sábado, 30 de octubre de 2010

A KIRCHNER LO MATÓ EL MIEDO


Por Enrique Arenz

Las personalidades como Néstor Kirchner no se enferman por la acción, las peleas, las intrigas, las crispaciones cotidianas y la hiperactividad. Al contrario, disfrutan cuando humillan y someten a los demás, aplastan a sus enemigos y consiguen sus objetivos. Lo que los enferma es el fracaso, la caída, la derrota inesperada, la debilidad del poder, el morder el polvo una y otra vez.

Mientras Néstor Kirchner logró materializar sus ambiciones, someter a la incondicionalidad a sus adláteres y atropellar con éxito a sus adversarios y enemigos, vendió salud, fue feliz y se notaba que disfrutaba de su posición dominante.

Obligó al comandante del Ejercito a descolgar un cuadro, echó al obispo castrense sin consultar al Papa, mandó a encarcelar a cientos de oficiales sin derecho al arresto domiciliario por edad avanzada o enfermedad, aumentó una y otra vez las jubilaciones mínimas mientras postergaba arbitraria e injustamente las escalas superiores, sometió a gobernadores e intendentes, transformó en poderosas empresarias a las madres de Plaza de Mayo y entregó las calles a piqueteros y movimientos sociales subvencionados con dinero público. Pero por sobre todo supo multiplicar milagrosamente su propia fortuna personal.

Todo le salía bien. Hasta el extremo de idear una manera de burlar la Constitución poniendo a su esposa como sucesora para poder ocupar varios turnos presidenciales mediante esa alternancia artificial. No tuvo escrúpulos al ordenar la adulteración de las estadísticas del INDEC, no tuvo freno al meter la mano en las reservas del Banco Central, ni al manotear los recursos de la Anses ni al provocar una inflación que empobrece día a día a los pobres y arrastra a muchos a la indigencia. Hizo lo que se le dio la gana. Con nosotros, con la Economía y con el prestigio internacional de la Argentina.

Pero un día las cosas comenzaron a salirle mal. El primer aviso fue aquella inesperada manifestación masiva convocada por Juan Carlos Blumberg contra la inseguridad de la que ni él ni su esposa jamás se preocuparon. Después vino la valiente resistencia de los ruralistas contra el intento de saquearlos con las retenciones, los cacerolazos en los centros urbanos, el rechazo popular al discurso enervante que planteaba el conflicto permanente y repudiaba el diálogo negociador, y, finalmente, el demoledor voto no positivo del vicepresidente Cobos, una verdadera catástrofe.

Y a partir de ese traspié, una catarata de fiascos y frustraciones: el enfrentamiento con la Iglesia, que le costó el alejamiento de  vastos sectores católicos; el conflicto con Uruguay, que terminó con una sentencia internacional contraria a la Argentina; la derrota electoral de 2009 con el oprobio de las candidaturas testimoniales; la valija venezolana, las denuncias de Graciela Ocaña sobre la mafia de los medicamentos (mafia tolerada por el gobierno, y que financió la campaña de Cristina, por eso se tuvo que ir la ministra), la guerra contra el periodismo independiente que publicaba tapas, investigaciones, denuncias y opiniones que disgustaban al matrimonio, guerra que epilogó con el papelón increíble de la falsa denuncia contra la empresa Papel Prensa, y por último, la frustrada arremetida contra la Justicia “delivery”, los jueces “cautelares” y la Corte Suprema de Justicia (que había sido nombrada “para otra cosa”, según reconoció el Secretario Legal y Técnico de la presidencia), Corte Suprema cuyos dignos y probos ministros, a pesar de los insultos, las presiones y las amenazas, fallaron como tenían que fallar en tres causas fundamentales (tres puñaladas para el corazón sensible de Néstor): la extradición del terrorista chileno Apablaza, la reposición del procurador echado por Kirchner en Santa Cruz y la confirmación de la suspensión del artículo de “desinversión” de la Ley de Medios (hecho a medida para fulminar a Clarín)

A todo esto, las encuestas alambicadas de los analistas más complacientes le daban una caída libre en la intención de voto de la gente, le advertían la virtual imposibilidad de llegar al 40% en la primera vuelta en un proceso considerado irreversible, y por lo tanto la imposibilidad de la reelección de Cristina o la elección de Néstor en el 2011.

Scioli, oportunista y ventajero (pero no cobarde), lo culpó solapadamente de la inseguridad en la provincia haciendo trascender que tenía las manos atadas. “¿Quién le ata las manos, gobernador?”, bramó Kirchner fuera de sí en una tribuna mirándolo a Scioli con la cara contraída por el descontrol y la furia.

Y esa afrenta le permitió al “sangre de horchata” dar señales de vaporosa independencia, poner condiciones a su asistencia al último acto en Santa Cruz y hasta admitir públicamente que podría ser candidato a presidente. Varios intendentes se soliviantaron y algunos gobernadores se atrevieron a hablar “del futuro del Justicialismo” nada menos que con  Duhalde.

Ahí Kirchner tuvo su anteúltimo episodio vascular.

Se produjo el asesinato del joven militante del PO, y cuando el gobierno intentó tirarle el muerto a Duhalde apareció en los odiados diarios la foto del presunto asesino abrazado con los ministros Boudou y Sileone, en una peña exclusiva y rigurosamente kirchnerista.

Pero mientras estas atroces derrotas se producían y debilitaban su menguante poder, los jueces federales movían parsimoniosamente los expedientes de incontables denuncias de corrupción que acorralan a los más cercanos colaboradores de los Kirchner. Néstor sabía que cuando ya no estuviera en el poder tendría que afrontar serias consecuencias penales. No sólo él, también su esposa y posiblemente su hijo, que es el administrador de la fortuna familiar y como tal debe de saber mucho sobre el arte de comprar terrenos fiscales baratos y venderlos caros. El horizonte se le puso muy negro, no tenía escapatoria. Por eso fantaseó con presentarse como candidato a gobernador por Santa Cruz, y dicen (esto no está probado aún) que había comenzado a urdir como última escapatoria un pacto de impunidad con Scioli a cambio de designarlo su heredero.

Cuando el ex presidente llegó a Calafate, ya se estaba muriendo. Su poder sin límites, sus proyectos hegemónicos, su “revolución” social, su “modelo” económico de acumulación y "distribución del ingreso", su capitalismo de amigos disfrazado de Justicia Social, todo, absolutamente todo, se estaba derrumbando. Hasta la composición del Consejo de la Magistratura, que utilizó como amenaza contra algunos jueces vulnerables, cambiaría próximamente dejándolo sin el temible poder de veto.

Ya estaba muriendo, pero le faltaba el tiro de gracia.

Y se lo dio Moyano. El día anterior a su fallecimiento el camionero, exaltado porque también se sabe en peligro, habló telefónicamente con Kirchner por lo menos tres veces y le recriminó en duros términos haberle vaciado la reunión del Consejo Justicialista de la Provincia, a la que pegaron el faltazo los principales dirigentes aparentemente por orden de Kirchner. Claro, Kirchner también comprobó que Moyano era otro de sus terribles fracasos e intentaba esmerilarlo antes de que levantara demasiado vuelo. Pero ya era tarde.

Los que le colgaron este sambenito a Moyano (que le va a resultar difícil quitarse) aseguran que la discusión fue feroz: Moyano lo amenazó, le recordó que él era el dueño de la calle y que ya estaba harto de soportar sus maniobras arteras y su autoritarismo. A la mañana siguiente Kirchner estaba muerto.

No murió por patriota ni por ser un gladiador que dio su vida por sus ideales en beneficio del pueblo argentino. No fue un mártir, que prefirió la muerte antes que renunciar a sus convicciones, aunque mucha gente, en el marco de la necrofilia argentina, hoy así lo crea. Fue un ambicioso desmesurado de poder y de dinero, un político sin escrúpulos, sin ética, sin remordimientos, que usó la política y el poder en su propio beneficio. Y como suele ocurrir con todas las personas como él, que además están solas y aisladas porque desconfían hasta de sus sombras y no aceptan consejos ni opiniones que contradigan sus caprichos y sus locuras, un día la torre que edificó se le empezó a venir abajo.

Cuando Néstor tuvo la certeza de que el piso se le abría bajo sus pies y los de su familia, su corazón no lo soportó.

En síntesis: a Kirchner lo enfermó la seguidilla de fracasos sin retorno, y lo mató el miedo a las consecuencias penales que lo estaban acechando. Y fue Hugo Moyano quien tuvo el dudoso honor de darle el tiro de gracia.

(Se permite su reproducción) 


jueves, 7 de octubre de 2010

VARGAS LLOSA: UN PREMIO QUE HONRA A LA ACADEMIA SUECA

 

A veces la Academia Sueca ha sido injusta en sus decisiones. Lo fue cuando le negó el prestigioso premio por meras razones políticas a nuestro compatriota Jorge Luis Borges. No lo ha sido esta vez: Mario Vargas Llosa es, sin el menor lugar a dudas, el más grande escritor viviente de las letras españolas. 

 

No importa que sea de centro derecha o que tenga ideas liberales (lo cual me complace a mí y no a otros), no importa que no sea creyente o que incluso esté a favor del aborto (lo cual complace a otros y no a mí). Importa que es un gran artista, un colosal creador, como lo es Gabriel García Márquez y como lo fue Pablo Neruda (ambos en veredas ideológicas opuestas). Al fin y al cabo la política es una superficialidad en la que todos nos equivocamos. Este vez el premio no fue a un desconocido (o a un "nuevo valor de las letras", como solía ironizar Borges), esta vez fue a un talentoso y genial inventor de historias, un novelista que ha incorporado cosas valiosas a este Universo para que la realidad sea un poco menos árida y decepcionante. 

 

La Academia sueca tiene una larga tradición de errores y omisiones en el otorgamiento de este importante y consagratorio galardón. Le dio el premio a desconocidos que ni antes ni después existieron en el mundo de la literatura, como la norteamericana Pearl Buck, en 1938, o el húngaro Imre Kertesz, en 2002. En cambio incurrió en groseras omisiones al no premiar a escritores talentosos reconocidos mundialmente como lo fueron León Tolstoy, Marcel Proust, James Joyce, Franz Kafka, Andre Malraux, Carlos Fuentes y el ya nombrado Jorge Luis Borges.

 Siempre se dijo, y con razón, que el único perjudicado con esas exclusiones incomprensibles era el Premio Nobel mismo, debido a que la Academia sueca actuaba muchas veces con sentido de oportunidad política antes que evaluatorio de la obra y el talento del artista. El caso de Borges es el más conocido porque él mismo lo relató: tenía que viajar a Chile y se comentaba que Pinochet quería saludarlo. El secretario de la Academia Sueca lo llamó por teléfono para advertirle que si se entrevistaba con Pinochet diera por perdida su oportunidad de ganar el Premio Nobel. Naturalmente Borges no era hombre de dejarse intimidar por una amenaza tan burda y cumplió su compromiso con el hermano país donde no pudo evitar encontrarse con el dictador chileno que lo admiraba. Esto selló su suerte en el mundo Nobel, pero lo transformó en el gran ausente de ese Olimpo, supuestamente destinado a los grandes escritores del mundo.

 

Lo criticable de la Academia Sueca no es su oposición a las tiranías (eso es absolutamente encomiable) sino que esa postura se limitara a los regímenes de derecha, porque no fue impedimento para premiar a García Márquez, que era amigo y asiduo huesped de Fidel Castro, o a Pablo Neruda y a José Saramago, que fueron confesos admiradores de la era satalinista soviética cuyos crímenes jamás denunciaron.

 

Haberle dado este año el Premio Nobel a un hombre de derecha, aunque indubitablemente comprometido con la libertad y los derechos humanos, y decididamente enemigo de todas las dictaduras, sean de derecha o de izquierda, un escritor que debió recibir ese galardón veinte años atrás y que luego de tan injusta postergación fue finalmente reconocido (tal vez por el temor de la Academia de que ocurriera lo mismo que con Borges y se muriera en plena gloria literaria mundial sin recibir el premio); habérselo dado por fín, hay que reconocerlo, honra a la Academia sueca. Casi parecería que los miembros de la Academia decidieron despojarse de sus prejuicios, olvidarse de sus preferencias políticas, y, tal vez tapándose la nariz... "darse" el premio a sí mismos, porque esta vez serán felicitados y no recibirán críticas del mundo de la cultura.  Porque de una cosa podemos estar seguros: nadie va a cuestionar esta decisión, nadie va a salir a buscar corriendo por las librerías algún libro del nuevo Premio Nobel que nadie conoce y nadie leyó jamás.Toda persona culta tiene en su biblioteca La ciudad y los perros, Conversaciones en la catedral, La tía Julia y el escribidor, La señorita de Tacna, Elogio de la madrastra y Pantaleón y las visitadortas, como mínimo.

 

Ahora esperemos que los académicos se acuerden de otro gran escritor hispanoamericano también injustamente postergado: el mexicano Carlos Fuentes, autor de más de veinte novelas que ocupan un lugar privilegiado en la gran literatura de la lengua española.


Felicitaciones, Mario Vargas LLosa, felicitaciones, hermanos peruanos y... ¡Felicitaciones miembros de la Academia Sueca por haber despertado de su largo sueño de injusticias y politiquería!