jueves, 28 de mayo de 2020

Otra investigación de Facundo Lorences (Cap. 10º)


Al mediodía fui a casa a almorzar y le conté a Antonella todo lo que se podía contar de mi encuentro con la hija de Severia. Ella no demostró ninguna curiosidad especial sobre esa entrevista, lo cual me tranquilizó. Porque, por un lado yo tenía cierto sentimiento de culpa, pero por el otro, una persistente insatisfacción y enojo conmigo mismo, estados de ánimo contrapuestos que no debía dejar traslucir ante la mirada escudriñadora e inteligente de Antonella. Después de almorzar tuve la intención, impulsiva, tal vez neurótica, de pedirle que nos acostáramos, pero me sentí avergonzado porque el deseo sexual que ardía en cada centímetro de mi piel estaba originado y concentrado en el recuerdo de Antonia y no en mi hermosa y dulce Antonella. Así que, rabioso con mi comportamiento, me fui enseguida de casa pretextando que tenía mucho que hacer en la oficina.
Quedamos en que ella pasaría por mi estudio para que fuéramos a hacer la llamada telefónica al espía González Metos. Me imaginaba a ese oscuro personaje caminando por las paredes a la espera de esa demorada comunicación.
Esa tarde me distraje con el trabajo y me olvidé de lo sucedido, o casi sucedido, o lo que pudo suceder esa mañana en el departamento de Antonia. Me llamó el doctor Bernardo Stocic para informarme que por el momento yo no podría representar a la hija de Severia mientras no se resolviera mi situación procesal por la muerte del sicario paraguayo, para lo cual él había logrado que el juez ordenara la formación de un incidente por separado de la causa principal. Mi maestro se mostró muy optimista porque sabía que el fiscal iba a pedir mi sobreseimiento inmediato por no haber dudas de que se trató de un caso de legítima defensa. Además, no existía hasta el momento parte querellante alguna que pudiera oponerse a una decisión de esa naturaleza. Me informó que todavía no se había decidido la exhumación del cadáver de Severia Correa de Murga, pero que ya se habían cursado las citaciones a los dos primeros testigos: el doctor Osvaldo Tuñón, médico de la occisa, y Ernestina Stocic, su amiga y confidente. Me pasó la fecha y hora de ambas audiencias.
El resto de la tarde atendí otros asuntos que tenía en trámite.
A las seis pasó a buscarme Antonella y nos fuimos juntos hasta el Abasto shopping desde donde nos comunicamos con el misterioso agente González Metos.
—Hola —el vozarrón sonaba muy ansioso.
—¿Tiene una respuesta? —preguntó secamente Antonella.
—Ofrecen un millón…
—Váyase a la mierda — le contestó Antonella y cortó la comunicación.
 Nos reímos los dos a las carcajadas.
—Vení, tomemos un café tranquilos y lo volvemos a llamar. Estuviste genial.
Media hora después buscamos un locutorio telefónico para no repetir el patrón de los shopping, que podía tentarlos a poner agentes en todos los shopping de la ciudad hasta dar con nosotros.
—¿Por qué me cortó, Estela? —la voz gruesa sonaba furioso y agitada.
—Porque no me gusta que jueguen conmigo. Les dije lo que quiero a cambio de esa carpeta, o de lo contrario todas esas pruebas van a ir a parar al diario La Nación.
—Escuche, Estela, queremos esa carpeta, pero no podemos disponer de la cantidad que usted nos exige. Sólo intento negociar…
—Mire, señor González Metos, si usted trata de convencerme de que la persona que está arriba de todo, según vi en la carpeta, no tiene diez millones de dólares escondidos para evitar que aparezca una denuncia contra ella en la primera página del diario, es que me está tomando el pelo.
—No, pero escuche. Los que van a poner la plata son los que están más abajo, los que se sienten amenazados no tanto de ir a la cárcel sino de ser asesinados para que no hablen. Los de arriba del todo, se van a defender diciendo que todo es una persecución política.
—¿Quiénes son los que están más abajo? —la pregunta era audaz, pero el que hablaba en nombre de sus superiores parecía estar muy preocupado, como si su vida dependiera de conseguir esa carpeta.
—No me pida nombres por teléfono. Vamos, Estela, usted los tiene ahí mismo, en la carpeta. Son cuatro altos funcionarios de la ex SIDE que actuaron bajo las órdenes de un secretario de Estado, entre ellos, el ex jefe de operaciones de contrainteligencia echado poco antes del crimen del fiscal.
—El señor Arnaldo Murga está figurando en la carpeta, pero no aparece entre los ejecutores de la operación —Antonella jugó aquí una carta riesgosa, pero le salió bien.
—Claro que no, Murga era un funcionario especializado en ocultar pruebas. Se le ordenó en su momento que destruyera esa carpeta y después nos enteramos de que no lo hizo, seguramente para resguardarse, porque era un testigo potencialmente peligroso para todos nosotros.
—¿Y cómo se enteraron de que Murga no destruyó la carpeta?
—¿No me dice que la tiene usted?
—Me refiero a antes, cuando usted y su compañero Ferdinando Robirosa la amenazaron a mi amiga la viuda de Murga.
—En primer lugar, no la amenazamos, le pedimos la carpeta respetuosamente porque se trataba de documentos oficiales, y le advertimos sobre las consecuencias de no entregárnosla. Nos mintió, nos dijo que no había visto nunca esa carpeta, entonces la conminamos a que se pusiera a buscarla. Cuando volvimos no nos quiso recibir. Después, alguien la amenazó telefónicamente, pero no fuimos nosotros. ¿Cómo nos enteramos de que Murga no había destruido la carpeta? Porque la misma Severia le comentó una vez a una ex compañera de trabajo que la había visto y que estaba muy preocupada por lo que contenía. Ella había revisado toda la documentación. Murga todavía vivía, aunque estaba muy enfermo. Severia ignoraba que su amiga era una agente nuestra que, aunque estaba jubilada, seguía trabajando para nosotros. En esa ocasión nos comunicamos con Murga, quien con diversas excusas admitió que todavía conservaba la carpeta, pero se comprometió a destruirla de inmediato. Nos enteramos, después de su muerte, que no sólo no destruyó la carpeta sino que la escondió. Pero no puedo decirle cómo lo supimos.
—Bueno, Severia era muy ingenua y nunca entendió el sistema de códigos y lealtades piramidales que riges el mundo de los servicios. También me entregó a mí la carpeta sin saber que yo estoy en el grupo de Jaime. Pero vayamos a lo nuestro. Le voy a hacer la última propuesta: aceptamos seis millones de dólares.
Silencio en el otro extremo de la línea.
Yo miro mi reloj y le hago señas a Antonella para que corte enseguida.
—Es mi última oferta. Lo vuelvo a llamar.
—¡Espere, no me corte!
Clic.
Salimos volando del locutorio y nos quedamos observando desde mi auto estacionado en la vereda de enfrente. La llamada se había prolongado esta vez más de lo prudente y yo estaba preocupado porque les dimos tiempo de rastrearnos con la tecnología avanzada que posee esta gente. No pasaron ni dos minutos hasta que irrumpieron en la cuadra tres automóviles que estacionaron en doble fila y de los cuales bajaron apurados seis sujetos que entraron como un malón en el locutorio. El astuto de González Metos prolongó la conversación e hizo alguna revelaciones para interesar a Antonella e inducirla a seguir hablando mientras sus técnicos localizaban la llamada. Fotografié desde el auto con mi ventanilla apenas baja, los vehículos detenidos con sus choferes dentro y los motores en marcha, y a los agentes cuando salieron en patota con cara de frustración, pero esta vez lo hice con una cámara profesional con objetivo gran angular que siempre llevo en el auto. Cuando los agentes se fueron en sus vehículos, se asomaron cautamente a la puerta del local el dueño y varios clientes, asustados y perplejos por la violente irrupción.
Hoy no volvemos a llamar —le dije a Antonella—. El juego se está poniendo muy peligroso. Dejame que le muestre estas fotos al ingeniero y después decidimos qué hacer. Hasta ahora no nos han localizado, pero no tardarán en cambiar su estrategia y atar cabos. Tenemos que estar alertas.
—Esto ha sido muy excitante —dijo feliz Antonella, mientras me daba un beso apasionado y metía su manito frenética entre mis piernas.
En el auto no, pará —la aparté suavemente muerto de risa—. Vamos a casa.

Esa noche —y aquí aplicaré el concepto de Antonia— Antonella y yo tuvimos sexo ciento por ciento compartido. Pero me sucedió algo inédito y psicológicamente conmocionante: mientras Antonella y yo prolongábamos más que otras veces nuestro acostumbrado preámbulo de besos y caricias, vi mentalmente como en una película lo que pudo haber pasado en el departamento de Antonia si yo me hubiera dejado llevar por la tentación. Y vi la escena en la que ella me rodea el cuello y me besa en la boca, y yo me siento inerme, absolutamente dominado, con el cerebro embotado hasta el extremo de pensar solamente en poseer ese efigie voluptuosa. La tomo por su cintura profunda, respondo activamente a ese beso que en seguida se humedece y se vuelve lingual, deslizo mis manos abiertas por sus amplias caderas, recorro sus muslos hacia abajo, hasta el borde de su minifalda amplísima, y comienzo a levantar lentamente la tela liviana con mis manos ya en contacto con su piel; subo y subo a regiones que se amplían exuberantes y descubro que no tiene ropa interior. Ella entretanto ha hecho su trabajo sin despegar sus labios de los míos y me ha desprendido el pantalón. Todo en esa secuencia onírica fue muy rápido, vertiginoso y maravillosamente enloquecedor. Fue entonces cuando lo imaginario se fundió con la realidad presente y el cuerpo sensual de Antonella fue el cuerpo de Antonia, y en esa realidad todo sucedió también demasiado rápido, vertiginoso, salvaje y maravillosamente enloquecedor.

En un comercio céntrico imprimí yo mismo las cuatro fotografías en el mayor tamaño disponible, 20 x 30, para que se vieran bien algunas de las caras y al menos una de las patentes de los tres automóviles que intervinieron en el operativo. Le avisé por watsapp a Pancho Arribeño para que pasara a buscar esas copias por mi oficina y se las dejé a Helena en un sobre cerrado.
A la mañana siguiente el ingeniero retiró las fotografías y al mediodía me envió un mensaje pidiéndome que nos encontráramos a las 13 en el restaurant del convento de Santa Catalina, en la calle San Martín al 700.
Cuando llegué, Arribeño ya estaba allí comiendo un sándwich con un jugo de frutas en una de las mesas del patio, bajo una enorme palmera fénix. Ese silencioso patio colonial era uno de sus lugares de reunión cuando quería pasar inadvertido.
—¿Vio las fotos? —le pregunté.
—Las vi. Y no le voy a preguntar cómo, por qué, ni en qué circunstancias pudo obtenerlas. Esta vez me ha sorprendido a mí, doctor.
—¿Conoce a esos sujetos?
—Por lo menos conozco a dos. Son agentes orgánicos de la AFI, y eso me llamó mucho la atención, porque hasta ahora estuvimos lidiando con espías jubilados e inorgánicos de distintos camarillas internas. Pero estos son espías activos. Ninguno tiene jerarquía, obedecen órdenes sin preguntar, pero son muy peligrosos porque hacen secuestros, mantienen privados de la libertad a cierta gente que no los puede denunciar y hasta aplican apremios ilegales cuando quieren obtener información.
—¿Son asesinos?
—No, estos no tienen licencia para matar como James Bond. Ya se lo expliqué el otro día; en la Argentina los servicios eliminan personas, pero lo hacen mediante profesionales extranjeros contratados para cada ocasión.
 —¿Pudo averiguarme algo sobre las dos patentes que se ven con claridad?
—Sí, y creo que hay algo que lo va a poner culo para arriba.
A ver, explíquese, ingeniero.
—De las dos patentes, una es oficial de la AFI, y pertenece al área de operaciones especiales —me la señaló con el dedo en una de las fotos—. ¿Y a que no adivina de quién es esta otra?
—Por favor, ingeniero, dígamelo de una vez.
—Del amigo de Antonia Murga.
—¿Juan Voisoglio?
—El mismo: don Juan Marcelo Voisoglio. Pero atenti, el auto no está a nombre de él porque, como le dije la vez pasada, está inhibido y no puede poseer bienes. Pero el muy taimado lo compró a nombre de su amiga Antonia.
—¿Me está diciendo que el vehículo que participó en este operativo es de Antonia Murga? —pregunté incrédulo.
—Así es, pero no se alarme. Pude averiguar que ella le prestó su nombre para esa operación, pero fue de favor, desinteresadamente. Ella no tiene la menor idea de lo que este delincuente hace con ese auto. Si nos atenemos a lo que muestran estas fotos, podríamos deducir que el personaje tiene algo que ver con los servicios, pero parecería que Antonia no lo sabe. Deme tiempo y quizás le pueda averiguar algo más sobre el punto este.
©2020 Enrique Arenz

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jueves, 21 de mayo de 2020

Otra investigación de Facundo Lorences (Cap. 9º)


Esa noche le comenté las novedades a mi mejor consejera: mi inteligente esposa Antonella. Cuando la puse al tanto de lo que me había anoticiado Pancho Arribeño, quedó atónita, con las cejas levantadas, los ojos que se le salían y la boca muy abierta.
—¿Y…? —le pregunté riéndome de su congelada expresión de asombro— ¿Qué me contás?
—Que la familia Murga se está revelando como un poco rara.
—Cada familia tiene sus secretos y sus miserias.
—Me resulta muy extraña la relación de Antonia con ese estafador.
—Sí. Yo estoy un poco desorientado con eso. Tendré que tratar de sacarle algo cuando vuelva a entrevistarme con ella. Quedé en verla en su casa.
—Ojo, vos, eh. ¿Qué tal está esa Antonia?
—Más o menos. Al lado tuyo ninguna mujer me resulta atractiva.
—Vamos, los hombres son todos iguales…
Reí para cortar el tema. Antonella me preguntó:
—¿Qué pensás hacer con los dos nombres y el número de teléfono que te dio don Pancho?
—No decidí nada todavía. Una acción audaz sería llamar a ese número…
Antonella se quedó pensativa. De pronto me tomó el brazo y me dijo:
—Tengo una idea. ¿Y si llamo yo y trato de hablar con alguno de los dos tipos?
—¿Por qué, vos?
—Una mujer desviaría la atención que ahora está enfocada en vos. ¿Qué tal si le digo que fui amiga de Severia Correa de Murga y que tengo la carpeta violeta que ellos andan buscando?
—¿Estás loca? Esa gente es muy peligrosa. ¿Con qué objeto le dirías que tenés en tu poder esa carpeta?
—En primer lugar, llamaría desde un teléfono público para que no me localicen ni puedan saber quién soy. Después, simularía una extorsión, les exigiría una cantidad grande de dinero para entregárselas, por ejemplo… diez millones de dólares.
—¡Diez millones!
—Es para verificar en qué niveles del poder están interesados en esa carpeta. Si aceptan pagar una gran suma es porque la cosa va muy en serio.
—Está bien, pero ¿qué lograrías con eso? Suponte que acepten, ¿qué pensás hacer?
Antonella ya lo tenía todo pensado. Me respondió con pasmosa seguridad:
—Yo apunto a las conversaciones previas. Durante la negociación podría sacarles datos que nos permitan deducir muchas de las circunstancias que permanecen ocultas en torno de esa carpeta.
Pensé que la idea no era mala, y yo siempre confiaba en la fina intuición de Antonella. Finalmente me convencí de que, si tomábamos las debidas precauciones, los espías nunca identificarían a Antonella ni la relacionarían necesariamente conmigo. Acepté la propuesta y nos fuimos juntos al shopping Alto Palermo para usar uno de sus teléfonos públicos. Estábamos entusiasmados como dos chicos planeando una travesura.
Antonella tomó el tubo y yo marqué el número. Los dos acercamos nuestras orejas para escuchar juntos. Contestaron en seguida.
—Sí, ¿Quién habla? —preguntó una voz grave de hombre.
—Me llamo Estela y quiero hablar con el señor Robirosa o con el señor González Metos.
—Yo soy González Metos. ¿Qué desea?
—Lo llamo por la carpeta violeta que ustedes andan buscando.
—¿Carpeta… violeta? No sé de qué me habla.
—La carpeta que tenía el señor Murga, sobre el asunto del fiscal.
(Silencio del otro lado de la línea)
—Hola… —dijo Antonella.
—Dígame lo que me tiene que decir —contestó el tipo.
—La señora Severia Correa de Murga me conocía y me pidió que le guardara una carpeta a cambio de una suma de dinero. Acepté. Entonces ella la envolvió con papel madera, y la selló con cinta de embalar para que yo no curioseara su contenido y me la llevé. Cuando la señora falleció, rompí el envoltorio y miré lo que había dentro. Realmente interesante lo que descubrí. ¡Cuántos nombres importantes involucrados en un crimen del que habló y sigue hablando todo el país! Me dije, esto vale mucha plata. ¿Me equivoqué?
Antonella hizo silencio. Su interlocutor preguntó:
—¿Cuánto quiere?
—¿Cuánto están dispuestos a pagar?
—Digamos… cincuenta mil pesos.
Antonella lanzó una carcajada.
—Cien mil.
Otra carcajada. Era admirable cono Antonella estaba manejando la situación.
—¡Carajo!, terminemos, diga de una vez cuánto quiere.
—Diez millones de dólares.
—¿Pero usted está loca?
En ese momento oprimí la horquilla y corté la comunicación. Le dije a Antonella que nos fuéramos a otro lugar porque ya debían de haber rastreado ese teléfono. Limpié con un pañuelo el tubo, la horquilla y los botones numéricos y fuimos a otro shopping.
Entre que llegamos, dejamos el auto en un estacionamiento y subimos al sector de teléfonos públicos, pasaron unos tres cuartos de hora. Antonella se volvió a comunicar con el mismo sujeto.
—¿Por qué me colgó? —preguntó el tipo en mal tono.
—Porque usted no quiere negociar en serio. Sé lo importante que es esa carpeta. ¿La quieren o no la quieren?
—Claro que la queremos. Pero antes de hablar de plata tiene que decirme cómo consiguió mi teléfono y nuestros nombres.
—¿Y eso qué importa? Ustedes fueron los que la amenazaron a Severia. Lo supe después, porque ella a mí no me dijo nada. Además, los vi en el velatorio de la señora.
(Silencio en el otro extremo de la línea)
—Como ve —continuó Antonella—, no soy ninguna aficionada. Tengo vínculos muy importantes.
—Me imagino que usted pertenece al grupo de Jaime.
—Puede ser…
—Nosotros suponíamos que la carpeta iba a llegar a sus manos. Pero Jaime tiene llegada directa a los interesados más importantes, los que quieren que sus nombres no aparezcan involucrados en ese hecho. ¿Por qué recurren a nosotros?
—No queremos que nos identifiquen.
—Está bien. Pero tenemos que hablar con los jefes. Diez millones de dólares. Llámeme mañana y seguimos conversando.
El tipo colgó el teléfono.
—Rajemos —le dije a Antonella.
La misma operación de limpieza del aparato y nos fuimos de allí.
—Te felicito —le dije a Antonella y le di un beso— estuviste hecha una Mata Hari.
—No, que a esa la fusilaron —dijo muerta de risa, y dio un saltito como una adolescente que zafa en el examen de latín.
—Bueno, hasta ahora logramos obtener un dato nuevo: hay un grupo de inteligencia denominado «Grupo de Jaime» que posiblemente tenga de verdad la carpeta en su poder, y estos otros creen que los de Jaime quieren venderle la carpeta para no quedar expuestos.
—¡Qué nervios, Dios mío!
—Pero no se notó, actuaste con una gran frialdad. El tipo se la creyó.
—Así parece. Bueno, mañana volvemos a llamar, pero tarde, para que se pongan impacientes.

Me comuniqué con el ingeniero por watssap y le pedí que me informara lo que supiera sobre un denominado «Grupo de Jaime» dentro de los servicios. A la hora, Arribeño me remitió un audio con las siguientes palabras:
«El grupo Jaime es un sector de la ex Side que fue echado durante el gobierno anterior y que, en represalia, supuestamente, planeó la muerte del fiscal Berstein. Para eso trajeron a dos sicarios iraníes que asesinaron al fiscal y el mismo día salieron del país. Pero el objetivo de ellos era que las sospechas por ese magnicidio recayeran sobre el propio gobierno y su comandante del Ejército, que, como usted sabrá, había creado una especie de SIDE paralela, ya que el fiscal los estaba investigando por presunto encubrimiento del atentado terrorista a raíz del memorando con Irán. Este Jaime era el jefe de operaciones de contrainteligencia con vastas conexiones con los servicios de todo el mundo, particularmente con el de Irán y el FBI. A los iraníes les interesaba sacarse de encima a ese fiscal que los acusaba por el atentado contra la mutual judía, así que fue fácil conseguir su colaboración ad honorem para esta operación criminal. El grupo de Jaime está enfrentado con los sectores de inteligencia que responden a los altos funcionarios del gobierno anterior. Eso es todo lo que le puedo informar. Lo que no entiendo es qué tiene que ver esto con lo que usted está investigando. Por favor, borre este mensaje no bien lo escuche. Cuídese, doctor, porque que esta gente es muy peligrosa»

Borré el mensaje de mi celular y le envié al ingeniero otro mensaje preguntándole a cuál de esos grupos pertenecía Arnaldo Murga. Me contestó con otro audio:
«Murguita era más orgánico, no respondía específicamente a ningún grupo interno, pero se llevaba bien con todos. La esposa, en cambio, tal vez tenía más afinidad con Jaime por su proximidad con el área donde este solía moverse».

Al día siguiente la llamé a Antonia por teléfono para decirle que aceptaba su invitación a tomar un café en su casa. Encantada, me propuso que fuera esa misma mañana a las 10, ya que era su día franco.
Fui con cierta ansiedad sabiendo que Antonia podría intentar algo conmigo. Con sus palabras y gestualidad no ocultaba la atracción, admiración o encantamiento que ella parecía sentir por mí, situación que, no lo negaré, me halagaba. Pero también me erotizaba, y juro que no estaba dispuesto a permitir que una circunstancia así me arrastrara a un desliz del que me arrepintiera toda la vida. Estaba decidido a no desviarme de mi objetivo profesional que era conversar sobre nuestra investigación e interrogarla para obtener y ordenar toda la información que pudiera proporcionarme.
Cuando la vi salir del ascensor para abrirme la puerta del edificio se me aflojaron todos los remaches de mi armadura. Se había puesto un vestidito rojo con pequeños círculos blancos, sin mangas, liviano, muy ajustado arriba y cortísimo y sugestivamente acampanado debajo. Sus piernas largas y perfectas insinuaban su continuidad hacia arriba, y la amplísima falda ofrecía una accesibilidad demasiado tentadora. Tenía el cabello negro suelto y estaba suavemente maquillada. Llevaba botinetas de cuero negras adornadas con cadenas y ceñidas con hebillas metálicas, con tacones y plataformas que la hacían altísima y me dejaban debajo de ella. ¡Qué monumento de mina!, pensé. En el ascensor, un perfume manso y acariciador me rodeó como una serpiente bíblica. ¡Qué débiles somos los hombres ante el ritual seductor de la feminidad! Subimos hasta el sexto piso en silencio, aunque ella cada tanto me miraba sonriente desde su estatura dominante. También estaba nerviosa. Sin duda se había vestido y maquillado para mí. Me pregunté: ¿saldré indemne de esta trampa en la que me estoy metiendo solo?
Entramos en el pequeño departamento de dos ambientes que sospechosamente tenía las cortinas corridas y una iluminación artificial muy tenue. Encantador el departamentito, íntimo, acogedor. Recordé el crepúsculo interior del «pisito que puso Maple / piano, estera y velador.» Sólo faltaban el piano y el gato de porcelana.
Apenas Antonia cerró la puerta, se acercó a mí, puso su mano suavemente sobre mi hombro y me dio un beso en la mejilla.
—Bienvenido a mi casa —susurro casi en mi oído.
Fue un momento difícil, de irresistible incentivo. Su proximidad me trastornó y estuve a punto de poner mi mano sobre su cintura: hubiera sido el punto de no retorno. Pero me sobrepuse, me aparté rápidamente de ella, le dije gracias en un tono de amable pirueta elusiva, fui hasta la mesa, deposité mi portafolios, me quité el saco, lo acomodé en el respaldo de una de las cuatro sillas y me senté sin esperar la formal invitación. Tratando de recuperar mi tono de voz normal, le comenté algunas banalidades sobre la burocracia de los tribunales y ella se sentó sonriente y ligeramente ruborizada frente a mí. Me hizo algunos comentarios intrascendentes y enseguida se levantó para traer el café. Respiré aliviado. Había zafado de una claudicación colosal, y eso confortaba mi conciencia de marido leal y buen padre de familia. Pero… como todo hombre que de soltero no habría rehuido jamás una oferta amorosa de aquel calibre, en un rinconcito oscuro de mi reprimida pero todavía viva naturaleza concupiscente, lamentaba haber malogrado esa oportunidad irrepetible.
Tomamos un rico café doble acompañado con masas finas mientras los dos tratábamos de desdramatizar la tensión de minutos antes haciendo algunas bromas inocentes. Enseguida tomé la iniciativa y le hablé del caso que investigábamos.
—Antonia, necesito conocer algunas cosas de tus padres.
—Muy bien, para eso nos encontramos aquí. Vos dirás.
—¿Te llevabas bien con tu papá?
—Sí, qué sé yo. No tengo un buen recuerdo de mi niñez porque ellos estaban siempre pendientes de su trabajo y me dejaban de lado. Hasta la adolescencia me crie con una niñera fría y desamorada a la que nunca le vi una sonrisa en su cara de besugo. Pasaban días enteros sin que mis padres aparecieran por casa. Pero así y todo no me llevé mal con ellos. Con papá, mejor que con mamá.
—¿Qué sabés del trabajo que hacía tu papá en Presidencia? Esto es importante por lo de la famosa carpeta que le reclamaban a tu mamá. Esa carpeta, hasta donde sabemos, se relacionaba con las actividades oficiales de tu padre.
—Ah, sí, la misteriosa carpeta violeta… Mirá, Facundo, yo nunca vi una carpeta violeta en casa desde que comencé a ir al departamento de Rivadavia para acompañar a mamá luego del fallecimiento repentino de papá. Tampoco anduve revisando el departamento, aunque iba casi todos los días. Si hubiera existido esa carpeta yo quizás ni le habría prestado atención.
—¿Y sobre el trabajo de tu papá?
—Como te dije la vez pasada, él no hablaba conmigo sobre sus actividades de funcionario y de chiquita aprendí que los dos trabajaban en distintas áreas oficiales muy sensibles y que estaban obligados a una hermética confidencialidad. Yo naturalicé eso y nunca pregunté nada, pero sí observé que conversaban mucho entre ellos en voz baja como para que yo no los oyera.
—Y decime, Antonia, ¿observaste alguna vez una situación de tensión, de nerviosismo entre ellos por un asunto de trabajo? ¿Alguna discusión fuerte?
—Por cuestiones de trabajo, que yo recuerde, nunca los vi discutir.
—¿Y por otros asuntos?
—Sí, por supuesto, como cualquier matrimonio. Peleaban mucho, pero enseguida se reconciliaban. Te voy a decir algo muy reservado: mi viejo se cansó de tener aventuras extramatrimoniales. Le gustaban mucho las mujeres. Bueno, a qué hombre no ¿verdad? —me miró fijamente a los ojos y sonrió con picardía—. Y mamá, algo paranoica, siempre estaba sospechando infidelidades. Esto provocaba continuas agarradas que yo escuchaba desde mi dormitorio. Pero mamá era una mujer muy inteligente y sabía que esa situación no cambiaría nunca, así que se bancaba los amoríos del viejo y enseguida los olvidaba. Ella, por otra parte, era mucho mayor que él, así que… según como lo mires…
—¿Conociste alguna mujer que haya tenido relaciones con tu padre?
—En realidad, eso nunca me importó. Que hiciera lo que le diera la gana. Si a mí ni me tenían en cuenta, ninguno de los dos. Sólo quería irme cuanto antes de mi casa, y cuando tuve la oportunidad me las piqué con un tipo joven que me recopó porque era dulce y lindo. Lo dejé al poco tiempo de convivencia y me vine a vivir sola a este departamento.
—¿Por qué te separaste?
—Por lo que hablamos la otra noche: se me fue el enamoramiento y no quedó nada en su lugar, lo que se dice, nada, ni siquiera el mínimo afecto. El día en que lo vi tal cual era, un verdadero nabo, el desencanto fue demoledor.
—Recuerdo que vos me dijiste que había que disfrutar de los primeros días del encantamiento y que era conveniente cortar enseguida apenas uno empezaba a ver los defectos del amante idealizado.
—Claro… ¿y no tengo razón?
En ese momento advertí con alarma que el tema sexual intentaba imponerse otra vez en nuestra conversación. Lo corté bruscamente.
—¿Qué me podés decir de la doméstica Anabel? ¿Vos estabas todavía en el departamento cuando ella empezó a trabajar hace veinte años?
—¿Cómo sabés eso? —preguntó poniéndose muy seria. Enseguida sonrió— Bueno, sos un abogado detective, lo había olvidado.
Se puso a pensar y al cabo de un tiempo me dijo:
—A ver, yo tenía veintidós… sí, tenés razón, se cumplen veinte años desde que Anabel vino a trabajar a mi casa.
—¿Te molestó que te preguntara eso?
—No, para nada, sólo me llamó la atención tu precisión… Sos eficiente, Facundo.
Fue evidente que no le gustó cuando mencioné el nombre de Anabel. Ella conocía la relación íntima de la doméstica con su padre y se había llevado la computadora del departamento para ocultar las pruebas de los pagos importantes que aquélla recibía con dinero de los fondos reservados. Pero Antonia no sabía que yo sabía esto último, y no pensaba decírselo.
—Es que estuve investigando los movimientos de la casa de tus padres —le expliqué, procurando mostrar poco interés en ese asunto—. Tengo que conocer todo, hasta lo más insignificante, para después descartar lo que no interesa a la investigación.
—Veo que hacés bien tu trabajo… Bueno, me preguntaste si conocí a algunas de las ocasionales amantes de mi padre. Creo que Anabel fue una de ellas, pero yo ya no vivía en el departamento. Me fui a los 24, hace dieciocho años. Por favor, no quiero que esto se divulgue, confío en tu discreción.
—Absolutamente, podés hablarme con total confianza. Los dos queremos lo mismo; saber si a tu madre la mataron y, en ese caso, quién fue el asesino.
—¿Y vos creés que Anabel tuvo algo que ver? Es una mujer muy simple que sólo sabe limpiar, planchar y prostituirse con los maridos de algunas de sus patronas.
—¿Prostituirse, decís? ¿Pensás que tu padre le… pagaba?
—No me consta, pero supongo que sí.
—Me dijiste la vez pasada que ella no tenía llaves del departamento.
—No, no las tenía.
—¿Y si te digo que sí las tenía?
—Entonces sabés más que yo…
—Pude averiguar que tus padres le dejaron un juego de llaves para que se quedara a dormir uno de los dos días semanales porque iba a otra casa de familia en Buenos Aires y de esa manera se ahorraba dos viajes a Morón.
—Mierda, sabés hasta el lugar donde vive Anabel. Lo de las llaves lo ignoraba, y me asusta. Facundo. ¿Eso quiere decir que Anabel es para vos una sospechosa? ¡Dios Santo!
—No… Bueno, todos son sospechosos hasta que se demuestre lo contrario —dije riendo.
—¿Tomás otro café?
—Con mucho gusto, hacés un café muy rico.
—Gracias, pero no es lo único que hago bien… —dijo con voz melosa. Era el último disparo de un soldado en retirada.
—No tengo la menor duda —contesté con una sonrisa de compromiso.
Ya era hora de que me fuera despidiendo de Antonia. Consideré que en ese momento no debía hacer preguntas acerca de su extraña relación con el estafador Juan Voisoglio, ni siquiera mencionar su nombre. Por entonces yo ignoraba qué sentimientos o intereses la unían a ese individuo, y hasta no averiguarlo por mis propios medios, mejor no hablar del asunto.
Me acompañó hasta la planta baja para abrirme la puerta. Y sucedió lo insólito: se despidió de mí dándome un frío apretón de manos, inesperado distanciamiento que me desconcertó, pero que yo tomé como una reacción responsable y sensata. En cambio, mi otro yo, el promiscuo reprimido que se tiraba de los pelos, sintió la tristeza del fracaso y lamentó la oportunidad desperdiciada.

©2020 Enrique Arenz
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jueves, 14 de mayo de 2020

Otra investigación de Facundo Lorences (Cap. 8º)


Al mediodía comí algo en el centro y me fui a la oficina a googlear en mi computadora.
Primero busqué a Antonia Mabel Murga. Tenía una cuenta en Facebook con unos cuarenta amigos. Su perfil es público, así que pude recorrerlo para ver si había algún dato que me sirviera. Indicaba que había estudiado en la Facultad de Farmacia y bioquímica y que trabajaba en un gran supermercado. Sólo encontré fotos de paisajes, flores y mariposas, algunas citas de personalidades y fotos de ella sola, con amigas, en algún cumpleaños, y con compañeros del trabajo. No parecía dedicarle mucho tiempo a esa actividad y su último posteo databa de varias semanas. No tenía perfiles en Twitter ni en Instagram. El actual amigo de Antonia, Juan Bursaglia, no figuraba entre sus amigos. Tampoco lo encontré en ningún portal de noticias ni en las redes sociales ni en el sitio web de la Justicia Nacional, por lo cual ese no era el apellido de un estafador que había cumplido una condena.
El señor Murga y su esposa Severia, por su edad, y como tantos otros de su generación, se fueron de este mundo sin dejar rastros en la modernidad de internet.
La mucama Anabel Ramos tampoco figuraba en el ciberespacio.
Le envié un mensaje por whatsapp a Pancho Arribeño:

·  Hola ingeniero. Quiero pedirle que agregue estos nombres a la investigación que le encargué: Juan Bursaglia (creo que su apellido no se escribe así), tiene antecedentes penales como estafador. También averígüeme sobre una tal Anabel Gregoria Ramos, que fue doméstica de Severia de Murga y vive en Morón.
 ·  Recibido, doctor. Ya estoy trabajando con lo suyo.

Poco antes de las cuatro llegó Helena y enseguida comenzaron a caer los clientes agendados para esa tarde. Estuve un par de horas atendiendo. Me desocupé pasadas las seis, y antes de ponerme a preparar documentación que debía llevar al día siguiente a distintos juzgados, le pedí un café a Helena y me puse a pensar en el caso de Severia Correa de Murga.
¿Qué tenía hasta ahora?

En primer lugar, la evidencia de los saquitos de té y la posición de la taza.
¡Los saquitos, recién caía!  ¿Cómo se me pudo escapar algo tan obvio, tan elemental? El asesino de Severia nunca pudo dejar un saquito de té contaminado en el tarro de basura. Habría sido una desidia fatal en la que no caería ni el más incompetente de los criminales.
La existencia de los dos saquitos en la basura y la comprobación del estado de uso de cada uno, más la ubicación equivocada de la taza me indicaban que mi razonamiento inicial era correcto. Pero si el primer saquito hubiera contenido restos del opiáceo empleado, el asesino debería haberlo hecho desaparecer. ¿Cómo explicar esta negligencia? Si ahora si el análisis de laboratorio me confirma que no hay nada anormal en ninguno de los saquitos, tendré que repensar mi explicación del procedimiento del crimen, al menos hasta que tengamos el resultado de la autopsia.
Por otra parte tenemos el testimonio de Ernestina que, según ella, es la única que le escuchó decir a su amiga que la habían amenazado de muerte, y que su fallecido esposo no sólo estaba al tanto de los pormenores de la muerte del fiscal Berstein sino que conocía a instigadores, coautores y partícipes de ese magnicidio, información que tenía guardada en una carpeta violeta que Severia aseguraba no haber visto nunca.
¿Le dijo toda la verdad Severia a su gran amiga Ernestina? Según afirma la hija de Severia, si su madre hubiera tenido conocimiento de esa carpeta y de su contenido, se la habría hecho llegar a un periodista de investigación reconocido y nunca se la hubiera entregado ni a los que la presionaban y amenazaron ni a la Justicia. Pero a mí me quedó una duda (y se la insinué a Antonia cuando hablamos de eso): ¿Y si Severia conocía la carpeta y vio nombres de personas a las que no quiso delatar? ¿Y si el propio Arnaldo Murga estaba comprometido en el asesinato del fiscal Berstein? Si es verdad que el esposo de Severia se quedó con esa carpeta, algún vínculo muy estrecho debió de tener con los planificadores o ejecutores de ese plan criminal, si no ¿cómo explicar la posesión de semejantes pruebas?
Pero lo cierto es que la carpeta no aparece. Nadie la vio. Alguien estuvo en el departamento de Severia y revolvió los papeles en el cuartito del señor Murga, seguramente buscaban esa carpeta, ¿La hallaron? No lo creo. La lógica más elemental dice que de haberla tenido en su casa, Murga la habría guardado en su caja de seguridad. Y esa caja, que está bien oculta por una falsa pared corrediza, nunca fue violentada y Antonia no encontró ninguna carpeta cuando la abrió después del fallecimiento de su madre. Al menos eso dijo, y no veo por qué razón iba a mentir sobre algo tan importante. También los intrusos se llevaron la netbook de Murga, aunque después la devolvieron, y el que la reintegró misteriosamente no pudo ser otro que ese tal Serapio que me atacó. A menos que otra persona tenga llaves del departamento, de lo cual hasta ahora no hay ninguna evidencia. La netbook de Murga está ahora en poder de la Justicia, y en algún momento nos enteraremos de lo que encontraron en el disco los expertos informáticos de la policía.
Continué enumerando mentalmente hechos y conjeturas: un asesino profesional me anduvo siguiendo y se metió en el departamento de la calle Rivadavia cuando yo dejé la puerta sin llave. ¿Quiénes lo mandaron a que me golpeara como para desanimarme de continuar con la investigación? Y otra cosa que recién ahora se me ocurre: ¿cómo hizo para trasponer la puerta principal del edificio en la planta baja que siempre permanece cerrada con llave, regla obligatoria en todo edificio de propiedad horizontal que yo recuerdo haber cumplido. Espero que el fiscal pida los registros de alguna de las cámaras de seguridad que pueda haber en las inmediaciones.
En ese momento Helena me pasó una llamada. Era de mi amigo el bioquímico que me avisaba que en los saquitos sólo había encontrado té.

Al día siguiente ocupé toda mi mañana en los pasillos tribunalicios. Por la tarde me quedé en casa para estar con mis hijos y ayudarlos en sus tareas escolares mientras mi esposa tomaba exámenes en la facultad de Ciencias Exactas y Naturales, en la carrera de ciencias matemáticas donde es profesora titular.
Esa tarde decidí poner a prueba las teorías sexuales de Antonia. Hice méritos. Atendí a los chicos con una dedicación algo exagerada, luego preparé la cena y sorprendí a Antonella, que llegó pasadas las diez, con una mesa regaladamente servida. Los chicos ya habían comido, se habían bañado y estaban en la cama viendo televisión con todas sus tareas terminadas y sus mochilas prolijamente preparadas para el día siguiente.
Antonella estaba agotada por un día intenso de trabajo. Saludó a sus hijos y quedó encantada de encontrarlos tan contentos después de haber pasado una tarde activa y divertida en compañía de su padre. Luego se duchó, cenamos, bebimos champaña y charlamos largamente de lo que hizo ella durante todo el día. Me concentré y logré interesarme sólo en ella, en sus actividades académicas y en sus peleas con el decano; me reí mucho con los chimentos de la sala de profesores, los amoríos clandestinos, las ojerizas y las eternas envidias. Me costó, pero no me dejé arrastrar, como casi siempre me sucede, por la tentación de hablar de mi trabajo y monopolizar la conversación como un egoísta que se siente importante. Antonella, como dije, estaba muy cansada, pero en tanto yo me interesaba en cada cosa que me contaba, y demostraba querer escuchar todo lo que ella tenía para decirme, el cansancio se le fue borrando de su hermosa carita y una expresión de amorosa ternura fue dibujándose en sus ojos. Finalmente me pidió que fuéramos a la cama. Y les aseguro que Antonia tenía razón: «Cuando a una mujer se le pasó el enamoramiento inicial, el sexo compartido te lo tenés que ganar.»
Antonia me había dicho que las mujeres casadas, con el tiempo, ya no necesitan el sexo físico como nosotros, pero que si nos aman son complacientes con nuestras urgencias corporales y suelen fingir el orgasmo nada más que para halagar el orgullo masculino. En el momento en que Antonia me explicó esto, yo había pensado que Antonella no necesita fingir porque sabe que yo no tengo ese orgullo estúpido. Por eso ella y yo sabemos que en muchas de nuestras casi diarias relaciones ella no se erotiza, pero en tales ocasiones siempre me demostró una tierna entrega y un disfrute del sexo de una manera diferente, no lujuriosa, no orgánica, sino emocional y afectiva. En cambio, las veces que Antonella se excitaba (ahora sé que eso ocurría cuando experimentaba episodios de reminiscencia de su enamoramiento inicial), si yo acababa antes que ella, ah, la cosa no quedaba así: me exigía completar la tarea inconclusa de cualquier forma. Y esos eran nuestros momentos más divertidos.
La teoría de Antonia quedó demostrada esa noche: por el camino del afecto, la comprensión, el compañerismo, la paternidad comprometida, el agasajo de una buena cena y la demostración de mi interés por ella y sus asuntos, yo había logrado movilizar su respuesta emocional que conduce al libido femenino, a ese estado que Antonia llamaba  “condiciones del sexo compartido”. En pocas palabras: el polvo antológico de esa noche, me lo gané.
Otro caso resuelto en mi carrera de investigador de intrigas y misterios.

Pancho Arribeño me pidió una entrevista, siempre por wassapp.
A las cuatro estaba en mi oficina. Esta vez no hizo las bromas y comentarios procaces tan habituales en su personalidad desenfadada y chabacana. Estaba serio, intranquilo; nunca lo había visto así. Me dio la mano con un apenas audible «Cómo está, doctor». Y extrajo, con ademanes nerviosos, unos apuntes manuscritos de su portafolios.
—Estoy muy preocupado —murmuró.
—Se le nota, ingeniero, ¿qué es lo que le preocupa?
—Usted.
—¿Yo?
—Si, doctor. He visto cosas raras en mis averiguaciones. Creo que van a intentar algo contra usted…
—Sea más claro, por favor. ¿Qué es lo que van a intentar y quiénes?
—Usted no me dijo todo —rezongó con una mueca de reproche, pero enseguida borró esa impresión—. Y lo acepto, ¿quién más indicado que yo para saber que hay cosas que son innombrables? Comprendo su reserva, doctor, y no me afecta para nada. Usted no tiene idea del nido de ratas que es el ambiente marginal de los espías. Aquí y en toda la ancha Tierra. Pues bien, en ciertos sótanos muy oscuros y tenebrosos de ese submundo, saben que usted está investigando algo que no puede ni debe salir a la luz.
—Investigo la muerte de Severia Correa de Murga.
—Pero hay algo más detrás de esa muerte, la famosa carpeta…
—Así es, esa muerte fue un crimen que, aparentemente (porque todavía no lo sabemos con certeza), se habría cometido para encubrir otro crimen que compromete a personajes poderosos. Eso ya lo hablamos. Después del ataque que sufrí conozco bien a lo que me expongo, pero pese a todo, ya decidí seguir adelante.
—Está bien, doctor, y lo admiro por su coraje. Sólo quiero advertirle sobre algo muy turbio que presumo se trama contra usted, aunque no sé de qué se trata. Dicho esto, paso a informarle sobre lo que me pidió. Tengo los nombres de los dos sujetos (fueron dos, no tres como le informaron) que amenazaron a la viuda de Murga. Ya mismo se los mando por whatsapp.
El ingeniero tomó su celular y envió un mensaje ya preparado. En el acto sonó el mío y vi en la pantalla dos nombres:

· Ferdinando Robirosa
Adrián González Metos

—¡Al segundo lo conozco! —exclamé sorprendido— Es un colega, abogado de una Compañía de Seguros.
—Sí, pero no se confíe, esa actividad es una pantalla. Su ocupación verdadera es la de un espía apretador. Como le dije, ninguno de los dos es importante en la estructura de inteligencia. Trabajaron para la llamada «Side paralela», ahora residual, pero activa, que organizó el gobierno anterior para espiar y armar operaciones contra políticos y periodistas que molestan al poder. (¿Se acuerda del caso Olivera?) Los famosos «carpetazos» que usted habrá oído mencionar por televisión. Estos dos agentes se encargan de «caminar» víctimas que les marcan desde arriba, amenazarlos y apretarlos. A veces ofician de intermediarios entre el jefe de operaciones y los sicarios extranjeros que vienen a hacer los trabajos sucios. El que lo atacó a usted era uno de estos, y quienes se lo mandaron pudieron ser estos mismos tipos cuyos nombres le acabo de pasar, aunque tengo mis dudas.
—Dos agentes… ¿Y por qué Severia le dijo a su amiga que fueron tres?
—Eso lo tendrá que averiguar usted, doctor. Estos dos personajes la visitaron a Severia el 7 de agosto de 2017 por la mañana, fueron amables pero la apretaron con sutileza y le dejaron un número telefónico para que los llamara cuando tuviera la carpeta. Severia no les dio ni cinco de pelota. Los tipos volvieron seis meses después. Pero esta segunda vez ella no les abrió la puerta, los mandó a la mierda desde adentro y los amenazó con llamar al 911.
—Me pregunto… ¿Por qué Severia los dejó entrar la primera vez a su casa?
—Tal vez los conocía… o quizás los acompañó alguien que ella conocía.
—¿El tercero?
—Podría ser. Alguien vinculado a los servicios.
—Bueno, ingeniero, ¿me consiguió algún elemento probatorio para que yo pueda denunciar a estos malhechores?
—¿Denunciarlos? Me parece que usted está en pedo, doctor. En primer lugar, no hay pruebas, lo que yo averiguo es todo bla, bla, bla, por conexiones y conversaciones informales; posta, eso sí, puede poner las manos en el fuego, pero imposible de probar. Y en segundo lugar, ¿cómo se le ocurre enfrentar a esa gente?
—Soy un hombre de Derecho, mi estimado ingeniero, si alguien comete un delito mi deber es denunciarlo. Sólo necesito un indicio, un testigo, algo en qué basarme.
—¡Cruz Diablo!, no se le ocurra nombrarme cono testigo. Tendría que irme del país.
—No, hombre, no. No se preocupe, conozco bien cómo es su trabajo y nunca lo mandaría al frente. Olvídese. Todo lo que usted me informa es secreto profesional. Pero no me voy a quedar quieto con esto, téngalo por seguro. ¿Dice que a la viuda de Murga le dejaron un número telefónico?
—¿Lo quiere?
—No me diga que lo tiene— salté entusiasmado.
—Aquí se lo mando a su celular. Memorícelo y borre todo de inmediato.
—Gracias, este dato es importantísimo —Miré el número, lo memoricé y lo borré en el acto—. ¿Qué más me averiguó?
—Bueno, ese tal Juan Bursaglia se llama en realidad Juan Marcelo Voisoglio, tiene 52 años, es amigo de Antonia. Este hombre estuvo tres años en cana por haber estafado a muchos pequeños ahorristas. Y salió porque tiene alguna palanca en la Justicia, sino todavía estaba adentro. Se hacía pasar por un importante financista y ofrecía intereses en dólares muy superiores a los que se obtenían en el mercado. Logró que muchas personas le dieran sus ahorros del colchón para invertir en los Estados Unidos como él les prometía. Les entregaba un certificado trucho de un fondo de inversión norteamericano y les pagaba regularmente los altísimos intereses anuales con parte de los dólares que le confiaban nuevos ahorristas. Había logrado hacer una cadena de clientes: sus mismas víctimas lo recomendaban a sus amigos y familiares, todos acumuladores de dólares de toda la vida. Es un tipo muy hábil y muy seductor, por lo que logró hacer una cartera muy grande de inversores que se multiplicaban. Hasta que algún desconfiado le pidió la devolución total de su depósito, se lo devolvió enseguida, al tiempo cayó otro con la misma petición. Pero a éste le demoró el reintegro, le dio una parte y le ofreció más intereses por el resto. Este cliente habló con el que lo había recomendado y este con otro y así se empezó a correr la voz de que le iban mal los negocios, le cayeron en cascada los pedidos de retiro de la plata invertida y se le cortó la afluencia de nuevos inversores. Él en realidad tenía la plata atesorada o invertida, Dios sabe dónde. Incluso me han hablado de un testaferro que nadie conoce. La Justicia no pudo encontrarle nada a su nombre. Cuando ya no pudo sostener el peligroso juego de pagar intereses a unos con parte del capital que le depositaban otros, se fugó y dejó el tendal. Se calcula que se llevó unos tres millones de dólares. Estuvo un tiempo prófugo hasta que él mismo se entregó, confesó su delito para abreviar el proceso y lo condenaron por estafa. Pero la plata nunca apareció y sus víctimas no recuperaron un solo dólar. Ahora Voisoglio se dedica a relaciones públicas y estrategias corporativas y vive modestamente en un departamento alquilado. Tiene una inhibición general de bienes por lo que no poseé ni puede poseer propiedades a su nombre.
—¿Y cuál es la relación que tiene con Antonia?
—Eso no me queda claro. A veces ella lo visita y pasa una noche con él. Otras, salen juntos a cenar y van luego al departamento de ella. Pero muy de vez en cuando. Se me ocurre que es una de esas amistades «con beneficio», que le dicen. En fin, es todo lo que pude averiguar, al menos hasta ahora.
—¿Y sobre Anabel Gregoria Ramos?
—Bueno, acá las cosas son más complicadas. Anabel es una mujer común de unos cincuenta y pico, empleada doméstica que atiende a varias casas, vive en Morón y trabajaba en la casa de Severia de Murga desde hacía unos veinte años. Vea lo que son las casualidades, doctor: yo ya la conocía de mentas, sin saber cómo se llamaba, porque Murguita, nada menos, me había hablado de ella. Pero espere, eso se lo cuento después. La señora Severia le tenía mucha confianza, tanto que hasta le había dado las llaves de su departamento…
—¿Cómo? ¿Que le dio las llaves me está diciendo?
—Así es. Severia era muy desconfiada, pero esta chica se la supo poner en el bolsillo, y su marido la convenció de darle las llaves para que Anabel se quedara a dormir uno de los dos días semanales que iba al departamento, de manera que a la mañana siguiente, muy de madrugara, la empleada saliera sin despertarlos para dirigirse a otra casa que también atendía en Buenos Aires. De esa manera le hacían el favor de ahorrarse dos largos viajes entre Morón y la Capital. Ese día Anabel cenaba con ellos, dormía en la pieza de servicio y a las seis de la mañana salía para ir a la otra casa. También se favorecían Severia y Arnaldo, que así podían ausentarse por las exigencias de sus trabajos de extensos horarios mientras Anabel lavaba, planchaba y limpiaba la casa.
—¿Pero cómo averiguó todo eso?
—Ella misma me lo dijo.
—¿La entrevistó personalmente?
—Doctor, yo hago mi trabajo con profesionalidad, modestia aparte. Fui a verla el domingo pasado, me atendió detrás de una reja, le dije que era conocido de la señora Severia, que ésta me había hablado muy bien de ella, y que yo tenía interés en contratarla los días y horarios que le habían quedado libres debido al fallecimiento de la señora. Se mostró muy dolida por esa pérdida y me dijo que nunca había tenido una patrona tan agradable en el trato laboral. Conversamos todo esto en la puerta, pero como le caí simpático (porque, doctor, sin despreciar, soy un tipo que le sabe chamullar a las mujeres), me hizo pasar para tomar un café y hablar de la señora Severia. Me presentó a su madre, que vive con ella. Cuando le dije que soy soltero se le iluminaron los ojos. No se ría, doctor, soy un buen partido todavía. Bueno, me contó que estuvo casada hasta que su marido la dejó por otra más joven. No le voy a decir que es una mina ¡oooh!, pero tiene lo suyo, buenos pechos, un lindo culo. Pese a su edad todavía está para mojar el biscocho. Debió de ser codiciable hace veinte años. Y aquí viene lo de Murguita. Una vez mi amigo me había hecho la confidencia de que se cogía a la sirvienta de su casa, pero nunca me dio el nombre. Yo ahora deduzco que por la época no pudo ser otra que Anabel.
—¿El señor Arnaldo Murga tenía relaciones clandestinas con la empleada de su mujer? —exclamé escandalizado como lo haría un rabino jasídico.
Arribeño lanzó una carcajada.
—Usted no sabe, doctor, lo mujeriego que era Murguita. Le metía los cuernos a la pobre Severia con toda clase de minas, compañeras de trabajo, putitas jóvenes, lo que venga. En eso éramos muy parecidos, aunque yo siempre fui soltero y no tuve que cagar a nadie. Nos gustaba contarnos las encamadas de cada uno en nuestras charlas de café. Bueno, eso es lo que hacemos los hombres cuando no hablamos de fútbol o de política.
—¿Y su mujer lo sabía?
—Lo de Anabel, creo que no. Otras infidelidades, seguro.
—¿Y cómo se concretaban esas relaciones con Anabel?
—Fifaban en la misma casa. Las noches en que la mucama se quedaba a dormir y Severia avisaba que no regresaría hasta la mañana por razones laborales, Murguita se metía en la pieza de servicio y le sacudía el pesebre a lo pavote. Qué putañero este Murguita.
—¿Pero eso cuándo fue?
—Calculo, por lo que él me contaba, que a los dos años de entrar Anabel a trabajar en la casa, alrededor de dieciocho años atrás.
—¿Y la hija?
—¿Antonia? No sé, pero creo que por ese entonces ya se había juntado con un muchacho y se había ido de la casa de sus padres, no estoy seguro. Según me contaba Murguita fue muy generoso con Anabel y la ayudó a que se construyera la casita que tiene en Morón. La relación se cortó cuando la mujer de Murguita se jubiló. Para entonces él ya estaba jodido del bobo y me había contado que la mina le pedía dinero vuelta a vuelta,  casi como extorsionándolo.
—Es increíble lo que me cuenta, ingeniero. Usted siempre me sorprende…
—Espere que aquí no termina todo. Murguita me había dicho que llevaba las anotaciones de todos los gastos en materiales, derechos municipales y mano de obra de la construcción de la casa de su amante porque presentaba las facturas en un área de la Presidencia donde se registran los gastos secretos en operaciones especiales. Después tenía que justificar esos gastos en extensos y rebuscados escritos que nadie leía pero que debían estar en los expedientes con la firma del agente y la aprobación del superior. Una de las últimas veces que nos vimos antes de su fallecimiento, me dijo que tenía que borrar todas esas constancias de su computadora para que no las fuera a encontrar su jermu. Murguita era un funcionario eficiente pero muy corrupto, muy inescrupuloso, a diferencia de su mujer que era de una pieza en su trabajo.
—¿Y cómo se relaciona todo eso con el caso que investigamos? —pregunté.
—Ahora va. Cuando hablé con Anabel, ella no tenía la más puta idea de quién era yo, ni conocía mi antigua amistad con el marido de su patrona, y mucho menos podía saber que yo estaba al tanto de sus amoríos con él. Entonces hablamos con mucha confianza. La conversación pasó de una cosa a la otra y de pronto ella me dice que el esposo de la señora Severia le había prestado (¿escuchó doctor?, Anabel dijo: «prestado») una cantidad importante de dinero para que terminara su casa y que ella sólo le había devuelto una mínima parte. El señor falleció, me dijo, y yo no sabía si decirle o no a la señora acerca de esa deuda, porque ignoraba si ella estaba al tanto de esos préstamos.  Y ahí me di cuenta de que mentía.
—¿Sí...? ¿Cómo se dio cuenta…?
—Cuando Antonia la despidió después de que murió su madre, Anabel le reclamó la indemnización de ley, porque ella trabajaba en blanco en la casa de los Murga. Entonces Antonia estalló de furia y le dijo que se considerara indemnizada con la plata que le debía a su padre. Eso fue lo que me contó esta mujer.
—¿Y cómo se enteró Antonia de eso?
—Evidentemente porque revisó la netbook de su padre donde estaban todos los registros. Murguita no pensaba que se iba a morir tan pronto, y por desidia fue postergando la eliminación de esos archivos comprometedores. Anabel me mintió porque no quería revelar en su chismorreo que el dinero que le dio Arnaldo era a cambio de sexo. Prefirió llamarlo «préstamo.»
—Entonces Antonia sabe…
—Yo creo que sí, Antonia sabe que no fue un préstamo sino una serie de pagos efectuados con guita del Estado por los servicios sexuales prestados al cachondo de su padre.
Me quedé mudo. Ahora sabía quién se había llevado del departamento de la calle Rivadavia la netbook de Arnaldo Murga. Fue su hija Antonia. Cuando ésta se enteró de que Ernestina me había contratado para investigar la muerte de su madre, lo primero que hizo fue llevarse esa computadora para borrar toda la información que contenía y que ella conocía, porque sabía que la Justicia se la iba a llevar para peritarla. Pero descuidadamente se dejó el mouse sobre el escritorio, y cuando yo se lo señalé el día que estuvimos juntos inspeccionando el departamento, sólo atinó a inventar, fingiendo sorpresa, que había desaparecido la netbook de su padre. Presumo que su propósito fue impedir que trascendieran estas cuestiones íntimas de su padre que hubieran afectado el buen nombre de la familia y otras posibles consecuencias legales en el juicio sucesorio ya que ese dinero salió ilegalmente de las arcas del Estado. Cuando Antonia borró los archivos comprometedores del disco, llevó nuevamente la netbook al departamento, tal vez un día antes de que yo volviera a ese lugar, que fue cuando me atacaron. Ahora estaba seguro de que los expertos de la Policía no iban a encontrar nada extraño en esa máquina, aunque yo podría pedir que se recuperen los archivos borrados. ¿Pero, para qué?, pensé. Si queda claro que el misterio de la netbook que desaparece y reaparece es una contingencia circunstancial ajena al crimen que investigo.

©2020 Enrique Arenz
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