Javier, quien había vuelto a fracasar sexualmente y se lo veía muy deprimido. Lega improvisó una audaz representación con la actuación de aquél y de Silvina. Ambos se acostaron sobre la alfombra de la plataforma y simularon una conversación de alcoba entre dos amantes. No viene al caso que reproduzca aquí los pormenores del diálogo escénico. Simplemente diré que tuvo alto voltaje y que, como consecuencia de las frases de contenido erótico intercambiadas, Javier tuvo una erección. Debió reconocerlo ruborizado ante nuestras jocosas insinuaciones: durante la representación vimos que encogía disimuladamente una pierna. ¡Albricias! ¡Aleluya!

              Un largo debate sobre las condiciones que necesita un hombre sensible o impresionable para tener un desempeño sexual normal. Las opiniones masculinas, basadas en las experiencias de cada cual, fueron esta vez coincidentes: entre la virilidad sexual, ostentada con naturalidad en un encuentro amoroso, y su extinción súbita, inesperada e irreversible, media a veces una palabra, un olor, un sutil agravio, un comentario inadecuado o una broma inocente pero inoportuna. Y ni que hablar de esos gestos demoledores, instintivos en algunas mujeres, como cuando en pleno juego amoroso le apartan a uno bruscamente la mano de donde ha intentado meterla.

              El problema de Javier era su hipersensibilidad, su extrema impresionabilidad y su falta de confianza en sí mismo, y que para salir del atolladero necesitaba sin duda la ayuda de una mujer inteligente que lo estimulara y lo hiciera sentir relajado, como había logrado hacerlo Silvina en la representación.

              En otra sesión se habló de la ingrata experiencia que había tenido Ivana a los dieciséis años. Se había enamorado de un tipo mucho mayor que ella con el que comenzó a salir. Un noche en la que los dos habían bailado y bebido estaba con su novio en el auto cuando éste comenzó a propasarse a pesar de que habían convenido en que no tendrían relaciones sexuales por el momento para que ella estuviera segura de que quería iniciarse con él. Se resistió pero él la golpeó y la violó.

              Ivana comenzó a llorar cuando terminó el relato. Dijo que después de esa experiencia les tenía miedo a los hombres y que nunca pudo sentirse segura y confiada con ninguno. Lega propuso dejar para más adelante el tratamiento de este problema.
                


              En una de las sesiones se produjo el conflicto que me decidió a dejar el grupo.
              No hicimos psicodrama ese día, sólo conversamos, y fue sobre un tema que venía­mos prudentemente postergando: la política.

              Habló Franco, que en esa época militaba en un partido de izquierda moderada con tendencia nacionalista, y lo hicieron otros que tenían una situación personal muy próxima a los grupos subversivos de la época.

              Cuando me tocó el turno expuse mis ideas con toda naturalidad. Dije que creía en la libertad individual, en los gobiernos limitados, en la estricta división de poderes y en el respeto de la propiedad privada y la libertad económica de todos los ciudadanos, sean pobres, de clase media o ricos. Que los pobres tenían derecho a dejar de serlo, y que los ricos tenían la obligación de competir en un mercado libre y exponerse a perderlo todo si tomaban decisiones empresariales equivocadas. Razoné unos cuantos minutos sobre las bondades del capitalismo competitivo y democrático y mencioné el libro de von Mises El Socialismo, en el cual este pensador alemán demostró irrefutablemente la absoluta inviabilidad económica del socialismo marxista: “Si no existen precios formados en un mercado relativamente libre, una sociedad o un estado carecen de referencias para producir económicamente. Es científicamente imposible abastecer las más elementales necesidades de una población”, afirmé doctoralmente, disfrutando del desconcierto que mis palabras provocaban. Les recomendé la lectura de Las Bases y del Sistema rentístico de Juan Bautista Alberdi, y los informé de un hecho ignorado por los marxistas: la frustración que lo abatió a Carlos Marx cuando se publicó, en 1871, el libro Principios de economía política del economista austríaco Carl Menger, quien descubrió y desarrolló la sorprendente teo­ría subjetiva del valor. Esta teoría, ¡ya en 1871!, había aniquilado de un sablazo epistemológico la teoría del valor trabajo del pobre Marx, quien por ese motivo se negó a publicar en vida los volúmenes 2 y 3 de su obra El Capital.

              Fue de mi parte un acto de herejía y de pedantería inconcebible. Yo estaba intelectualmente más preparado que ellos ―no digo que era más inteligente ni más culto,  sólo un poco menos ignorante que aquellos universitarios inmaduros―, y tuve en ese momento la impresión de que si mis compañeros de grupo hubieran descuidado un poco sus prejuiciosas defensas hasta podría haberlos convencido de su error al abrazar pasionalmente una ideología insostenible y condenada al fracaso.

              Estaban todos indignados. No podían discutir mis argumentos. Los agarré flojos de papeles en sus habilidades para la polémica seria, sa­bían que no podrían ganarme nunca una discusión académica sobre la ciencia económica. Y eso los exasperó más que si hubieran podido revolcarme con los lugares comunes del marxismo.

              Se hizo un silencio cargado de exasperación. Lega pidió que dijeran lo que pensaban sobre mis ideas. (Me pareció que él también estaba un poco molesto conmigo, y que tal vez le hubiera gustado que alguien del grupo me replicara con argumentos sólidos, pero ante mi exposición cargada de silogismos y citas bibliográficas, nadie se sintió preparado para refutarme).

              Franco, que, como dije antes, militaba en un partido de izquierda moderada, dijo que no compartía mis convicciones pero que siempre las había respetado.
              Javier utilizó la chicana de afirmar que yo estaba adoctrinado por la sinarquía internacional y que repetía conceptos hábilmente elaborados para sostener la “superestructura” de explotación del hombre por el hombre. Dijo que le daba lástima que yo no advirtiera que estaba siendo utilizado por los poderosos.

              Martha dijo que no se interesaba mucho por la política pero que le costaba entender que alguien defendiera el capitalismo.

              Mauro, como era apolítico, se limitó a encogerse de hombros. Comentó con un cinismo que quiso ser gracioso pero que resultó patético, que a él sólo le interesaba ganar dinero, y que ese objetivo se po­día alcanzar bajo cualquier régimen o sistema político, de izquierda o de derecha, totalitario o democrático.

              Ivana tampoco habló, pero era evidente que no le gustaba lo que había escuchado de mis labios.

              Finalmente habló Silvina. Me miró con una dulce sonrisa y unos ojos verdes que de ninguna manera traslucían la menor intolerancia y dijo con toda calma:

              ―Enrique, que haya en la Argentina personas que piensen como voz es para que todos estemos muy preocupados.

              ―¿Por qué? ―me defendí yo―. Podemos tener distintas ideas y convivir democráticamente…

              ―Es que… ¿sabés qué pasa, Enriquito?,  eso que vos llamás “ideas” hacen mucho daño. El hambre y las desigualdades sociales son causadas por tipos que piensan y actúan como vos.

              ―Creo que estás equivocada ―le contesté―, en un orden social abierto donde se produce mucha riqueza la pobreza tiende a desaparecer.  Creo que la miseria es causada por las ideas izquierdistas que, al fin y al cabo, vienen dominando la cultura mundial desde hace ya un siglo.

              ―Mirá Enrique ―continuó Silvina que no había cambiado su tono de voz suave y melindroso―, a las personas como vos habría que matarlas.

              Profundo silencio. Esas palabras dichas con ojos tiernos me golpearon; quedé descolocado. Han pasado décadas, y yo todavía no he superado la impresión que me produjo esa feroz embestida. ¡Era una estudiante de psicología a punto de recibirse! El silencio se prolongó desgarradoramente para mí, porque nadie, ni siquiera el doctor Lega, llamó a esa joven a la cordura y a la tolerancia.

              Viendo que nadie reaccionaba, fingí que no había tomado en serio el exabrupto de Silvina y le pregunté, parafraseando a Voltaire:

              ―Decime, Silvina, si vos estuvieras en el poder, ¿no estarías dispuesta a dar tu vida por defender mi derecho a pensar como pienso?

              Su respuesta fue inmediata, sin la menor vacilación, pronunciada con la misma sonrisa e idéntica dulzura, sólo que esta vez vi en sus ojos una determinación escalofriante:

              ―Si yo estuviera en el poder… te haría fusilar.

              No supe que contestar a este contundente “argumento”. Los demás se rieron. 

              No parecieron advertir la monstruosidad que acababa de pronunciar una joven culta y de buena familia en momentos políticos tan preocupantes, cuando los Montoneros estaban secuestrando y matando gente y el gobierno de Cámpora se preparaba para asumir con la promesa de instaurar una patria socialista.

              Nadie dijo una palabra para desaprobar la violencia dialéctica de Silvina, nadie habló del pluralismo ni de la libertad de conciencia. Era evidente que para todos aquellos neuróticos mis ideas representaban una amenaza pública temible. Sin saberlo, yo estaba viendo el huevo de la serpiente, porque al año siguiente de aquella sesión los Montoneros mataron a tres civiles por el sólo hecho de pensar diferente de ellos: Arturo Mor Roig, José Ignacio Rucci y David Kraiselburd.

              Decidí inteligentemente que no podía continuar en ese grupo.

              Fui a una sesión más. En ella se habló de los problemas de dos de los pacientes. Llamativamente ese día Silvina intercambió conmigo amigables palabras, como si no hubiera pasado nada. Cuando la sesión estaba llegando al final pedí la palabra y les comuniqué provocativamente que “me había dado de alta a mí mismo” y por lo tanto esa había sido mi última sesión.

              Vi contrariedad en todos los rostros. Los pacientes psicológicos suelen desarrollar una dependencia de la terapia, a veces durante años, sin la cual les resulta muy difícil afrontar la vida de todos los días. Si alguien declara no necesitar más ese andador, genera en los otros pacientes una suerte de envidia rencorosa, y eso yo lo sabía. Fue mi pequeña venganza.

              Cuando se hizo la hora, les di la mano fríamente a todos a medida que se fueron retirando. Mientras los imaginaba colocándose sus carapachos en la sala de esperas para volver a sumergirse en su húmeda y nocturna realidad, yo me quedé un poco más para pagarle a un Lega algo compungido las sesiones que le debía. Yo presumía con mucho desencanto  (aunque posiblemente me equivoque en mi percepción) que él también creía, en ese especial momento histórico de la Argentina, que personas como yo éramos peligrosas, una piedra en el zapato para los sueños revolucionarias de aquellos tiempos.

              Cuando el ascensor llegó a la planta baja me llevé la última sorpresa de aquel ciclo cargado de imprevistos y desencuentros.

              Ella no se había ido, me estaba esperando en el palier. 

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