viernes, 19 de septiembre de 2014

Doctora, no nos avergüence más

LA ARGENTINA SIN PERONISMO
Por Enrique Arenz
Menem y los Kirchner han desguazado el peronismo. Apenas si quedan, flotando todavía su liturgia chanflona, sus contradicciones insoportables, su mitología tergiversadora de la historia, y su dominio territorial basado en la dádiva, la violencia, el fraude y la corrupción.
Carlos Menem privatizó las empresas del Estado, deficitarias, inservibles, estructuralmente corruptas y colonizadas por el sindicalismo peronista. Fue como una andanada de misiles contra la herencia principal del general. Una oleada desperonizadora que arrasó con las hipotecas (no las joyas) de la abuela.
Menem demolió la economía peronista, apenas si se salvaron Télam y Canal 7. Pero si “Menem lo hizo” fue porque después de décadas de inflación, falta de inversiones, fuga de capitales y decadencia imparable de los servicios públicos, de esa herencia no quedaban sino deudas y amenazadores pronósticos.
Hoy podemos discutir si esas privatizaciones estuvieron bien o mal hechas, si hubo o no retornos en los procesos licitatorios, si se pensó en los consumidores o en los empresarios cuando se aplicaron cuestionables criterios de exclusividad. Pero mal o bien las privatizaciones se hicieron. Lo que nadie puede negar es que fue una desperonización a escala gigantesca, de la cual participaron activa y entusiastamente los Kirchner, para quienes el desperonizador Menem había sido el más grande presidente de la historia.
Vino De La Rúa y dejó todo como estaba. No se animó ni siquiera a tocar la convertibilidad que pedía a gritos, ya desde los últimos años del menemismo, reformas urgentes. Todo acabó en un helicóptero y con muertos.
Vino el “que se vayan todos” y el interinato de Duhalde, quien intentó cambiar el modelo menemista (a pesar de que él lo acompañó hasta 1994, cuando fue sorprendido y agraviado por el pacto de Olivos), es decir, Duhalde quiso reperonizar la Argentina, pero entendió que eso era imposible. Entonces se limitó a exorcizar el “neoliberalismo” menemista e impulsar un proyecto productivista que nadie entendió nunca qué era pero que en la práctica se tradujo en una formidable confiscación de los dólares de los ahorristas y en una devaluación asimétrica que salvó a unos pocos y hundió a todos los demás.
Incapaz de seguir gobernando por luctuosos imprevistos, adelantó las elecciones, puso un sucesor con su dedo y nos obligó a todos los argentinos a votar en una virtual interna peronista donde hubo una oferta de tres candidatos presidenciales que cantaban la misma marchita. 

Y llegamos a Néstor Kirchner, la esperanza blanca de Duhalde para reperonizar la Argentina. Durante los primeros tiempos Duhalde lo defendió y pidió paciencia a los muchachos, a pesar de que Néstor no tardó en penetrarle la provincia y comenzar metódicamente a concretar la parte del trabajo que no había hecho Menem: minar por dentro al mismísimo partido Justicialista, el viejo Movimiento del general. Echó a las autoridades partidarias elegidas legalmente y ocupó el espacio con sus pingüinos. Luego fue trayendo  a los mismos que Perón había echado de la Plaza de Mayo (porque le gritaban "viejo cornudo", no tanto por las divergencia ideológicas), encumbró en altos cargos, incluso ministeriales, a ex terroristas, ya viejos e inofensivos pero sedientos de poder y de revancha, enemigos mortales de aquellos otros peronistas ortodoxos que los ha­bían combatido tres largas décadas atrás; se abrazó con las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo a quienes les dio todo el dinero que quisieron y puso en el centro del poder, como un símbolo bien contrastante de lo que no les había interesado nunca ni al peronismo ni a los Kirchner: los derechos humanos.  
Humilló prolijamente a los que él llamó “los pejotistas”, los usó cuando los necesitó y pasó de despreciarlos a odiarlos cuando en 2009 lo traicionaron en legítima defensa. A todo esto había montado una formidable maquinaria judicial para perseguir a militares, poli­cías y civiles acusados de crímenes imprescriptibles, muchas veces sin pruebas y casi siempre con testimonios más que dudosos, para recluirlos en calabozos inhóspitos y en el mayor de los desamparos, aunque se tratase de ancianos o personas gravemente enfermas.
 Viejas heridas que estaban cicatrizando fueron así reabiertas con sadismo y objetivos subalternos; rencores ya apaciguados resurgieron en muchos corazones que tal vez habrían preferido mirar hacia adelante. Todo con la complicidad de una Justicia también culturalmente peronista, desquiciada, ideologizada y mayoritariamente corrupta, anotada siempre en alguna servilleta del poder de turno, mientras nos contaban una historia tuerta sobre lo que nos ocurrió en la década del setenta.
Kirchner, soñando la eternidad, dispuso unilateralmente que su esposa lo sucediera. Y su esposa, más dura que él, continuó destruyendo el partido. Hasta que el eternauta entregó su aliento en una noche de furor. (Ya escribí algo sobre esa muerte inoportuna). A partir de entonces las decisiones fueron cada vez más sectarias, familiares y herméticas. Jóvenes de La Cámpora (caricaturas de lo que fueron los padres de algunos de ellos), escalaron posiciones rentadas, y los pejotistas debieron soportar más desplazamientos y más vejámenes.
El desprecio manifiesto hacia el pejotismo recrudeció cuando Cristina, en absoluta soledad, designó a un advenedizo del peronismo para secundarla en su fórmula, procedente para colmo de la juventud liberal de UPAU, un converso que saltó al revés, de adelante para atrás, que involucionó culturalmente porque pasó del CEMA al socialismo setentista, de Milton Friedman a Maynard Keynes, alguien que con el correr del tiempo resultaría el funcionario más corrupto del gobierno de Cristina. Esa designación inconsulta y altanera resultó algo nunca visto para escarnio de los muchachos peronistas que esperaban razonablemente que alguno del propio palo llegara a mojar el biscocho.
Pero el rey de los humillados fue el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, quien desde el 2003 no perdió ocasión de dar testimonio de lealtad y obediencia hacia el matrimonio Kirchner. Fue sumiso e incondicional desde cuando era vicepresidente y soportaba en el recinto del Senado los agravios implacables de la senadora Fernández de Kirchner. “La gente interpreta mis silencios”, se justificaba ante quienes le reprochaban la indignidad de su blandura. Blandura gratuita, al cuete, porque Cristina es de esas jefas despóticas que nunca se sacian de abusar de su autoridad, que jamás están conformes con las pruebas de obsecuencia que les tributan y las alcahueterías que les llevan. Al contrario, la falta de agallas de sus víctimas, la mansedumbre ante el maltrato, la abyección con que lamen la mano que los abofetea, irrita y enceguece de desprecio a esta calaña de mandones.
Los Kirchner transformaron la lealtad peronista en obediencia ciega, destruyeron hasta la tradición de ese verticalismo consensual siempre recompensado que inventó Perón y utilizó habilmente Menem. Cuando Cristina impuso como compañero de fórmula de Scioli al señor Mariotto para que lo vigile, lo limite en su manía dialoguista, lo haga pelear con Clarín y, en definitiva, lo reduzca a la condición de un mero delegado del poder central; cuando le introdujo en su lista de diputados nacionales a diez ignotos militantes de La Cámpora y le dejó solamente nueve lugares para sus hombres de confianza, además de reescribirle las nóminas de candidatos a la legislatura y hasta las de los concejos deliberantes, les demostró a todos que la nueva verticalidad se impone desde arriba y se acata sin chistar, sin esperar nada a cambio, sin derecho siquiera al respeto. Y cuando ante tamaña afrenta, el gobernador bajó la cabeza y musitó: “Como vos digas, Cristina”, ahí sí, creo yo, quedó sellada la suerte del peronismo.
Caído el bastión inexpugnable de la provincia de Buenos Aires, que para nuestra sorpresa resultó ser una fortaleza de barro, el peronismo que queda en pie no es gran cosa. Ciertamente no ha de ser el liderazgo de los Rodríguez Saá, ni el del desleído Francisco de Narváez, ni el de Sergio Massa ni el del cordobés De la Sota quienes lo rescaten del desmoronamiento.
En resumen: si Menem vació de contenido la doctrina económica del peronismo, los Kirchner se ocuparon de demoler su estructura partidaria.
 Cristina no sabe dónde está parada, y posiblemente crea que protagoniza una epopeya revolucionaria al enfrentar a los molinos de viento de las corporaciones, a los medios independientes, a los diarios Clarín, La Nación y Perfil, a Jorge Lanata, al ruralismo, a un empleado menor de la embajada norteamericana, a American Airlines, al juez Griessa, a los fondos buitres, a las despreciables y egoístas clases medias urbanas y a los industriales encanutadores de autos y electrodomésticos. Tal vez crea en lo que le dicen sus escasos confidentes: que el país está económicamente bien, que si la gente consume menos y prefiere comprar dólares es porque la están asustando con el terrorismo mediático, pero que está conforme con este gobierno popular que hizo tanto por el empleo y la inclusión, que no es tanta la pobreza y la indigencia que informan la Iglesia, el Banco Mundial, la oposición, los sindicatos y los diario hegemónicos, y que a nadie le importa la corrupción, la plata escondida Dios sabe dónde, ni el espectáculo de las valijas voladoras de años atrás cargadas de droga y dólares que iban y venían por cielos liberados. Apenas si la gente se queja por la “sensación” de inseguridad (también provocada por los medios) y por una inflación que si fuera del 25 % haría saltar el país por el aire, según ella misma aseguró en Harvard, y que es mentira que ahora esté en el 40 %. ¿Pero para qué preocuparse si eso se corrige con un buen relato oficial? Y para eso están los Capitanich, los Aníbal Fernández, los Axel Kicillof, los periodistas militantes, los medios oficiales y los privados oficialistas, y Víctor Hugo, que habita un lujoso departamente pero envidia lo bien que se vive en las villas de emergencia en esta era revolucionaria. 
Si esa es la teoría política de Cristina, está equivocada: muchos argentinos pueden ser un poco distraídos y, a veces, hasta egoístamente tontos y con tendencia a mirar para otro lado, pero no son así todo el tiempo, no para siempre. Es inevitable que a Cristina se le vaya angostando el camino de la mentira y de la intimidación, porque la realidad económica es hoy lo  suficientemente seria como para que todo el mundo comience a tener miedo de lo que vendrá. Mucho más miedo del que despierta el gobierno con sus amenazas permanentes.
Este gobierno ineficaz, inepto y sospechado de una gigantesca corrupción se agita hoy en una desordenada retirada, aunque Cristina sigue enfrentando molinos de viento y desafiando a enemigos que ve en todas partes. Pero a pesar de la fecha de vencimiento de esta pesadilla de una década, no hay muchos motivos para pensar en nuestro futuro con optimismo. Solo queda esperar que las jóvenes generaciones se decidan a comprometerse en la política. Tal vez llegue un tsunami purificador que arrastre los residuos de la vieja partidocracia y despeje el escenario para que emerjan nuevos dirigentes, hombres y mujeres honestos, idealistas, con ideas claras sobre lo que hay que hacer en la Argentina para transformarla en una república próspera y decente.
Entretanto veamos este desastre desde un ángulo positivo: Carlos Menem, Duhalde y los Kirchner, desempeñaron una función ecológica, casi podríamos decir que fueron los "buítres" que desgarraron y se comieron la carroña de esa maquinaria destructiva que ha sido siempre el PJ. 

M ientras esperamos el futuro incierto sólo podemos decirle a la señora Presidenta: Doctora, no nos avergüence más ante el mundo, no use hipócritamente al papa Francisco, deje de fabricar pobres en la Argentina y esfuércese por llegar al fin de su mandato con el menor daño material y moral para su pueblo. Y también, si no es demasiado pedirle, procure llegar a ese cercano fin con un poco de decoro personal.

(Se permite su reproducción. Se ruega citar este sitio)