viernes, 29 de mayo de 2015

Capítulo 13 de mi novela MARPLATEROS



AMORES EN CONTRAMANO


Alos diecinueve años se me ocurrió estudiar el violín en el Conservatorio Provincial de Música. Como yo estaba tomando clases de composición y orquestación con el director de la Banda municipal, el maestro Antonio Galiana, no era mala idea familiarizarme con el principal instrumento de cuerdas de la orquesta.

Nunca aprendí a tocar el violín, nunca pude dominar la difícil técnica del arco, jamás pude arrancarle al instrumento una nota feliz. Pero ese fracaso se debió a mi falta de aplicación, porque tuve un notable profesor, el maestro Emilio Napolitano, autor del ballet Apurímac y ex director artístico del Teatro Colón de Buenos Aires, que hizo conmigo todo lo humanamente posible.

Cuando el maestro Miguel Sebastiani, que había sido mi segundo profesor de piano, supo que yo estaba estudiando el violín, me invitó entusiasmado a tocar con él las sencillas sonatas para dos violines de Beethoven. Fui a su casa con el estuche bajo el brazo, nos sentamos uno frente al otro ante sendos atriles, afinamos los instrumentos y nos pusimos a tocar. No habíamos avanzado ni cuatro compases cuando Sebastiani, horrorizado, interrumpió el ensayo y me dijo consternado: “Pero yo creí que usted sabía tocar el violín”.

En resumen no saqué mucho provecho de mi paso por el Conservatorio pero hice nuevos amigos, y con ellos comienza la historia que voy a contar.

Con un grupo de diez compañeros jóvenes, cuatro chicas y seis muchachos, decidimos fundar una sociedad cultural que denominamos Club musical marplatense.

Dos de las chicas, Nadia y Esther, me gustaban muchísimo. Las dos tenían unos años más que yo y eran muy diferentes entre sí: Nadia era seria, no muy bonita pero misteriosamente atractiva, inteligente y de fuerte personalidad. Esther, en cambio, era hermosa, dulce y de temperamento más bien retraído. A mí me cautivaban las dos, y hasta es posible que mi entusiasmo por participar en esa iniciativa se debiera más a la perspectiva de estar en contacto cotidiano con ellas que a razones culturales.

Éramos todos solteros y sin compromisos sentimentales. Nos reu­níamos asiduamente, íbamos juntos a la playa, organizábamos actividades artísticas muy interesantes y hacíamos frecuentes tertu­lias musicales tanto en la casa de Nadia como en la de Esther, porque las dos tenían piano.

De las dos mujeres, solo Esther me daba algunos indicios de interés en mi persona. Nadia, en cambio, aunque me apreciaba mucho como amigo, no me dejaba el menor resquicio por donde filtrar mis intenciones.

Me gustaban las dos pero terminé inclinándome por Nadia, la que menos bola me daba. Empecé experimentando una rara perturbación y con el tiempo terminé dramáticamente enamorado de ella.

Las cosas comenzaron a complicarse. Los inseparables diez integrantes del grupo teníamos siempre pretexto para juntarnos, debatí­amos sobre música y artes plásticas y a veces no estaba ausente la política, aunque procurábamos evitarla para no dividirnos. En el devenir de los días comienzan a surgir ciertos pequeños incidentes que involucran a tres varones del grupo, yo entre ellos: discusiones, actitudes extrañas, algunos roces verbales.

Poco a poco se fue entreviendo cuál era el problema. El problema era Nadia. Los tres estábamos enamorados de la misma mujer. Mientras Nadia parecía no tener la menor idea de lo que se incubaba a su alrededor, todos los demás empezaban a darse cuenta del conflicto.

De los tres candidatos, uno quedaba descartado. El otro era Franco, con quien yo tenía una muy buena relación.

Cuando las cosas se pusieron insostenibles, yo me acerqué a Franco y le propuse que habláramos. Fuimos absolutamente sinceros. Los dos reconocimos estar enamorados de Nadia. Nos comprometimos a competir con honorabilidad, sin actitudes arteras ni recursos impropios. Que triunfara el que supiera conquistar el corazón de Nadia.

Pasó el tiempo, el grupo se siguió reuniendo y nosotros, los contrincantes secretos, nos esmerábamos en dirigirle a Nadia nuestros mejores flechazos.

Pero las cosas no iban ni para adelante ni para atrás. Ansioso, decido ganarle de mano a Franco. Le digo a Nadia que tengo que hablar con ella y la invito a tomar un café.

Cuando nos encontramos en una confitería me doy cuenta, no sé bien si por su mirada, por su expresión o por su actitud distante, que me equivoqué, que ella no estaba precisamente esperando una declaración de amor. Me sentí derrotado antes de abrir la boca. Tan seguro estuve de mi fracaso que, extrañamente, quise hablar con ella de mi propio desengaño.

Fui directo al grano, le dije que en el grupo había un clima extraño, un cierto malestar, y que eso se debía a que dos de nosotros estábamos enamorados de ella. No hablé del tercero para no complicar las cosas. “Yo soy uno”, le dije. Pareció sorprenderse, pero se mantuvo inmutable y en silencio.

Nunca voy a entender por qué actué así: en lugar de intentar una respuesta positiva, y, en todo caso, esperar su decisión sea cual fuere, me di por vencido antes de tiempo y hasta le anuncié que había otro pretendiente. ¡Hay que ser imbécil! Le dije ―me da vergüenza escribirlo― que yo comprendía que ella no sentía lo mismo por mí y que sólo deseaba que me lo confirmara. ¡Le estaba pidiendo que me dijera que no! ¡Que me remachara el rechazo que yo había intuido!

Me miró con afecto y me dijo que yo tenía razón, ella no se sentía sentimentalmente atraída hacia mí, y que lo lamentaba. No quería causarme una pena, pero…

Yo le agradecí su manera piadosa de rechazarme, le pedí disculpas y quedé en silencio. Nadia también quedó callada y extrañamente ensimismada. Pedimos otro café y quedamos los dos sin hablar. Hasta que ella no aguantó más y me preguntó:

―Enrique… ¿Quién es el otro?

La miré durante unos segundos. Vi una gran ansiedad en sus ojos.

―Franco ―le contesté por fin.

―¿Franco?

Asentí con la cabeza. Yo descontaba que ese “otro” iba a correr con más desventaja que yo. Estaba seguro de que Franco no podía supe­rarme ni en ese terreno ni en ningún otro. Pero además yo había observado que Nadia no le dedicaba a él ni una mirada especial, ni un trato diferencial, ni siquiera le sonreía como la dulce Esther me sonreía a veces a mí.

Ella no dijo nada ni dejó traslucir nada. Nos despedimos como buenos amigos, comprometiéndonos a mantener reserva absoluta sobre todo lo conversado.

Pasaron varios días sin que el grupo se reuniera. Una noche, bastante tarde, yo ando caminando por el centro y veo estacionado el inconfundible Fiat 1500 del padre de Franco. Cómo observo que hay personas en el asiento delantero me acerco para saludar.

Cuando llego casi a la ventanilla lo veo a Franco besándose interminablemente con una mujer.  Me resisto a pensar lo que sospecho, deseo irme y no mirar nada. Pero en ese momento las cabezas se separan y reconozco a la mujer: era Nadia. ¡Nadia besándose con Franco! Avergonzado, me fui rápidamente para que no me vieran.

Nunca me sentí tan estúpido. Nadia, aunque nunca lo había demostrado, estaba enamorada de Franco y yo actué de involuntario celestino anoticiándola de que su amado estaba perdiendo la cabeza por ella.

Fue tan demoledora esta revelación que quise recuperar terreno tratando de seducir a la hermosa y dulce Esther. Después de todo ella era la belleza que siempre me gustó, así que era cuestión de buscar el consuelo por ese lado. Cuando tuve la oportunidad de estar a solas con ella  le dije que la amaba. ¿Saben qué me contestó?

―Ah, no, Enrique. Vos tuviste un problema con Nadia y ahora querés reemplazarla conmigo. No me parece que eso sea correcto.

Quedé mudo y avergonzado. Todos en el grupo se habían enterado de lo ocurrido, incluyéndola a Esther que probablemente había estado interesada en mí, pero que no estaba dispuesta a ser la suplente de otra, a ocupar un segundo lugar en mi lista.

En un par de semanas me habían rechazado dos mujeres: una me hizo sentir la punzada del desengaño. La otra me dio una merecida lección y tajeó dolorosamente mi amor propio. 


Enrique Arenz 2009 - Derechos reservados. Prohibida su reproducción

La novela Marplateros fue editada en 2009 y está agotada. (Sólo se puede comprar en Mar del Plata, en la librería Fray Mocho) Puede bajarse gratuitamente de la página web del autor haciendo clic en el ícono PDF en la siguiente dirección: 
 http://www.enriquearenz.com.ar/libro_marplateros.html#.U2F0aFc_Q4M

jueves, 14 de mayo de 2015

Ultraje a la ancianidad II



CRISTINA, ANÍBAL: RECEN 
PARA QUE FAYT NO SE LES
MUERA JUSTO AHORA.

por Enrique Arenz

Un anciano de 97 años es un ser sumamente frágil, expuesto cada minuto a que el menor percance en su entorno, una leve descompensación, un golpe o una simple caída, lo lleve a la muerte. Si ese anciano es un ciudadano ilustre, cuyas capacidades cognitivas están por encima del promedio y honra a una Nación trabajando por todos sus ciudadanos a esa edad, cuando podría estar jubilado y disfrutando de su lúcida longevidad, la obligación de todos nosotros, empezando por las autoridades, es tenerlo entre algodones, cuidarlo, preservarlo, admirarlo y honrarlo como lo que es, un regalo de Dios, una joya única e irreemplazable.


Ese es el doctor Carlos Fayt. Sin embargo el gobierno nacional y los legisladores oficialistas le están haciendo la canallada más cobarde  y criminal que podamos haber imaginado.

Yo miraba por la televisión a esa chica jovencita que
Anabel Fernández Sagasti
preside la Comisión de Juicio Político, Anabel Fernández Sagasti, hermosa y con una mirada tan dulce, y me costaba creer, primero, que fuera de La Cámpora, y luego que se mostrara tan insensible y fría con el honor y la vida de un anciano sabio de moral indiscutible al que nadie debería atreverse a tocar ni a molestar jamás. Entre los diputados K se veían muchas caras como avergonzadas, mortificadas de tener que cumplir una orden tan infame. Pero Anabel no, ella lucía exultante, feliz de derrumbar el prestigio de un prohombre y prestándose a violar el reglamento al aceptar investigaciones que pudo y debió rechazar por ilegales. Y yo me preguntaba, más conmovido que indignado, ¿esta chica no tendrá un abuelo ante cuya mirada se sienta avergonzada al volver a su casa? ¿Es posible que la política llegue a transformar a seres humanos normales en criminales?


Porque lo que estaban haciendo en ese salón del Congreso era una faena criminal. Fayt es un hombre moralmente fuerte y psicológicamente equilibrado, él siempre supo que su alto cargo institucional no era un juego de niños y que debía esperar las peores presiones y acechanzas. Por eso todos los que lo conocen aseguran que esta operación no lo va a afectar. Pero tengamos sentido común, la continuidad en el tiempo de esta embestida salvaje en la que se lo está acusando de ser un viejo inservible ¿no terminará transformándose en una virtual mesa de torturas para la pobre víctima?

Tarde o temprano, si esto no se corta de raíz, Fayt va a sentir el estrés y el cansancio moral de una situación absolutamente inhumana para cualquiera, mucho más para una persona con la fragilidad física de los 97 años. ¿Podrá resistirlo su salud?

Esperemos que sí. Cualquiera de nosotros, en su lugar, tal vez terminaría doblegado por el desgaste y pagaría con su salud o con su vida la persistencia heroica del aguante, que es lo que está haciendo admirablemente el doctor Fayt.


Pero, cuidado Cristina y Aníbal Fernandez, ustedes que son los principales promotores de esta agresión para barrer a Fayt de la Corte nada más que porque le tienen miedo, cuidado: debieran rezar para que a este anciano no le pase nada, que no se les vaya a morir justo ahora. A los 97 años la muerte es un proceso natural y esperable que puede suceder en cualquier momento. Pero si sucediera ahora, ¿alguien en este país creerá que murió porque le llegó la hora, o todos pensaremos que se les fue a ustedes, en su mesa de torturas?  Las consecuencias políticas del eventual fallecimiento del doctor Fayt serían para el gobierno mil veces peores que la muerte dudosa de Nisman.


Que no se produzca este desenlace, que Dios no lo permita, más que por Fayt y por su familia, por nosotros mismos, porque todos queremos llegar en paz al esperado mes de diciembre.

Se permite su reproducción
(Se ruega citar este blog) 




 

viernes, 8 de mayo de 2015

Ultraje a la ancianidad



A FAYT NO SE LE MUEVE UN PELO,
SON LOS VIEJOS LOS OFENDIDOS


Por Enrique Arenz
Dr. Carlos Fayt, eminencia del Derecho
Cuando Alfonsín le ofreció a Fayt el cargo de ministro de la Corte Suprema de Justicia, el prestigioso jurista aceptó, le agradeció y antes de despedirse le pidió: "Por favor, doctor, borre mi teléfono de su agenda porque no lo voy a atender nunca". Y así lo hizo con todos los presidentes que se sucedieron hasta ahora (si no me equivoco, nueve o diez, algunos transitorios como Rodríguez Saá, otros fugaces, como Caamaño).

Sus fallos fueron siempre justos, equilibrados, racionales y transparentes. Jamás se plegó a mayoría automática alguna y en el salón de acuerdos defendió apasionadamente y con argumentos jurídicos irrebatibles sus disidencias con aquellas mayorías. Nunca funcionario alguno pudo ni siquiera acercársele para presionarlo. Fue siempre independiente, libre e indómito. Y profundamente respetado por sus colegas, discípulos de la Universidad y hombres del Derecho.

Escribió treinta y cinco libros que han estudiado generaciones de abogados, fiscales y jueces. (Leer nota de La Nación del año pasado:"No le debo nada a ningún presidente") Contó una vez:
"Mi tesis doctoral en la Universidad de Buenos Aires criticaba la reforma constitucional que aprobó Perón en 1949. Los jurados no me quisieron tomar el examen y tuve que escribir otra tesis".

Un juez así tenía que chocar tarde o temprano con algún presidente autoritario, ignorante y poco respetuoso de las instituciones republicanas, con lo ha sido Néstor Kirchner y lo es, y fue siempre, su viuda y actual presidente. Mientras no lo necesitaron, lo ignoraron, lo soportaron, se bancaron algunos fallos en disidencia, como en el caso de la ley de Medios, pero al irse Zaffaroni y con el fallecimiento de otros dos ministros, Fayt se les hizo imprescindible. Entonces decidieron golpearlo sin consideración ni respeto. "A este viejo lo soplamos un poco y se cae solo", debieron de pensar los muy ingenuos.

Como no tenían nada de qué acusarlo, decidieron culparlo de ser un viejo. "Casi centenario", dijo la doctora en un discurso por cadena nacional, "Una momia", lo calificó Hebe de Bonafini; "Que demuestre su aptitud psicofísica", lo desafió el ex prófugo del baúl Aníbal Fernández.

Pero de poco les sirvieron estas indignidades. Fayt es un hombre valiente, tenaz que tiene un notable sentido del humor y que luego de su larga vida de jurista y maestro del Derecho está de vuelta de los avatares de la pequeñez  humana y la vileza política. Les mandó decir por su abogado, el doctor Rizzo: "Voy a hacer lo que yo quiera, no lo que quiere Aníbal. Si sigo con vida y estoy bien pienso quedarme en la Corte diez años más". (Tomá pa' vos, diría Jhonny Allon).

Se cuenta además una anécdota genial (aunque su veracidad no está demostrada, pero los mitos también valen para enfrentar la ignominia): cuando Aníbal y otros sujetos de esa ralea que se llama "el proyecto" le sugirieron que saliera a la calle y se hiciera ver para demostrar su capacidad cognitiva, Fayt contestó: "No hay problema, pero con una condición, que la doctora Fernández me muestre primero su título de abogada".

Él se mata de la risa. No lo van a ablandar ni a asustar con bravuconadas, escraches y otros recursos fascistoides de vuelo tan gallináceo, porque Fayt no tiene cola de paja, no esconde muertos en el placard, jamás  tuvo una vida privada  indecorosa, vive austeramente  y nunca se dedicó a acumular una fortuna, si es que esto último fuera condenable, que no lo es, por supuesto.

No, no es al doctor Fayt a quien este gobierno ofende. Él está demasiado arriba, en la estratósfera moral, para que le lleguen los picotazos de estos pollos en furiosa retirada. A quienes este gobierno inepto y poco inteligente está lastimando injustamente es a todos los viejos de la Argentina, que son millones. ¡Son ellos, nuestros viejos, los que hoy acusan el golpe feroz de este inaudito ultraje a la ancianidad! Y también debiera sentirse lastimado el amigo de Cristina, el papa Francisco, que predica contra la cultura del descarte de los ancianos, y que suele repetir: "Tener un abuelo sabio en casa es lo mejor que le puede pasar a una familia. Aquí lo tenemos a Benedicto, nuestro anciano y sabio consejero que vive con nosotros".

Si los ancianos de la Argentina tenían sobrados motivos para repudiar a este gobierno, ya sea por las jubilaciones que perciben la mayoría de ellos, inferiores a los salarios de un presidiario, o por los impuestos a las ganancias que les hacen pagar a otros, como si la jubilación fuera una ganancia y no el reintegro de aportes realizados durante una vida, o bien por la escandalosa atención del PAMI, más parecida a una tenebrosa metáfora de la eutanasia que a una institución de atención de la salud para la tercera edad; si ya tenían suficiente con todo eso, ahora han sumado una nueva causa de rechazo y abominación: este gobierno también desprecia a los viejos porque considera que no tienen aptitud psicofísica ni condiciones cognitivas, en una palabra, que no sirven para nada.

Pero esto demuestra que el gobierno no sólo es insensible ante el drama de la ancianidad en la Argentina, sino que ni siquiera tiene la inteligencia de no irritar a los viejos más de lo que ya están, porque su voto también vale, y no hay que olvidar que mientras muchos jóvenes dejan de cumplir su obligación cívica, ellos suelen ir a votar aunque sea con muletas y marcapasos.


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Artículo siguiente:
Cristina, Aníbal: recen para que Fayt no se les muera justo ahora

Tuit del autor:




viernes, 10 de abril de 2015

HOMICIDIOS EN EL BARRIO (Capítulo 10 de mi novela Marplateros)



Entre 1954 y 1956, hubo en mi barrio cinco muertes violentas. Las víctimas fueron: Ferdinando Navaredo, esposo de Anita, mi maestra particular; doña Edelma, una viejita que vivía sola en una pieza de chapa; los esposos María Esther y don Gregorio, dos personas de mediana edad, y una quinta que mencionaré al final.

Todos esos crímenes se produjeron en el término de año y medio, o acaso un poco más. Oficialmente se los consideró esclarecidos, pero en el barrio flotaron dudas, rumores y la sensación de que algo estaba mal, y que quienes resultaron condenados no eran los culpables.


Primera víctima: Ferdinando Navaredo


Ferdinando Navaredo era un mocetón de unos treinta años, rubio,  de físico atlético (hacía pesas), peluquero de profesión, que se ha­bía casado no hacía mucho, después de años de accidentado noviazgo, con Anita Alcaruela una dulce maestra que en verano nos daba clases particulares a mi hermano Ruben y a mí, y a quien los chicos adorábamos.

Anita era la única hija del matrimonio de doña Sara y Belisario Alcaruela. Los tres habitaban una modesta casita en la calle Moreno y Neuquén, en cuyo comedor Anita daba sus clases de apoyo. Cuando se casó, su musculoso marido se fue a vivir a esa casa, junto a sus suegros.


Segunda víctima: Doña Edelma


Por la calle Italia llegando casi a Colón, había un inquilinato con varias piezas construidas con chapas acanaladas. Una de las inquilinas era doña Edelma, una anciana costurera que vivía sola y se la pasaba cambiando cuellos de camisas y reparando prendas para sus clientes del barrio. Ocupaba la habitación que daba a la calle. En la pieza de al lado vivía Gastón Porres, un repartidor de diarios, relativamente joven, algo tonto, cuyos ojos se cruzaban en un estrabismo tan severo que casi no le permitía ver. Sin embargo se las ingeniaba para andar en bicicleta y repartir por la tarde ejemplares del vespertino El Atlántico. Gastón era bebedor, pero buena persona. Cuando terminaba el reparto se iba al boliche a tomar vino y a charlar con cualquiera que estuviera dispuesto a escuchar sus abrumadoras incoherencias. Ya pasada largamente la  medianoche volvía a la pieza para dormir la mona hasta el mediodía.


Dos muertos más: los esposos Gregorio y María Esther


Gregorio y María Esther vivían en la calle Alberti entre 1º de Mayo y Marconi. Los dos andaban por los cincuenta años, estaban en una buena posición económica y no te­nían hijos.


Los homicidios


Estas personas fueron asesinadas en episodios aparentemente desvinculados entre sí. (Recuérdese que hay un quinto muerto que todavía no he mencionado).

Los hechos fueron así:

Ferdinando empezó dándole un cachetazo a la buena de nuestra maestra cuando todavía eran novios, y ella lo toleró. Tiempo después ya la some­tía a violencia cotidiana, incluido, se decía, abuso sexual. ¿Por qué la dulce Anita consintió ese destrato y encima se casó con él?  Jamás lo sabremos. Lo conocido es que cuando se casaron todo empeoró. Ya sea por celos, por cuestiones de dinero o por lo que fuere, vuelta a vuelta la insultaba y la golpeaba salvajemente, y lo hacía en la misma casa de sus suegros quienes de­bían escuchar a través de las paredes, y a veces presenciar, atemorizados y angustiados, estas escenas de violencia en las que no se atre­vían a intervenir por la agresividad descontrolada del yerno.

Un día Ferdinando estaba durmiendo la siesta, la dulce Anita tomó un revólver que su padre guardaba en la cómoda, fue hasta el dormitorio y le disparó desde la puerta tres balazos que lo mataron en el acto.

Ella misma llamó a la Policía y se entregó.

El caso conmocionó al barrio y a la ciudad. El diario La Capital publicó un dibujo que reproducía la dramática escena: la pobre Anita, con cara de malvada, empuña y dispara el revólver contra Ferdinando que, indefenso en la cama, levanta los brazos en alto con expresión de pánico en sus ojos. Parecía un cuadro de Goya.

Meses más tarde, doña Edelma cosía dale que dale con su desvencijada y ruidosa máquina desde las siete de la mañana, mientras en la habitación de al lado, dividida por un tabique de chapa, el diariero Gastón Porres, borracho como siempre y presumiblemente ese día con un insoportable dolor de cabeza, trataba de descansar. El ruido infernal de la máquina de coser de doña Edelma lo volvía loco. Se comentaba que Gastón ya la había increpado varias veces para que lo dejara dormir por las mañanas, pero la pobre vieja ¿cuándo iba a coser? Tenía que aprovechar la luz del día desde muy temprano, así que le había dicho que lamentaba molestarlo en sus borracheras pero que ella tenía que ganarse la vida. Además le recordó que cuando él traía alguna puta, ella se despertaba sobresaltada con los ruidos indecentes y los sacudones del tabique, y sin embargo nunca se había quejado.

Pero la anciana no sólo hacía ruido con la máquina, también tosía, ¡y cómo tosía! Yo recuerdo haber pasado por el inquilinato y escuchar, más que el ruido de la máquina, la tos seca, desagradable, perruna de doña Edelma.

Ese día, Gastón, borracho y abombado por el calor de la pieza cuyas chapas se calentaban con el sol de la mañana, irritado, como puede estarlo cualquier persona que vive en ese estado de incomodidad, desesperado por no poder dormir por el ruido de la máquina y la tos de la vieja, se levantó fura de sí, tomó un cuchillo, fue hasta la pieza de al lado, abrió la puerta de una patada y no le dio tiempo a la anciana ni de darse cuenta de lo que sucedía.

Recuerdo como si fuera ayer, haber visto pasar por Colón, frente a mi casa, el   jeep de la Seccional Cuarta que se lo llevaba a Gastón Porres esposado en el asiento trasero.


Gregorio y María Esther aparecieron muertos en el living de su casa, ella con dos balazos en el cuerpo y él con uno en la cabeza. En la casa no faltó dinero ni objetos de valor. La investigación policial, convalidada por la Justicia, estableció que Gregorio mató a su esposa y después se suicidó. Se tejieron muchas hipótesis sobre las causas de esta determinación.

Fue concluyente el testimonio de un médico clínico cuyo consultorio estaba en la calle Neuquén, el doctor Villar Albuerne, quien durante muchos años atendió al matrimonio. Este profesional declaró que la pareja atravesaba una prolongada crisis que jamás se cristalizaba en discusiones, reproches o peleas sino en silencios y negaciones. Cada uno se tragaba lo que le molestaba o lo afectaba del otro. Tenían la filosofía de aguantar  las insatisfacciones sin exteriorizarlas.

El doctor Villar Albuerne había leído las teo­rías de Sigmund Freud que todavía no tenían mucha divulgación en la Argentina, y de acuerdo con esos conocimientos, novedosos para la época, sacaba sus conclusiones. Según dijo, Gregorio se quejaba de no tener una vida sexual normal con su mujer. Le contaba en las consultas, que ella se retraía cada vez más. Gregorio,  dolido por lo que para él era una suerte de desinterés en su persona, había dejado de molestar a su mujer, tal vez para alegría de ella (estas eran conjeturas del médico), que probablemente pensaba que su marido había perdido la libido. Y según este facultativo, hombre de vasta experiencia en estos asuntos y también bastante misógino por lo que se po­día deducir de sus teorías, María Esther habría cumplido el sueño de toda mujer: vivir en com­pañía de un buen hombre que fuera, en lo posible, impotente. Pero el médico aclaraba enseguida: Gregorio era un tipo todavía joven, fuerte, de buena salud, y la actitud distante y aséptica de su mujer lo ha­cía muy desdichado.

Pero a su vez, María Esther había soportado por parte de Gregorio una infinidad de actitudes que le desagradaban. Por ejemplo: él nunca quería salir y a ella le encantaba caminar por el centro, ir al cine o al teatro e ir a cenar afuera una vez por semana, ya que estaban en condiciones de darse esos pequeños lujos.

También le gustaba viajar, y a Gregorio no; le encantaban las visitas a las casas de matrimonios amigos, pero a Gregorio estas reuniones lo aburrían mortalmente. A María Esther le desagradaba escuchar por radio los partidos de fútbol que a su marido le iluminaban los domingos,  y a su vez a Gregorio le fastidiaban las radionovelas que su mujer escuchaba cuando él dormía la siesta.

Finalmente ella había optado por apagar la radio para no molestarlo, y él decidió privarse de escuchar los partidos de fútbol. Gregorio trataba de pasar los interminables domingos haciendo crucigramas; su mujer, a la hora de la siesta, bordaba y hacía repostería. María Esther evitaba hablar de viajes, de hacer visitas, de ir de paseo o de salir a cenar afuera los sábados. Gregorio se resignaba a no tener fútbol los domingos ni sexo con su esposa nunca.

El médico aportó las extensas fichas clínicas de los esposos en donde se descri­bían todas aquellas intimidades conyugales.

Este testimonio, sumado a otros indicios y pruebas periciales, fue decisivo para que los investigadores llegaran a la conclusión de que se había tratado de un homicidio seguido de suicidio.


Pasaron los años. Nosotros nos mudamos otra vez de barrio y yo empecé a estudiar en la Escuela de Periodismo. En esas aulas me vinculé con varios oficiales de policía retirados que asistían a las clases para llenar sus vacíos existenciales. Dio la casualidad de que uno de esos oficiales, el subcomisario Bertoldo, perteneció a la Brigada de Investigaciones y había participado en la pesquisa de los cuatro homicidios.

Un día trabajábamos en su casa en un ejercicio de redacción de noticia policial cuando salió el tema de los homicidios del barrio Don Bosco. Ahí fue cuando me confió que él tenía otra visión de los hechos, una teoría asombrosa que sin embargo no había podido probar debidamente.

Según esta hipótesis a Ferdinando Navaredo no lo asesinó su esposa Anita sino su suegro, Belisario Alcaruela, enceguecido por el maltrato que su yerno le daba a su pobre hija. El día del hecho no estaban en la vivienda ni Anita ni su madre. Cuando Anita regresó a la casa se encontró con el espantoso cuadro: Ferdinando ensangrentado en la cama y su padre sentado, sollozando sobre la mesa del comedor, con el arma todavía en su mano. Anita conservó la calma, le dijo al padre que se tranquilizara, que ella se haría cargo del homicidio, que era joven y que po­día soportar unos años de cárcel. El viejo había quedado tan conmocionado por lo que acababa de hacer que permaneció en silencio mientras su hija le quitaba el arma de la mano, limpiaba las huellas, llamaba a la policía y se entregaba serenamente. Cuando ya anocheciendo regresó la madre, sufrió una crisis nerviosa y debió ser hospitalizada.

Pasaron varios meses de dolor y llanto antes de que la madre de Anita se enterara de que el autor del homicidio había sido Belisario y no su hija. La revelación destruyó el matrimonio: jamás perdonó a su marido por haber permitido que Anita cargara con su culpa.

 

Según Bertoldo, todo lo sucedido tuvo gravísimas consecuencias psicoló­gicas para Belisario Alcaruela, ya que a partir de esos acontecimientos lo habrían acometido deseos compulsivos de volver a matar.

Una mañana temprano fue hasta el inquilinato de doña Edelma con el pretexto de encargarle un trabajo y la apuñaló. Luego entró sigilosamente a la pieza del diariero, que estaba, como era habitual, borracho y profundamente dormido, y le puso el cuchillo ensangrentado en sus manos.

Otro día pasó por la casa de María Esther y de Gregorio, quienes eran muy amigos de su hija Anita a la que habían ayudado con dinero para su defensa (lo cual demuestra, en contra de la opinión del charlatán del médico Villar Albuerne, que el matrimonio sí tenía cosas y sentimientos en común). Lo hicieron pasar a Belisario con demostraciones de afecto. Éste, sin decir palabra, sacó una pistola, le disparó con precisión un balazo en la sien derecha al hombre y otro balazo en el pecho a la mujer. Limpió la pistola, se la puso a Gregorio en su mano derecha y le oprimió el índice para producir un tercer disparo contra el cadáver de la mujer con la obvia finalidad de asegurar el resultado de la prueba de parafina.

El policía estaba indignado con el médico Villar Albuerne porque su testimonio había desviado el curso de la investigación. Según opinaba este oficial, el hecho de haber matado  a su yerno y comprobar lo fácil que resulta echarle las culpas a otro, había despertado en algún rincón de su cerebro al psicópata o asesino serial que sin duda llevaba dormido. Había descubierto el placer de matar por matar y al mismo tiempo hacerle pagar el crimen a un tercero. Era un doble placer que halagaba no sólo a su instinto asesino sino también a su inteligencia maligna.

Este investigador estaba convencido de que Belisario mató a muchas otras personas de esta manera, hasta que años más tarde él mismo fue asesinado por su esposa mediante el expediente de echarle cianuro al mate. La mujer fue rápidamente inculpada porque la policía le encontró el frasquito con el veneno en su cartera.

Este es el quinto crimen que mencioné al principio.

Pero mi amigo el policía no estaba de acuerdo tampoco con los resultados de esa investigación. Belisario, según él, no fue asesinado por su esposa. Se suicidó, y para ello siguió la misma metodología de sus otros crímenes, metodología que le hizo disfrutar, por última vez, aunque ahora anticipadamente, el placer de matar e inculpar a otro. Sólo que esta vez se mató a sí mismo. Echó el cianuro en el mate que le acababa de cebar su esposa, pero antes de sorberlo fue al dormitorio y puso el frasquito en la cartera de ella.

Enrique Arenz 2009 - Derechos reservados. Prohibida su reproducción

La novela Marplateros fue editada en 2009 y está agotada. (Sólo se puede comprar en Mar del Plata, en la librería Fray Mocho) Puede bajarse gratuitamente de la página web del autor haciendo clic en el ícono PDF en la siguiente dirección: http://www.enriquearenz.com.ar/libro_marplateros.html#.U2F0aFc_Q4M