jueves, 9 de julio de 2020

"La carpeta del señor Murga". Novela policial


Esta novela fue publicada aquí en forma de entregas semanales al estilo folletinesco de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Puede leerse completa haciendo clic en los enlaces de cada capítulo en la columna de la derecha⇒⇒⇒⇒⇒
Es la segunda novela de la Trilogía de Facundo Lorences.
Próximamente voy a escribir la tercera para completar la serie.
La primera novela de la trilogía, "El enigma del hotel Hyspania", puede descargarse en formato PDF haciendo clic AQUÍ.

jueves, 25 de junio de 2020

Otra investigación de Facundo Lorences (Final)


17
Cuando el fiscal Alieto Fatah escuchó la grabación, se recostó sobre su sillón y se quedó mirándome sin mover un músculo de la cara.
—Homicidio doblemente agravado, por el vínculo y por premeditación y alevosía —comentó luego de un largo silencio—. Además de ir a la cárcel por mucho tiempo, Antonia Murga va a perder su derecho a heredar los bienes de su madre. Aunque no lo creas, Facundo, siento pena por esta chica.
—Yo también…
—Ya solicito una orden de detención y el allanamiento de su domicilio.
Por favor, Alieto, pedí también un nuevo allanamiento al departamento de Severia.
—¿Para qué querés que volvamos allí?
—Creo saber dónde está la prueba más importante.

Antonia ya no estaba en su casa cuando llegamos con la policía. Por el desorden supimos que había abandonado el departamento llevándose ropa, algunas pertenencias y el óleo de Urruchúa. También había retirado el auto de Voisoglio de la cochera cercana a su casa. Era de suponer que planeaba encontrarse con su amigo después de salir del país por algún paso fronterizo clandestino. Se encontró heroína en un pequeño recipiente y comprobantes bancarios (de días atrás) de retiro del plazo fijo en dólares que tenía con su madre.
De ahí nos fuimos al otro departamento, el de la calle Rivadavia. El portero nos franqueó el acceso con sus llaves y yo puse el código de la alarma. Me dirigí directamente a la habitación de Antonia Murga, y una vez allí le señalé al fiscal la falsa pared corrediza que él ya conocía por haber estado en el allanamiento anterior, y le expliqué:
 —Este panel simula el perfil de una columna que sobresale de la pared, es corredizo y oculta la caja fuerte ¿no? —lo empujé hacia la derecha y la caja quedó a la vista—. Como verás es una especie de mampara construida con un material sintético muy liviano que ha sido empapelado igual que las demás paredes. Está colgada de dos rueditas que se deslizan sobre un riel ubicado a la altura del cielorraso, pero oculto por la moldura de yeso. La parte de abajo queda colgando y se desplaza muy ajustada entre la pared verdadera y el zócalo de roble del piso. En el punto donde la mampara cubre la caja, tanto el zócalo como la moldura hacen un quiebre hacia afuera como si acompañaran el contorno de la supuesta columna y marcan el tope de su deslizamiento hacia la izquierda. La moldura y el zócalo, a partir de acá, están separados de la verdadera pared lo suficiente como para que la mampara se desplace hacia la derecha y se meta detrás de este mueble que disimula esa separación.
—Sí —comentó Alieto—, ya lo había visto. Se puede correr hasta unos sesenta centímetros. Es un mecanismo muy original porque es imposible darse cuenta de que lo que vemos no es una saliente de la pared.
—Pero escuchá —di varios golpecitos sobre la falsa columna—. ¿Qué oís?
—Ruido a hueco, aunque a simple vista parece una pieza maciza.
—La tercera vez que estuve aquí con Antonia, la golpeé descuidado con el codo y oí ese sonido. En el momento no me pareció nada fuera de lo normal, pero días después, cada tanto recordaba ese sonido, lo escuchaba en mi cabeza, como si mi intuición me quisiera decir algo. Hasta que Irene, sin saberlo, me dio una pista valiosísima… Ahora lo vamos a comprobar. Pero, vení, ayudame a levantar el panel. Tenemos que descalzarlo y separarlo de la pared por encima del zócalo.
Tomamos el liviano tabique uno de cada extremo y pudimos levantarlo con facilidad. Cuando la parte de abajo asomó por encima del zócalo lo corrimos hacia afuera y le pedí a Alieto que lo sostuviera en esa posición. Quedaba en la parte de abajo una separación de unos quince centímetros entre el panel y la pared real.
—Vamos a ver si mi intuición no me engañó —le dije al fiscal que sujetaba el panel y observaba con curiosidad mis acciones. Un oficial de la policía filmaba todo.
Introduje mi mano izquierda por detrás del panel, tanteé a ciegas su parte hueca interior. Telas de araña fue el primer contacto ingrato que sintieron mis dedos, hasta que toqué un objeto alargado y abultado. Estaba sostenido por un tirante de madera en diagonal que reforzaba la rigidez interior del bastidor. Lo tomé por el costado y lo saqué con mucho cuidado. Cuando vimos de qué se trataba, los dos nos miramos como si hubiéramos hallado la cuadratura del círculo.
—La carpeta del señor Murga —murmuró el fiscal.
 Era una carpeta común color violeta pálido, con tres solapas de contención y dos elásticos de cierre en sus ángulos. Estaba cubierta de polvo y pelusa que casi tapaban dos etiquetas pegadas sobre la cubierta que decían: «SECRETO» y «SEGURIDAD NACIONAL» La deposité sobre la mesa de noche y le tomamos varias fotografías.
—¿Cómo supiste que estaba escondida aquí? —preguntó Alieto que seguía mirándola sin atreverse a tocarla.
—Por un comentario de Antonia. Dijo que su padre, antes de morir, intentó decirle dónde estaba esta carpeta, pero de su balbuceo agónico sólo pudo entender «del lado de adentro», antes de perder la conciencia. En ese momento yo recordé el ruido que produjo el golpe de mi codo y caí en que el tabique era una placa hueca con parantes de madera en sus dos laterales que dan la impresión de un saliente sólido de unos doce centímetros de espesor. ¿Qué otra cosa en todo este departamento podía tener un «lado de adentro» que no fuera esto? No un ropero, no un armario, donde todo su contenido está siempre adentro.  Si algún extraño descubría el mecanismo corredizo, sabía en el acto que estaba montado nada más que para ocultar la caja fuerte. ¿Quién podía a pensar que era en sí mismo el mejor y más insospechado escondrijo para ocultar otra cosa que no fuera la caja empotrada en la pared?
—Impecable razonamiento, Facundo. Ni el equipo forense lo descubrió… No me animo ni a tocar la carpeta.
—Alieto, yo sólo quiero constatar si al final de toda la documentación que contiene hay un sobre con una llave y las indicaciones del lugar donde se encuentra el dinero escondido por Arnaldo Murga. Lo demás no lo quiero ver, llevate vos la carpeta y hacé con ella lo que creas que es tu deber, porque, por lo poco que sé, vas a encontrar revelaciones espeluznantes. ¿De acuerdo?
De acuerdo, adelante —dijo el fiscal, y le ordenó al oficial—: Filme todo.
Sacudí la mugre de la carpeta con una franela que me alcanzó un asistente (lo hice con superficialidad, para no alterar posibles huellas dactilares), corrí los dos elásticos que la mantenían cerrada, abrí la tapa, desplegué sólo la solapa superior y, mirando hacia arriba para no ver nada, metí mi mano por debajo de la voluminosa pila de papeles. Toqué un sobre tipo oficio, lo extraje y volví a cerrar la carpeta. El sobre estaba cerrado y sin ninguna inscripción. No lo abrí, solamente lo palpé en varios lugares hasta que sentí el contorno de una llave. No quise ni necesité saber más nada. Le entregué la carpeta y el sobre al fiscal y le dije:
—Querido amigo, mi misión ha terminado. En este sobre hay una la llave y los datos sobre el lugar donde Arnaldo Murga escondió el dinero robado por Juan Voisoglio. Y aquí tenés la famosa carpeta violeta por la cual mataron a nuestro amigo Francisco Arribeño y que refuerza la prueba de la muerte de la señora Severia. Por favor, no la abras ahora y dejemos constancia de eso en el acta, llevátela a tu despacho y ponela bajo fuerte custodia. Sólo te confirmo lo que vos sospechabas: este es un caso federal que te va a quemar las manos. Separalo de la muerte de Severia porque no tuvo nada que ver con lo que hay dentro de esta carpeta. Su hija aprovechó una oportunidad única para hacer lo que posiblemente ya venía madurando desde tiempo atrás: «anticiparle» a su madre la salida de este mundo. Ella vio esa oportunidad cuando gente de inteligencia que le mandó Voisoglio requirieron a su madre esa carpeta (aunque el objetivo inicial era hallar el sobre y la llave que estaban dentro) y, sobre todo, cuando otros espías desconocidos que también querían la carpeta la amenazaron de muerte por teléfono. Antonia pensó entonces que, si algo le salía mal y se investigaban las causas de muerte de su madre, todas las sospechas apuntarían a esos espías que la amenazaron.
Lo que Antonia Murga nunca imaginó es que Ernestina, la amiga de su madre, iba a recurrir a vos para investigar esa muerte dudosa, y que vos, partiendo de pequeños detalles y atando cabos, ibas a detectar sus errores de principiante que te llevarían a descubrir, primero, cómo asesinaron a su madre, y después, quién lo hizo.
Pero hay cosas que, en apariencia al menos, trascienden a las intenciones de Antonia, y que ella ni siquiera supo que estaban ocurriendo: Voisoglio hizo, sin que su amiga se enterara, una copia de su llave de entrada al edificio de la calle Rivadavia y mandó a un sicario para que me siguiera y me golpeara con el objeto de intimidarme. Aunque tengo dudas: ¿y si lo del molde y la copia de la llave fue una simulación para no involucrarla si algo se complicaba?
—¿En qué te basás para dudar?
—Vos la escuchaste a Antonia en la grabación. Cuando se puso fuera de sí por mis acusaciones, me gritó: «¡No debí impedir que Juan te matara, estás vivo gracias a mí!»
—Pudo ser una fanfarronada, un exabrupto propio de su estado anímico.
—Sí, pero Voisoglio era un profesional, no habría dejado en su departamento el dispositivo para copiar llaves que lo incrimina a menos que quisiera proteger a su amiga. Pero dejame que te siga explicando: Voisoglio, hombre de los servicios, debió de enterarse del contenido de esa carpeta y en consecuencia de su potencial valor extorsivo, que era muy superior al dinero robado que había escondido Murga. Recordá que en las conversaciones telefónicas con Antonella, el espía González Metos le llegó a ofrecer por la carpeta seis millones de dólares. Entonces la búsqueda conjunta de esa carpeta tenía para Voisoglio un valor monetario muy distinto que para Antonia, y eso ella nunca lo supo. Había que evitar que alguien encontrara la carpeta antes que ellos. Voisoglio sospechó que Arribeño lo estaba por lograr y lo mató. Cuando vos hiciste arrestar a los dos espías que me seguían, decidió desaparecer, y es probable que nunca se lo encuentre, porque la gente de inteligencia tiene vínculos con los servicios de otros países y se protegen entre ellos. Creo que Antonia no sabía nada de todo esto. Ella sólo quería hacer realidad la fantasía de algunas personas: sacarse de encima a sus molestos y ancianos padres.
«Mi amigo el psicólogo de la policía me abrió los ojos cuando me dijo: ‘Casi todos los que nos consideramos normales, tenemos en nuestra personalidad algún instinto psicopático que puede convertirnos en criminales en determinadas circunstancias, pero siempre dispondremos de una conciencia libre que nos permitirá elegir entre el bien y el mal’. Antonia también tenía su monstruo dormido, pero su madre se ocupó de azuzárselo toda su vida, como suelen hacerlo tantos padres castradores. Pateó siempre al monstruo, tanto lo pateó y lo sacó una y otra vez de su letargo, que cuando Antonia se vio frente al terrible dilema de discernir entre el bien y el mal, ya era tarde, el monstruo había roto sus cadenas y se había adueñado de su conciencia. No le costó mucho transformar a Antonia en una matricida.»
Cuando nos íbamos, los dos nos detuvimos unos segundos para mirar el sillón donde había muerto Severia. Alieto movió la cabeza apesadumbrado, enfrascado igual que yo en sombríos pensamientos sobre la condición humana. Nos fuimos por última vez del departamento de la calle Rivadavia con el ánimo desfalleciente y un sentimiento de amarga resignación.

Me preguntarán qué pasó después.
Se pidió a Interpol la captura de Antonia Murga y de Juan Voisoglio. Antonia fue detenida en Brasil, desamparada y con muy poco dinero. La extraditaron en seguida y quedó con prisión preventiva en una unidad penitenciaria. Su amigo, que posiblemente se quedó con su dinero, se desentendió de ella y la dejó a la deriva, no fue aún localizado. Trascendió que estaría en Medio Oriente haciendo trabajos sucios para una agencia iraní.
Cuando el Fiscal Alieto Fatah y el Juez Hernandorena vieron lo que contenía la carpeta del señor Murga, la derivaron de inmediato a la Justicia Federal.
Los dólares que Juan Voisoglio les robó a sus clientes, fueron hallados en una caja de seguridad de un banco del Uruguay. Al cabo de interminables exhortos judiciales y trámites por vía diplomática, se los pudo repatriar.
En ese estado de cosas, el mundo entero se hundió en una impensada pesadilla medieval: la pandemia de Covid-19 causada por un enemigo invisible: el coronavirus. De repente todos nos quedamos confinados en una cuarentena interminable, impuesta con mayor o menor rigor por gobiernos desorientados que sólo atinan a dar órdenes improvisadas, avances y retrocesos, y a suspender derechos civiles y libertades personales en nombre de la vida y la salud pública. En la Argentina, desde el 26 de marzo los Tribunales están cerrados, los abogados no trabajamos, los chicos no van a la escuela, los deportes y los espectáculos públicos están prohibidos y la economía mundial se derrumba amenazando el futuro de la cultura occidental y de la humanidad misma.
Yo he aprovechado este aislamiento que ya lleva más de noventa días para escribir esta historia reciente de mi carrera de abogado penalista apasionado de la criminología. Ahora es 21 de junio de 2020 y he comenzado a atender algunos casos urgentes en juzgados de turno, aunque los tribunales siguen cerrados. En Buenos Aires y región metropolitana la enfermedad se propaga con mayor rapidez y el gobierno teme el colapso del sistema sanitario. Dios sabe hasta cuándo estaremos encerrados e inactivos.
¿Qué pasó con la carpeta del señor Murga? Cumple su propia cuarentena en algún cajón de Comodoro Pi, desde donde, cosa curiosa, nadie filtró nada a la prensa, y ningún periodista de investigación se enteró de su existencia. O a lo mejor no fue así. A lo mejor alguien habló, sacó fotocopias, se las pasó a alguien. Pero a diferencia de lo que ocurría hace poco más de seis meses, la prensa independiente (catalogada por ciertos poderosos de «hegemónica» y «denunciadora serial») prefirió esta vez la cautela y el silencio.

Epílogo de la infamia
Recordarán que señora Severia estaba leyendo el libro de Borges Historia universal de la infamia. Que Severia haya elegido ese sugestivo título la noche de su muerte pudo ser una simple casualidad. Pero yo prefiero creer otra cosa, prefiero creer que ella tomó ese libro como una metáfora amarga de las circunstancias que rodearon su vida de esposa, madre y funcionaria pública.
En ese libro difícil, Borges retrata la infamia en su estado puro: desde el sacerdote Bartolomé de las Casas, que en 1517 denunció las atrocidades de los conquistadores contra los pueblos indígenas, pero al mismo tiempo le propuso al emperador Carlos V la importación de negros africanos «para que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas»; hasta «El atroz redentor Lazarus Morell», que provocaba en el Mississippi levantamientos de esclavos en las plantaciones, los ayudaba a huir, los refugiaba, y luego los revendía a otros sureños algodoneros, con la aprobación de los propios negros que recibían a cambio una mísera comisión; pasando por «El asesino desinteresado Bill Harrigan», que narra la sórdida historia de un joven de Arizona que mataba porque sí, que a los catorce años mató a un compadrito mejicano, y que fue abatido por un comisario a los veintiuno, «cuando ya debía veintiún muertes, sin contar los mejicanos»; y terminando con «El tintorero enmascarado Hakim de Mev», que era el capítulo que estaba leyendo Severia cuando la sorprendió la muerte. Allí Borges cuenta la historia del profeta enmascarado, venerado como la «cara resplandeciente», conocido como «el velado», porque cubría su bello y esplendoroso rostro con un cuádruple velo de seda blanca recamado de piedras preciosas. En medio de circunstancias difíciles, con su castillo asediado por un ejército enemigo, dos de sus capitanes le arrancaron el velo. Quedó al descubierto la horrible faz de un enfermo de lepra blanca, tan deformada, abultada y llena de tubérculos arracimados, que a todos les pareció una careta. Hakim intentó una desesperada defensa y gritó: «¡Vuestro pecado abominable os impide ver mi esplendor…!» Pero fue inútil, sus propios seguidores, coléricos por la fealdad del profeta, lo atravesaron con sus lanzas.
Severia Correa de Murga soportó muchas infamias en el largo camino de su vida. Adulterios,  humillaciones y mil corrupciones y negocios sucios, tanto de su marido como de su entorno laboral. Iniquidades toleradas por ella, consentidas siempre (con desagrado y resignación, pero consentidas). Fue una funcionaria honesta, pero leal con los corruptos que la rodeaban. En su trabajo no la valoraron nunca por su rectitud personal sino por su silencio aquiescente, por su confiabilidad para sus superiores putrescibles. Conoció los nombres de todos los responsables del crimen del fiscal Berstein y tuvo la «virtud» burocrática de guardar el secreto. Cargó con las infamias de otros por esa misteriosa convivencia, complaciente y desinteresada, que se da entre delincuentes y honrados en la administración pública y en la política. El encubrimiento, el silencio, la discreción cómplice (siempre sin paga, siempre «porque sí», como el asesino de Arizona), la acercaron demasiado a la infamia de los infames. Yo sospecho que Severia siempre temió que le arrancaran la máscara, como a Hakim de Mev. Y ese conflicto lo trasladó a su hija, que fue su decepción, su gran amargura, el fracaso capital de su vida, y también su pobre chivo expiatorio. Antonia no le salió como ella quería, jamás aceptó sus consejos, nunca condescendió a seguir el camino que pretendió imponerle.
Tal vez esa noche Severia supo, o imaginó o intuyó, que su muerte liberadora sería la última infamia que iba a soportar con la connivencia de su silencio. Tal vez la aceptó con resignado alivio. Después de todo, nadie pudo arrancarle la máscara recamada en piedras que ocultó su falso esplendor.
Pero eso nunca lo sabremos.

©2020 Enrique Arenz (Prohibida su reproducción)

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jueves, 18 de junio de 2020

Otra investigación de Facundo Lorences (Capítulos 15º y 16º)


Capítulo 15º
Mientras todo esto sucedía, el almanaque nos marcó una fecha significativa: 27 de octubre de 2019. Ese día, un domingo feliz para muchos y aciago para otros, el peronismo,  en una alianza desesperada de dieciséis partidos, entre ellos el Partido Comunista, ganó las elecciones presidenciales en la República Argentina.
No se hablaba de otra cosa en la calle, en las mesas de café y en los pasillos de los tribunales. La derrota del presidente
Mauricio Macri había sido anticipada en las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO) realizadas el 11 de agosto. Y antes de esas primarias, las encuestas habían vaticinado la victoria del peronismo, pero por muy pocos puntos, lo que auguraba una casi segura victoria de Macri en el balotaje. Pero nadie imaginó que la diferencia de votos sería de tan grande que el rejunte peronista-kirchnerista-marxista se consagraría definitivamente en la primera vuelta.
Este cambio de ciento ochenta grados en la política nacional fue un mal presagio para la Justicia, que volvería a ser objeto de amenazas y atropellos institucionales, designaciones arbitrarias e intentos de reformas judiciales extravagantes.
Porvenir incierto para quienes nos estábamos metiendo con las siniestras ramificaciones de los servicios de inteligencia, el arma preferida del peronismo para controlar y perseguir a empresarios, «enemigos» políticos y periodistas independientes.
De todas maneras, jueces, fiscales y abogados seguimos adelante con nuestro trabajo como lo hacemos siempre, esté quien esté en el poder. Como si creyéramos en serio que la Justicia es un Poder independiente; como si fuera verdad que la política no influye ni ejerce presiones colosales sobre magistrados, fiscales, Consejo de la Magistratura y hasta sobre la Corte misma.

Llegó el informe de la autopsia: en el cuerpo de Severia Correa de Murga se hallaron restos de diacetilmorfina y de diazepam. Quedaba probado que la señora de Murga había sido asesinada en la forma como yo lo había deducido. Ahora faltaba lo más difícil: averiguar quién lo hizo. Le propuse al fiscal mantener esa información en reserva para que no interfiriera con la investigación. Alieto estuvo de acuerdo y solicitó el secreto del sumario. Por el momento nadie conocería el resultado de la autopsia.
También le sugerí a Alieto que el juez requiriera al Banco Central información sobre las cuentas bancarias, plazos fijos en moneda nacional o extranjera y cajas de seguridad que pudieran estar a nombre del señor Arnaldo Murga y de su esposa.
Entretanto, y por razones de seguridad, debí llevar a mi esposa e hijos a la casa de mis suegros en Vicente López, donde se quedarían hasta que todo esto terminara. No podía exponerlos a posibles atentados por parte de criminales con recursos e impunidad como para llevar a cabo cualquier acción dirigida a obligarme a dejar esta investigación. Por suerte ya estábamos en las vacaciones escolares y cerca de las fiestas de fin de año, así que los chicos tomaron ese traslado como una diversión.

Soy reacio a la psicoterapia, en especial al psicoanálisis freudiano, del que descreo por culpa de Mario Bunge y José Sebrelli que me llenaron la cabeza con sus ideas sobre la ciencia y la pseudociencia. En consecuencia, rechacé los muchos consejos bienintencionados de someterme a un corto tratamiento, al menos, conductista (corriente de la psicología moderna indultada por aquellos censores del diván.) Pero como sentí que necesitaba ayuda, me decidí por algo intermedio: le pedí una entrevista a un psicólogo de la policía, amigo mío, el licenciado Alberto Ardenas, para contarle lo que me estaba sucediendo y pedirle algunos consejos.
—Mejor venite el sábado a mi casa, así tenemos tiempo para charlar tranquilos —me invitó con amabilidad cuando le solicité un turno formal en su consultorio.
El sábado por la tarde me aparecí por su chalet de San Isidro.
—Vení, Facundo, vamos a mi escritorio del primer piso para que podamos hablar sin interrupciones.
Subimos a su confortable estudio de la planta alta donde había una amplia biblioteca, un escritorio antiguo de madera tallada y lustrada, varias sillas de estilo, dos elegantes sillones y ¡un diván de psicoanalista!
—No me harás acostar en esa cosa, ¿no?
—Quedate tranquilo, ya sé lo que opinás del psicoanálisis. Sólo nos vamos a tomar un whisky y a charlar como amigos. No sos mi paciente, ¿estamos?
Trajo un buen escocés, sirvió dos copas y nos sentamos en los cómodos sillones. Se sorprendió cuando le dije que había matado a una persona en defensa propia porque la noticia no había llegado a los medios. Le conté los pormenores del hecho.
¿Y cómo te ha afectado eso? —me preguntó.
Todavía no lo sé, no termino de procesarlo. Era un sicario buscado por Interpol, eso me tranquiliza un poco.
—Les salvaste la vida Dios sabe a cuántas futuras víctimas…
 —Mirá, no había pensado en eso. Yo me defendí, fue una reacción instintiva, pero de pronto me encuentro con que he matado a un ser humano…
—Contame lo que sentís.
—Hay una cosa que me preocupa, algo muy feo que descubrí en mi interior. Y esto no se lo dije a nadie, ni a Antonella. En el momento en que percibí una presencia amenazante detrás de mí me di vuelta como un rayo y lancé un cuchillazo al aire, sin saber a quién podía herir.
—Fue una reacción defensiva, esos impulsos forman parte de nuestro instinto de conservación. ¿Por qué decís que te preocupa?
—Porque en ese momento me dominó la ira y tuve deseos de matar. Fue un envión defensivo, sí, pero al mismo tiempo me transformé en una bestia asesina. Fueron fracciones de segundo hasta que recibí el golpe. Pero ese momento de furor, esa sed de sangre que sentí en un brevísimo instante, me viene perturbando mucho. Hoy creo que, si no hubiera recibido ese golpe, me habría lanzado sobre el sujeto ya degollado y lo hubiera apuñalado cien veces. En esa fracción de segundos descubrí una personalidad criminal dentro de mí. Me angustia más esa visión que la muerte que le provoqué en defensa propia a un asesino profesional.
Alberto permaneció en silencio esperando que yo continuara. Pero me había quedado mudo, afectado por la revelación que le acababa de hacer, y que, por primera vez, racionalizaba y expresaba en palabras. Entonces él me dijo:
—Todos tenemos dentro una bestia dormida que puede aparecer en la superficie cuando alguna circunstancia especial la despierta. Está en nuestros genes. Algunos dicen que es una herencia «cainesca», por nuestro antepasado Caín; yo prefiero creer en la evolución, que nos sacó del depredador feroz y carnicero que fue el hombre primitivo, y nos transformó en seres civilizados y sociables. El proceso evolutivo duró milenios, podemos decir que hizo un buen trabajo, pero no pudo eliminar ciertos genes persistentes de ese pasado violento. En las guerras y en las hambrunas se ha visto esa cara oculta de nuestra naturaleza en toda su pavorosa realidad, un sustrato reprimido durante nuestra lenta civilización que, al emerger de su letargo, doblega al individuo social, compasivo y pacífico que creemos ser. Gente normal, bondadosa, que de pronto roba, traiciona y mata con una brutalidad espeluznante. Mirá, por ejemplo, un fenómeno de tanta perversidad y crueldad como el nazismo. No podría explicarse si el ser humano no tuviera dentro de su alma ese monstruo que miles de años de prédica religiosa y de ética civil apenas han logrado encadenar, pero no eliminar. Está ahí, sólo adormecido. Muchos jerarcas nazis que huyeron de Alemania después de la guerra y se refugiaron en varios países de América del Sur, volvieron a ser «buenas personas», excelentes vecinos, honrados trabajadores, seres sociables y amistosos que no hacían ningún daño a nadie. Sus monstruos volvieron a dormirse dentro de ellos.
Esta explicación que me hizo Alberto me apartó del problema psicológico personal que me había llevado a esa entrevista y me trasladó de un salto al caso que estaba investigando. Era uno de esos momentos de extraña lucidez que me iluminaban lo que permanecía en la oscuridad, casi como en una revelación sobrenatural. Pregunté a mi amigo, con una excitación que apenas pude disimular:
¿Creés, Alberto, que una persona que nunca le hizo daño a nadie puede llegar a matar si un detonante latente o potencial le corta las cadenas a ese criminal que lleva encerrado dentro?
—A ver si te lo explico de otra manera. Hagamos una distinción entre el psicópata y la persona normal que somos la mayoría. El psicópata somete, humilla y mata sin ningún cargo de conciencia, no sabe lo que es la bondad, la compasión ni el remordimiento, jamás puede ponerse en el lugar del otro. La única vida que valora y le importa es la suya. Pero es inteligente y conoce las consecuencias de sus actos, por eso trata de que no lo descubran. Es el asesino serial, el que mata a sangre fría por placer o por dinero, el torturador que disfruta haciendo sufrir a otros y el violador que sólo se excita con el sometimiento violento de su víctima. La psicopatía es un trastorno psiquiátrico que determina la mente criminal. Por suerte lo padecen relativamente pocas personas, el uno por ciento de la población mundial, según algunos estudios. Son monstruos en sí mismos todo el tiempo de su vida. Ahora, los que no somos psicópatas y nos consideramos personas normales, tenemos alguna propensión perversa en nuestra personalidad. Está presente en nuestra naturaleza y puede convertirnos en criminales bajo ciertos estímulos. Pero la diferencia entre nosotros y un psicópata es que nosotros estamos dotados de la lúcida capacidad de optar: siempre tendremos a mano el libre albedrío para elegir entre el bien y el mal.
—Borges decía que la ética es el instinto secreto que nos permite distinguir lo que está bien de lo que está mal.
—Sí, eso es —asintió con entusiasmo—, se trata de un instinto, pero un instinto evolutivo, moderno, por decirlo así. No lo poseen los psicópatas. Desde ya no es el caso tuyo. Vos te viste ante un riesgo inminente y lo que actuó fue otro instinto, uno ancestral, tan viejo que nació con la primera célula viva, el instinto de supervivencia. Ahora, que hayas experimentado ese estado de ira descontrolada como para hacer un daño desproporcionado a tu atacante… no lo sé. Habría que trabajar eso en terapia…»
—No, pero yo ahora te lo pregunto por el caso que estoy investigando. Olvidate de lo que me pasó a mí. De pronto me puse a pensar en la persona que mató a la anciana Severia de Murga.
Alberto se rió a carcajadas.
No me extraña, Facundo, tu vocación criminológica es tan fuerte que lo único que te interesa de verdad es descubrir al autor de un asesinato.
—Es que me abriste el cerebro, Alberto. Tu teoría de que una persona común puede transformarse en un nazi y después retornar a su vida normal, ha sido para mí una ventana que se abrió para que entre la luz.
¿Y qué hacemos con tu ansiedad postraumática?
—Olvidate. Ahora estoy bien, gracias a vos.

Durante varios días me dediqué a otros procesos que tenía en danza. Asistí a numerosas audiencias, hablé con clientes presos, con testigos de los que podía depender una condena o una absolución, y me ocupé de un penoso caso de violencia de género. Por importante que fuera para mí la investigación del crimen de la señora Severia no podía desatender a mis otros clientes. El derecho penal es como la medicina de emergencia, los doctores no pueden descuidar a un paciente por atender a otro. Todos son apremiantes e inaplazables, y todos requieren una dedicación a veces agotadora. Y eso no es todo: igual que los médicos de urgencias, a veces los abogados penalistas damos buenas noticias a nuestros defendidos y a sus familiares, logramos un sobreseimiento o una simple pero anhelada excarcelación, y otras, no podemos evitar una funesta condena a prisión perpetua que arruina la vida de un ser humano y arrastra en su desgracia a toda su familia.
El 10 de diciembre asumió el nuevo gobierno peronista-kirchnerista-marxista.
El 24 y 25 festejamos la Navidad en Vicente López. Luego nos trasladamos a Pinamar para esperar jubilosos la llegada del año 2020 junto a mis padres, mi hermana y sobrinos. Comenzó la feria judicial de Enero y la investigación quedó paralizada.
Los dos espías detenidos (o ex espías, o contratados, nunca lo sabremos) fueron procesados por acoso, por violación de privacidad individual, y como sospechosos en el asesinato de Severia Murga. El juez les concedió la libertad bajo fianza. Yo dejé que mi inconsciente (sistema de impulsos reprimidos pero activos que no llegan a la conciencia, diría Freud) trabajara en libertad en el caso de Severia de Murga, mientras mi estado consciente se relajaba y se olvidaba de todo.
Pasamos casi todo enero en Pinamar y hacia fines de ese mes regresamos a Buenos Aires.

En una de mis recorridas por distintos despacho judiciales, me crucé con Alieto Fatah. Apenas me vio, me tomó de un brazo y me llevó a un costado del transitado pasillo. Me dijo que el juez había levantado el secreto del sumario, por lo cual la querella y los dos espías procesados podían tomar conocimiento del resultado de la autopsia; y que Juan Voisoglio todavía no había sido capturado por Interpol, pero se decía que podía estar en los Estados Unidos trabajando para la CIA. En su departamento encontraron un dispositivo para tomar moldes de llaves y dos recipientes con polvo de acrílico y líquido catalizador. Ahora teníamos una prueba de que fue Voisoglio quien le facilitó al sicario paraguayo la llave de acrílico que le encontraron en un bolsillo y con la que pudo ingresar al edificio de la calle Rivadavia para atacarme. El molde todavía conservaba el relieve negativo de esa llave, de lo cual podía deducirse que la obtuvo de manera furtiva en alguno de sus encuentros íntimos con Antonia.
Pero lo más interesante fue el informe del Banco Central que había llegado a última hora del día anterior. Arnaldo Murga y su esposa Severia Correa tenían a su nombre una caja de seguridad de tamaño mediano en el Banco Nación, y un plazo fijo de 128 mil dólares. Este último estaba también a nombre de su hija Antonia, con orden recíproca. Alieto me propuso solicitar al juez una orden para abrir esa caja. Y me preguntó si yo quería pedir esa diligencia procesal.
—Mirá, Alieto, yo no voy a perjudicar a mi cliente— le dije—. Si en esa caja hubiera dinero sin declarar nuestra obligación sería denunciarlo. Pero, al mismo tiempo, ¿y si ahí está guardada la famosa carpeta violeta? Yo no te puedo pedir eso, pero si vos considerás que debes hacerlo, estás en todo tu derecho.
—Ella no tiene acceso a esa caja y tendrá que esperar a que se termine la sucesión para poder abrirla. De cualquier manera, si hay dinero en moneda extranjera el oficial de Justicia que intervenga deberá contarlo y pedir informes a la AFIP antes de que la heredera pueda disponer de esos valores. Si es plata negra tendrá que pagar la multa que corresponda.
Entonces se me ocurre una idea. Que el juez solicite la apertura de la caja en presencia de Antonia y su abogado al solo efecto de verificar si en esa caja se guarda una carpeta de color violeta, sin mirar ninguna otra cosa. Cumplida esa diligencia, si encontramos la carpeta, se la secuestra y la caja se vuelve a cerrar. Lo mismo si no encontramos nada. Quedará bajo custodia del banco hasta que la Justicia Civil haga la declaratoria de herederos.
Alieto se quedó pensando. Finalmente me dijo:
—Vos y tus soluciones heterodoxas. Abrir una caja para buscar una cosa y no prestar atención al dinero de origen desconocido que pueda haber en ella no parece algo muy escrupuloso, desde el punto de vista procedimental. Pero… los jueces tienen una gran potestad para hacer cosas que no están en los libros, así que, ¿por qué no intentarlo? Andá avisándole a Antonia.

Voy a resumir lo que pasó después: el juez ordenó la apertura de la caja de seguridad en las condiciones solicitadas. Con la presencia del oficial de Justicia y de Antonia, que se mostraba muy ansiosa, un funcionario jerárquico del banco abrió con cierta solemnidad la caja de seguridad. Contenía muchos fajos de billetes, calculé a simple vista que debían de haber más de doscientos mil dólares, tal como me lo había dicho Juan Voisoglio. Pero ninguna carpeta, ni violeta ni de ningún otro color.

Capítulo 16º
Había llegado el momento de reunir a las dos mujeres que iniciaron esta investigación:  Ernestina Stocic y Antonia Murga, amiga e hija respectivamente de la difunta Severia Correa de Murga. Les hablé por teléfono y les dije que quería ponerlas al tanto del estado de la causa judicial, y que era necesario que entre los tres hiciéramos un repaso de toda la información disponible para ir sacando algunas conclusiones. Ernestina me propuso que nos reuniéramos en su departamento porque no se sentía muy bien para salir.
El viernes 21 de febrero de 2020, a las cinco de la tarde, Ernestina Stocic nos recibió en su confortable semipiso de Palermo, con aire acondicionado y aroma a café recién hecho. Tomamos el café con una exquisita torta de chocolate que había mandado a comprar para nosotros. Una vez que la mucama retiró el servicio, Severia nos invitó a sentarnos en los sillones de su sala.
—Bueno, doctor Lorences, si le parece comenzamos nuestra conferencia.
—En primer lugar, les informo que la autopsia reveló que Severia murió por la interacción de Valium, un ansiolítico que ingería todas las noches, con una dosis bien calculada de heroína que alguien introdujo en su taza de té.
Ernestina abrió muy grande los ojos y Antonia quedó como petrificada. Yo expliqué:
—En las personas muy debilitadas por su edad avanzada, la combinación de opioides con diazepam disminuye la frecuencia cardíaca hasta que el corazón se detiene. Provoca una muerte tranquila, no deja rastros externos y puede confundir a cualquier médico que observe el cadáver.
—Entonces está probado que la asesinaron. Yo tenía razón cuando lo fui a ver, Facundo.
—Sí, Ernestina, su amiga fue asesinada. Lo que todavía no sabemos es quién lo hizo, y por eso yo las he reunido, para que me ayudan a averiguarlo.
—¿Pero al menos se sabe cómo lo hicieron? —preguntó Ernestina que se había puesto muy nerviosa y estaba tomada de los dos apoyabrazos de su sillón.
—Sí —contesté sin dejar de observar atentamente la reacción de las dos mujeres—, fue el doctor Tuñón el que me asesoró sobre la interacción del Valium con alguna otra droga cuando yo se lo pregunté. También fue el médico el que me hizo ver un detalle revelador sobre la posición de la taza de té.
—¿Eh? ¿Posición… de la taza? —saltó Antonia.
—Ahora voy a eso. Cuando fui por segunda vez al departamento, el día que vos me facilitaste las llaves, Antonia, yo retiré dos saquitos de té usados que estaban descartados en el recipiente de los residuos. Con ellos hice en mi casa un experimento: los sumergí separadamente en agua caliente y comprobé que uno estaba agotado, y el otro apenas usado. Con este experimento pude reconstruir aproximadamente la escena del acto criminal. Les cuento cuál fue mi hipótesis inicial:
«Esa noche, Severia cenó, se cambió para dormir, desplegó las sabanas y el cobertor de la cama para acostarse y, como posiblemente era su costumbre, se dispuso a tomar su té cotidiano con un comprimido de Valium y leer un poco antes de acostarse. Fue a la cocina, calentó agua, la vertió en su taza y puso un saquito dentro para que la infusión se fuera haciendo mientras ella iba a su habitación a buscar el blíster del Valium.
«Mi idea fue en ese momento que el asesino estaba escondido dentro del departamento. Cuando Severia fue hasta su dormitorio, el sujeto se metió en la cocina y vertió en la taza de té una dosis calculada de heroína y volvió a esconderse. Cuando Severia regresó a la cocina extrajo el saquito y lo arrojó a la basura. Puso edulcorante en la taza y se la llevó, junto con el blíster del Valium, hasta la mesita ratona adyacente al sillón de lectura, donde ya había dispuesto el platito y un vaso con agua.
«Tomó un libro de Borges de su biblioteca, Historia universal de la infamia, se sentó cómodamente en el sillón, tomó su Valium de todas las noches y comenzó a beber sorbos de té. Cuando terminó todo el contenido de su taza comenzó a hacerle efecto la interacción del Valium con la heroína. Murió sin darse cuenta, sin mover un solo músculo de la posición que tenía cuando sus ojos dejaron de ver las letras del libro que quedó entre sus manos.
«¿Qué hizo el asesino? Con guantes de látex tomó la taza y la cucharita, las llevó a la cocina y las lavó y secó. Pero para que la escena fuera perfecta, quiso simular que en la taza había quedado un tercio de té que Severia no habría terminado de beber porque la sorprendió la muerte. Para eso puso un poco de agua caliente en la taza limpia y sumergió apenas unos segundo otro saquito de té. Puso unas pocas gotas de edulcorante y llevó la taza y la cucharita de vuelta a la mesita. Pero antes de depositarlas en el plato tomó la mano derecha de la difunta y le hizo tocar distintas partes de ambos objetos, para que quedaran en ellos sus huellas dactilares.»
—¿Pero por qué el asesino tomó tantas precauciones si la muerte iba a parecer natural? —preguntó Ernestina.
—Porque sospechaba que Severia pudo haberle dicho a alguien que había recibido amenazas por el asunto de la carpeta y no podía descartar que hubiera una denuncia y una investigación sobre su muerte. El asesino tenía que curarse en salud. Quiso prevenir una eventual investigación y asegurarse de que no quedaran rastros del plan criminal.
Permanecí unos segundos callado observando el grado de tensión que mi relato había provocado en las dos mujeres. Parecían estatuas en sus asientos. Entonces dije con cierta teatralidad de novela policial clásica:
—Pero el asesino cometió un error.
—¿Un error? —exclamaron al unísono las dos mujeres.
—Sí, un error que difícilmente se le hubiera escapado a un asesino profesional: depositó la taza de manera incorrecta.
—¿Qué querés decir con eso? —esta vez fue Antonia la que habló.
—Miren esta foto —les mostré mi celular—. ¿Qué ven de raro en la posición de la taza?
Ninguna de las dos pudo responder a esta pregunta.
—El asa está ubicada del lado opuesto a Severia. Al beber su té de a sorbos, cada vez que ella depositaba la taza sobre la mesita tenía que hacerlo con el asa de su lado. De no haber sido por ese detalle tal vez nunca hubiéramos esclarecido el caso, y hoy estaríamos quizás ante un crimen perfecto.
Pero… ¿quién pudo ser el asesino escondido y cómo hizo para entrar en el departamento? —preguntó Antonia.
—Esa es la cuestión. Yo también me lo preguntaba, hasta que el laboratorio informó que en ninguno de los saquitos de té había vestigios de droga alguna. Eso desarticuló mi teoría, pero cuando la autopsia reveló que el cuerpo de Severia mostraba restos de heroína repensé la hipótesis y llegué a la conclusión de que yo me había equivocado.
Las dos mujeres se quedaron inmóviles y calladas mirándome azoradas. Continué:
—Tampoco me cerraba que un asesino profesional haya dejado en el recipiente de los residuos dos saquitos de té, cuando debió retirar el segundo y dejar sólo el primero.
—¿Pero que está queriendo decir, Facundo, que quien asesinó a Severia no fue un profesional enviado por las personas que la amenazaron? —preguntó exasperada Ernestina.
Usted lo ha dicho, el asesino no fue un profesional, fue alguien conocido de la víctima que estaba con ella la noche del crimen.
—Eso no es… posible, ella fue amenazada… —replicó Antonia muy alterada— quienes la mataron debieron de ser esas personas.
—Sí, fue amenazada y estaba muy asustada, por eso le pidió a alguien de su total confianza que la acompañara esa noche fatídica.
Las dos mujeres se miraron entre ellas cuando pronuncié esas enigmáticas palabras.
—¡Anabel! —exclamó Ernestina sobresaltada— Ella trabajaba para Severia. No me diga que…
—No, Anabel queda descartada porque esa noche estuvo en un cumpleaños en Morón. Ya la investigó la Fiscalía —contesté,  y a continuación me dirigí a Antonia—: Pero antes de continuar veamos el problema desde otros ángulos. Uno de los sospechosos, Antonia, tu ex amigo y ahora prófugo Juan Voisoglio, había sido socio de tu padre en sus andanzas financieras. Vos lo sabías, por eso te pido que nos lo cuentes ahora con sinceridad, no sirve de nada ocultar culpas de otros que de todas maneras se van a saber.
Antonia quedó paralizada mirándome fijo. Yo la miré con gesto amistoso, para animarla a hablar. Finalmente lo hizo:
—Mi padre hizo muchas cosas incorrectas en su vida. Entre ellas, ser testaferro de Juan Voisoglio a quien conoció poco antes de jubilarse, cuando éste comenzó a trabajar como agente de inteligencia contratado. Voisoglio se dedicaba a sacarle dólares a los ahorristas con engaños de inversiones ficticias, y comenzó a acumular una gran fortuna. Como sabía que en cualquier momento podían descubrirse sus maniobras, no podía tener en su poder ese dinero negro ni blanquearlo a su nombre. Entonces le ofreció a papá que fuera su testaferro a cambio de una comisión. La mayor parte de los dólares que viste en la caja bancaria es lo que Juan le pagó por esconderle su dinero.
—¿Y qué pasó con esa plata?
—Cuando Juan fue a la cárcel por estafa, mi padre la escondió en algún lugar desconocido. Eran alrededor de tres millones de dólares. Es posible que estén guardados en una caja bancaria en el Uruguay bajo un código cifrado.
—¿Tu mamá sabía eso?
—No, a ella le mintió, y le aseguró que Juan Voisoglio lo había estafado en cincuenta mil dólares. Fue cuando los medios difundieron la estafa a cientos de ahorristas. Lo hizo para que mamá, que conocía sus vínculos laborales con Juan, no sospechara que ambos tenían algún tipo de sociedad. Entonces el viejo sobreactuó y simuló estar entre las víctimas de esa estafa. Mi madre era brava en eso, se enorgullecía de ser muy recta, casi obsesiva con su honradez personal y su respeto por la ley, y por eso mi padre siempre le escondió sus conductas impropias.
—Ahora explicanos qué tiene que ver la carpeta violeta con el dinero oculto.
—Cuando papá estaba en terapia intensiva, en un momento de lucidez quiso hablar conmigo y me confesó que se había quedado con el dinero de Voisoglio. Me pidió que no le dijera nada a mamá y que si él moría yo me quedara con esa plata. «Dejé un sobre cerrado que contiene una llave de seguridad y la indicación y documentación del lugar en donde guardé los dólares. Ese sobre está al final de todo en una carpeta violeta que contiene información secreta de inteligencia. Sacá el sobre y quemá la carpeta sin revisarla» ¿Y dónde está esa carpeta?, le pregunté acercando mi oído a su boca porque casi no podía hablar.  «Está en…» Balbuceó unas palabras confusas. Sólo entendí «del lado de adentro». Le pedí que lo repitiera, se esforzó por respirar una vez más para hacerlo, pero apenas le salió un bisbiseo inaudible. No entendí nada. En ese momento volvió a entrar en coma y al otro día falleció.
—¿«Del lado de adentro», te dijo? —pregunté intrigado.
—Sí, pero es como si no me hubiera dicho nada.
Me quedé pensando. Mi inconsciente me estaba queriendo decir algo, pero no era el momento de concentrarme en eso. Continué:

—Bien, sigamos. Con posterioridad vos te encontraste con Voisoglio a quien ya conocías de antes porque te lo había presentado tu padre. Le propusiste buscar juntos la carpeta violeta y repartirse la plata por partes iguales —dije con tono seguro, aunque esto yo no lo sabía, era sólo una conjetura.
—Nos encontramos por casualidad en el supermercado. Él fue a pagar a mi caja y nos saludamos. Le dije que quería hablar con él, que tenía una idea de donde estaba la plata que le había guardado mi padre (no le dije que su intención fue quedársela), y que si la buscábamos juntos nos repartiríamos el monto. Negociamos, me ofreció la tercera parte y yo acepté. Mientras planeábamos la búsqueda de la carpeta violeta comenzamos a sentir atracción recíproca, y así nació nuestro romance.
—Dejame que haga algunas deducciones, te asociaste con Voisoglio porque él era agente inorgánico de inteligencia y sabía que esa carpeta contenía información ultrasecreta sobre la muerte del fiscal Berstein.
—Claro, había que conseguir la carpeta, y yo suponía que mamá la conocía y podía saber dónde estaba. Entonces fue cuando lo llevé a Juan a casa para que le saldara esa inexistente deuda inventada por mi padre, y que con ese gesto se reconciliara con ella. Juan estuvo conmigo dos veces en el departamento de Rivadavia; no llegó a ganarse la confianza de mamá, pero sí que lo conociera lo suficiente como para que un día él le llevara a dos agentes de la AFI que le pidieron la carpeta. No es verdad que la amenazaron, fueron bastante educados, pero sí le advirtieron que si no devolvía esa carpeta a las autoridades de la Agencia iba a tener serios problemas legales. Quizás mamá nunca vio esa carpeta, pero no lo puedo asegurar. Ella les juró a esos tipos que no sabía de qué le hablaban. Entonces la conminaron a que se pusiera a buscar esa carpeta.
—Posteriormente los dos sujetos volvieron pero ella no les abrió la puerta —recordé yo—. Por último, la llamaron por teléfono y la amenazaron de muerte.
—Pero esos ya eran otros. Fueron los agentes del grupo Jaime, una cofradía interna de los servicios paralelos, que se enteraron por un descuido o infidencia de algunos de los dos secuaces de Juan, de la existencia de esa carpeta que todos creían que papá había destruido cuando se lo ordenaron. Ni Juan ni yo tuvimos nunca el pensamiento de amenazar a mamá y mucho menos de hacerle algún daño. Sólo queríamos sacarle buenamente el secreto del escondrijo de la carpeta. Cuando se supo en los servicios que esa carpeta que debió destruir mi padre estaba intacta en algún lugar, se movilizó una maquinaria infernal que nos hizo mantenernos al margen. Si el contenido de esa carpeta tomaba estado público, los "cuadernos de Centeno" iban a ser un poroto. Las cosas se habían puesto muy peligrosas.
—¿Y qué decidieron respecto de la búsqueda del dinero?
—Quedamos con Juan en suspenderla por el momento, hasta que todo se calmara. Él estaba muy preocupado por las investigaciones que vos estabas haciendo, sobre todo porque conocía a un informante tuyo que era muy capaz de llegar antes que nadie a la carpeta.
—Ese es un dato muy importante porque sospechamos que Juan Voisoglio asesinó a mi informante. Ahora decime, Antonia, vos no tenías acceso a la caja de seguridad del departamento de tu mamá y mucho menos a la del banco Nación que estaba únicamente a nombre de tus dos padres. ¿No pensaste en algún momento que la carpeta podía estar guardada en alguna de las dos cajas?
—Claro que lo pensé. Pero no podía decirle nada a mamá sobre el asunto y no veía de qué forma podía pedirle que abriera la caja de casa y menos que fuera conmigo a abrir la del banco. A mamá no la manejaba nadie, tenía un carácter férreo y era muy desconfiada.
—Pero cuando ella falleció vos abriste la caja de su casa, sacaste un dinero para pagar el sepelio y de paso comprobaste que allí no había ninguna carpeta violeta. Y cuando fuimos a fines del año pasado al banco y abrimos con orden judicial la caja de tus padres en busca de esa carpeta, no encontramos nada, salvo mucho dinero en dólares. Cuando hicimos esa apertura vi en tu rostro una expresión de gran desconcierto y también de evidente alivio. Si hubiera estado allí la carpeta violeta el fiscal la habría secuestrado y adiós al sobre con la llave que dejó tu padre en ella.
Por supuesto, se trata de mucha plata escondida en algún lugar. La parte que me tocaría es más de un millón de dólares.
—Pero es dinero ilegal, ¿tenías conciencia de eso?
—Sí, que se yo… no me puse a pensarlo.
Ernestina escuchaba este diálogo muda y muy tensa. Yo continué zumbando como un moscardón alrededor de esas dos cabezas alteradas.
—Volvamos a la noche que asesinaron a tu madre. Pero antes quiero contradecirte en algo. Vos me dijiste que nunca te quedabas a dormir en la casa de tus padres, excepto los días de Navidad y Año Nuevo. ¿Es así?
—Sí.
—¿Y si yo te digo que solías quedarte algunas noches para acompañar a tu mamá cuando ella te contó que la habían amenazada y tenía miedo de quedarse sola?
Ernestina saltó:
¡Antonia, tu madre me aseguró que no te había dicho nada! ¡Y vos misma te mostraste asombrada cuando te pedí que vinieras a verlo al doctor Lorences! Y ahora reconocés que planeaste esas visitas con tu amigo Voisoglio. ¡Cuánta hipocresía, Dios mío!
—Eh… sí, Ernestina, mamá me contó lo que yo ya sabía, lo de las visitas planificadas por Juan y yo, y después me dijo lo de la amenaza telefónica, pero me pidió que lo mantuviera en secreto. Lamente haberte mentido y me disculpo por eso, pero yo estaba muy desorientada.
Interrumpí el tenso intercambio entre las dos mujeres:
—Volvamos a lo que estábamos hablando. Me di cuenta de que vos te quedabas a dormir algunas noches cuando vi tus chinelas asomando debajo de la cama.
—¿Y eso qué... prueba? —preguntó Antonia vacilante. 
—Es una simple deducción. Los pequeños detalles son los más importantes. Me dijiste que tu madre mantenía impecable tu dormitorio porque se ilusionaba con que un día volvieras a vivir con ella, ¿es cierto?
—Sí.
—Era comprensible, ese departamento iba a ser tuyo como única heredera y lo más lógico hubiese sido que vivieras allí y no tuvieras que pagar un alquiler. Y con esa esperanza tu madre hacía limpiar y encerar los pisos todas las semanas. ¿Es normal mantener un par de chinelas al pie de la cama en una habitación que nadie usa y que se limpia y encera cotidianamente? No, desde ningún punto de vista. Si esas chinelas no se usaban nunca, debieron estar guardadas en algún cajón.
—Bueno… e, es que… alguna vez…—tartamudeó Antonia.
—Hablemos claro Antonia, ¿estabas o no con tu madre la noche en que la mataron?
Ernestina lanzó un gritito y se agarró la cabeza con las dos manos. Antonia no contestó nada y su cara tomó una palidez mortal. Entonces hablé yo con toda serenidad:
—Yo te lo voy a decir. Vos te habías quedado a dormir varias noches en el departamento de tu madre para acompañarla, por eso estaban tus chinelas a mano. Y también estuviste la noche del crimen. Ante la imposibilidad de encontrar la carpeta, decidiste que la única forma de acceder a la caja del departamento, y posteriormente, luego de un juicio sucesorio, a la caja del banco, era que tu anciana madre se muriera de una buena vez.
Ernestina se paró de un salto. Me gritó:
¡Doctor Lorences!, ¿en qué se basa para lanzar esa horrible acusación sobre Antonia?¿Qué se ha creído?
—Tranquilícese, Ernestina —le dije amablemente—, déjeme terminar. Todo va a quedar aclarado.
Ernestina volvió a sentarse. Yo continué:
—Tu madre te quería mucho, Antonia. Tenía un temperamento autoritario, era muy rígida, muy controladora, pero por lo que me contó Ernestina, y hasta el propio Voisoglio, ella te quería y sólo pensaba en tu futuro. Pero vos a ella nunca la quisiste. Te llevabas mejor con tu padre porque era parecido a vos, transgresor, poco escrupuloso, corrupto, capaz de pagarle servicios sexuales a la sirvienta de su mujer con dinero del Estado,
¡No te permito! —gritó Antonia.
—Lo sé porque hice recuperar los archivos que vos borraste de la netbook de tu padre —le mentí, y por su expresión comprobé que le había pegado al chancho de su propiedad—. Continúo. Vos odiabas a tu madre. Habrás tenido tus razones, pasaste una mala niñez y ella te presionó siempre para que hicieras la vida que ella quería. Uno puede llegar a detestar a su madre por eso. No te estoy juzgando. Sólo analizo con objetividad que la muerte de Severia era la única manera de librarte de su tiranía, de heredar su departamento y su dinero y encontrar la carpeta que contenía la clave para hacerte de una fortuna que disfrutarías, sola o con Juan Voisoglio, eso no lo sé. Ella era muy anciana, no tardaría en llegarle la muerte natural, pero entretanto el tiempo pasaba y ella seguía viva. A tu edad, Antonia, las mujeres suelen ver con horror que los años comienzan a llevarse pedazos de su juventud. Entonces decidiste ayudar a la naturaleza para que diera de una vez ese paso tan cercano e inevitable, y que lo hiciera de una manera rápida e indolora. Vos fuiste estudiante de Farmacia, por lo tanto conocías los efectos de la heroína con el diazepam y sabías cómo obtener esta sustancia y en qué dosis había que suministrarla. Esa noche cenaron juntas y ella se fue a leer a su sillón. Vos te ofreciste para llevarle el té y alcanzarle el blíster de Valium con un vaso de agua. Preparaste el té en la cocina, quitaste el saquito, lo tiraste a la basura y después pusiste en la taza la heroína. Por eso no había rastros de esa sustancia en el saquito. Este detalle prueba que el té no lo preparó Severia sino otra persona que estaba con ella. Después fuiste tranquilamente a la cocina, lavaste y guardaste tu plato y cubiertos y dejaste en la pileta sólo los de Severia, para que pareciera que ella había cenado sola.
«Lo demás ya lo dije antes: la limpieza de la taza, la preparación de un tercio de esa taza con el té sumergido unos segundos en esa poca agua caliente, y el descarte del otro saquito de té.»
¡Antonia, por el amor de Dios! —exclamó angustiada Ernestina—, decí algo. Desmentí esas horrendas acusaciones que te están haciendo.
Pero Antonia estaba paralizada, temblando sudorosa y con la mirada baja.
—Vos sabías, Antonia, que yo iba a descubrir la verdad. Lo sabías por intuición, porque sos inteligente, y porque te alarmó que yo empezara a observar algunas cosas que quizás se te habían escapado. Entonces trataste de seducirme, esa era la única arma que tenías para apartarme de la pista que me llevaba hacia vos. ¡Y qué arma poderosa! Pero por suerte pude evitar caer en ese lazo, aunque te aseguro que estuviste a un milímetro de lograrlo. La primera vez fue cuanto te invité a cenar y me hablaste de sexo, que es una de las formas de cautivar a un hombre. Y después me atacaste con toda tu artillería cuando te visité en tu departamento. Sos una mujer muy atractiva, Antonia, debió dolerte ese fracaso.
Cuando dije esto Antonia levantó la vista y me miró con los ojos de una serpiente furiosa lista para saltar sobre mí. Yo, imperturbable, continué mi exposición:
—Lo que vino después del crimen es para mí lo más escalofriante, no esperaste a que tu madre estuviera muerta, tomaste su llavero y fuiste directamente a la caja de seguridad que está en tu propio dormitorio. Moviste la falsa pared corrediza, abriste la caja y con gran decepción comprobaste que allí no estaba la carpeta. Te dirigiste al cuarto de tu padre que era el único lugar en el que no habías husmeado antes, revolviste desesperada todo pero allí no había nada salvo papeles sin valor. Entonces vista la netbook y decidiste llevártela para ver si podías encontrar en ella algún indicio. Pero te olvidaste el mouse sobre el escritorito, otro error de principiante, y cuando yo lo descubrí saliste del paso diciendo que alguien se había robado la netbook. Cuando revisaste sus archivos no encontraste nada sobre el paradero de la carpeta, pero descubriste los pagos que le había hecho tu padre a Anabel con plata de los fondos reservados, e inferiste, conociendo a tu padre, que esos pagos eran a cambio de favores sexuales. Como yo había notado la existencia de una computadora y vos dijiste que alguien se la robó, no quisiste dejar ningún cabo suelto, borraste los archivos comprometedores y llevaste nuevamente la computadora al departamento.
«Pero a todo esto ya había movimiento en los grupos de inteligencia dispuestos a recuperar la carpeta. Son tres, enfrentados entre sí. Cuando alguno de esos grupos supo que yo estaba investigando la muerte de Severia, creyó que los asesinos formaban parte de alguno de los otros dos. Temieron que yo pudiera dar con la carpeta que los comprometía a todos y decidieron atacarme para que yo abandonara la investigación. Y ahora te pregunto, Antonia, ¿sabías que el que mandó al sicario paraguayo a golpearme fue tu amigo Voisoglio?
—No, no lo sabía ni tuve nada que ver en eso, jamás hubiera aceptado una acción violenta.
—Te creo, porque en el departamento de Juan Voisoglio la policía encontró un molde con la marca de la llave principal del edificio de la calle Rivadavia. Eso prueba que vos no interviniste en esa operación, aunque él pudo haberlo hecho para protegerte. Eso no lo sé. Pero volvamos a la noche del crimen, Antonia —y dije esto con intención de provocarla—: cuando no encontraste la carpeta en todo el departamento te acostaste a dormir…
¡No! —exclamó Antonia, indignada—, no me acosté a dormir. ¿Cómo iba a hacer algo así estando mi madre agonizando en la sala?
Logré que tropezara. Ernestina la miró horrorizada ante ese fallido.
—Bueno —dije yo—, me disculpo por esa suposición de inhuma frialdad. Y no lo digo con sarcasmo, porque para tu estado de conciencia de ese momento, ayudar a tu madre a morir no fue un asesinato sino una suerte de eutanasia piadosa. Adelantaste su muerte natural, y procuraste que no sufriera. Entonces, decime, Antonia, ¿qué fue lo que hiciste después de abrir la caja de seguridad?
Antonia había entrado en un estado hipnótico luego de escuchar mis palabras. Empezó a hablar en voz baja y monótona:
—Fui a la sala y comprobé que mamá ya había fallecido. Me quedé sentada en una silla a su lado, convencida de que le evité el tramo final de una vejez solitaria y achacosa. ¿De qué vale vivir así? Las dos estábamos mal, mientras ella sufría, mi juventud se estaba yendo. Le hablé; por momentos lloré, le reproché lo que había hecho conmigo, todo el dolor que me había causado con su ausencia cuando yo era una nena triste y maltratada, y después, con su despotismo egocéntrico cuando fui adulta. A las siete llamé a su médico para que certificara el deceso.
—El médico no se dio cuenta de lo que había sucedido —comenté—, pero observó el detalle, para él trivial, de la posición de la taza. Me lo comentó a mí, y eso sirvió de punto inicial para la investigación que terminó con el esclarecimiento del hecho. En síntesis: a la señora Severia Correa de Murga la mató su propia hija. ¿El móvil del crimen? Una rara mezcla de rencor, hastío, aversión… y, aquí está el factor desencadenante: una irrefrenable codicia de dinero y buena vida antes de envejecer.
Cuando pronuncié estas últimas palabras, Antonia pareció despertar de su aturdimiento. Se paró como un resorte, me miró con ojos destellantes de odio y me gritó furiosa «¡Hijo de puta, mal parido, perro de presa, no debí impedir que Juan te matara. Estás vivo gracias a mí, adúltero reprimido. Te vas a la reputa que te parió!» Tras lo cual manoteó su cartera y se fue del departamento dando un portazo.
Ernestina y yo nos quedamos mirándonos en silencio.
No puedo creer lo que he escuchado —murmuró Ernestina con voz desfalleciente. Luego me preguntó—. ¿Puede probar todo esto ante la Justicia?
—Creo que sí. Además, grabé toda esta conversación. Lamento el disgusto que se ha llevado, Ernestina, sé que usted quería mucho a Antonia.
—Estoy deshecha, Facundo. Ahora le pido que me deje sola. Yo me encargo de llamar a mi hermano para ponerlo al tanto.
©2020 Enrique Arenz (Prohibida su reproducción)
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