domingo, 18 de mayo de 2014

El 1er. Capítulo de mi novela MARPLATEROS

EL SECRETO DEL TURCO ANÍS



E
n una esquina de la avenida Colón, en el tramo sin pavimentar que iba de Chaco para el fondo, estaba el almacén del turco Anis Beherija. En ese arrabal polvoriento y aburrido, lleno de zanjones y yuyales, la gente bombeaba el agua a mano, y no pocas casas tenían por único sanitario una letrina en el patio.

Estamos en1951; yo aún no cumplo los nueve años.

En los atardeceres de verano, a la hora en que corría un poco de aire, el turco sacaba a la vereda un banquito y se sentaba apoyando el esqueleto en la ochava sin revocar. Así, expuesto a la luz, mostraba cataduras que se atenuaban en la semioscuridad del inte­rior del almacén: la piel cetrina, la cara huesuda siempre sombreada por una cerrada barba de dos o tres días, sus greñudas cejas y sus ojos llamativamente claros pero fríos e inexpresivos como los de un molusco.

En esos largos ocios el turco tomaba mate y liaba sus propios cigarrillos, y cuando no hacía ninguna de las dos cosas se quitaba las alpargatas y se rascaba concienzudamente los talones. Mirada laxa, perdida vaya uno a saber en qué inescrutables pensamientos.

El almacén se comunicaba internamente con un bar anexo que daba a Colón, en donde al anochecer se juntaban unos sujetos extraños que jugaban al truco o al mus por el vaso de vino. A los chicos nos encantaba espiar desde la calle a esos personajes estrafalarios cuyas siluetas apenas distinguíamos bajo el halo miserable de una lamparita de 25 vatios.

El mostrador del almacén era de madera y tenía forma de ele. En ese mostrador había una repulsiva campana cazamoscas. Era de vidrio, con un terrón de azúcar den­tro. Las moscas entraban  por una abertura, se apiñaban sobre el dulce cebo y cuando, piponas, volaban para salir, chocaban contra el vidrio y caían en el agua que contenía la base de la campana. Y ahí se iban amontonando, porque el turco jamás limpiaba el artefacto. A los chicos nos divertía ver el mosquerío atrapado, pero los mayores trataban de evitar esa nauseabunda visión.

El turco y sus hábitos eran blanco fácil de chismes y habladurías. Por ejemplo, se decía que por las noches, cuando el almacén y el bar se hallaban cerrados y el silencio caía sobre la solitaria y oscura calle, se podía oír al pasar por la vereda del local el ruido característico del descorche de las botellas de vino. Un taponazo detrás de otro. Plop… plop… plop. Un mito jamás probado sostenía que el turco descorchaba las botellas de vino, les sacaba un poco y luego completaba el contenido con agua. Ese vino hurtado era el que al día siguiente aplacaba la sed de las esponjas humanas que jugaban a las cartas en el bar.

El turco también vendía vino suelto, muy económico y seguramente muy berreta, depositado en dos oscuros toneles de madera que se codeaban con grandes tambores de aceite comestible, de vinagre, de lavandina y hasta de querosén, amontonados sin orden ni separación en el centro del local.

A los chicos que hacíamos los mandados el turco nos regalaba a modo de incentivo unas pocas pasas de uva. Dos pasas, a lo sumo tres, esa era toda la dádiva. Menesterosos de golosinas, nos devorábamos las pasas sin ponernos a pensar que eran tomadas con los mismos dedos y las mismas uñas que habían trabajado de piedra pómez minutos antes.

¿Por qué compraba la gente en ese antro? Por una razón de peso (o de “pesos”): Anis Beherija vendía barato y fiaba a pagar cuando se pudiera, en tiempos en que esa costumbre ya había sido abolida. Los clientes dejaban sus escrúpulos en la puerta, se surtían a buen precio, y luego se desquitaban hablando mal del almacenero.

Lo más comentado en el barrio eran sus peleas con Selma, su robusta concubina. Los hombres del vecindario la apodaban con doble sentido “la teutona”, porque era alemana, pero también por sus grandes pechos que ella resaltaba con escotes generosos y pulóveres ajustados, alardes que encolerizaban a sus mujeres, por lo común desarregladas y chancletudas.

Selma, abandonada por su primer marido, era una mujerona de fuerte carácter y mirada fiera que lo doblaba en volumen corporal al turco. Era muy echada para atrás, no se trataba con los vecinos ni saludaba a nadie. Permanecía siempre en la vivienda ubicada detrás del negocio, y cuando tenía que salir se daba el insólito lujo de llamar un taxi.  

Se comentaba que las grescas eran por el dinero, y algo de cierto habría en ese chisme porque no era ningún secreto que el turco escon­día la plata. Cualquier cliente podía observar que cuando se quedaba sin cambio sacaba dinero de distintos lugares: detrás de las botellas de aceite, debajo del frasco de las aceitunas, o en recovecos de los estantes más altos. Y no lo hacía por los ladrones, en esa época no se robaba como ahora. Era, se decía, para que la derrochadora de Selma no lo encontrara.

Y como parece que el turco le retaceaba hasta lo indispensable para la casa, la teutona explotaba en recurrentes ataques de furia.

Como yo vivía a pocos metros del almacén, era el primero en oír los  golpes de sillas y mesas que volaban, vasos y botellas que estallaban contra las paredes y, sobre todo, los gritos descomunales de la mujer. Yo iba corriendo a sentarme en el escalón de la ochava. A veces nos juntábamos varios chicos. Pegábamos una oreja en la parte baja de la puerta para no dejarnos ver a través de los vidrios. ¡Cómo lo insultaba la teutona a Beherija! Entre otras lindezas le decía, con un duro acento alemán que subía el termómetro de los escarnios: “vicioso, detgejnerado, gusano puqtrekfactuo”. Y mil palabras en furibundo alemán, sonoras y llenas de consonantes que silbaban como latigazos. Y no eran peleas de dar y recibir, porque el único que cobraba era el turco. Y sin embargo nunca le oímos una palabra, una réplica, una simple exclamación. Los gritos eran sólo de la mujer, y los destrozos los provocaba ella.

¡Y que nadie osara pisar el almacén durante esos encontronazos!

Una vez una nenita entró por un mandado. Los chicos que estábamos escuchando la trifulca pudimos haberle advertido que no lo hiciera. ¿Pero nos íbamos a perder la diversión extra? No, nos hicimos un guiño y nos apartamos para que niña pudiera pasar. Cuando la puerta se cerró detrás de ella cesó por un segundo el batifondo, pero enseguida se derramó el vozarrón de la Selma como una montaña de latas va­cías: “¡Y vos que mierda querés, pendetja hija de pujta y la pujta madre que te parió! ¡Andagte de acá, andaaaaaagte que te voy machtar!”

La nena, pobrecita, aterrorizada y llorando, salió que no se le veían las piernitas.

Estas reyertas siempre terminaban en un repentino silencio. Al día siguiente el almacén permanecía cerrado.

A la vuelta, por Bolívar, vivía Doña Felisa, una mujer flaca, desdentada, de pelo siempre desordenado, que en los cotilleos de comadres defendía a la teutona: “Si yo tuviera el físico de doña Selma iban a ver si el Coco me ponía las manos encima ―le oí decir con una sonrisa cavernosa ―. En cambio a mí el Coco me faja de lo lindo”. Y se cubrió la caverna para soltar una carcajada. No sé de qué se reiría, tal vez por el orgullo de hacerle ver a las otras mujeres que el Coco no era un marido estúpido y debilucho como el turco Anis.

En esos tiempos no estaba demasiado mal visto pegarle a una mujer. No se hablaba de violencia doméstica ni de hombres golpeadores. Se escuchaba mucho, eso sí, ―y a mí me lo enseñaron en casa― que el hombre que le levantaba la mano a una mujer demostraba ser un cobarde que seguramente no se animaba a enfrentar a otro hombre. Pero nada más que ese tibio reproche.

En el barrio había un solterón que le pegaba a su propia madre, y eso sí indignaba a todo el vecindario, aunque nadie se molestó nunca en denunciarlo. Era una viejita encorvada que andaba de acá para allá tratando de complacerlo, llevándole el vino y la carne que el patán le exigía sin darle el dinero suficiente. Temerosa de los castigos de su hijo, la pobre mujer le suplicarle al carnicero (y esto lo vi yo) que le diera un poco más de carne por las mismas monedas.




En el almacén solía aparecer un joven rubio de unos diecisiete o dieciocho años, de bigotito, bien vestido, con aire sobrador, que permanecía siempre apoyado en el tramo lateral del mostrador, a veces fumando. No era del barrio ni iba al almacén a comprar, sólo esperaba que el turco se desocupara. Aparecía por el negocio cada tanto, y siempre cerca de la hora de cerrar. Yo, que miraba y escuchaba ávidamente todo, no le perdía movimiento.

Una tarde que voy al almacén veo al muchachito en su habitual desfachatez. Hay muchos clientes. Mientras espero mi turno observo todo con atención, y en eso sorprendo en los ojos del turco una fugaz mirada, diría que entre risueña y amistosa, dirigida al rubiecito. Me sorprendo porque el turco era un sujeto incapaz de sintonizar con alguien. Giro la cabeza instintivamente para ver la reacción del muchacho y me parece descubrir en sus labios los resabios de una sonrisa cómplice, aunque ahora mira el techo.

No fue más que eso, pero me intrigó. Pregunté en casa quién era ese presumido que visitaba tan asiduamente al turco, pero nadie se había fijado en él.

Hasta que una tarde, cuando me lo vuelvo a encontrar, la curiosidad me domina tan fuertemente que decido merodear por la vereda para ver si puedo descubrir algo. Está oscureciendo. Sale la última clienta, el turco echa llave a la puerta, baja la persiana metálica hasta un poco más de la mitad y apaga las luces.

Apoyo la oreja sobre la parte inferior de la puerta, como cuando escuchaba las peleas. Por varios minutos sólo oigo algunas risas y palabras aisladas, casi como susurros, seguidos de largos silencios. En eso escucho un resoplido extraño que poco a poco se transforma en una suerte de jadeo que se acelera, hasta que la voz del turco, casi irreconocible, comienza a rogar, quejumbrosa: “¡Así, así, seguí así, no bares, no bares, seguí, seguí…! ¡Ah, aaaah…! Acompañado de unos sacudones crujientes que supongo eran del mostrador.

Silencio total. Al rato oigo el ruido de la cerradura. Me alejo prudentemente y veo salir al rubio agachado, por debajo de la persiana, mirando a los costados y acomodándose la ropa.

Yo era muy chico y no pude descifrar el significado de esos extraños clamores. Menos entendí cuando días después el turco apareció apuñalado y a la teutona se la llevaron detenida.

En casa no me explicaron nada. Sólo escuché detrás de las puertas que doña Selma, en uno de sus habituales arrebatos, lo había malherido al turco, por la plata, repe­tían, todo por la plata. No faltaron testigos, buenos ciudadanos, que se ofrecieron para acusarla de maltratadora del pobre señor Beherija. ¡Y todo por la plata!

Por la plata, sí, pero la plata se la llevaba el muchachito rubio en cada encuentro con el turco, y el muchachito rubio resultó ser el hijo de doña Selma.


Reservados todos los derechos 
Prohibida su reproducción.
La novela Marplateros fue editada en 2009 y está agotada. Puede bajarse gratuitamente de la página web del autor haciendo clic en el ícono PDF en la siguiente dirección: http://www.enriquearenz.com.ar/libro_marplateros.html#.U2F0aFc_Q4M

miércoles, 30 de abril de 2014

Hablando del Servicio Militar Obligatorio




DELICIAS DEL CUARTEL


(De la novela Marplateros de Enrique Arenz)



Tener que presentarse por primera vez en la guardia de un cuartel con la cédula de de incorporación en el bolsillo nunca fue una perspectiva grata. El mundo se te   caía encima. Pero cuando había transcurrido un año y salías por esa misma guardia para no volver, las lágrimas te cosquilleaban los mofletes.

Hablo de 1962, cuando yo tenía veinte años y el servicio militar era obligatorio. Por suerte ya no lo es, pero habría que ver si esa abolición, acelerada por la penosa muerte del soldado Carrasco, ha hecho generaciones mejores que las nuestras.

Contaré algunas anécdotas antes de ir a la historia principal.

Cierta vez contraje una fuerte gripe y el médico de la base me mandó a la cama. Durante varios días permanecí en la cuadra (el dormitorio colectivo de los soldados) en reposo, con una fiebre altísima. Estaba muy desmejorado y, según decían, mi apariencia era lamentable.

Una de esas noches febriles me despierto sobresaltado al oír murmullos alrededor mío. ¿Y qué veo? Cuatro velas encendidas en cada esquinero de la cama, una sábana blanca sobre mi cuerpo, a modo de mortaja, y en la penumbra, amontonados alrededor mío, decenas de llorosos soldados rezando sobre mi “cadáver”. ¡Me estaban velando los desgraciados!

Cómo habrá sido de efectiva la cargada que hasta un recluta peón de campo a quien apodábamos “la vaca” por lo bruto, se me rió todo el año en la cara. A la vaca todos le tomábamos el pelo, pero desde que me hicieron aquella candonga, cada vez que yo intentaba gastarlo me lanzaba su mugido guasón: “A vo’ te velaron, vo’ no pasá agosto”. Con lo cual me paraba en seco porque los demás milicos estallaban en carcajadas. Debí aceptar que había perdido definitivamente mi derecho de burlarme de aquel rumiante.

Pero había otro soldado más bruto que él, morocho, feo, corpulento y musculoso al que de entrada apodamos “Ñancul” por su parecido con el personaje de Dante Quinterno. Su lenguaje era tan pobre que apenas estaba un escalón más arriba de la mudez. Cuando al día siguiente de nuestra incorporación se nos ordenó ir a darnos la primera ducha colectiva, Ñancul se escondió detrás de uno de los cofres de la cuadra. Todos nos desvestimos obedeciendo al toque las órdenes e indicaciones que nos daba a los gritos el cabo de semana, tomamos cada uno toalla y jabón y corrimos desnudos hasta la barraca de las duchas donde nos esperaban una nube de vapor y ruidosos chorros de agua caliente. Terminado el baño, volvimos a la cuadra para ponernos ropa interior limpia y un mameluco de fajina. Estábamos en esos quehaceres cuando uno de los muchachos descubrió que Ñancul no se había bañado y se mantenía escondido. Cuando lo interrogamos nos confesó con sus pocas palabras que nunca se había bañado en su vida.

No faltó quien le llevara la alcahuetería al oficial de semana, más por diversión que por maldad. Por suerte el oficial también lo tomó a risa, y como Ñancul se negaba a desvestirse y hacer la experiencia iniciática de quitarse la mugre del cuerpo, el superior encontró una solución expeditiva (nunca mejor aplicado aquello de manu militari): juntó a cuatro soldados de buena contextura física y les ordenó que lo desvistieran al paisano y lo llevaran por la fuerza bajo la ducha.

Entre los cuatro no podían con él, parecía un toro furioso. Finalmente, mientras todos nos matábamos de la risa, lograron arrastrarlo hasta meterlo vestido debajo del agua. Los cuatro soldados se empaparon pero lograron finalmente desvestirlo. Ñancul, amansado por la temperatura agradable del agua, cesó su resistencia y comenzó a enjabonarse por sí mismo. Después se reía como un chico de ocho años, y nunca más le esquivó a la higiene.

Entre los ciento cincuenta reclutas de aquella clase de 1942 había unos veinte analfabetos que aprendieron a leer y escribir en la escuelita que atendía un maestro del cuartel al que ayudaban dos soldados de nuestra clase que también eran maestros. Tuvimos un compañero de origen social muy humilde a quien en la enfermería le detectaron una blenorragia muy avanzada. Fue temporariamente aislado y recibió la atención médica que nunca había tenido. Claro, le quedó para siempre el apodo excesivo de “Sífilis”.

Hubo, además, cuatro o cinco muchachos que aprendieron a usar cubiertos en el comedor del Destacamento. Cuatro soldados tenían pareja e hijos pero no estaban legalmente casados. El capellán de la base y el jefe de la sección Tropa los presionaron para que formalizaran. Se les arregló todo en el Registro Civil, se organizó una boda conjunta, y, por supuesto, eso era innegociable, se hizo una ceremonia religiosa ante el altar de la Virgen de Loreto, para la cual el capellán los había preparado, catecismo, bautismo, comunión y todo eso. Como premio por su buena voluntad les dieron licencias especiales para que estuvieran con sus familias, ahora constituidas ante Dios y la Ley.

Se decía que el servicio militar obligatorio era un año perdido, pero mi experiencia personal no me dejó esa certeza. Es verdad que más de la mitad de ese tiempo nos obligaban a cumplir modestos trabajos y servicios ajenos a la preparación militar. Cuando no se trataba de pintar la casa o la oficina de algún oficial, había que hacerle de chofer a otro, o desmalezar el campo con guadañas desafiladas y machetes oxidados, o encubrir las pillerías de algún suboficial corrupto, como uno que nos ha­cía preparar sándwiches con el queso y el dulce de batata del depósito de provisiones y luego nos mandaba a vendérselos a los mismos soldados que debieron recibirlos gratuitamente. O aquel otro que mandaba a sus soldados a robar nafta de las avionetas privadas estacionadas en el hangar del aeroparque.

Pero aún así, nunca pensé que fuera tiempo perdido, porque esos pobres muchachos a los que se educaba y se los ayudaba a subir un peldaño en la escala social no iban a tener, fuera de allí, oportunidad de lograr ese invalorable avance. Y para quienes teníamos educación y veníamos de buenas familias, esa convivencia integradora con jóvenes de condición tan diferente a la nuestra, nos ayudaba, primero, a valorar lo que habíamos recibido de la vida, tan mezquina con otros, y luego, a formarnos como personas más tolerantes y solidarias.

Se vivían en el cuartel experiencias tan ricas e inusitadas que ampliaban extraordinariamente nuestra percepción del mundo real, y nos ayudaban a desarrollar las mejores potencialidades juveniles.

Pero vayamos a la historia que me propongo contar.

En el cuartel alguien robaba las pertenencias de los soldados. Un día ese ladrón es sorprendido desvalijando un cofre. El que lo descubre es un cabo a quien llamaremos Ubaldo. El ladrón resulta ser un soldado al que apodaremos Ramiro. Lo vemos a Ramiro salir corriendo de la cuadra haciendo cuerpo a tierra y saltos de rana con el cabo Ubaldo detrás dándole órdenes de viva voz: “¡Cuerpo a tierra! ¡Carrera marrrr! ¡Cuerpo a tierra! ¡Carrera marrrr!”. Así, a las corridas y panzazos, lo va llevando hasta un descampado utilizado para los ejercicios de orden cerrado mientras nos grita a nosotros: “¡Este bípedo plumudo es el ladrón de los cofres, lo acabo de agarrar con las manos en la masa!”

No lo podíamos creer. Ramiro era un compañero insospechado, alto, pintón, simpático, oriundo de Balcarce, de buena relación con todos. Y había resultado ser el ladrón que durante meses nos hurtaba efectos personales y dinero. El cabo Ubaldo, justiciero implacable, lo bailó durante toda la tarde. Fue tan excesivo el castigo que Ramiro tuvo que ser llevado a la enfermería esa misma noche. En esos tiempos el superior siempre tenía razón, así que cuando el cabo Ubaldo informó al capitán el motivo del baile, éste solamente le recordó que esa clase de castigos estaban prohibidos por el reglamento, y que la próxima vez tuviera más cuidado.

El soldado Ramiro estaba tan mal que debió ser llevado en avión al Hospital Militar de Buenos Aires donde permaneció en tratamiento médico durante más de un mes. Cuando regresó lo miramos todos como a un despreciable ratero y nadie lamentó lo que le había sucedido.

A partir de su reincorporación a la base, este soldado no habló más con nadie, cumplía silenciosamente con sus quehaceres en los talleres mecánicos dónde lo ha­bían asignado, hacía las guardias que le tocaban y permanecía en hermético silencio durante el desayuno y las comidas. En las horas de descanso en que nos permitían ir a la cantina, él sólo fumaba y miraba Ruta 66 por televisión. Por otra parte nosotros nos habíamos acostumbrado a no dirigirnos a él salvo que fuera indispensable por razones de servicio.

El cabo Ubaldo, por su parte, era un sujeto cruel y autoritario. Cada tanto lo te­níamos como suboficial de semana y debíamos soportar durante siete días sus abusivos e ilegales correctivos. Por ejemplo, por conversar durante la noche cuando ya se habían apagado las luces llegó a escarmentarnos de la siguiente manera: se hacía despertar por el imaginaria a las dos de la mañana, ordenaba encender todas las luces, nos despertaba al grito de “¡Al pie de la cama!”, nos hacía calzar las zapatillas de fajina y  nos sacaba en ropa inte­rior al patio para hacer violentos ejercicios bajo un frío glacial. Nos mataba durante quince o veinte minutos y nos vol­vía a mandar a la cama. A las cuatro de la mañana volvía a despertarnos y otra vez afuera, a correr, saltar y caer en flexión y hacer saltos de rana hasta el agotamiento.

Un día nos enteramos de que este miserable no se había presentado en la base. Al no ser localizado fue declarado desertor y las autoridades militares pidieron su captura a la Policía. Para nuestro alivio nunca más supimos de él.

Un día me toca hacer guardia con el soldado Ramiro en el puesto 3, el más alejado y solitario de la base. Era una noche pesada que preanunciaba tormenta. Cuando uno hace guardia en un páramo con un único compañero, es imposible ignorarlo. Además yo quería tener algún diálogo con él, por curiosidad más que por razones humanitarias. Para los fumadores ―yo lo era en esa época―, quedarse sin cigarrillos en el cuartel era poco menos que una tragedia. Yo sabía que Ramiro andaba corto de dinero y que nadie le iba a ofrecer un cigarrillo, así que le convidé uno de los míos. Se tiró encima del paquete. Me lo agradeció casi con emoción. Aspiró dos o tres bocanadas de humo y sonrió aliviado. Entonces le hablé.

―¿Supiste algo del hijo de puta del cabo Ubaldo?

―No… ni me interesa.

―Fue muy jodido con vos…

Se encogió de hombros.

―La pasaste muy mal ese día que te bailó ―insistí.

―No solo me bailó, también me golpeó y me fracturó dos costillas.

―Ah, pero eso nunca lo supimos. ¿Y no le hicieron nada a ese cabrón?

―No quise firmar una denuncia, ¿para qué?

―Pero, decime Ramiro, no te ofendas, ¿él te vio realmente afanando?

―Hijo de puta, eso es lo peor, me hizo pasar por ladrón y yo jamás toqué nada de nadie.

―Pero… ¿entonces?

Ramiro se acomodó el FAL en el hombro derecho, se ajustó el casco y miró a lo lejos un relámpago, “Va a llover…”, murmuró, y después de un corto silencio me preguntó si quería saber la verdad. Le contesté que sí. “¿Vas a guardar el secreto de lo que escuches?” Le di mi palabra. Entonces me contó:

―Ubaldo me usaba para hacerle entrar una mina por este mismo puesto. Yo la esperaba, la hacía pasar y la llevaba en el jeep de la guardia hasta el Casino de Suboficiales donde se encontraba con el cabo. Eso ocurría una vez por semana y siempre después de la una de la mañana. El cabo se ocupaba de que yo dispusiera ese día del vehículo. Después, a eso de las tres, tenía que levantarla del casino y llevarla hasta la casa, lo cual implicaba un riesgoso abandono de guardia. Con la mujer habíamos simpatizado y ella siempre coqueteaba conmigo. A veces, mientras yo manejaba el jeep, se reía de alguna cosa que me contaba y, como distraídamente, apoyaba su mano sobre mi pierna. Yo te juro que traté de no darle bola, no quería problemas con el cabo, pero una noche, que no era la establecida, ella se me aparece por la guardia como a las dos de la mañana. Me besó en la boca y me dijo e que venía a verme a mí, no al cabo. Esa noche mi compañero de guardia era el gordo Tomini que, como siempre, dormía a pata suelta en esta misma garita. No pude resistirme, es una mujer preciosa, de unos treinta y pico de años, una ninfómana, de esas a las que no les alcanza un hombre, necesitan varios. No pude pensarlo mucho, le bajé la caña, como lo habrías hecho vos o cualquiera. Nos echamos dos polvos entre los yuyos, arriba de la manta que usamos en las guardias, y desde entonces ella venía un día a acostarse con el cabo y otro a revolcarse conmigo en el pasto. Hasta que Ubaldo se enteró, no sé cómo, pero siempre sospeché que ella misma debió de habérselo dicho, tal vez por despecho, por algo de ellos, qué se yo. Y eso fue lo que pasó.

―No puedo creer que te haya acusado de ladrón nada más que para vengarse de los cuernos que le pusiste.

―Así fue.

―Pero, viejo, ¿por qué no te defendiste?

―¿Sabés quién era ella?

Permanecí en silencio, expectante.

―La esposa del comodoro.

―¿El jefe de la base?

―No el que está ahora, el anterior.

Pronuncié un apellido.

―Ese mismo.

―Pero si la casa del jefe está…

―Está dentro de la base, si, pero ella salía de los límites por un agujero en la alambrada y venía hasta aquí bordeando el arroyo mientras el marido dormía. Si yo hablaba, en lugar de un enemigo iba a tener dos, y al comodoro yo le tenía más miedo que al cabo. Así que me banqué la injusticia, la calumnia, el castigo y los golpes de ese mal parido. Algún día me las iba a pagar.

Por unos minutos quedamos los dos en silencio rodeados por una negrura electrizada y húmeda. Las brazas de nuestros puchos se intensificaban como parpadeando, por la ansiedad con que los chupábamos.

―Decime Ramiro, ¿qué le pasó al cabo?

―No sé. Pero te aseguro que el comodoro se enteró de las relaciones de su esposa con él, no me preguntes cómo.

Por la oscuridad yo casi no podía verle la cara a Ramiro, pero un sorpresivo relámpago le iluminó una mueca parecida a una sonrisa. Segundos después vino el trueno ensordecedor. Ramiro continuó:

―Poco después Ubaldo desapareció, lo declararon desertor, y al tiempo lo trasladaron al comodoro no sé adónde ni me importa un carajo.

Empezó a llover torrencialmente. Nos metimos en la garita. Ramiro  volvió a encerrarse en su silencio habitual.

―¡Qué nochecita!― comenté yo, por decir algo.

La novela Marplateros fue editada en 2009 y está agotada. Puede bajarse gratuitamente de la página web del autor haciendo clic en el ícono PDF en la siguiente dirección: http://www.enriquearenz.com.ar/libro_marplateros.html#.U2F0aFc_Q4M