domingo, 18 de mayo de 2014

El 1er. Capítulo de mi novela MARPLATEROS

EL SECRETO DEL TURCO ANÍS


En una esquina de la avenida Colón, en el tramo sin pavimentar que iba de Chaco para el fondo, estaba el almacén del turco Anis Beherija. En ese arrabal polvoriento y aburrido, lleno de zanjones y yuyales, la gente bombeaba el agua a mano, y no pocas casas tenían por único sanitario una letrina en el patio.

Estamos en1951; yo aún no cumplo los nueve años.

En los atardeceres de verano, a la hora en que corría un poco de aire, el turco sacaba a la vereda un banquito y se sentaba apoyando el esqueleto en la ochava sin revocar. Así, expuesto a la luz, mostraba cataduras que se atenuaban en la semioscuridad del inte­rior del almacén: la piel cetrina, la cara huesuda siempre sombreada por una cerrada barba de dos o tres días, sus greñudas cejas y sus ojos llamativamente claros pero fríos e inexpresivos como los de un molusco.

En esos largos ocios el turco tomaba mate y liaba sus propios cigarrillos, y cuando no hacía ninguna de las dos cosas se quitaba las alpargatas y se rascaba concienzudamente los talones. Mirada laxa, perdida vaya uno a saber en qué inescrutables pensamientos.

El almacén se comunicaba internamente con un bar anexo que daba a Colón, en donde al anochecer se juntaban unos sujetos extraños que jugaban al truco o al mus por el vaso de vino. A los chicos nos encantaba espiar desde la calle a esos personajes estrafalarios cuyas siluetas apenas distinguíamos bajo el halo miserable de una lamparita de 25 vatios.

El mostrador del almacén era de madera y tenía forma de ele. En ese mostrador había una repulsiva campana cazamoscas. Era de vidrio, con un terrón de azúcar den­tro. Las moscas entraban  por una abertura, se apiñaban sobre el dulce cebo y cuando, piponas, volaban para salir, chocaban contra el vidrio y caían en el agua que contenía la base de la campana. Y ahí se iban amontonando, porque el turco jamás limpiaba el artefacto. A los chicos nos divertía ver el mosquerío atrapado, pero los mayores trataban de evitar esa nauseabunda visión.

El turco y sus hábitos eran blanco fácil de chismes y habladurías. Por ejemplo, se decía que por las noches, cuando el almacén y el bar se hallaban cerrados y el silencio caía sobre la solitaria y oscura calle, se podía oír al pasar por la vereda del local el ruido característico del descorche de las botellas de vino. Un taponazo detrás de otro. Plop… plop… plop. Un mito jamás probado sostenía que el turco descorchaba las botellas de vino, les sacaba un poco y luego completaba el contenido con agua. Ese vino hurtado era el que al día siguiente aplacaba la sed de las esponjas humanas que jugaban a las cartas en el bar.

El turco también vendía vino suelto, muy económico y seguramente muy berreta, depositado en dos oscuros toneles de madera que se codeaban con grandes tambores de aceite comestible, de vinagre, de lavandina y hasta de querosén, amontonados sin orden ni separación en el centro del local.

A los chicos que hacíamos los mandados el turco nos regalaba a modo de incentivo unas pocas pasas de uva. Dos pasas, a lo sumo tres, esa era toda la dádiva. Menesterosos de golosinas, nos devorábamos las pasas sin ponernos a pensar que eran tomadas con los mismos dedos y las mismas uñas que habían trabajado de piedra pómez minutos antes.

¿Por qué compraba la gente en ese antro? Por una razón de peso (o de “pesos”): Anis Beherija vendía barato y fiaba a pagar cuando se pudiera, en tiempos en que esa costumbre ya había sido abolida. Los clientes dejaban sus escrúpulos en la puerta, se surtían a buen precio, y luego se desquitaban hablando mal del almacenero.

Lo más comentado en el barrio eran sus peleas con Selma, su robusta concubina. Los hombres del vecindario la apodaban con doble sentido “la teutona”, porque era alemana, pero también por sus grandes pechos que ella resaltaba con escotes generosos y pulóveres ajustados, alardes que encolerizaban a sus mujeres, por lo común desarregladas y chancletudas.

Selma, abandonada por su primer marido, era una mujerona de fuerte carácter y mirada fiera que lo doblaba en volumen corporal al turco. Era muy echada para atrás, no se trataba con los vecinos ni saludaba a nadie. Permanecía siempre en la vivienda ubicada detrás del negocio, y cuando tenía que salir se daba el insólito lujo de llamar un taxi.  

Se comentaba que las grescas eran por el dinero, y algo de cierto habría en ese chisme porque no era ningún secreto que el turco escon­día la plata. Cualquier cliente podía observar que cuando se quedaba sin cambio sacaba dinero de distintos lugares: detrás de las botellas de aceite, debajo del frasco de las aceitunas, o en recovecos de los estantes más altos. Y no lo hacía por los ladrones, en esa época no se robaba como ahora. Era, se decía, para que la derrochadora de Selma no lo encontrara.

Y como parece que el turco le retaceaba hasta lo indispensable para la casa, la teutona explotaba en recurrentes ataques de furia.

Como yo vivía a pocos metros del almacén, era el primero en oír los  golpes de sillas y mesas que volaban, vasos y botellas que estallaban contra las paredes y, sobre todo, los gritos descomunales de la mujer. Yo iba corriendo a sentarme en el escalón de la ochava. A veces nos juntábamos varios chicos. Pegábamos una oreja en la parte baja de la puerta para no dejarnos ver a través de los vidrios. ¡Cómo lo insultaba la teutona a Beherija! Entre otras lindezas le decía, con un duro acento alemán que subía el termómetro de los escarnios: “vicioso, detgejnerado, gusano puqtrekfactuo”. Y mil palabras en furibundo alemán, sonoras y llenas de consonantes que silbaban como latigazos. Y no eran peleas de dar y recibir, porque el único que cobraba era el turco. Y sin embargo nunca le oímos una palabra, una réplica, una simple exclamación. Los gritos eran sólo de la mujer, y los destrozos los provocaba ella.

¡Y que nadie osara pisar el almacén durante esos encontronazos!

Una vez una nenita entró por un mandado. Los chicos que estábamos escuchando la trifulca pudimos haberle advertido que no lo hiciera. ¿Pero nos íbamos a perder la diversión extra? No, nos hicimos un guiño y nos apartamos para que niña pudiera pasar. Cuando la puerta se cerró detrás de ella cesó por un segundo el batifondo, pero enseguida se derramó el vozarrón de la Selma como una montaña de latas va­cías: “¡Y vos que mierda querés, pendetja hija de pujta y la pujta madre que te parió! ¡Andagte de acá, andaaaaaagte que te voy machtar!”

La nena, pobrecita, aterrorizada y llorando, salió que no se le veían las piernitas.

Estas reyertas siempre terminaban en un repentino silencio. Al día siguiente el almacén permanecía cerrado.

A la vuelta, por Bolívar, vivía Doña Felisa, una mujer flaca, desdentada, de pelo siempre desordenado, que en los cotilleos de comadres defendía a la teutona: “Si yo tuviera el físico de doña Selma iban a ver si el Coco me ponía las manos encima ―le oí decir con una sonrisa cavernosa ―. En cambio a mí el Coco me faja de lo lindo”. Y se cubrió la caverna para soltar una carcajada. No sé de qué se reiría, tal vez por el orgullo de hacerle ver a las otras mujeres que el Coco no era un marido estúpido y debilucho como el turco Anis.

En esos tiempos no estaba demasiado mal visto pegarle a una mujer. No se hablaba de violencia doméstica ni de hombres golpeadores. Se escuchaba mucho, eso sí, ―y a mí me lo enseñaron en casa― que el hombre que le levantaba la mano a una mujer demostraba ser un cobarde que seguramente no se animaba a enfrentar a otro hombre. Pero nada más que ese tibio reproche.

En el barrio había un solterón que le pegaba a su propia madre, y eso sí indignaba a todo el vecindario, aunque nadie se molestó nunca en denunciarlo. Era una viejita encorvada que andaba de acá para allá tratando de complacerlo, llevándole el vino y la carne que el patán le exigía sin darle el dinero suficiente. Temerosa de los castigos de su hijo, la pobre mujer le suplicarle al carnicero (y esto lo vi yo) que le diera un poco más de carne por las mismas monedas.




En el almacén solía aparecer un joven rubio de unos diecisiete o dieciocho años, de bigotito, bien vestido, con aire sobrador, que permanecía siempre apoyado en el tramo lateral del mostrador, a veces fumando. No era del barrio ni iba al almacén a comprar, sólo esperaba que el turco se desocupara. Aparecía por el negocio cada tanto, y siempre cerca de la hora de cerrar. Yo, que miraba y escuchaba ávidamente todo, no le perdía movimiento.

Una tarde que voy al almacén veo al muchachito en su habitual desfachatez. Hay muchos clientes. Mientras espero mi turno observo todo con atención, y en eso sorprendo en los ojos del turco una fugaz mirada, diría que entre risueña y amistosa, dirigida al rubiecito. Me sorprendo porque el turco era un sujeto incapaz de sintonizar con alguien. Giro la cabeza instintivamente para ver la reacción del muchacho y me parece descubrir en sus labios los resabios de una sonrisa cómplice, aunque ahora mira el techo.

No fue más que eso, pero me intrigó. Pregunté en casa quién era ese presumido que visitaba tan asiduamente al turco, pero nadie se había fijado en él.

Hasta que una tarde, cuando me lo vuelvo a encontrar, la curiosidad me domina tan fuertemente que decido merodear por la vereda para ver si puedo descubrir algo. Está oscureciendo. Sale la última clienta, el turco echa llave a la puerta, baja la persiana metálica hasta un poco más de la mitad y apaga las luces.

Apoyo la oreja sobre la parte inferior de la puerta, como cuando escuchaba las peleas. Por varios minutos sólo oigo algunas risas y palabras aisladas, casi como susurros, seguidos de largos silencios. En eso escucho un resoplido extraño que poco a poco se transforma en una suerte de jadeo que se acelera, hasta que la voz del turco, casi irreconocible, comienza a rogar, quejumbrosa: “¡Así, así, seguí así, no bares, no bares, seguí, seguí…! ¡Ah, aaaah…! Acompañado de unos sacudones crujientes que supongo eran del mostrador.

Silencio total. Al rato oigo el ruido de la cerradura. Me alejo prudentemente y veo salir al rubio agachado, por debajo de la persiana, mirando a los costados y acomodándose la ropa.

Yo era muy chico y no pude descifrar el significado de esos extraños clamores. Menos entendí cuando días después el turco apareció apuñalado y a la teutona se la llevaron detenida.

En casa no me explicaron nada. Sólo escuché detrás de las puertas que doña Selma, en uno de sus habituales arrebatos, lo había malherido al turco, por la plata, repe­tían, todo por la plata. No faltaron testigos, buenos ciudadanos, que se ofrecieron para acusarla de maltratadora del pobre señor Beherija. ¡Y todo por la plata!

Por la plata, sí, pero la plata se la llevaba el muchachito rubio en cada encuentro con el turco, y el muchachito rubio resultó ser el hijo de doña Selma.


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La novela Marplateros fue editada en 2009 y está agotada. Puede bajarse gratuitamente de la página web del autor haciendo clic en el ícono PDF en la siguiente dirección: http://www.enriquearenz.com.ar/libro_marplateros.html#.U2F0aFc_Q4M