jueves, 30 de abril de 2020

Otra investigación de Facundo Lorences (Cap. 6º)


LA CARPETA DEL SEÑOR MURGA
Una novela policial de Enrique Arenz

6
Fuimos a un restaurante de Palermo y ordenamos el menú que Antonia eligió; un buen vino para ella y, como yo tenía que manejar, una triste gaseosa para mí. Charlamos relajadamente aunque yo estaba un poco a la defensiva porque cada vez se notaba más que Antonia me tiraba muy sutilmente los perros. Y a mí su personalidad enérgica, escondida detrás del atractivo de una gracia cautivante, me dejaba en desventaja. Pero me había propuesto mantener las distancias adecuadas.
—¿Tenés pareja o novio? —le pregunté. Imprudentemente, lo reconozco.
—Sólo un amigo con quien me veo cada tanto, pero nada serio.
—¿Y cómo es posible que una mujer tan joven y atractiva como vos viva sola?
—Tuve una pareja durante un corto tiempo, pero nos separamos. Y aprendí que vivir sola; te digo que es muy interesante. Si estás bien con vos misma, la soledad es muy plácida. La sensación de libertad que se siente es invalorable.
Aquí debí haber cortado estas divagaciones para hablar del presunto crimen de su madre. Sin embargo continué alentado por su mirada hipnótica.
—Sí, pero el amor es muy necesario —comenté sin pensarlo, y en seguida me arrepentí. Es que no he perdido aún mis mañas de soltero.
—Ah, eso sí, no te lo niego. Me encanta enamorarme y vivir los primeros momentos de la pasión, que son maravillosos. Pero aprendí que hay que disfrutarlos intensamente hasta que el ardor llega a su punto más alto, y cortar amarras antes de que empiece a descender, y eso ocurre en poco tiempo. El fuego en la mujer se apaga por el desencanto, cuando te das cuenta de que el hombre que te encandiló no es el que creías. Aparecen las imperfecciones humanas, los defectos, el humor, las miserias. El motor del enamoramiento es la inevitable idealización del amado, pero es un motor con poco combustible, y cuando se detiene la relación se vuelva una costumbre, una comodidad, a veces una triste resignación. Es ahí cuando empiezan los problemas…
—Eso se lo escuché decir a muchos hombres, pero es la primera vez que me lo dice una mujer.
—Sin embargo los hombres son los más propensos a la rutina, a la vida matrimonial.
—A ver, explicame eso.
—Ustedes pueden estar años casados o en pareja y nunca pierden el deseo sexual. ¿Es así?
Qué rápido sacó el tema sexual esta chica, me dije pasmado.
No sé si todos —contesté siguiendo la conversación en lugar de desviarla, como habría correspondido—, pero es verdad que en términos genéricos los hombres tenemos una sexualidad activa que puede ser independiente del amor.
—En cambio las mujeres sólo mientras estamos en ese estado de enamoramiento anhelamos apasionadamente el sexo. Durante ese tiempo mágico en que sólo pensamos en el hombre amado. Y eso dura poco. Cuando ese enamoramiento declina hasta desaparecer, y aunque persista el amor, un amor normal, doméstico, familiar, ya no tenemos el mismo interés por el sexo.
¿Ah, sí? —dije fascinado por la seguridad de Antonia.
—Claro. Un hombre se puede acostar con cualquier mujer que le resulte atractiva aunque no la ame. ¿No es verdad, Facundo?
—Y a veces, hasta con una que no nos guste mucho, dependiendo de la necesidad —la interrumpí entre risas.
Ella también se rio, y el sonido de su risa me hizo sentir un tipo gracioso.
—¿Viste? —dijo entusiasta poniendo su mano sobre mi brazo— Es así, y por una comprensible necesidad biológica. En cambio eso mismo no puede hacerlo una mujer, con excepción de algunas a las que les atrae el sexo casual, ya sea como aventura o para sentirse liberada. Ahora es más frecuente entre las jovencitas, pero no es algo natural.
No me parece que ese sea tu caso.
—No, para nada… salvo que un tipo me guste mucho y me deslumbre. La admiración por un hombre es para mí (y para la mayoría de las mujeres) una emoción muy parecida al enamoramiento, aunque no exige el mismo cargoseo de estar encima del tipo, pensando en él día y noche. La admiración puede transformarse en enamoramiento, pero si eso ocurre… hay fecha de vencimiento. Eso es inexorable.
Quedé pasmado por el encanto con que Antonia me explicaba sus ideas sobre el amor y el sexo. Mi sentido de la prudencia no dejaba de avisarme que debía poner punto final a esa conversación, pero me resultaba tan agradable que me fue imposible hacerlo. Al contrario, me metí más adentro aun:
—Vos decías que en el matrimonio la mujer perdía interés en el sexo.
—Sólo cuando se apaga su enamoramiento. En algunas mujeres puede durar toda la vida, pero son casos muy raros y depende mucho del marido. En términos generales, el enamoramiento suele durar algunos meses, un año como mucho.
—Pero si a ese estado anormal que es el enamoramiento le sigue el amor sereno, menos atencional pero igualmente sólido, ¿por qué creés que el interés sexual de la mujer disminuye hasta casi apagarse?
Porque el sexo es masculino.
—¡Ah la pucha! —dije riendo como si hubiera escuchado un chiste— ¿Qué estás diciendo?
—Que el sexo es masculino, es una pulsión natural de los hombres. Leí en un ensayo de Sábato que cuando el sexo ha terminado para el hombre, recién comienza para la mujer, porque en la mujer el sexo es esencialmente el proceso del embarazo y la maternidad.
Me miró sonriente y con una mirada juguetona. Se notaba que le gustaba sorprenderme con sus ideas originales, aunque no era pedante para nada.
—Eso que has dicho no parece muy feminista —comenté, siempre risueño.
—Soy feminista, pero no feminista radical. No ando con el pañuelito verde abominando del patriarcado que ya no existe más. Las chicas que hacen eso no están siendo sinceras. No les niego el derecho de pensar como quieran, pero eso de salir a la calle a mostrar los pechos como símbolo de liberación, me parece penoso e inmaduro. Ninguna mujer puede ser igual al hombre en materia de sexo porque su naturaleza es diferente.
Yo la miraba hechizado y saboreaba todas sus palabras. Es que para un hombre, hablar de sexo con una mujer desconocida y atractiva es el súmmum del placer intelectual. Ella comió un bocado y bebió un trago de vino con sublime elegancia y continuó:
—Mirá, el aparato sexual masculino le exige al hombre promedio una actividad sexual frecuente. Cuando ustedes son jóvenes sienten la necesidad biológica de hacerlo todos los días, con los años el intervalo se amplía, qué se yo, ponele, una vez cada tres, cuatro días, una vez por semana, pero siempre con una periodicidad rigurosa. En nosotras eso no sucede.
—Pero Antonia, entonces los hombres necesitamos varias mujeres, no una.
—¿Y acaso no es eso lo que ocurre en muchos matrimonios?
—Sucede, sí, pero no todos…
—Claro, hombre. Porque las mujeres conocemos las necesidades biológicas de los hombres y si somos inteligentes no los mandamos a los brazos de otra. Conocemos el secreto de ser complacientes y tratamos de seguirles el tren en sus necesidades corporales. Las madres del siglo diecinueve ya les enseñaban eso a sus hijas.
—Un momento, Antonia, supongo que no me estás diciendo que ustedes no disfrutan del sexo con el hombre que aman.
—No dije eso. Sí, disfrutamos con la intimidad conyugal, porque eso consolida el matrimonio o la pareja estable. Pero de una manera diferente.
—A ver, aclarame eso.
—Por ejemplo, las mujeres aprendimos a fingir orgasmos desde que el mundo existe, ¿cierto o no?
—Cierto.
—Los hombres a veces también lo hacen, pero muy raramente y por razones muy diferentes. Las mujeres promedio fingen, a lo largo de sus vidas, más orgasmos de los que realmente experimentan, y es porque el orgasmo femenino es más la culminación de un proceso espiritual y emocional que un episodio puramente espasmódico. En cambio en ustedes es una reacción orgánica, puramente fisiológica, destinada a expulsar el esperma con fuerza suficiente como para llegar lo más cerca posible al óvulo femenino. Fricción, estimulación de terminales nerviosas y espasmo, es un mecanismo demasiado simple.
—Mirá vos…—comenté boquiabierto. Antonia limpió delicadamente la comisura de sus labios con la servilleta y bebió otro trago de vino. Alzó la vista, me miró a los ojos (ella sabía que me tenía subyugado) y continuó:
—Mientras la mujer está enamorada, responde sexualmente igual que su hombre. Su estado de obnubilación, de encantamiento, la hacen disfrutar intensamente en lo espiritual y en lo físico. Sentir la intimidad del cuerpo masculino, saberse poseída y deseada por el hombre que ocupa todos sus pensamiento, desatan en ella una serie de emociones profundas, totalmente descontroladas que culminan naturalmente en uno o varios orgasmos que la calman y la relajan.
—¿Y el hombre no siente lo mismo?
—No, el hombre, esté o no enamorado, siempre va a disfrutar del sexo de la misma manera. Después, se duerme (como el león dominante); la mujer enamorada, en cambio, se pone mimosa y cargosa —al decir esto estalló en una carcajada.
—Puede ser… Pero no estoy de acuerdo con que toda mujer que se ha desenamorado queda con anorgasmia crónica.
—¡No, claro que no! Yo no dije eso. Sólo se modifica su disposición y su necesidad. Su deseo se dispara únicamente bajo ciertas condiciones. Si el marido es bondadoso, la complace en sus gustos, tiene hacia ella atenciones románticas, demuestra ser buen padre y de vez en cuando la sorprende con algún gesto que la halaga y la hace sentir como una reina, se despiertan en ella reminiscencias de su antiguo enamoramiento, ¿eh?, y va a desear tener sexo con él. Pero eso no va a ocurrir todos los días. Yo lo resumiría así: cuando a la mujer se le pasó el enamoramiento, el sexo compartido te lo tenés que ganar.

—Pero Antonia, si como vos decís el hombre tiene necesidad de sexo periódico, a veces diario, lo cual es cierto, ¿cómo se compatibilizan en la sociedad monogámica esas dos naturalezas tan contrapuestas?
—Ahí está el secreto femenino. La mujer que quiere a su hombre es complaciente, pero no por obligación, o porque el marido tiene “derechos”, como se decía antes, sino porque ella también disfruta espiritualmente con la sensualidad de los abrazos y los besos y le encanta que su hombre se siga excitando con su cuerpo y trepide entre sus brazos con un encantador espasmo de su aparato genital.
Esta descripción fue tan perfecta que me dejó sin palabras. Finalmente atiné a decir:
—Está bien, entiendo tu punto de vista. ¿Pero entonces por qué la mujer finge un orgasmo que no busca ni necesita?
—Eso ya es una cuestión cultural. Lo ideal sería que se aceptara como la cosa más natural del mundo que la mujer experimente orgasmos sólo en algunas ocasiones aunque tenga relaciones todas las noches. Pero en el hombre medio todavía predomina el ego masculino, o, para decirlo en forma más clara, el orgullo del macho. Si al copular, la mujer no acaba con alguna espectacularidad, él tiende a pensar que no ha sabido satisfacerla, o bien que ella ya no lo quiere, o que quizás tenga un amante. Entonces, para ahorrarse malos entendidos, y también para no lastimar ese ego tan sensible, la mujer aprendió a fingir, y todos contentos. Ojo, que la mujer gima durante el acto y pronuncie algunas frases eróticas no es simulación, es una forma de estimular a su hombre. Y eso nos sale naturalmente, no lo fingimos.
Esto ya era demasiado. Con la excusa de que era muy tarde, corté la conversación y pedí la cuenta. Yo, en mi vasta experiencia de conquistador (antes de casarme con Antonella, aclaro), había aprendido que cuando una mujer se pone a hablar de sexo con un hombre al que casi no conoce, es porque está interesada en ese hombre. Por eso tomé mis precauciones.
Llevé a Antonia hasta su casa. Cuando detuve el automóvil ocurrió lo que yo ya esperaba: me ofreció pasar a tomar un café. Yo ya tenía preparada mi respuesta: se había hecho muy tarde y no podía demorarme, pero para no desairarla o que no se sientiera rechazada, le aseguré que otro día, si ella me invitaba, aceptaría visitarla para tomar un café y continuar tan agradable charla sobre el amor y el sexo. Sonrió satisfecha, me agradeció la cena, dijo el clásico “La pasé muy bien” y se despidió de mí con un beso en la mejilla. Pero casi como de descuido, sus labios rozaron imperceptiblemente los míos. Ella ganaba el último round.


©2020 Enrique Arenz
Prohibida su reproducción
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jueves, 23 de abril de 2020

Otra investigación de Facundo Lorences (Cap. 5º)



LA CARPETA DEL SEÑOR MURGA
Una novela policial de Enrique Arenz

5
No bien me dieron de alta, me trasladaron en un móvil policial a la fiscalía de Alieto Fatah para prestar declaración. Ya estaba allí mi maestro Bernardo Stocic quien no había vacilado en asistirme personalmente. Acepté declarar y responder preguntas, expliqué lo que había sucedido, los motivos profesionales por los cuales había ido al departamento de la señora Severia Correa de Murga con autorización de su hija y única heredera, y que estando en el lugar escuché ruidos sospechosos que me hicieron pensar que alguien, que ahora sospecho me había estado siguiendo, podía haber ingresado cuando yo descuidadamente dejé sin llave la puerta de entrada. Entonces tomé un cuchillo para defenderme, y cuando advertí que alguien se aprestaba a atacarme por la espalda, reaccioné instintivamente: me di vuelta y lancé una cuchillada que por pura casualidad le abrió la garganta a mi atacante.
Contesté a todas las preguntas, y el doctor Stocic aprovechó la ocasión para pedir que se unificara al expediente de la denuncia realizada días antes por la señorita Antonia Murga con mi patrocinio letrado, por existir evidente conexidad entre ambas causas. Acto seguido se labró el acta y se nos informó que yo quedaba en libertad mientras se sustanciaba la investigación. La carátula provisoria del expediente fue “Homicidio en legítima defensa”.
—Tuviste suerte, Facundo —comentó mi maestro mientras nos llevaba a casa a mi esposa y a mí en su auto—: el tipo que mataste resultó ser un sicario paraguayo buscado por Interpol desde hace tres años, el fiscal que te tocó es amigo tuyo, y el juez, amigo mío. Esto va a ser un trámite, te lo prometo.
—Le agradezco tanto, doctor que haya aceptado representarme.
—¿Cómo no te iba a defender, estás mamado?, si yo te metí en este baile cuando te mandé a la loca de mi hermana. Aunque, por lo que estamos viendo, no parece estar tan loca, al menos esta vez. Bueno, escuchame, es posible que debas renunciar a patrocinar a la hija de Severia, al menos hasta que se resuelva tu situación procesal. Voy a tratar de que eso no ocurra, hay jurisprudencia que nos favorece y yo conozco todos esos vericuetos, pero si tu apartamiento fuera inevitable nuestro plan B podría ser este: yo me haría cargo formalmente de esa investigación, firmaría todo lo que sea necesario pero vos seguirías al frente haciendo tu trabajo. Actuaríamos en todo caso como asociados.
—Esto sí que no me lo esperaba, maestro. Trabajar con usted será un regalo que me da la vida. Muchas gracias.
—Bah, dejate de joder, la culpa de todo la tiene mi hermana.
  
Era martes. Me tomé tres días y el fin de semana de descanso y volví renovado al trabajo.
El jueves anterior me había llamado el doctor Stocic para anoticiarme de que se habían unificado las dos causas y que él había logrado que el expediente, ahora caratulado como “Correa, Severia, averiguación de muerte dudosa”, quedara radicado en el juzgado en lo Criminal a cargo del doctor Hernandorena. También me informó que al día siguiente allanarían el departamento de la calle Rivadavia y que se levantarían pruebas relacionadas tanto con la denuncia originaria como con el homicidio reciente. El mismo Stocic estaría presente en el procedimiento.
Cuando el lunes llegué a mi estudio me estaba esperando el detective Pancho Arribeño.
—Doctor, me enteré lo que le pasó y no lo puedo creer. ¡Se mando a un culata profesional muy peligroso!
—No me enorgullece haber matado a una persona, ingeniero. ¿Usted lo conocía?
—Sí, pero de vista nomás. Es un paraguayo de Ciudad del Este que hace trabajos informales tanto para los narcos como para los servicios de varios países. No se sienta mal, usted libró a la sociedad de una alimaña. Está claro que este tipo no tenía orden de matarlo sino de golpearlo para que se asustara. Ya deben de saber que usted está investigando la muerte de la vieja. Me pregunto por qué estarán tan preocupados.
—Me dicen que el tipo no tiene familiares así que pienso que avisarán al consulado paraguayo y luego de las formalidades forenses lo mantendrán un tiempo en la congeladora por si alguien reclama el cuerpo. ¿Usted cómo se enteró? El hecho no se filtró a la prensa y todos nos comprometimos a mantenerlo oculto para no entorpecer la investigación.
 —Yo me entero de todo, mi querido doctor, si no, tendría que dedicarme a jugar a las bochas. Le digo que hubo sorpresa en el ambiente de los servicios porque Serapio Urtazo (ese es el nombre que figura en el último pasaporte del paraguayo, y tenga por seguro de que nunca sabremos su verdadera filiación), conocido en el ambiente como «El Pacha Artemio», era un tipo muy, pero muy, profesional y hasta ahora infalible. No me va a creer, doctor, pero se ganó el respeto de mucha gente peligrosa. Hasta se afirmaba que usted tendría entrenamiento militar o algo así. Yo, como se imaginará, me hice el boludo y dije que no lo conocía, Pero, ojo, eso significa que la próxima vez van a ser más cuidadosos y precisos.
—¿Qué me quiere decir con eso?
—Esta vez quisieron asustarlo y les salió mal, la próxima, querrán matarlo. Se lo aviso para que se cuide. Usted está investigando a gente muy pesada y con ramificaciones con la política y el poder.
—Mi esposa quiere que me aparte, y yo le confieso que hasta ayer pensé muy seriamente en hacerlo, pero ahora cambié de opinión, por mi propia autoestima, y pienso seguir adelante. ¿Me averiguó algo de lo que le encargué?
—Todavía no, déjeme unos días más. Sospecho quiénes son los dos paparulos que estaban en el velatorio de la viuda de Murga. Son burócratas de mierda, cuatros de copas, no los veo matando a nadie, aunque sí pueden amenazar y apretar. Trabajo de cobardes, si los hay. Intimidar a personas indefensas. ¿Se puede saber, doctor, por qué la amenazaron a la viuda?
—Ya le dije que buscaban una carpeta. No sé exactamente qué contenía porque esa carpeta no aparece por ninguna parte, pero se trataba de documentación relacionada con un caso que no puedo revelar.
—Entiendo, doctor. Pero esto me intriga mucho porque se ha revuelto el avispero de los servicios como si se tratara de algo muy grosso…
—Es algo grosso…
—Ajá… —Arribeño movió lentamente la cabeza de arriba a abajo—, me lo imaginaba. Bueno, hizo bien en confirmarme al menos eso. Seré más prudente en mis pesquisas. Esa gente no tiene que saber que yo trabajo para usted. No vaya más a verme al café ni me llame al celular. Sólo nos comunicaremos por whatsapp y los dos borraremos en el acto los mensajes.
  
Al otro día fui a la clínica donde me sacaron el apósito y me dijeron que la contusión había desaparecido y que el corte se estaba cerrando bien, por lo que no necesitaba hacer más nada. Por la tarde trabajé normalmente en mi oficina.
Eran las siete y yo ya me iba a casa cuando llegó Antonia. Muy llamativa, con camisa blanca ajustada y pantaloncitos cortos de jean desflecado, me encandiló con sus largas y blancas piernas. Me contó que la policía científica, con el fiscal y sus asistentes, habían estado en el departamento de su madre levantando huellas dactilares y juntando elementos varios para llevar al laboratorio.
—Me dejaron todo hecho un desastre. Pero por suerte me autorizaron a limpiar el departamento y disponer libremente de todo lo que hay dentro. Se llevaron la netbook de mi padre que apareció misteriosamente en su escritorio, el recipiente de la basura y la taza de té, la cucharita, el vaso, el blíster de Valium que estaban en la mesita y la cuchilla con la que te defendiste. El fiscal me preguntó si yo había movido esa taza; le dije que nadie había tocado nada. Contraté a una empresa de limpieza y desinfección que empiezan mañana temprano. Quería preguntarte si necesitás ver algo antes de ordenar todo.
Antonia me tuteó como si me conociera de toda la vida. Eso me tomó desprevenido. Después de alguna vacilación, le dije:
—Sí, querría darle una última ojeada. ¿Qué te parece si vamos ahora?
—¿No es un poco tarde? Digo por vos…
—Le aviso a mi esposa y después de ver el departamento te invito a cenar.
—Me parece bien.

En el departamento de la calle Rivadavia sólo quise ver el pasillo donde murió el sicario y el cuartito del señor Murga. La sangre del piso estaba cubierta con hojas de diario, pero el olor era insoportable. Una vez en la pequeña habitación me senté en el sillón giratorio para pensar en lo que debía mirar antes de que limpiaran el lugar. Antonia apoyó su trasero en el borde del escritorito de su padre exhibiendo sus grandiosas piernas en todo su esplendor. Tuve que hacer un esfuerzo para no mirarlas pero eso era imposible, y ella lo sabía. Pero en lugar de moderar su exposición se sentó sobre el escritorio con las piernas cruzadas. Eso ya fue mucho para mí.
Me levanté enseguida, revisé el armario del que la policía se había llevado biblio- ­r­atos y papeles que pudieron parecerles importantes.
—¿Dónde está la caja fuerte?
—En mi habitación, la que está antes del baño. La policía ya la revisó. Sólo había la escritura de este departamento, unas acciones de YPF y la cédula de identidad y el pasaporte de mamá. El dinero que había yo ya lo había retirado para los gastos del sepelio. Vení que te la muestro.
La caja estaba empotrada detrás de una doble pared corrediza que tenía un mecanismo ingenioso de rieles ocultos tras la moldura del cielorraso y ruedas debajo tapadas por el zócalo del piso. Me llamó la atención ese original sistema de ocultamiento de una caja fuerte. En cierto momento mi codo golpeó la mampara y me sorprendió el sonido fuerte que se oyó. Ahí me di cuenta de que la falsa pared estaba construida con un material sintético muy liviano y montada sobre un bastidor, por eso podía deslizarse con tanta facilidad.. Sacamos los documentos y la revisé cuidadosamente. No tenía doble fondo, ni escondrijos laterales. No me sorprendió porque la policía habrá hecho la misma búsqueda. Cerramos la caja, Antonia corrió la pared falsa que tenía varios cuadritos colgados y me quedé pensativo. Tenía el presentimiento de que algo se nos estaba escapando. Antes de dejar la habitación, pregunté:
—Decime, Antonia. ¿Alguna vez te quedabas a dormir acá después de que te fuiste?
—Cuando vivía papá, nos reuníamos los tres para Navidad y Año nuevo. Entonces me quedaba a dormir para no volver tan tarde sola a mi departamento. Después de que falleció papá, nunca más dormí aquí.
—Vi la vez pasada que la habitación está muy bien ordenadita.
Mamá se encargaba de tenerla siempre así. La ventilaba y la hacía limpiar por Anabel casi todos las semanas. Es que ella siempre esperó convencerme de que volviera a vivir en esta casa.
—Se nota que también enceraban el piso.
—Sí, es un piso hermoso de roble oscuro. Le gustaba verlo siempre impecable.
—Bueno, Antonia, nos podemos ir. Que limpien y desinfecten todo, y si encontrás algo que te llama la atención, me avisás. Es probable que yo vuelva a inspeccionar todo el departamento, pero con más tiempo. En medio de esta inmundicia sangrienta no podemos hacer nada. Ahora vamos a cenar y después te llevo a tu casa.


©2020 Enrique Arenz
Prohibida su reproducción



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jueves, 16 de abril de 2020

Otra investigación de Facundo Lorences (Cap. 4º)


LA CARPETA DEL SEÑOR MURGA
Una novela policial de Enrique Arenz

4
Cuando entré en el departamento, el olor a encierro cadavérico me empujó para atrás. Tuve una rara percepción de peligro. Encendí las luces y fui primero a la mesita junto al sillón. Ahí estaba la taza de té. Era demasiado notorio que la anciana no pudo dejarla en esa posición si estaba bebiendo de esa taza.
Fui hasta la cocina, abrí el bajo mesada y observé el recipiente de los residuos. Arriba de todo había dos saquitos de té desechados. Hice algo incorrecto: tomé los dos saquitos, los puse por separado en pequeños sobres de plástico con cierre hermético, y los guardé en mi portafolios. Necesitaba hacer una prueba con ellos, y yo temía que la policía científica terminara por contaminar los detalles menores que son los más importantes.
Me sobresaltó un ligero sonido, casi imperceptible que bien pudo venir de algún departamento vecino. Fue como el quejido de una bisagra a la que le falta aceite. No puede haber nadie en el departamento, razoné para calmarme, la puerta estaba cerrada con doble llave y, además, yo mismo desactivé la alarma al entrar. ¿Y si a pesar de la lógica hubiera alguien escondido? ¿Qué hago? ¿Me escapo de este lugar donde la muerte todavía anda flotando o investigo de dónde vino ese sonido? No soy un tipo muy valiente pero tampoco un cobarde al que el miedo paraliza. Decidí arriesgarme. Me acerqué cautamente al dormitorio de la anciana y encendí la luz. No había nadie. Abrí las cuatro puertas del guardarropa y hasta miré debajo de la cama. Me impresionó volver a ver las sábanas y el cobertor prolijamente corridos hacia un costado para que la señora Severia se acostara cuando terminara de leer y beber su té en la sala. Mi imaginación alterada me hacía ver algo tenebroso en esa habitación: la cama de la señora Severia parecía un ser vivo que estaba esperando todavía que su dueña aparezca para fusionarse con ella entre sus sábanas.

Fui hasta las otras habitaciones: estaban vacías. Cuando encendí la luz de la que había sido el dormitorio de Antonia me llamó la atención el par de chinelas que asomaban debajo de la cama. No había notado ese detalle cuando estuve la primera vez, y ahora mismo no me parecía que fuera nada importante, pero igual le tomé una fotografía. La habitación de servicio estaba del otro lado del baño, era pequeña y tenía sólo una cama, una mesita de noche una silla y un perchero. Me quedaba el baño y el cuartito del señor Murga en el fondo. En el baño no había nadie, pero no me atreví a descorrer la cortina de la bañera.
(Cuando el fiscal Berstein apareció muerto en el baño de su departamento, yo había imaginado que lo mataron dos sujetos que se habían escondido detrás de la cortina y que lo sorprendieron mientras se miraba en el espejo. Actuaron con la rapidez y la destreza de los profesionales de la muerte, uno lo golpeó para aturdirlo y obligarlo a arrodillarse, y el otro le puso la pistola 22 en su mano derecha, se la sujetó fuertemente con la suya y se la llevó hasta que el caño quedó cerca de su cabeza. Entonces apretó el dedo índice del fiscal para obligarlo a dispararse. La muerte debió de ser rápida, aunque dolorosa, porque un proyectil calibre 22 no produce orificio de salida y rebota varias veces dentro de la cavidad craneana licuando a su paso la masa encefálica. Los sicarios dejaron caer la pistola al piso y salieron del baño dejando el cuerpo del muerto con la cabeza apoyada sobre la puerta. Pero mi hipótesis se desvaneció cuando vi las fotografías del baño que se difundieron posteriormente: el fatídico toilette del fiscal no tenía cortina sino una mampara de vidrio).
Lo cierto es que siempre me obsesionó la imagen de un asesino profesional acechando a su víctima detrás de la cortina del baño. Para vencer esta obsesión hice algo práctico: saqué la llave que estaba del lado de adentro, cerré la puerta y le eché llave desde afuera. Por las dudas. Me hizo reir mi propia estupidez, pero, ¿y si hubiera dejado encerrado a un intruso?
¿Eso fue una sombra? No estoy seguro, los nervios son traicioneros, pero algo se movió en el fondo del pasillo. Traté de tranquilizarme diciéndome otra vez que era imposible que hubiera otra persona en el departamento porque yo acababa de abrir la sólida puerta con doble cerradura y desactivado la alarma. Y fue en ese momento cuando recordé mi fatal descuido: ¡no volví a cerrar con llave después de entrar! Actué confiado como cualquier persona que entra a un lugar deshabitado y piensa irse en poco tiempo. Es cierto que nadie pudo entrar antes que yo, ¡pero sí pudo hacerlo después! Cualquiera que me haya seguido consiguió ingresar subrepticiamente al departamento mientras yo estaba en la cocina revisando la basura. ¿Debo llamar a la policía? ¿Y si no hubiera nadie y yo estuviera alucinando alterado por este entorno tan opresivo? Haría el ridículo, y tendría que dar explicaciones por mi presencia en este lugar. Además, quedará constancia de que estuve merodeando en la escena de un presunto crimen. No, tan sólo son mis nervios que me están enloqueciendo. Fui a mirar el cuartito del señor Murga. Era lo último que me quedaba antes de irme rápidamente de ese ámbito tan silenciosamente aciago. Antes pasé por la cocina y tomé una cuchilla grande y muy filosa para tener algo con qué defenderme, por si acaso. Me acerqué con extrema cautela al cuartito donde el esposo de la señora Severia guardaba sus documentos. Reconozco que me agité, empecé a temblar y sentí el sudor frio del miedo, pero tuve el coraje de seguir adelante. Recordaba que en ese cuarto el interruptor no está junto a la puerta sino un metro hacia la derecha. Fui a tientas hasta que mis dedos encontraron la llave y encendí la luz. A primera vista estaba todo igual que la vez anterior, el mismo desorden en el piso, las puertas del armario abiertas, todo igual… hasta que descubrí la diferencia: sobre el pequeño escritorio estaba la netbook del señor Murga que Antonia había echado de menos la vez anterior. Esa novedad relajó mi estado de precaución.
Fue al acercarme al escritorio cuando percibí una presencia detrás de mí. Me volví como un rayo y sin pensarlo, instintivamente, lancé una cuchillada al aire pero casi simultáneamente vi un bulto y sentí un golpe en la frente. No recuerdo más nada.

No sé cuánto tiempo estuve sin sentido. A mí me parecieron segundos. Cuando me incorporé noté que tenía sangre en la ropa, un fuerte dolor en el lado izquierdo de la frente y me sentía mareado y confundido. En el piso y encima de los papeles desparramados había un reguero de sangre que iba hacia el pasillo. Seguí lentamente ese rastro macabro hasta que vi la espantosa imagen: a pocos metros de ese cuartito un cuerpo yacía en el piso. Ahí estaba
mi atacante, muerto en medio de un impresionante charco de sangre y con un enorme tajo en el cuello. ¡Yo había degollado a ese tipo! Sin duda se trataba de un profesional que fue sorprendido por la circunstancia inesperada para él de que yo tuviera un filoso cuchillo en mis manos y que reaccionara dando un guadañazo de ciego en el momento mismo en que él lanzaba un golpe sobre mi cabeza. En su mano derecha tenía calzada una manopla de hierro.
Ahora sí, llamé a la policía. Denuncié que había un hombre muerto y otro herido. Luego la llamé a Antonia para ponerla al tanto de lo que había sucedido. Imaginen su sorpresa y desconcierto: el abogado que investigaba la muerte de su madre acababa de matar a un desconocido que había entrado al departamento para atacarlo por la espalda. Voy para allá volando, me dijo con voz temblorosa.
Aproveché los minutos que tardaron en llegar la policía y el SAME para revisar al muerto sin pisar la abundante sangre que seguía expandiéndose. Al palpar su cintura comprobé que estaba armado con una pistola grande, probablemente una 45. No pude revisarle los bolsillos porque su saco estaba empapado de sangre que comenzaba a coagularse. Era un hombre de unos cuarenta y cinco años, de estatura media, bigote negro espeso, algo excedido de peso y vestido con traje y corbata. Le tomé varias fotografías y me hice un par de selfis para registrar mi cara ensangrentada y el corte y hematoma que tenía en la frente.

Expliqué brevemente al oficial a cargo lo que había ocurrido. Cuando llegó Antonia confirmó que ella me había dado las llaves para que entrara al departamento de su madre. Habría una causa por homicidio contra mí, por lo tanto el oficial no me hizo preguntas y se limitó a leerme mis derechos. Enseguida llegó el SAME y me trasladó a la clínica privada que yo le indiqué. Antonia se quedó en el lugar para completar las formalidades, retiro del cuerpo y actuación de la policía científica que, pensé en medio de mi conmoción, seguramente arruinará parte de la otra escena, la del primer presunto crimen del que aún no está enterada, para cumplir con los protocolos del segundo.
Antonella vino a la clínica tan pronto le avisé. Por suerte los estudios por imágenes no revelaron ninguna fractura de cráneo ni hematoma subdural, así que los médicos se limitaron a desinfectar y suturar la herida, que no era muy grande, y dejarme una noche internado en observación. Al mismo tiempo yo quedaba demorado por orden del fiscal interviniente con una custodia policial. No podía creer que había matado a una persona, y si bien había sido en defensa propia, me preocupaba que mi cuchillazo (certero por pura casualidad) hubiera encontrado la carótida de mi atacante una fracción de segundos antes de recibir su ya lanzado golpe de manopla.
Los analgésicos, sedantes y antiinflamatorios que me suministraron me indujeron un intenso sueño y me quedé profundamente dormido. Cuando me desperté por la mañana la vi a Antonella que se había quedado toda la noche conmigo. Estaba muy preocupada no por mi herida que era leve y sin ningún riesgo, sino por la situación vivida, sus derivaciones inciertas y la acción procesal en la que había quedado envuelto.
A las 9 entró en la habitación mi secretaria Helena. Le pregunté:
—¿Sabés en que juzgado se radicó este caso?
—Si, el del doctor Hernandorena, con la fiscalía de… adiviná. 
—No me digas que la de mi amigo Alieto…
—Alieto Fatah —aunque no sabemos si no se va a excusar por ser amigo tuyo.
—No, Alieto no se excusa hasta no estar seguro de que haya alguna incompatibilidad indubitable. Mirá, Helena, no tenemos que perder tiempo. Preparame un escrito en la que la señorita Antonia Murga solicita la unificación de la causa por la muerte de su madre, con esta otra de ahora, ya que ambas están relacionadas.
—Pero vos, Facundo, vas a necesitar un abogado defensor.
—Sí, hablale a Ernestina Stocic, contale lo que me ocurrió y pedile que lo convenza a su hermano el doctor Bernardo Stocic para que acepte patrocinarme, o que designe a alguno de sus asistentes.


©2020 Enrique Arenz
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jueves, 9 de abril de 2020

Otra investigación de Facundo Lorences (Cap. 3)

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LA CARPETA DEL SEÑOR MURGA
Una novela policial de Enrique Arenz


3

Al otro día lo fui a ver a mi informante de cabecera, don Pancho Arribeño, apodado “el ingeniero”, un ex agente de la antigua SIDE que tiene su despacho en un bar en las inmediaciones del Pasaje Barolo, donde en otros tiempos había trabajado en el área de Operaciones hasta que lo exoneraron, nunca pude saber por qué.
Arribeño tiene infinidad de contactos con agentes de los servicios, policías, políticos y empleados de cuanta dependencia oficial uno pueda imaginar. Solterón de unos cincuenta y tantos años, su actividad es la de una especie de detective privado todo terreno que trabaja para misteriosos clientes: maridos celosos, compañías de seguro, abogados de familia, penalistas como yo, y estrategas políticos, entre muchos otros.
—¡Mi querido y nunca bien ponderado doctor don «Facundia» Lorences— exclamó, aparatoso y guasón como siempre, no bien me vio entrar en el café.
—Qué dice, ingeniero, tanto tiempo.
—Aquí ando, siempre tapado de trabajo.
Mentira, se notaba que estaba esperando que cayera algún cliente para salvar el día. Le seguí la corriente porque eso era lo que le gustaba.
—Necesitaba sus servicios, ingeniero, pero si está muy ocupado puedo buscar a otra persona… —lo chicaneé.
 —Vamos, doctor, ¿dónde va a encontrar otro como yo? Déjese de joder. Usted es mi mejor cliente, los demás pueden esperar. ¿Qué necesita?
—Primero, una consulta. Conoció a un tal Arnaldo Murga?
—¿Murguita, el de Presidencia?, de toda la vida. Hombre importante entre el personal de carrera de la Casa Rosada hasta que se jubiló, y después, también. Luego del retiro se dedicaba a ciertas operaciones especiales. Sabía venir a verme acá para charlar de los viejos tiempos. Lamenté mucho su muerte, era un tipo muy agradable, y además hincha de Chacarita, como yo. Supe que su viuda falleció hace poco. Raro, porque ella le llevaba como diez años al marido. En fin… ¿Qué es lo que quiere saber de Murguita?
—A qué se dedicaba antes y después de jubilarse.
—Vea, doctor, el submundo de los servicios es muy oscuro y nunca se sabe bien que hace cada uno. Arnaldo era un funcionario de planta del área de la presidencia, pero también un agente encubierto de la SIDE. Lo jubilaron cuando se hizo una purga en la que ahora se llama AFI, ya debe hacer cuatro años… si, fue en el 2016 si no me equivoco. Ya estaba recontra pasado de edad. Sin embargo, la gente de inteligencia nunca se retira y aún jubilada sigue cumpliendo funciones extraoficiales como inorgánico. Responden siempre a un jefe aunque éste ya no pertenezca a la agencia, colaboran con sus camaradas, llevan información, hacen algunas operaciones… Eso se paga en negro con los fondos reservados. Siempre fue así, gobierne quien gobierne. Son como las hormigas, individualmente no significamos mucho pero en conjunto conforman un organismo vivo que es el hormiguero, con una reina escondida bajo tierra en lo más profundo y oscuro.
—¿Y a usted le consta que Murga hacía operaciones después de jubilado?
—Sí, pero desconozco qué clase de operaciones.
—Por ejemplo, ¿matar a alguien?
—¡Eh, doctor!, ¿cómo me pregunta eso?
—Sí o no.
—A veces puede haber un operativo de esas características, pero no lo hacen agentes locales sino extranjeros. Los nuestros les dan apoyo logístico, les preparan todo para que bajen del avión, haga su trabajo y de inmediato abandonen el país. Es todo muy complejo y secreto, no le puedo dar detalles de esas actividades porque estaría traspasando un límite.
Pedí un café y me quedé unos minutos en silencio mientras observaba que el ingeniero le miraba las piernas a una prostituta de minifalda que se había sentado cerca de nosotros. Ella lo saludo con una sonrisa insinuante.
—A esa mina me la cojo gratis —me dijo en voz muy baja
—¿Ah, sí? ¿Y cómo es eso, se enamoró de usted?
—No, es muy joven para enamorarse de un viejo como yo. Son las ventajas de tener conexiones. Fue así: yo llegué un día a un juzgado correccional de un juez amigo y la vi sentada junto a otras mujeres de la calle esperando que las llamaran para indagarlas. Las habían levantado en una redada por ofrecer sexo en la vía pública. Cuando entré la chica me miró ansiosa, y yo que soy rápido para esas cosas me senté a su lado y le pregunté qué le había pasado. Muy asustada y creyendo que yo era un funcionario judicial, me contó su desventura. Caía presa por primera vez. No te preocupes, le dije, voy a ver qué puedo hacer por vos. Cuando mi amigo el juez me recibió, y luego de que lo informé sobre una averiguación que me había encargado, le pregunté por esas mujeres y me dijo: son una pobres chicas, voy a ordenar que las dejen en libertad, no puedo perder el tiempo con estas pavadas.
Cuando salí de la entrevista me acerqué a la mina y le dije al oído: Ya hablé con el juez y accedió a mi pedido de liberarlas, así que, tranquila, en media hora te vas. Ella, contentísima, me dijo que quería agradecérmelo y yo le di mi tarjeta para que se diera el gusto. Al otro día me llamó y concertamos una cita. ¡Y qué bien me dio las gracias! Se dice que las mujeres son artistas cuando agradecen con su cuerpo. Ésta, seguro lo es, y me sigue dando las gracias de vez en cuando, ahora preventivamente, por si vuelve a tener problemas con la policía, ¿vio? Pero sigamos con lo nuestro, doctor.
—Lo que le quiero encargar es algo delicado, ingeniero. A la viuda de Arnaldo Murga la visitaron tres personas para reclamarle cierta documentación que según ellos tenía Murga en su poder. Una carpeta color violeta, dijeron. Cuando volvieron, seis meses después, ella no les abrió la puerta y les gritó desde adentro que iba a llamar al 911. Se fueron y por mucho tiempo la dejaron tranquila. Pero poco antes de morir le hablaron por teléfono y la amenazaron de muerte si no les entregaba esa carpeta. Hay indicios de que estas personas eran agentes de inteligencia. Necesito saber quiénes eran y qué nivel de operatividad tienen en la Agencia Federal de Inteligencia.
—Bueno, pero dígame cuándo la amenazaron y qué papeles contenía la carpeta. El color violeta es utilizado por los servicios para los casos altamente secretos.
—La llamaron unos cuarenta días antes de su muerte. Calcule mediados de octubre. No puedo revelarle qué documentación buscaban, al menos por ahora. Sólo puedo decirle que sí, se trata de una cuestión secreta. 
—¿Y usted qué piensa que pasó?
—Entre nosotros, y manténgalo en reserva, una amiga de Severia no creé que murió de muerte natural sino que la mataron esos tipos.
A la perinola… Y, a ver, déjeme adivinar, pareció una muerte natural.
—Exacto.
—Sí, les conozco la técnica. A veces simulan un suicidio o la caída accidental desde un balcón. Suelen eliminar testigos de esa forma. Tengo una idea de quienes podrían ser esos sujetos. Deme tiempo y le averiguo todo lo que pueda.
—Bueno, ingeniero, aquí le dejo un anticipo de sus honorarios —le extendí un sobre—, y espero su informe. Más adelante voy a necesitar que me averigüe otras cosas. En ese caso se las haré saber. Ahora le aviso que su protegida lo está mirando mucho, así que lo dejo para que se despeje un poco de tanto estrés laboral.
—Hay un hotelito discreto aquí a la vuelta. Y ando necesitando que me deshollinen la ametralladora.
 —¿Ametralladora…? A la mierda.
—Y… se hace lo que se puede.

El resto de ese día y todo el siguiente lo dediqué a otros juicios que tenía en curso. Atendí a clientes, fui a dos audiencias, recorrí varios juzgados para ver el estado de mis expedientes y entrevisté a un detenido en la cárcel de Devoto.
El tercer día fui hasta el consultorio del doctor Osvaldo Tuñón, el médico clínico que atendía a la señora Severia Correa y que había firmado su certificado de defunción. Me anuncié como el abogado de la hija de su ex paciente y me recibió enseguida entre dos turnos de consulta.
—Severia fue paciente mía durante treinta años, una gran mujer —me dijo no bien nos saludamos—. En fin, a todos nos llega la hora. Pero usted dirá en qué puedo ayudarlo.
—Ante todo debo decirle que la hija de la señora Severia hizo una presentación judicial para que se investigue la muerte de su madre.
—¿Investigar su muerte? Si fue natural, yo mismo lo constaté cuando me llamó Antonia.
—Vi el certificado de defunción que usted firmó dónde dice que el óbito se produjo por un paro cardiorespiratorio no traumático.
—Sí, es lo que corresponde poner. Fue una muerte súbita, un paro cardíaco causado por su avanzada edad. La revisé y no había ningún indicio que hiciera sospechar otras causas. ¿Qué es lo que piensa Antonia?
—Ella está convencida de que su madre fue asesinada.
El viejo médico empalideció y abrió grande sus ojos.
—¿Asesinada? Por Dios, ¿y qué le hace suponer eso?
—Los dichos de una amiga de Severia que asegura que la anciana estaba muy asustada porque la habían amenazado.
El doctor Tuñón quedó en silencio. Se tomó la cabeza con evidente preocupación por las posibles consecuencias que caerían sobre él si una autopsia revelaba que no había sido muerte natural. Me dijo como queriendo justificarse:
—El cadáver no presentaba signos de ninguna violencia, ni las características convulsivas, muy conocidas, de los envenenamientos por neurotóxicos; ni la cianosis de una asfixia, ni posición defensiva o refleja de sus extremidades. Estaba sentadita en su sillón con un libro entre sus manos y los ojos dirigidos todavía hacia las páginas abiertas, el cabello bien peinado sin desorden alguno, sin la menor mueca de sufrimiento. Fue una muerte apacible, sorpresiva, un paro cardíaco propio de las personas muy ancianas. En casos así no hay razón para sospechar de una muerte por causas no naturales.
—¿No tenía ninguna enfermedad crónica la señora?
—No, ella se cuidaba mucho. Tomaba medicamentos para la hipertensión, para una leve hiperlipidemia, calmantes para dolores articulares causados por una artrosis que la inmovilizaba mucho y un sedante para dormir, además de algunas vitaminas. En los últimos años su hija la traía cada seis meses para que yo la revisara y ordenara los análisis de rutina.
—¿Ningún problema cardíaco?
—Un poco de arritmia, algo normal para la edad. Era una mujer que se estaba apagando lentamente, pero llevaba una vida tranquila con algunos achaques pero nada más. Si la mataron como usted dice, no sé cómo pudieron hacerlo para que el cuerpo no presente ninguna evidencia, ningún indicio. No, no creo que me equivoqué, y si realmente la mataron, cualquier médico hubiera procedido como yo. Supongo que se hará autopsia.
—Eso espero. Lo hemos solicitado y es la única forma de corroborar si murió o la mataron. Cuando usted estuvo en el departamento, ¿observó algo que le llamara la atención?
El médico se quedó pensativo. Repentinamente su rostro se iluminó.
—Sí, ahora me acuerdo, algo me llamó la atención… La taza de té…
—¿La que estaba sobre la mesita a la derecha del sillón?
—Si. Es una pavada, tal vez no tenga…
—Todo es importante, doctor, qué fue lo que vio.
—El asa de la taza estaba del lado opuesto a la señora, no al alcance de su mano, sino hacia el sentido contrario. Me pareció raro…
Busqué nerviosamente en mi celular las fotos que tomé en la casa de Severia. La de la mesita de luz estaba entre las primeras, la amplié. Efectivamente, el asa apuntaba hacia el otro lado. Si Severia había estado bebiendo el té mientras leía, cada vez que posaba la taza sobre el plato lo hacía con su mano derecha de la manera cómoda y natural, con el asa siempre de su lado.
Mire esta foto, doctor, usted tiene razón. Veo que es una persona muy observadora y por eso mismo no pongo en duda que la señora Severia no exhibía ningún rasgo que le hiciera sospechar a usted otra cosa que una muerte natural. Si fue asesinada lo hicieron profesionales muy hábiles, de los que no dejan rastros. Pero si manipularon la taza, quizás para limpiarla y cambiar su contenido, se les escapó ubicarla correctamente cuando la volvieron a dejar sobre la mesita. Pero son simples suposiciones.
—¿No la habrá movido la hija?
—Es posible, pero a mí me aseguró que no había tocado nada. ¿El sedante que usted le recetaba era Valium 10, no?
—Diazepam, sí, Valium es el nombre comercial. ¿Cómo lo supo?
—Había un blíster junto a la taza de té. Y dígame, por mera curiosidad: ¿Hay alguna droga que si se ingiere junto al diazepam puede provocar la muerte?
—Hay varias, en particular los opioides. La oxicodona, la hidrocodona, el fentanilo, la misma heroína. Una determinada dosis de cualquiera de ellas, al interactuar con el Valium, puede causar la disminución de la frecuencia cardíaca hasta que el corazón se detiene. ¿Usted sospecha…?
—Debo considerar todas las hipótesis. Pero eso surgirá de la autopsia. En caso de que el asesino hubiera puesto alguna de esas sustancias en el té de una persona que acaba de tomar Diazepam, ¿podría sobrevenirle una muerte sin rastros visibles?
—En una persona de la edad de Severia, es muy probable…

Me despedí del médico y llamé por teléfono a Antonia para pedirle que fuéramos otra vez al departamento de su madre. Me dijo que no podía en ese momento porque estaba cumpliendo su horario de cajera en el supermercado donde trabaja, pero que si yo pasaba por ese comercio ella me entregaría las llaves y el código de la alarma para que fuera solo.


©2020 Enrique Arenz
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