martes, 22 de marzo de 2022

Alsogaray el 24 de marzo de 1976


ALSOGARAY FUE EL ÚNICO POLÍTICO QUE SE OPUSO AL GOLPE DE ESTADO

Todos los años lo repito para esta época: Un solo político se opuso tenazmente al golpe del 24 de marzo de 1976: el ingeniero Álvaro C. Alsogaray quien en un comunicado público que lleva la fecha 18 de marzo expresó:

"Nada sería más contrario a los intereses del país que precipitar en estos momentos un golpe. Las fuerzas armadas supieron retirarse en mayo de 1973 de la escena política y no deberán volver a ella sino cuando esté realmente en peligro la supervivencia misma de la libertad. Constituyen la última reserva y no deben ser arriesgadas bajo estas condiciones. Entregaron el poder a los líderes políticos, incluyendo entre estos a los dirigentes sindicales y empresarios que actúan en función política, y fueron esos líderes quienes crearon el caos actual. Por lo tanto, son los únicos responsables, los verdaderos y exclusivos culpables de esta gran frustración argentina, y a ellos incumbe enfrentar las consecuencias y resolver, si pueden, el drama en que han sumido al país"

Fue la única voz que se oyó en medio de la impaciencia ciudadana para que el general Videla (que inicialmente se mostraba vacilante) tomara por fin la decisión de encabezar la rebelión militar. El líder de la oposición, Ricardo Balbín, desconcertado, había dicho por televisión que él no tenía soluciones. La gente hablaba en la calle y decía que había que sacar de una vez del poder a esa "pandilla de delincuentes", los diarios no opinaban, sólo informaban cautamente. Sólo La Tarde, creado por Jacobo Timerman y dirigido por su hijo Héctor, fogoneaba la intervención de las Fuerzas Armadas.

Hasta el Partido Comunista, unos días después del 24 de marzo, emitió un comunicado de apoyo a las nuevas autoridades de la Nación, expresando sus deseos de que pusieran orden, terminaran con el terrorismo y ordenaran las cuentas públicas.

Alsogaray fue el único. Lo intentó por todos los medios, pero fracasó. Él tenía razón, tenían que funcionar las instituciones: "¿Por qué un golpe de Estado habría de liberar a los dirigentes políticos de su culpabilidad?", se preguntaba Alsogaray en su solitario pronunciamiento. "¿Por qué transformarlos en mártires incomprendidos de la democracia precisamente en momentos en que se verán obligados a proclamar su fracaso?"

Una de las ediciones de Clarín del 21 de marzo de 1976, en cuya tapa se muestran dos imágenes: la de Alsogaray, que se oponía al golpe, y la de Jacobo Timerman, que con su diario La Tarde, dirigido por su hijo Héctor, lo fogoneaba.

Y afirmaba su convicción con estas irrebatibles palabras: "Dentro de tres meses el país entero estará clamando que se vayan, pero no como perseguidos sino como culpables. No necesitamos un golpe de estado".

La tesis de Alsogaray era institucional y de gran sentido común: no había que dejarse arrastrar por el clamor civil que presionaba sobre las fuerzas armadas. Éstas debían permanecer unidas, bien cohesionadas y prescindentes mientras se desarrollaban los acontecimientos. Las instituciones de la República debían funcionar de acuerdo con las leyes. Había muchas opciones disponibles, incluyendo el traspaso del poder a la Corte Suprema. Y en última instancia, cuando los acontecimientos se hicieran incontrolables, allí estarían las Fuerzas Armadas, listas, preparadas para impedir el asalto al poder de grupos insurgentes o salir a restablecer el orden a requerimiento siempre de las autoridades legalmente constituidas.

En su libro Experiencias de cincuenta años..., Alsogaray cuenta lo ocurrido en esa época, y según su opinión no había posibilidad de desplazar a la presidente por la vía del juicio político. Asegura que lo único que podía esperarse era una descomposición total del sistema que provocara una reacción del pueblo argentino en las elecciones que debían convocarse para diciembre de 1976.  Alsogaray, a quien tan injustamente se ha querido involucrar en ese golpe, creía en la salida democrática. Había que votar, y que el pueblo pusiera las cosas en su lugar, harto de tanta demagogia, corrupción, desorden e impericia.

"Mi advertencia no tuvo ningún efecto", reconoce con tristeza el ingeniero. "El movimiento estaba ya lanzado y, como siempre ocurre en estos caso, era prácticamente imposible detenerlo. Por otra parte, el entusiasmo por el golpe de Estado en niveles elevados de la comunidad era un factor estimulante para la realización del mismo".

Si alguien podía hacer algo en ese momento para disuadir a los militares de lanzarse a esa peligrosa aventura, era Alsogaray, figura altamente respetada por los sectores castrenses. Sin embargo, a pesar de todos sus esfuerzos, el golpe se hizo, es decir, Alsogaray no pudo concretar uno de sus objetivos más nobles, democráticos y lúcidos de su carrera política de medio siglo.

A cuarenta y seis años de aquellos sucesos, yo prefiero recordar el 24 de marzo de 1976 como el día en que Alsogaray fracasó en su intento por rescatar las instituciones republicanas y salvar la democracia. Recordar ese gesto tan lúcido es la mejor forma de honrar la memoria de ese talentoso hombre público que fue el inolvidable ingeniero Álvaro C. Alsogaray.


Enrique Arenz

(Se permite su reproducción citando este blog) 


Otros artículos sobre Alsogaray (cliquear en los títulos)

sábado, 22 de enero de 2022

LA LIBERTAD INDIVIDUAL Y EL ESTADO, SEGÚN LA SANA DOCTRINA LIBERAL


Fragmento del Cap. 5º del libro "Libertad: un sistema de fronteras móviles", de Enrique  Arenz (1986)

Los límites del Estado han sido siempre un motivo de discusión, ya que de la misma manera con que algunos pretenden llevar su poder hasta extremos en que el hombre se transforma en su siervo, otros pretenden negar toda forma de autoridad política, aduciendo que el menor atisbo de coerción gubernamental implica pérdida de libertad.

Ninguna de ambas posiciones es aceptable. Es más, constituyen las dos caras de una misma moneda totalitaria: el colectivismo y el anarquismo.

Von Mises se encargó de aclarar, con estas palabras los fundamentos del orden jurídico en un sistema de libertad: “Mientras el gobierno, es decir, el aparato social de autoridad y mando, limita sus facultades de coerción y violencia a impedir la actividad antisocial, la libertad individual prevalece intacta. Esta coerción no limita la libertad del hombre, pues aunque éste decidiera prescindir del orden jurídico y el gobierno, no podría al mismo tiempo disfrutar de las ventajas de la cooperación social, y actuar sin frenos obedeciendo a sus instintos de violencia y rapacidad”.

En efecto, cuando las personas delegan la defensa de su libertad en una organización social, no renuncian a dicha libertad, ya que lo que quieren es precisamente preservarla. A lo que renuncian es a la irracionalidad y a la violencia. Por eso nadie puede ser libre si no se desenvuelve en un medio social donde todas las personas hayan pactado cooperar entre sí para ser libres.

Es obvio que los gobiernos carecerían de toda justificación moral si las personas no tuvieran aquellos instintos de rapacidad y violencia que los llevan a enfrentar permanentemente entre sí. De no existir reglas estipuladas de convivencia y una fuerza defensiva organizada, los más fuertes e inescrupulosos terminarían por someter a los más débiles e indefensos. La justificación moral de todo gobierno se nutre en un derecho natural de todo ser viviente: usar de la fuerza para defenderse de las acciones destructivas de los demás.

Nadie pone en duda que el derecho más elemental e incuestionable de todo ser humano es el derecho a vivir y a conservar la propia existencia. Este derecho, lógicamente, implica el uso de los medios adecuados para la obtención del sustento y la preservación de la vida y la salud. (Recuérdese que hay una sola cosa que una persona puede hacer sin medios: dejarse morir). Ahora bien, si admitimos el presupuesto del derecho a la vida y al uso de los medios idóneos para defenderla, fácilmente deducimos que el hombre es libre para elegir, usar y disponer de una variedad ilimitada e imponderable de dichos medios con los cuales ha de conservar la vida, ponerla a cubierto de futuros riesgos, asegurar la supervivencia y bienestar de los hijos, acumular reservas para la vejez y eventuales enfermedades y, finalmente, alcanzar fines superiores. Nadie puede razonablemente negarle al hombre tales lógicas atribuciones, con lo cual queda claramente perfilado su derecho natural e inalienable a poseer bienes y disponer libremente de ellos. He aquí el sentido de la propiedad privada.

Pero la propiedad privada sería ilusoria si no se la protegiera en forma efectiva mediante el orden jurídico. Los más fuertes y violentos impedirían este derecho a los más débiles y terminarían por apropiarse de todo. La vida humana se extinguiría en el planeta.

En todos los tiempos han existido hombres pacíficos y hombres violentos. Personas buenas y personas malas. Los pacíficos han intentado vivir en comunidad, trabajando, creando e intercambiando libremente el fruto de su trabajo. Pero los violentos, han utilizado sus energías destructoras para imponer su voluntad a sus semejantes y apropiarse por la fuerza de las energías creadoras de los demás.

He aquí, en esta realidad de la condición humana, la primera amenaza a la libertad del ser humano. Caín impone su violencia homicida sobre el pacífico Abel. El Antiguo Testamento nos muestra descarnadamente esta trágica circunstancia que habrá de acompañar eternamente el destino del hombre: la libertad y su amenaza permanente. El hombre pacífico frente a su tirano, el hombre violento.

Como se recordará, Leonard Read define a esta realidad como “el único problema social que existe”, ya que todo lo demás queda en la jurisdicción de lo creativo y lo individual.

Según hemos visto, el derecho a la vida y a conservar la propia existencia, implica necesariamente el derecho a la libre elección de los medios con los cuales lograr tales primarios fines. No cabe pues duda de que la libertad individual es un derecho anterior al hombre mismo ya que proviene de su Creador que lo dotó de la voluntad de vivir y del instinto de la supervivencia. La libertad, sin embargo (y esto también lo dijimos), sólo es posible en un contexto de organización social, ya que el hombre primitivo jamás pudo ejercerla. Es, por lo tanto, un derecho que requiere el voluntario propósito de cultivarlo (la conciencia del hombre libre es, en rigor, un estado cultural), un derecho que exige una clara convicción de su conveniencia social y, sobre todo, una firme decisión de preservarlo. La manera moderna de ejercer la libertad individual (sobre todo en el plano económico que es donde alcanza su máxima significación social) constituye, como afirmamos al principio de este capítulo, la gran conquista de la civilización occidental. Pero una conquista constantemente amenazada y puesta en tela de juicio. Por ello la libertad es un derecho que debe ser defendido todos los días, un derecho ligado a la vida misma que -al igual que ésta- se halla expuesta a mil peligros y acechanzas.

Por esta razón la libertad no es posible sin los medios adecuados para defenderla. Ahora bien, cualquiera tiene el derecho moral de impedir las acciones destructivas de los demás. Pero, por las razones que analizaremos a continuación, la persona pacífica no puede enfrentar por sí misma a los seres violentos que amenazan su libertad.

En primer lugar porque la persona pacífica que dedica todas sus energías creativas a su trabajo, no puede estar de vigilante, temeroso de las acechanzas de los demás. Y aunque así lo hiciera, su reducido ámbito de información no le permitiría conocer los peligros que se ciernen sobre su vida y bienes, tramados a veces a mucha distancia.

Porque si cada individuo se hiciera cargo personalmente de su propia defensa, tendríamos en la Argentina 40 millones de tribunales de justicia, cada cual con su propia concepción del derecho.

Porque al hombre sólo le está moralmente permitido usar la “fuerza defensiva” y jamás la “fuerza agresiva”. La diferencia entre ambas es demasiado sutil para que cada cual la interprete a su manera.

Y finalmente el argumento más convincente: porque si se trata de imponerse por el uso de la fuerza, es imprescindible el empleo de las armas, y en este terreno siempre ganan los que las manejan mejor. Entre una persona laboriosa y pacífica y un delincuente, sin duda este último habrá de manejar más hábilmente las armas. Si cada cual estuviese librado a su propia defensa, los delincuentes no tardarían en erigirse en gobernantes y someter por la fuerza agresiva a todos los seres pacíficos.

Con lo cual no podemos sino llegar a la siguiente conclusión: El hombre debe delegar la defensa de su libertad en una organización que utilice con carácter de monopolio la fuerza defensiva, a fin de enfrentar -orgánica y eficientemente- el único problema social que existe: las agresiones de algunos individuos contra la libertad individual. De ahí la necesidad de que exista un gobierno y un orden jurídico.

La organización de un Estado sólo se justifica, entonces, en la necesidad de los individuos de defenderse contra las acciones humanas que inhiben la energía creadora y su libre intercambio. Un gobierno justo deriva de esta única motivación: la necesidad común de todos los hombres de protegerse contra aquellos que quisieran limitar sus posibilidades creativas.

“El principio que justifica la organización, por parte de la sociedad, de una función defensiva -nos advierte Leonard Read-, impone limitaciones a lo que debe realizar dicha organización. En una palabra, la limitación del derecho reside en la propia justificación del derecho. La fuerza es una cosa peligrosa. Por lo tanto, la función organizada de la sociedad es un instrumento peligroso. Contrariamente a lo que algunos sostienen, no es un mal necesario. Siempre que se limite a su debido alcance defensivo, es un bien positivo. Cuando excede sus justas limitaciones y se convierte en una agresión, no es un mal necesario sino un mal, directamente.”

Es simple deducir que las facultades de un Estado están limitadas por los mismos principios que justificaron su creación. Si ningún individuo tiene el derecho de gobernar a otro, mucho menos la asociación de muchos individuos (el Estado) formada precisamente para proteger a sus integrantes de aquellos que aspiran a imponerles su voluntad por la fuerza, podría asumir facultades que el individuo no tiene. Es decir, si yo me organizo junto a otros individuos en una sociedad para evitar que los merodeadores violentos intenten limitar mi libertad, mal puedo aceptar que esa misma sociedad vaya más allá de sus fines y avance sobre los derechos para cuya preservación fue creada.

Podemos, en fin, hacer un resumen de lo expresado hasta aquí diciendo que el ámbito donde la criatura humana puede desarrollar al máximo sus potencialidades creativas e intercambiar libremente sus energías en una cooperación voluntaria que beneficia a todos, es la libertad individual. Como dicha libertad está siempre amenazada, el hombre debe hacer algo para preservarla. El Estado, pues, es la consecuencia de la necesidad del hombre de proteger su libertad. Por tal razón el Estado es una organización subordinada al hombre que tiene, por definición, facultades estrictamente limitadas. Si estos límites defensivos son sobrepasados, cosa que ocurre hoy, lamentablemente, en todos los países del mundo, el individuo pierde independencia y ve interferida y reducida su esfera privada de acción.

(Leer AQUÍ el capítulo completo)

Estos dos ensayos están agotados, pero se pueden bajar gratuitamente del sitio oficial del autor: Enrique Arenz, escritor argentino 
Los que prefieren leer en papel, pueden comprarlos en pack en Mercado Libre: hacer CLIC AQUÍ 

miércoles, 6 de octubre de 2021

EL DILEMA DE LOS LIBERALES ANTE LA REALIDAD POLÍTICA Y CULTURAL DE OCCIDENTE (Nota publicada en 2010)


HAY UN URSO QUE GOLPEA A UNA MUJER Y YO NO LE PUEDO SACAR EL GARROTE, ¿QUÉ HAGO?

Por Enrique Arenz


Días pasados estaba yo chateando con un joven e inteligentísimo amigo liberal con quien intercambié algunas opiniones sobre la crisis de las reservas y la destitución ilegal del presidente del Banco Central.

Los dos coincidimos en un punto crucial de nuestra doctrina: no debería existir el Banco Central.

Pero a partir de ahí se produjo un amable disenso. Yo le comenté que, mientras aquí y en todo el mundo libre prevaleciera la idea, errónea pero inconmovible, de que un banco central es indispensable, lo único que podíamos hacer, pensando la política como el arte de lo posible, era defender a muerte la independencia de esa institución.

Mi joven amigo sostuvo que no, que los liberales no podíamos aprobar ni aceptar la existencia de un banco central. Como yo pretendía no sacar los pies de la tierra para lo cual me avenía resignado a la realidad de la cultura dominante de académicos, políticos y economistas occidentales, él me comentó una imagen interesante. Me dijo: “Si uno ve que un hombre está golpeando a una mujer con un gran palo, lo que hay que hacer es quitarle el palo, no darle uno más chico”.

La metáfora es brillante, ingeniosa y convincente, pero oculta una falacia. La misma falacia en la que incurren los izquierdistas cuando comparan la libertad de mercado con la “libertad del zorro en el gallinero”.

Los liberales sabemos que la libertad del mercado jamás puede ser la libertad del zorro en un gallinero porque entre las bestias impera la competencia biológica, mientras que entre las personas libres hay competencia social. Los animales compiten para derrotar al otro, para comérselo o para quitarle la comida, el territorio y el harén. Las personas, en cambio, compiten entre sí para ofrecer un mejor servicio a los demás.

Pero vayamos al hombre del garrote. Si el hombre es un grandote musculoso que, además, está furioso y descontrolado, ¿cómo hago yo, pobre alfeñique, para quitarle el garrote? Supongamos que yo con chamullo amigable logro convencerlo de que deje el garrote y agarre un palo de escoba que yo mismo le ofrezco.

El tipo acepta y la emprende contra la mujer con el palo de escoba. Yo me llevo el garrote, llamo a la policía y mientras tanto yo sé que aunque la pobre mujer va a salir lastimada, al menos no le va a romper ningún hueso.

Ahora, si yo me pongo en ortodoxo y digo: “No le puedo sacar el garrote, lo siento mucho, no me meteré en líos, seguiré mi camino y predicaré por el mundo que jamás hay que pegarle a una mujer, ni con la mano ni con un palo chico ni con un garrote”, seguramente no le haré ningún favor a la víctima: terminará muerta o con graves fracturas.

Pues bien: la Reserva Federal de los Estados Unidos, el Banco Central de la Unión Europea y nuestro propio Banco Central (durante el gobierno de Menem), son, en manos de los respectivos gobiernos, un palo chico, porque esas instituciones tienen autonomía (relativa, pero autonomía al fin) y no “pueden ni deben” (relativamente, también) recibir instrucciones, sugerencias u órdenes del Poder Ejecutivo. Hacen daño pero no rompen huesos.

Cuando se dictó por ley la actual Carta Orgánica del Banco Central (durante el gobierno de Menem), le quitamos al gobierno el garrote y le dimos un palo chico con el que, ciertamente, nos siguió sacudiendo el lomo. Lo alarmante es que ahora se está por modificar esa ley y yo sospecho que muchos diputados y senadores de la oposición van a terminar devolviéndole el garrote al Poder Ejecutivo. ¿Entonces qué hacemos, nosotros los liberales, dejamos que el grandote se haga nuevamente dueño del garrote o intervenimos para que siga empuñando el palo chico?

Y estamos hablando del gobierno argentino, que quiso manotear las reservas pero no pudo porque el palo chico que empuñaba se le partió al segundo o tercer golpe, por lo cual el daño no fue ni parecido a los tiempos de la hiperinflación alfonsinista en que había absoluta discrecionalidad para emitir moneda y disponer de las pocas reservas que entonces había.

Nuestros legisladores, con muy escasas excepciones, no entienden nada de esto, no tienen la menor idea de lo que implica poner verdaderos límites al gobierno de turno en lo que respecta a las reservas y políticas monetarias. Nosotros, los liberales, los que pensamos que no debería haber un banco central, y que también creemos que no deben establecerse "metas de inflación" entre otros absurdos de esa cultura dominante, lo único que podemos hacer con ellos es persuadirlos de que golpeen con el palo chico. Y para eso tenemos que opinar y batallar dentro del cuadrilátero, sin salirnos de los límites que marcan las cuerdas de la realidad en la que estamos. Lo cual no impide seguir difundiendo que no solamente no debería haber un banco central, tampoco debería haber una moneda acuñada por el Estado, ni leyes antimonopolio, ni impuestos distorsivos y confiscatorios, ni barreras aduaneras que prohíban importar o exportar libremente, ni mercados de divisas que no sean libres e irrestrictos.

Muchas cosas no debería haber. Pero las hay, y forman parte de la realidad política y la mentalidad colectiva que debemos intentar modificar. Pero entre la teoría ascética y la acción, yo prefiero la acción, así sea en el barro. Prefiero participar dando por sentada esa realidad de pesadilla, tratar de que no empeore, contribuir a mejorarla y fertilizar simultáneamente el terreno cultural de las futuras generaciones donde germinen esas ideas.

Desde ya confieso que me cuesta mucho creer que la Reserva Federal y el Banco Central Europeo van a dejar de existir algún día. Me cuesta mucho, muchísimo. ¿A ustedes, no? Sin embargo no dejo de apasionarme por las ideas científicas que fundamentan esa soñada e hipotética abolición. Alguna vez en el futuro, en el lejano futuro para el cual trabajamos los liberales, la humanidad podrá verlo. Un futuro que, ciertamente, nosotros no vamos a ver.

DUDAR HASTA DE LAS IDEAS LIBERALES

Ahora permítaseme que contradiga mis propias ideas con el más importante consejo que un viejo liberal como yo puede darle a los jóvenes que aspiran a serlo: duden de todo, cuestionen todo, analícenlo racionalmente todo y al mismo tiempo estén abiertos a todas las ideas, revisen todos los pensamientos, escuchen con respeto las ideas de los demás y sólo rechácenlas cuando su razonamiento les indique claramente que son falsas. Hagan la prueba de la falsación a la que alude con insistencia Karl Popper. ¡Cuidado con las figuras dialécticas, con las metáforas encandiladoras!


Un liberal no puede tener certezas últimas y definitivas, sencillamente porque la certeza absoluta es la muerte del intelecto.

Nota del autor:
La Carta Orgánica del Banco Central fue reformada por Ley 26.739 el 28 de marzo de 2012, dos años después de publicarse este artículo. Al mismo tiempo, se reformó la ley de Convertibilidad 23.928. 


Se permite su reproducción.

viernes, 10 de septiembre de 2021

¿Drácula o el Hombre lobo?

Que los Estados Unidos y Gran Bretaña se hayan aliado con el tirano Stalin para pelear contra Hitler, nos parece hoy una decisión amarga, sobre todo si analizamos sus consecuencias posteriores al tratado de Yalta. Pero en ese momento fue indispensable para derrotar a la Alemania nazi. Churchill desconfiaba de Stalin, y Stalin se hizo rogar, hasta que los alemanes invadieron territorio soviético. Entonces los tres se pusieron de acuerdo y Roosevelt hasta ayudó a los soviéticos con gran cantidad de armamento.

En la guerra y en la política siempre se opta por el mal menor.

En democracia, el mal menor suele buscarse mediante lo que se llama «el voto útil».

Este concepto produce rechazo moral. Lo entiendo porque yo lo combatí en los ochenta, en tiempos de la UCeDé, cuando se exhortaba a votar por los radicales para vencer al peronismo. Por entonces escribí varios artículos periodísticos en defensa del voto idealista, el voto a conciencia, fiel a los principios de cada sufragante, pero nunca pude encontrar argumentos serios para explicar cuál era la ventaja de votar por un partido que de antemano sabíamos que no podía ganar.

Hoy reconozco que estaba equivocado, y que si se trata de elegir entre dos grandes competidores: Drácula y el Hombre lobo, no tiene sentido votar a Caperucita. Lo lógico es elegir el mal menor, que en este caso es el Hombre lobo. Porque Drácula nos chupa la sangre todos los días, y el otro, sólo es peligroso las noches de luna llena.

Como en la guerra, la política no tiene soluciones morales sino alternativas eficaces, prácticas, de sentido común. Hay reglas para ambas, y que esas reglas sean respetadas es toda la moral que podemos exigirles.

Si la Argentina no es todavía Transilvania (la Venezuela de Maduro), es porque tres partidos políticos republicanos (PRO, UCR y CC) tuvieron la lucidez de unirse a tiempo en la alianza Cambiemos, una fuerza opositora lo suficientemente fuerte y consolidada como para competir con el siempre poderoso peronismo.

Cambiemos fue en 2015 el voto útil que le permitió a la mayoría quitarle el poder a Cristina Kirchner. Macri gobernó cuatro años, no se le puede negar que fue un presidente con virtudes republicanas: honesto, respetuoso de las instituciones y apegado a la ley, pero cometió muchos errores como gobernante y como líder de su propia alianza. Es verdad que las dos cámaras del Congreso estuvieron siempre con mayoría kirchnerista-peronista dispuesta a la obstrucción sistemática, pero Macri no tomó decisiones enérgicas y claras en materia económica y se dispararon la inflación y la pobreza. Tampoco supo proponerle de entrada al pueblo argentino un plan integral de reforma estructural y pedirle el apoyo que necesitaba para llevarlo adelante. En resumen, fracasó y Cristina volvió al poder.

Pasaron dos años, todo ha sido un desastre, pero el gobierno kirchnerista sigue culpando a la herencia recibida de Macri, cuando en realidad es la misma herencia que doce años de kirchnerismo le dejaron a Macri y que Macri, en cuatro años de implacable asedio del sindicalismo, del club del helicóptero y de toneladas de piedra contra el Congreso, no pudo o no supo liquidar.

Sin embargo, con la consolidación de Cambiemos (ahora Juntos por el Cambio) la Argentina recobró cierto equilibrio político: volvió a ser un país bipartidista con dos grandes minorías cuyas bases electorales son en lo cuantitativo muy parecidas, y un electorado independiente y apolítico que es el que rompe el equilibrio y define al ganador.

Pero también se produjo aquí un fenómeno mundial preocupante: la irrupción de los grupos «antisistema», los que no quieren políticos ni instituciones ni leyes ni estado. Por ahora son minoritarios, casi tribus urbanas, pero podrían dejar de serlo. Algunos de estos antisistema son atraídos por dirigentes libertarios histriónicos, o por pequeños partidos de izquierda o de derecha nacionalista.

También los desencantados de las dos grandes alianzas y muchos de la franja independiente terminan renunciando al voto útil para apoyar a estos cuentapropistas, o bien deciden la abstención o el voto en blanco.

Ahora estamos ante las elecciones parlamentarias de medio término.

Es la oportunidad de quitarle al kirchnerismo la mayoría en las dos cámaras, operación fundamental si queremos frenar los desorbitados planes judiciales y hasta de reforma constitucional de Cristina y La Cámpora. Pero para lograr esta hazaña posible, lo razonable, lo sensato, lo inteligente es que no se dispersen votos yendo a partidos con pocas posibilidades de obtener una banca, y que una mayoría importante haga ganar a la única fuerza opositora capaz de derrotar a Drácula. Con el Hombre Lobo tenemos la oportunidad de debatir en libertad y sin miedo, decirle lo que pensamos y hasta, quizás, convencerlo. Hay que estar atento a las fases de la luna, claro. Se trata de un mal menor que nos infunde algunas esperanzas.

También hay que tener en cuenta que el sistema D’Hondt asigna proporcionalmente más diputados a las fuerzas que obtienen más votos, por lo cual es un desperdicio votar a un pequeño partido con la esperanza de que sus primeros candidatos entren, cuando la suma de todos esos votos dispersos tendría un mayor alcance práctico volcados a la fuerza opositora principal.

El partido gobernante, Frente de Todos, se ha visto muy debilitado en los últimos meses por el estallido de varios escándalos: el vacunatorio vip, la fiesta de Olivos, los más de 112.000 muertos por covid, la cuarentena más larga del mundo que terminó de arruinar nuestra economía, la obstinación en prohibir la presencialidad escolar, el aumento de la pobreza y la inseguridad, y, sobre todo, haber obstruido por razones ideológicas el ingreso de la vacuna Pfizer, disponible para nosotros desde diciembre del año pasado, lo que habría salvado miles de vidas sacrificadas con un desdén imperdonable.

Pero a pesar de que casi todas las encuestas dan ganador a a Juntos por el Cambio, el Frente de Todos está casi alcanzando el empate. Es decir, Drácula sigue fuerte, ganando voluntades con el plan "platita", con amenazas y con otros recursos similares. Y esta terrorífica realidad no parece preocuparles a los opositores solitarios. Ellos se preparan para captar el voto de los antisistema, los independientes y los desencantados, y lo más deplorable, no critican casi al kirchnerismo, hacen campaña hablando mal de Larreta y de la oposición.

Y si uno les hace ver que con esta actitud sólo logran beneficiar al oficialismo, se justifican con el argumento mentiroso de que las dos grandes alianzas son la misma cosa.

Ya es tarde para pedir sensatez a estos candidatos solitarios que debieron bajarse o unirse a la coalición opositora para no poner en riesgo el gran proyecto de liberar a la Argentina de una vez para siempre del peronismo de las mil caras. Ahora sólo cabe hablarles a los votantes para que reflexionen en el momento de tomar la decisión trascendental de depositar su voto. ¿No les gusta Macri, no les gusta Larreta, no les gusta Santilli? No importa, piensen que con el hombre lobo podemos tomar un café, con Drácula tenemos que desabrocharnos el cuello de la camisa.


Nota para los porteños: No se olviden que el Hombre lobo va a tener de ladero al Bulldog, que es una garantía para los días nefastos de luna llena.

viernes, 9 de julio de 2021

DIOS SALVE A LOS EE.UU DE AMÉRICA


Cuando juró Biden, una periodista amiga escribió en Facebook que el nuevo presidente había nombrado varias veces en su discurso la palabra democracia, pero ni una sola vez la palabra libertad.

Yo quise opinar amablemente sobre ese post y escribí que para los norteamericanos, en particular los "demócratas", el concepto "libertad" está incluido en el término amplio y difuso de "democracia". Tan así es que los demócratas se autodenominan "liberales". Más liberales cuanto más de izquierda. (Por eso Leonard Read debió acuñar el término "Libertario", que muchos pretenden implantar aquí sin ninguna razón de ser).

Bien, parece que lo que escribí horrorizó a muchos templarios, lo que siempre me da pie para desarrollar mejor la idea en un artículo.

La democracia es un sistema de derecho político que establece la forma menos imperfecta de sacar a un gobierno y poner a otro sin que haya violencia. Con la democracia institucional se consagra mi "libertad" de elegir a mis representantes y administradores sin que un policía me lo impida, mientra que el sentido profundo del concepto "libertad" implica la limitación de lo que pueden hacer contra mis derechos aquellos a quienes yo elijo para que me sirvan.

¿Sabe algo de eso la mayoría de la humanidad? No, no lo sabe, y los norteamericanos no son la excepción, no entienden el concepto de la libertad como la doctrina de la limitación del poder, aunque tienen una herencia histórica liberal que cada tanto se los recuerda y los hace reaccionar saludablemente. Por eso sus instituciones son sólidas y los avances del estado sobre los individuos son más dificultosos y acotados que en otros países.

Es cierto que en los EE.UU exaltan mucho a la democracia y hablan poco de la libertad del individuo, porque los dos grandes partidos norteamericanos creen en el ideal socialista, uno, de izquierda y el otro, de derecha. Pero recuérdese que la mayoría del electorado estadounidense es independiente y se inclina por uno o por otro partido según su estado de ánimo y lo que intuya de los candidatos. Los demócratas tienden más al intervencionismo estatal que los republicanos. Y los republicanos propenden al autoritarismo de derecha, al nacionalismo, al proteccionismo, al racismo, a la intolerancia hacia la diversidad sexual, y, (eso lo sabemos ahora), hasta tienen recovecos tenebrosos con nostálgicos esclavistas, según lo hemos visto en las banderas de la Confederación enarboladas durante el ataque al Capitolio del 6 de enero de 2021. ¿Son minoría estos dementes? Sí, lo son, pero están ahí, siempre al acecho. En cambio el partido Libertario, fundado por Leonard Read hace más de sesenta años, nunca pasó de ser una minoría ilustrada electoralmente insignificante (1,18 % en la última elección presidencial). Nunca logró convencer a las mayorías. Es el problema del liberalismo en todo el ancho mundo. Se equivocan los liberales argentinos que se enamoran de los republicanos porque los creen defensores de la libertad. Allá también el electorado elige entre Drácula y el Hombre Lobo, pero las instituciones que han heredado de los Padres fundadores son tan sólidas, tienen cimientos históricos tan indestructibles que ni esos dos espantos de la política pueden dañar demasiado a los Estados Unidos de América.


RESULTADOS DE LAS ÚLTIMAS ELECCIONES PRESIDENCIALES DE EE.UU

Demócratas: 81.281.888 votos. 51,38 %
Republicanos: 74.223.251 votos. 41,91 %
LIBERTARIOS: 1.865.858 votos. 1,18 %



viernes, 7 de mayo de 2021

Reflexiones sobre liberales, libertarios y anarcocapitalistas

 

El 1º de mayo de 1945, el ministro de educación y propaganda nazi Joseph Goebbels y su esposa Magda se suicidaron en el asediado búnker de Berlín. Pero antes, la mujer mató con cianuro a sus seis hijos plácidamente dormidos. Con mucho sigilo para no despertarlos, les introdujo entre los dientes una cápsula de cianuro y apretó con suavidad sus mandíbulas para que la mordieran. Uno a uno los vio convulsionar y morir. De una cama pasó a la otra quitándoles la vida sin vacilar, convencida de estar haciéndoles un bien. ¡Seis veces hizo esto! Cuando vio a todos sus hijos muertos, mordió su propia cápsula. Se sabe que el matrimonio Goebbels amaba mucho a sus seis pequeños, y podemos imaginar que esas pobres criaturas se durmieron aquella noche confiadas en la protección de sus amorosos padres. (Seguir leyendo en el sitio del autor)







viernes, 2 de abril de 2021

Ambición, odio y mucha plata


Carlotto, igual 
que Bonafini, pero con buenos modales



Por Enrique Arenz

Estela de Carlotto supo hacerse una imagen de bondadosa abuela que busca a su nieto y a otros nietos desde 1977. Y hay que reconocerle que lo hizo incansablemente y logró encontrar a ciento treinta hijos de desaparecidos, incluyendo el suyo.
Pero cuando acusó falsamente a Ernestina de Noble de apropiadora de sus hijos adoptivos, demostró, por su ensañamiento y perversidad, que es una persona violenta y vengativa, hasta el extremo de decir, cuando quedó demostrada la inocencia de la directora de "Clarín", "Lamentablemente no son hijos de desaparecidos". ¿Lamentablemente? En lugar de disculparse con Ernestina, a quien hizo arrestar sin ninguna razón válida, lamentaba que la verdad biológica comprobada no fuera la que ella pretendía. Eso la delata como a un ser de espíritu malvado y violento. 
Ahora ha vuelto a hacer lo mismo: ha pedido la prisión de un ex presidente constitucional a quien acusa sin ninguna prueba de ser un delincuente. ¡Y afirma que eso ha quedado demostrado! Otra prueba de personalidad violenta, pero en este caso no contra una persona en particular, Mauricio Macri, sino contra el sistema republicano y democrático que esa persona ha representado y representa.
Y esa actitud reveladora de su ideologismo ciego la iguala en violencia a Hebe de Bonafini.

Yo siempre me la imaginé a Hebe joven, en su casa, con sus hijos chiquitos, maldiciendo todos los días en la mesa familiar a los patrones, a los burgueses, a los capitalistas, a los militares, a los norteamericanos, a la Iglesia; siempre con odio, siempre con prejuicio y con un resentimiento lacerante, quizás por su origen proletario, sus muchas carencias y una incapacidad cultural y psicológica para salir adelante con esfuerzo y ganas de luchar. 
No afirmo que haya sido así, es sólo que no puedo pensarla de otra manera. El veneno ideológico derivado de la tirria visceral, atraviesa las barreras defensivas de unos niños que lo reciben desde la cuna todos los días, a toda hora, en las discusiones y peleas de los padres, siempre por dinero, por las deudas que se acumulan, por el alquiler atrasado; en las explosiones de ira ante la perversidad de la sociedad burguesa, en las imprecaciones contra la política, las potencias imperialistas y contra mil enemigos que se benefician chupándoles la sangre a los pobres como ellos.
Yo me imagino las conversaciones en esa mesa familiar. Y me las imagino porque he conocido familias con esas características, con una prédica insistente, larga, reiterada, una letanía diaria contra lo que ellos llaman ciegamente “el sistema”. En ese sistema tan odiado medran todos aquellos que no han fracasados en la vida ni son perdedores crónicos, cipayos del imperialismo que antes nos robaba el petróleo y que ahora nos quiere quitar el agua. Cualquiera que logra salir adelante con esfuerzo personal pasa a ser un enemigo para estas mentes desquiciadas.
Los chicos son esponjas que absorben ávidamente todo lo que ven y escuchan en su mundo familiar. ¿Cómo no suponer que esos chicos se iban a criar necesariamente, inevitablemente, con deseos de vengar las desdichas de sus padres, causadas por la injusta sociedad capitalista?
Cuando estos chicos fueron grandes ya estaban maduros para tomar una decisión trascendental. Cabe dudar si Hebe los indujo, los estimuló, los alentó a la lucha revolucionaria, o por el contrario, intentó disuadirlos de ese peligroso camino. Porque no podía desconocer los peligros que los acechaban en esa ruta de la muerte. No lo sabemos. Hoy ella dice estar orgullosa de sus muchachos, y quiere reivindicarlos como revolucionarios. Nunca reconoció ―como sí lo han hecho algunos ex terroristas, hoy honestamente arrepentidos―, que tomaron un camino equivocado. Ella no condesciende con ninguna contrición, sólo los ha reivindicado como valerosos guerrilleros.
Pero de una persona que ha llegado al extremo inaudito de festejar el atentado a las Torres gemelas, de celebrar los crímenes de la ETA en España y de solidarizarse con las FARC y otros grupos terroristas; de una mujer que, abusando de la impunidad que le da su proximidad con la política de los Kirchner y el simbolismo innegablemente heroico de las Madres de Plaza de Mayo, insulta a los jueces de la Suprema Corte, los trata de “turros”, los acusa de recibir sobres y lanza la amenaza de tomar el Palacio de Justicia; de una mujer que adopta enfermizamente como hijos propios a dos parricidas repudiados por la sociedad, y que no conforme con eso los pone al frente de su Fundación para que manejen los fondos públicos que el gobierno de Kirchner le asignó a manos llenas; de una persona así es lícito, casi obligatorio, suponer que cuando sus hijos decidieron tomar las armas, ella les dijo: “Vayan a matar, muchachos, y estén dispuestos a morir por la revolución”.
No lo sabemos. Y nunca lo sabremos. Si ella lo reconociera
sería como culparse a sí misma por haberlos encaminado hacia la muerte. Y si lo negara, implicaría una contradicción con el orgullo que ella manifiesta por sus hijos revolucionarios. Si hasta ha dicho que debieran exhibirse en el Museo de la Memoria los fusiles FAL que aquellos empuñaron.
Sin embargo, hasta el escándalo de Sueños Compartidos, la señora Hebe, mal o bien, era un intocable símbolo de los derechos humanos. Aun con toda la carga negativa que implica su sed de venganza, su apología de la violencia y su solidaridad con el terrorismo mundial, al menos no se la podía acusar de corrupta. Pero cuando aceptó el dinero que le ofrecieron para desarrollar el proyecto de "Sueños compartidos" se le cayó ese último velo que la ponía en una suerte de altar moral.
Y esto es doloroso para todos los argentinos. Sencillamente Hebe cayó en las redes de Néstor Kirchner que hizo de las dádivas, los subsidios, los planes sociales y los retornos, los pilares fundacionales de su ilimitado poder. Hebe se dejó seducir por el ex presidente que hizo de los derechos humanos, por los que jamás se había preocupado en su vida, el epicentro de su modelo político y de su voracidad personal, y después, se dejó corromper, pero no por algunos sobres, como tantos otros, sino por muchísimo dinero, más de mil millones. De lejos, el precio más alto que pagó Kirchner por una conciencia. Ese fue el precio de Hebe, y ya sabemos que Kirchner estaba convencido de que todos los seres humanos tenemos un precio. No es así, afortunadamente (a Raúl Castells, al Perro Santillán y a otros líderes sociales no los pudo comprar), pero acertó con muchos prohombres y gusanos que pasaron blandamente a ser peones de su ajedrez. Desde los que se borocotizaron por un plato de lentejas, hasta los que recibieron planes sociales; desde periodistas e intelectuales arrastrados a la “militancia”, comprados según la cotización de cada uno, hasta gobernadores e intendentes que se postraron por una obra pública o tan sólo para poder pagar los sueldos del personal. Todo, claro, con retorno, a veces del cincuenta por ciento. Dos pájaros de un tiro, porque, como le dijo Néstor una vez a su esposa: “para hacer política hace falta mucha plata”.
Eso pensaba yo de Hebe, y ahora veo que Estela de Carlotto es igual que ella, violenta, ambiciosa y llena de odio. Su hija presuntamente desaparecida (porque eso nunca quedó claro), Laura Estela Carlotto, alias "Rita", era una militante montonera que mató por la espalda de cinco balazos a un militante de la CNU, y participó en numerosos operativos de esa organización criminal.

En síntesis; ambas mujeres, Hebe y Carlotto, lucraron con la muerte de sus hijos: las dos son millonarias, sus organizaciones recibieron cuantiosos subsidios del Estado y de muchos países del mundo capitalista, o sea, de países que integran sistema que odian y contra el que pelearon sus hijos. La ambición y la codicia pudieron más que el dolor.

En la Divina Comedia, en el Canto 33º de El Infierno, Dante narra su encuentro, en el noveno círculo del Infierno, con el violento tirano Ugolino, de Pisa, que en 1289 había sido condenado a morir de hambre encerrado en la torre junto a sus cuatro hijos. Ugolino le cuenta a Dante su desventura: Desesperado, ve morir de hambre uno a uno a sus hijos, luego queda ciego. Durante tres días los llama desconsolado y tantea los cadáveres macilentos. La historia finaliza con este ambiguo, insinuante y terrible verso: "Poscia, piú che'l dolor, potè il digiuno" (“El hambre pudo más que el dolor”)



(Se permite su reproducción) 

sábado, 8 de septiembre de 2018

Mi nuevo libro, una novela policial



Se trata de una novela policial escrita al estilo clásico, también denominado "novela problema", aunque con elementos no habituales en el género.

Una mujer es brutalmente asesinada en la habitación de un hotel barato de la avenida de Mayo. El investigador es un abogado penalista que trata de ayudar a un joven amigo que se ha viso imprevistamente involucrado en ese hecho.
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jueves, 19 de abril de 2018

Amílcar, el niño que no pudo nacer



Juanita no era creyente pero siempre respetó el fervoroso catolicismo de Fernando. Cuando planearon no tener hijos en los primeros años del matrimonio, ella consintió el método anticonceptivo de los ritmos, que es el único que autoriza la Iglesia.

Le resultó fascinante: durante los ciclos fértiles, la abstinencia era imperativa, entonces el deseo se acumulaba en noches ardorosas de mimos y sutiles toqueteos. Si en los últimos días del ciclo, que eran los más difíciles, alguna caricia masculina se prolongaba demasiado en la humedad anhelosa, Juanita comenzaba a sentir la escalada de un espasmo catequísticamente prohibido. Entonces ella ocultaba toda expresión delatora para que su marido no fuera a interrumpirle el placentero desahogo. Después lo abrazaba jadeante y le decía burlona al oído: No te culpes, volví a engañarte.

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